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Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 4

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Capítulo 2. El nuevo de la escuela. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 3. El sueño. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 4. La consciencia

Toño va pedaleando y la brisa de la lluvia acaricia constantemente su rostro. Alonso, a un lado de él, viene corriendo. El clima adverso no los ha detenido. Más tarde jugarán en la playa, lanzando el balón de americano una y otra vez hacia las olas. Se han inventado un juego que los entretiene por horas. Calculan el momento adecuado del rompimiento del oleaje y es entonces cuando intentan un engaño para que el balón se escurra con una ola, impidiendo que cualquiera pueda atajarlo. Se lanzan por encima, del lado y hasta por detrás para ganar el punto y estar por arriba en el marcador. Se han hecho muy competitivos entre ellos, aunque el placer principal es compartir la carcajada espontánea que resulta después de un intento fallido por contener el balón y ser revolcados una vez más por esas olas broncas que anuncian lluvia proveniente del mar; tal vez el de un huracán.

Toño sigue pedaleando y empieza a pavonearse. El manejo que tiene de la bicicleta es extraordinario: suelta el manubrio y levanta las manos volteando a ver a Alonso con gran orgullo. Lo hace una y otra vez. Alonso sabe que están por llegar al local donde rentaron la bici y siente un poco de alivio, pues el piso cada vez está más resbaloso y presiente que su amigo no es consciente del riesgo que corre cada vez que suelta el manubrio. Han planeado ir a una aventura al día siguiente, en la que además de pasar por la selva en bici, podrán nadar en un estanque inmediato a la playa de una isla cercana. Cuando lo planeaban se imaginaron compartiendo momentos inolvidables. Se han hecho cómplices del presente.

Alonso siente un vacío en el estómago. Toño lo siente también, mientras va cayendo al perder el control de la bici. La rueda delantera se inclinó rápidamente a la derecha y el desequilibrio provocó que el cuerpo de Toño cayera al suelo. Hubiera sido una caída limpia, sin lesiones, soló con un par de golpes y un pequeño susto. Pero la pierna derecha de Toño se atoró en la estrella de la cadena. Se levantó rápidamente, mientras se culpaba por el accidente y se recuperaba del susto, cuando Alonso le vio la rasgada que tenía en la pantorrilla y que empezaba a llenarse de un hilos rojos de sangre. Toño reparó que se había hecho daño y al subirse nuevamente a la bicicleta lloró. Pedaleó cincuenta metros más y entregó la bicicleta al encargado, mientras Alonso pedía agua y un desinfectante.

Alonso cambió. Dejó de ser niño. En un instante envejeció más de treinta años, perdió el cabello, ganó algunas cicatrices más en su cuerpo y un par de arrugas denotaron que sus nueve años habían quedado ya muy atrás. “¡Papá!” – gritó Toño desesperadamente, mientras Alonso lo subía al taxi para llevarlo al hospital.

Toño no cambió. En la sala de urgencias bromeó con las enfermeras mientras lo cosían y -entre sollozos y risas- recuperó el color rojizo de sus mejillas. Volteó a ver a su papá quien también sonreía -y sufría. En ese momento, Toño se hizo consciente que ahí el único niño era él. A pesar de ello, ignoró la desventura de los demás y corriendo salió al encuentro de sus abuelos que habían llegado en el momento oportuno para romper con el episodio y regresarlos a él y a Alonso a ese espacio en el que nada impide que ambos tengan nueve años.

Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 3

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Toño va en el camión de la escuela. Viene pensando en tocar la flauta, pero está prohibido. Ya se ha ganado varias correas por las nuevas canciones que ha aprendido y quiere alcanzar a los niños que van por delante. Hay unas niñas que tocan la flauta de manera espectacular: se saben la melodía de Titanic y siempre son las primeras en sacar correctas las asignaciones de la clase. Toño inventa canciones y con ello también se pone como de lo más adelantados. También va recordando ese sueño extraño que ha tenido recurrentemente la última semana.

Se baja del camión y la mochila que jala de su hombro le recuerda que no ha cambiado los libros que le tocan cada día: está muy pesada y debería dejar en casa los que no usará en la escuela; pero ya le ha pasado que luego se le olvida y acaba pagando una tarea extra por no llevar el libro que le tocaba. Cambia de tema. Es el sueño nuevamente. ¡Qué divertido! Va a una escuela extraña y se encuentra con un niño súper rebelde: hacen travesuras y son castigados continuamente. En las tardes hacen más travesuras hasta el anochecer. Entra al departamento y ya lo está esperando su abuela con una sonrisa amplia y cariñosa.

