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Jueves ordinario | El misterio del perro volador

No era la primera vez que Nikko desaparecía. Tampoco sería la última. Ya Carlos se había acostumbrado a esas escapadas que podían durar varios días. Pero esa noche era especial. Nikko había estado esperando toda la tarde a que Carlos llegara para poder colarse por debajo de sus piernas y atrapar a Bigotes. Estaba convencido: le daría su merecido a ese gato presumido.

“Se me cayó el diente”, exclamó Toño e inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho. Había planeado no decir nada y descubrir si lo que le habían revelado los adolescentes de prepa en el camión era cierto: que el ratón no existía. “¿Tampoco el ratón?”, se cuestionó cuando los escuchó decirlo. La diversidad de creencias lo envolvía día a día: en su salón de clases más o menos la mitad eran niños católicos, seguidos de judíos y también había un par de ateos declarados. Incluso había división de opiniones en cuanto a Santa Claus: Toño calculaba que la mitad sí creía en él y había otros dos grupos: los que estaban convencidos que eran los papás y los que estaban dudando. ¡Qué año ése en el que le tocó cumplir nueve años! ¡Todo parecía cambiar!

El perro y el gato salieron disparados hacia la calle de arriba. Nikko iba detrás de Bigotes; pasaron por entre los coches, asustaron a unas niñas pequeñas que jugaban con sus triciclos y alteraron la tranquilidad del guardia de una caseta. Apenas eran las seis y media de la tarde, pero ya estaba oscuro y el frío de diciembre empezaba a hacer estragos. Bigotes se metió detrás de unos matorrales y Nikko se detuvo cautelosamente, esperando el momento ideal para atacar. El movimiento de una rama hizo reaccionar a Nikko, quien con gran agilidad se lanzó sobre su enemigo. En el salto violento superó una pequeña barda que daba a una casa en desnivel: el pastor alemán cayó más de cinco metros hacía el jardín de la casa.

 “¿Existe Santa Claus, papá?”, preguntó Toño. Alonso, conociendo la inteligencia de su hijo y con la consciencia de que su respuesta debía ser certera, llenó de aire sus pulmones y señaló: “Existe para quienes creen en él”. Asintió y sonrió, mostrando la satisfacción de la frase contundente. Pero Toño reviró: “¿Tú eres Santa Claus, verdad?” Alonso reaccionó rápidamente y le preguntó de regreso: “¿En verdad crees que yo soy Santa Claus? ¿Cómo le haría para llevar los regalos a todos los niños del mundo?” Toño se dejó seducir por esa imagen y con mayor certidumbre dijo: “Hay niños en mi escuela que no creen en Santa Claus”. Alonso complementó la frase: “Entonces es muy probable que no reciban regalos”.

Nikko estaba vivo. Seguramente las ramas de un árbol y el follaje de varios bambúes amortiguaron su caída. En cuanto llegó al suelo movió sus patas y sin perder el equilibrio siguió caminando. Estaba muy asustado: sus latidos rápidos y estruendosos aderezaban su desconcierto. De inmediato se dio cuenta que en ese patio jugaba otro perro, pero no lo veía. Recorrió el jardín y encontró juguetes parecidos a los que él tenía en su casa; poco a poco fue calmándose, pero el miedo no lo abandonaba. Un ruido de motor lo alteró nuevamente: detrás de la puerta de cristal se abría una cochera y al mismo tiempo entraba un carro con las luces encendidas. Debía ser Carlos que iba a rescatarlo.

 “¡Hay un perro en la casa!”, exclamó Alonso. “¿Cómo pudo llegar ese perro ahí?”, preguntó en voz alta mientras se echaba en reversa para escapar de una situación que parecía de peligro: lo primero que pensó fue que algún ladrón se había metido y había llevado a un perro guardián para alertarlo. Subió a la caseta y le preguntó al guardia si sabía cómo es que un perro había entrado en su casa. “¿Quién sabe?”, alcanzó a balbucear. Estrellita, la esposa de Alonso, sugirió regresar y revisar la casa. No había nada fuera de su lugar, salvo por Nikko que se movía nerviosamente en el jardín. Estrellita abrió la puerta del jardín pero Nikko pareció no entender que lo estaba invitando a salir. Tardaron varias horas en sacarlo y -cuando por fin salió- Alonso y Estrellita concluyeron que ese perro había saltado desde la barda de cinco metros. Lo que no se explicaban era cómo es que no se había lastimado. Estrellita señaló que las conjeturas eran correctas y estuvo de acuerdo en que algo muy extraño estaba sucediendo.

Pero Nikko no regresó a su casa. Cuando menos no durante esa noche. Recorrió decenas de calles del suburbio, tratando de comprender qué había sucedido. Ya ni siquiera recordaba a Bigotes ni la ira que le provocaba cada vez que lo sentía cerca. La luna cortada a la mitad acompañó su desvelada y sólo el movimiento mitigó el frío de la madrugada. Sin saber cómo, al amanecer estaba frente a su casa ladrándole a Carlos para que abriera la puerta y le diera de comer. Ignoró a Bigotes quien se pavoneaba nuevamente caminando en círculos a unos metros de él. Los días siguientes, Nikko siguió indiferente a corretear a su otrora enemigo. Carlos pensó que estaría aburrido y no le dio importancia, pero unos días antes de navidad Nikko volvió a desaparecer; esta vez para siempre.

Unos días antes del 25 de diciembre, Toño decidió escribir su carta a Santa. Se le hizo un poco incómodo referirse a él sabiendo que dudaba de su existencia. Aunque la experiencia le había enseñado que los regalos aparecen año a tras año. “Ojalá que esta navidad así suceda”, pensó: así como con el billete de cincuenta pesos que encontró en lugar del diente un par de semanas antes. Ese día en el camión, les dijo a los adolescentes de prepa: “No sé si existe el ratón, pero sí sé que existe este billete”.

La explicación de la desaparición de Nikko parece vinculada a la explicación de por qué Toño recibirá sus regalos aún con sus dudas; y por qué cada año millones de niños siguen recibiéndolos. Es un rumor que va convirtiéndose en leyenda y que viaja de boca en boca no sólo en el suburbio del norte de la ciudad de México, sino en varias partes del mundo. Se cuenta que la noche en que Nikko iba cayendo en el vacío, cinco metros hacia abajo del jardín de la casa de Alonso y Estrellita, un duende seleccionó al pastor alemán para ayudar a la entrega de regalos de ese año. Resulta que con la gran cantidad de niños que viven hoy en día se ha hecho insuficiente que Santa Claus entregue todos los regalos; sobre todo los renos no se han reproducido tanto como los perros. Es por ello, que desde hace varios años, Santa definió una logística espectacular: recluta a los perros más ágiles de cada vecindario para que guíen los miles de trineos que vuelan por todo el mundo. Los duendes son quienes aparecen en cada casa a dejar los regalos y aunque Santa ya no los entrega personalmente, sí se asegura que se mantenga la tradición de que cada niño reciba aunque sea un pequeño presente.

Dicen que este año el mismísimo Santa Claus visitará los hogares mexicanos para entregar personalmente los regalos y que Nikko guiará orgullosamente su trineo.

Foto por @AnLoveStar