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Jueves ordinario: el diálogo

Los niños aprenden a lanzar antes que a caminar. Sin embargo, para atrapar (una pelota o un balón) pueden tardar años. Mi hijo de 5 años tiene gran habilidad para lanzar desde que tenía meses, pero apenas empieza a cachar mejor el balón: el fin de semana pasado pudo ya completar más pases que los que dejó caer.

Análogamente, los seres humanos aprendemos a hablar (y no me refiero a imitar el sonido, sino al acto de transmitir un mensaje) antes que a escuchar. Lo primero, así como lanzar, lo dominamos en los primeros años (incluso meses si consideramos que a través del llanto ya estamos enviando un mensaje). Pero para lo segundo pueden pasar años o incluso nunca dominar adecuadamente esta cualidad. La carencia generalizada de esta virtud es causa de uno de los principales reclamos de las relaciones humanas: “¡No me escuchas!” o “¡Déjame hablar!” que por cierto no es lo mismo.

Pues bien. Que el PRD no quiere dialogar con el Presidente de México. No al debate en el formato propuesto para el Informe Presidencial del 1° de septiembre de 2007. Ni siquiera están dispuestos a aprovechar la oportunidad que tanto reclamaron muchos años de querer y poder “decirle sus verdades”: hablarle. El mensaje que envían es muy claro: no quieren escuchar al Presidente. Lo que es además un acto previo (de negación por supuesto) de la habilidad que todavía no sabemos si tienen: si es que pueden escucharlo.

“Ni los veo ni los oigo”, fue una frase que acuñó el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari. Se refería precisamente a los perredistas. Él no quería escucharlos. Nunca supimos si hubiera podido hacerlo. Se fue el sexenio entre la estela del corporativismo, donde el PRI seguía siendo mayoría en las Cámaras. Es decir, no era necesario dialogar, negociar. En el año 2000 acabaron siete décadas de este estilo de hacer política: sin diálogo. Con el tlatoani sexenal revelando la luz.

¿Qué tan arraigada tenemos esta costumbre ideológica de ni siquiera querer escuchar? En la sociedad, por ejemplo, sin la política. ¿Cómo fluyen nuestros diálogos? Me parece que normalmente son turnos para hablar, más que una genuina comunicación. Escuchamos a veces (si es que nos conviene el tema) y de manera selectiva entre las personas. ¿A cuántas personas no descalificamos por prejuicio? Decimos que no (en la mente y hasta con la cabeza) sin siquiera dar la oportunidad de terminar la idea o la propuesta que está intentando esgrimir. Muchas veces sustituimos el turno de escuchar (cuando nuestro interlocutor habla) para ir construyendo nuestro próximo argumento.

Si tratamos de ir a los orígenes de esta deficiencia que tenemos tan bien desarrollada, podríamos revisar las materias de la escuela sobre el proceso de comunicación. Énfasis en escribir, también en leer (que es una forma de escuchar, pero que en el país el índice es de una población analfabeta funcional); también énfasis en el hablar (en público o en la natural relación uno a uno de preguntas y respuestas del profesor). ¡Pero escuchar! ¿Alguien recuerda una materia dedicada a escuchar? Salvo los diagramas del proceso de comunicación, no recuerdo haber tenido una asignatura donde nos dedicáramos a desarrollar cualidad tan necesaria: escuchar.

Menudo problema tenemos frente a nosotros como sociedad. Pues no leemos y tampoco escuchamos. Hemos truncado el proceso de comunicación. Principalmente porque no queremos. No queremos leer (la inmensa mayoría sabemos hacerlo) y tampoco queremos escuchar. Negamos por ¿ignorancia? el proceso de conocimiento hegeliano, donde la tesis debe enfrentarse a su antítesis para generar una síntesis. Imposible si no nos detenemos a conocer a profundidad en qué consiste la tesis (por un lado) y en qué la antítesis (por el otro).

Así, con esta gran deficiencia en la sociedad (que siempre será primero que la política) enfrentamos retos fundamentales, donde el requisito indispensable es que dialoguemos y nos pongamos de acuerdo. Pero será muy difícil lograr avanzar si ni siquiera estamos dispuestos a escucharnos ni a leernos. ¿Cuándo lograremos desarrollar esta virtud si no la practicamos?

En la oficina, manejamos –de broma y en serio también- una analogía en este sentido. Cuando alguien está muy necio con un punto de vista, incluso con justificaciones que no suman, le decimos simplemente: “Saca la manopla”. Pues la imagen de cachar la pelota que lanzo (o me lanzas), indica que me (te) has (he) escuchado. La armonía de dos personas lanzando uno y atrapando el otro contrasta con la del bateador que golpea violentamente el lanzamiento del emisor. Te escucho (te atrapo) o no te escucho: te bateo.

Las reformas económicas y de estado saldrán más por consensos políticos (donde se intercambian intereses tangibles de poder) que por un genuino convencimiento de que es lo mejor para el país. Mientras tanto, circo y más circo. De un lado y del otro. Y en la sociedad (o mas bien, desde la sociedad) dormidos. Hablando y vociferando. Sin escuchar y lamentablemente sin leer.