Son cómplices. Han pasado muchos años juntos y se acompañan en esas tardes llenas de tareas para Toño: ir al club, hacer la tarea, salir a jugar con los amigos, cenar, bañarse, partida de juego de mesa, dormir. Mínimo dos veces a la semana hacen esta rutina. Y no se cansan. “Disfrutan del momento sin preocuparse por el futuro”, como le ha dicho su abuela a Toño cuando el niño de nueve años le cuestiona sobre el futuro. El calor de ese verano será insoportable y eso que apenas están en mayo. Es el año de 2011.

Toño cierra los ojos después de hablar con su padre. Duerme varios minutos más tarde, un vez que ha logrado hacer bolas las cobijas y situar su cabeza por debajo de la almohada. Respira profundo. Y va. Está nuevamente con Alonso. Lo curioso de ese sueño es que él no sabe que se llama Alonso: le recuerda a alguien, pero no sabe a quién. Ese día sí que se han portado mal. Recibieron un recado en sus cuadernos de tarea y al tratar de deshacerse de ellos  fueron atrapados por la mamá de su amigo. Él se escapa por las escaleras y llega corriendo hasta la casa de su tía Cristina. Juega un ratito con su primito Lalo y después es recogido por su papá para ir al cine.

Cuando van caminando a comprar los boletos, Toño le dice a Alonso de manera espontánea: “Papá, hubiera querido nacer en 1971 para que en 1980 los dos tuviéramos nueve años. ¡Seríamos amigos y podríamos jugar!”.

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Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 2

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Fue una semana terrible. Los lobos perdieron la final y Alonso no pudo evitarlo. Tuvo que pagar su castigo quedándose encerrado en su casa. Asomaba la cabeza por la ventana, tratando de imaginar que alguien pasaba y que podía invitarlo a jugar. No tuvo más remedio que sacar sus viejos luchadores del cajón y darle vida a una batalla épica entre dos ídolos de las multitudes; de vez en vez se convertían en jugadores de la NFL y realizaban hazañas asombrosas. Se hincaba al costado de su cama y pasaba horas en ese mundo tan increíble. Al final de la semana, las cosas no mejoraron, pues se acabaron las vacaciones.

Había escuchado decir a los adultos que los nones eran los difíciles: primero, tercero y quinto. Le tocaba tercero de primaria y era el primer día de clases. Nuevos maestros y mismos compañeros. Pero quién sabe -aventuraba- a la mejor llegaba un niño nuevo. Ojala. Todos sus compañeros habían crecido mucho más que él. Sería el chaparrito otro año más. Pero a la hora del fut, les enseñaría quién era el que había mejorado más. Estaba contento de verlos nuevamente, excepto a las niñas: cada vez más odiosas, con sus peinados llenos de jalea y sus risitas burlonas en todo momento. ¿Quién las necesitaba? En fin, tal vez después se compondrían y podrían llevarse de alguna manera. Las primeras horas pasaron lentamente y no pudo evitar pensar que ese año sería un poco difícil. Salieron al recreo y al regresar se encontró con una gran sorpresa.

Había un niño nuevo en el salón. El director llegó personalmente a presentarlo: era el mismísimo Toño. Venía de intercambio de un lugar muy lejano. Se estaba quedando con unos tíos y el director le pidió a los niños del salón que le dieran la bienvenida. Alonso estaba muy emocionado y rápidamente cobijó a Toño, invitándolo a jugar con sus amigos. Jugaron cascarita en el recreo y platicaron en clase; se llevaron varios regaños por no poner atención y hasta los separaron de los lugares. En la clase final organizaron una guerra de cerbatanas y el profesor hippie que había llegado recientemente de Alemania ni cuenta se dio. Fue un día sensacional; no cabe duda: ¡sería un año maravilloso!

