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Jueves ordinario | Preguntas invisibles

Invirtió mucho tiempo en estructurar la pregunta: ese cuestionamiento que le ayudaría a resolver el misterio de su existencia.

Por años se dedicó a acumular conocimientos; a esbozar ideas y precisar conceptos. Investigó e intentó aplicar métodos de aprendizaje, deductivos e inductivos, convergentes y divergentes, racionales e irracionales, idealistas y realistas …

Buscó renovar y evolucionar sus creencias: rompiendo sus paradigmas una y otra vez. Experimentó de una manera diferente: cometiendo más errores, escuchando a más personas, callando sus impulsos, provocando su paciencia.

Para variar, se propuso amar a más personas, renunciar a algunos placeres, profesar distintas religiones, reinventarse continuamente, perder el rumbo, caer en la miseria.

Pero también se dio el lujo de recuperar su fortuna, educar a un hijo, adoptar a un perro, escribir un libro, leer más poesía, ignorar las noticias, mirar al vacío, renunciar a su trabajo, emprender negocios, trabajar sin remuneración.

Hizo casi de todo; una vez estuvo a punto de cambiar de sexo y en otra a punto de convertirse en político. Estaba exhausto, con un recorrido pocas veces observado, tanto en amplitud como en intensidad.

Cambió y evolucionó, pero nunca olvidó cuál era el sentido de su camino. Siempre tuvo presente que todo eso que había estado experimentando tenía la única finalidad de estar en condiciones de plantear correctamente el cuestionamiento que le llevaría a la verdad, a la felicidad.

En los momentos extremos, siempre supo que se acercaba más a su misión: en el dolor insoportable, en el placer inconsciente, en la tristeza quieta, en la cotidianidad mediocre.

Estaba listo. Podía sentirlo. La ligereza de su cuerpo, la agilidad de su mente y sobretodo la plenitud de su espíritu eran la evidencia inequívoca de que había llegado. Por fin, en ese instante preciso, en ese espacio precioso.

Se sentó frente al escritorio que había mandado a hacer décadas atrás. Había imaginado cientos de veces cómo con su pluma iba descubriendo con cada trazo el enigma que había estado aquejando a la humanidad por tanto tiempo.

Levantó la pluma con destreza y detuvo la hoja blanca suavemente. Miraba para sus adentros, cuando contemplaba esa escena tan esperada. Pero todo parecía tan nuevo; nada parecido a lo que tantas veces recreó en su mente.

Justo antes de tocar el papel con el punto fino de la pluma, cerró los ojos y un cúmulo de experiencias inundó su espíritu: recorrió instantes plenos, vacíos, superfluos, amorosos, desgarradores.

Ahí, sentado frente a la hoja en blanco, con las ideas claras, el corazón plapitante y el espíritu inquebrantable, comprendió el misterio que la pregunta encerraba y que la respuesta aclaraba.

Acercó su rostro al escritorio y dejó caer varias lágrimas sobre la hoja en blanco. Preguntas y respuestas efímeras y reveladoras que se manifestaron como nunca imaginó.