Al tercer día de clases se dieron cuenta de que además eran vecinos. Se veían en la escuela por las mañanas y por la tardes salían a la calle hasta que anochecía; fútbol y molestar a las niñas en la escuela; guerras de tomates y pases de americano en la colonia. En unas semanas no sólo eran los mejores amigos, sino también los peores comportados del salón. Eso les daba cierta popularidad, pues se atrevían a hacer cosas que otros niños sólo soñaban. El problema es que ya habían fallado varias tareas y si no componían esa actitud se llevarían muy pronto un recado a casa.

Pocos días después, la maestra escribía un recado en la libreta de tareas. “Alonso no ha traído varias tareas y además no entregó el trabajo mensual. Si continúa así, no pasará de año”. Le extendió el cuaderno y se lo entregó reprobando su conducta con un movimiento de cabeza de un lado al otro. Toño se llevó a su casa una nota idéntica. “¿Y ahora qué?” se preguntaron cuando iban de regreso a su casa. “¿Qué tal si compramos un cuaderno nuevo? Tal vez la maestra no se acuerde del recado y cuando lo pida mañana, verá que no hay nada”. “¡Excelente” gritaron los niños y se emocionaron con su plan. Por la tarde, se dispusieron a eliminar la evidencia. Salieron a la terraza de la recámara de Alonso y doblaron en cuatro los cuadernos. “Primero tú”, dijo Toño. Alonso titubeó un segundo y después con gran decisión lanzó el cuaderno hacia el terreno que estaba detrás del alambrado. Pero el cuaderno no superó la barrera y después de chocar con las púas cayó en el patio del piso de abajo. “No es posible”. El resto fue lo peor que le había pasado a Alonso en su vida.

“¡Alonso!” – gritó su mamá con esa voz inconfundible. Toño se escabulló por la escalera y Alonso enfrentó la furia de una madre que ha intentado sere engañada. Por la noche, las cosas no sólo no mejoraron, empeoraron de manera inimaginable. El intellivision que le acababan de comprar estaba castigado para toda la vida: no más vídeo juegos. Tampoco bicicleta y menos salir a jugar con Toño. “¿Pues qué te ha pasado, hijo?”, le cuestionaba tiernamente su mamá, mientras Alonso lloraba inconsolablemente en su cama; ni siquiera el baño y la pijama perfumada lo hacían sentir mejor. Nunca lo creyó posible, pero sólo quería que amaneciera para ir a la escuela y refugiarse con sus amigos y su gran cómplice.

Pero Toño no llegó a la escuela. Le dijeron que lo habían mandado de regreso con sus padres, pues sus tíos no podían aceptar su mala conducta. Los niños no se despidieron y Alonso no pudo mas que sentirse el niño más desgraciado de todo el mundo. Pasó un par de semanas difíciles, pero poco a poco las superó. Nada que un niño de nueve años no pudiera manejar a los ojos de los demás. Mejoró en la escuela y al paso de los días su mente recurrió menos al recuerdo de esa intensidad con la que jugaba y reía con su gran amigo.

Capítulo 3. El sueño. Para leerlo dar clic en el enlace.

Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 1

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Se para de puntitas. Apenas alcanza a verse en el espejo. Da un toque final a su peinado con un movimiento circular y el copete queda impecable. Se voltea y el rechinido de sus zapatos le recuerda que su destino es el fútbol americano. Anima a su primo y lo reta: “El último en bajar es vieja”. Los dos niños se escurren por las escaleras, mientras dejan una estela llena de energía y de disfraces de fútbol americano. Es el verano de 1980.

“Corran”, retumba la voz del entrenador, “parecen viejas”, señala a los dos primos que van al final. Se apuran y logran alcanzar al grupo. Son amigos desde que recuerdan. Con la mirada se dicen casi todo y con la cadencia de su movimiento se hacen cómplices. También se han logrado involucrar con el equipo. Es un honor ser parte de los Lobos, pues “ya muchos quisieran estar en su lugar”, les han recordado con insistencia durante los meses que llevan entrenando. Ese fin de semana jugarán contra los Comanches. Por el campeonato.

Regresa a casa. Van en el coche y su mamá le pregunta cómo es que le ha ido. “Bien”, se escucha decir sin mucho entusiasmo. El sol le pega en la cara y hace que su sudor mezclado con polvo empiece a encostrarse en sus mejillas.”Pareces polvorón”, le dice su mamá. Sonríe levemente y recuerda los pases que estuvo lanzando en el entrenamiento. Villa, el entrenador, le ha dicho que esas jugadas van a hacerlos campeones. Es muy importante ser campeones, pues “es para lo que venimos y nos rompemos la madre”.

Despierta con el golpear de un martillo. Están construyendo varias casas en su colonia. Son buenas noticias para conocer más amigos. Como el que conoció el día anterior, antes del entrenamiento. Fue en la calle, mientras jugaba con su primo. Se acercó un niño que quería jugar con ellos. “Toño”, respondió cuando los dos primos le cuestionaron su nombre. Estuvieron explorando en los terrenos de alrededor; se entendieron de maravilla cuando empezaron a lanzar piedras a la calle de abajo. Toño y él sí las llegaban. Después escogieron un árbol; y los dos acertaron. Buscaron más dificultad y encontraron la barda de una casa; y le dieron nuevamente. Sin más y sin mencionarlo, dirigieron sus proyectiles hacia la ventana de la misma casa. Y acertaron. Los primos corrieron asustados a la casa y Toño desapareció también. Nadie los buscó, nadie reclamó el vidrio roto. Mientras se levantaba de la cama deseó con todas sus fuerzas que nadie se hubiera dado cuenta. “Toño”, pensó al meterse a la regadera.

Preparó huevo con tortilla. A él y a sus hermanas. Sirvió tres platos y sacó cuatro rebanadas de pan bimbo. Ya ellas habían puesto la mesa y preparado los licuados. La luz brillante de la mañana reflejaba su fuerza en la madera recién barnizada del antecomedor. Tocaron el timbre. Corrió a tomar el auricular del interfon: “Soy Toño, ¿puede salir Alonso a jugar?”. Alonso metió rápidamente a Toño en la cochera. “¿Qué te pasa? ¿Qué no recuerdas lo que hicimos?” La respuesta fue un levantamiento de hombros acompañado de una mueca de indiferencia. “No es posible, te vale madres”, gritó desesperado Alonso. “Vamos a jugar replicó Toño”. Y fueron.

Corrieron por las calles, después de tocar los timbres de las casas vecinas. Lo que resultaba bastante tonto, pues esa travesura ya la había hecho Alonso múltiples veces  y múltiples veces fue reprendido por su mamá. Volvieron a lanzar piedras, aunque ese día con menos irreverencia. “¿Dónde vives, Toño?”. No hubo respuesta, sólo una breve pausa que vino acompañada de un ataque al cuello que tiró a Alonso y lo hizo rodar por el pasto verde lleno de lodo. Jugaron hasta el anochecer. Hasta que los papás de Alonso lo encontraron dos calles más abajo de su casa, junto al terreno del río. “¿Pues dónde andabas?”, le gritaron con una angustia lastimosa. Alonso no atinó a decir nada, pues sabía que había perdido el entrenamiento de fútbol americano y también se ganaría un castigo ejemplar. Corrió al coche y murmuró tímidamente volteando la mirada: “Estaba jugando con Toño”. Pero Toño había desaparecido nuevamente sin dejar rastro.

Capítulo 2. El nuevo de la escuela. Para leerlo dar clic en el enlace.

Jueves ordinario: el pase completo

“Vamos a echar unos pases”, nos animábamos mi primo y yo antes de bajar al estacionamiento a disfrutar de esa convivencia tan especial: al convertirnos en cómplices al imaginar partidos fantásticos e integrar equipos extraordinarios. Empezábamos lanzando ligeramente bombeado y con una espiral cómoda para atrapar el balón. Lo hicimos durante muchos años: desde los ocho y hasta los doce, quizás trece.

Hace un rato, tuve la fortuna de hacerlo una vez más, pero con mi hijo. He de decir -con mucho orgullo- que hemos mejorado significativamente. Ahora que Bruno tiene ocho años no sólo lanza muy bien, sino que atrapa mucho mejor. La sensación del pase completo es igual de satisfactoria ahora como fue entonces. En un sólo pase logramos una conexión inmediata y nos involucramos en nuestra cadencia: al lanzar y al atrapar; al atrapar y al lanzar. Es un diálogo suave con intercambio de miradas y con movimientos coordinados que nos permiten además de jugar, saber en qué está cada uno. Imagino poder hacerlo muchos años más, aún en esos años difíciles de comunicación que están por venir.

¿Cómo contrasta esta escena con la comunicación que tenemos cotidianamente con diferentes personas? ¿Cuántos pases lanzas, cuántos completas? ¿Completas?

Veamos algunos ejemplos. El político acostumbrado a hablar más que a escuchar, a prometer más que a comprender, lanza y lanza pases. ¿Quién se los completa además de sus achichincles y seguidores? ¿Se los completarán en realidad o será una mera simulación? ¿Qué pasaría si pusiéramos a Calderón a echar unos pases con Ebrard, o con Peña Nieto? Creo que cada uno lanzaría el pase e ignoraría el balón del otro. Al preguntarles, después del ejercicio, los tres dirían que sus pases fueron completados y los pases de los demás no. Sería así más o menos, ¿no?

En la oficina. ¿Cuántos correos electrónicos mandaste ayer? ¿Cuántos leíste? ¿Los leíste en realidad? Y si fue así, ¿te aseguraste de que quien te lo mandó supo que lo comprendiste, que lo completaste? Y de los que mandaste, ¿cuántos te completaron? Seguramente asististe a una reunión de esas en las que todos hablan y nadie escucha. ¿Cuál fue la dinámica? Imagina una pelota que marcara el diálogo y que quien hablara la lanzara y que quien escuchara la atrapara. Te apuesto que había muchas pelotas volando por la sala y pocas cayendo en las manos de los asistentes. Incluso, debió asistir esa persona que lleva no sólo muchas pelotas sino de diferentes tamaños y colores. ¡Qué escena fantástica llena de confusiones y caos!

Es un lujo completar pases. Comprender a las personas requiere tiempo, disposición y saber escuchar. “No me escuchas”, es un reclamo común en nuestro día a día: “no me atrapas”, parecemos querer decir, lo que también implica que “no quieres o no puedes comprenderme”. El pase incompleto causa desánimo, desaliento; cuando es reiterado provoca frustración, desesperanza. ¿Verdad que es cierto? ¡Falso! Quien se siente así seguramente es quien menos disposición tiene a escuchar.

Ayer nos comentaba un experto en exámenes psicológicos sobre ética que la manera de atrapar a quien es proclive a cometer actos deshonestos no es preguntarle si robaría, pues la respuesta automática sería que no. El truco es cuestionar sobre la moralidad que existe en su entorno: el criminal potencial o real siempre verá a los demás como los deshonestos y a él mismo como alguien común y corriente.

De esa manera, quien reitera continuamente que no es escuchado descubre inconscientemente que no tiene la capacidad ni la voluntad de escuchar al otro. ¿Puedes identificar a alguien así? ¿Te ha escuchado alguna vez con genuinuidad?

Hace unos años escribía en este mismo espacio que nos han entrenado para escribir, para hablar, incluso para leer; pero poco hicieron en la educación formal por desarrollar nuestras habilidades de escuchar. Avanza más quien tiene la capacidad innata y quien lleva al consciente la necesidad de escuchar antes de hablar.

Por supuesto tenemos que luchar contra algunas herencias que nos hicieron favor de dejar nuestros antepasados. Veamos a los aztecas, donde al Tlatoani lideraba la cúspide de la estructura social y política: el significado de Tlatoani es “el que habla”. Es decir, en nuestra historia el ser humano más valioso fue el que ordenaba, señalaba; no el que escuchaba o comprendía. Era el señor que mandaba los pases y alguien más (siempre de menor nivel) debía atraparlo. No resulta ilógico que el hábito deseado -que ha pasado de generación en generación- tiene que ver más con lanzar que con atrapar.

También hace varios años, acuñamos en mi equipo de trabajo la frase “saca la manopla”, queriendo decir con ello que antes de hablar debíamos escuchar, o dicho de otra manera: “no me batees”. Contrasta la cadencia de dos peloteros de béisbol lanzando y atrapando la pelota, que la escena en la que el pitcher envía una recta rápida y que es golpeada violentamente por el bateador. Al comunicarse, deberíamos elegir los guantes en ambas personas. Pero algunos prefieren el bate.

Recordaba e imaginaba estas líneas mientras atrapaba y lanzaba un balón de fútbol americano con mi hijo. ¿Cómo aplicaré este aprendizaje mañana en mi trabajo? ¿O ahora mismo que termine y platique con mi esposa?