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Jueves ordinario: rompiendo el silencio del poeta

Después de unos meses, rompo con mi silencio. Es por indignación y también porque nunca he podido permanecer demasiado tiempo callado.

Cambia la perspectiva cuando uno deja de hablar, de escribir. Escuchar activamente ininterrumpidamente desarrolla una visión diferente y también extraña. Pasan momentos en los que no interactuar nos lleva a un estado de aceptación y de resignación. No hablar, no actuar o voltear la cara nos hace cómplices de nuestro entorno: positivo o negativo, apasionante o insoportable, colorido o grisáceo … Por ello, ninguna persona debe pasar demasiado tiempo sin manifestarse, ya sea con la palabra o el suspiro, ya sea con la acción desbordante o la jugada sigilosa. No vinimos aquí para pasar inadvertidos intencionalmente, ni para escondernos, ni para ignorarnos. Nuestra misión como seres humanos se consuma con la aportación pequeña o grande a nuestra sociedad. Debemos perseguirlo según elijamos, pero debemos hacerlo. Callar es probablemente la peor actitud que uno podría tomar, sobretodo cuando nuestro entorno se deteriora con tanta rapidez.

Me uno a la indignación del poeta Javier Sicilia; me sumo a su reclamo dirigido a los políticos y a los criminales por el ambiente que estamos viviendo en este tiempo, que es nuestro tiempo, dicho sea de paso. El poeta Sicilia ha sido la voz en esta semana de decenas de miles de padres que han perdido a sus hijos en esta guerra que se ha extendido a la sociedad civil. Guerra que nos invade poco a poco y -si seguimos callados- nos carcomerá hasta consumirnos.

Pero el reclamo no puede quedarse sólo con los políticos y los criminales, pues ello asumiría que tienen conciencia de las consecuencias de sus actos y que toman decisiones considerando el bienestar y malestar de la sociedad civil. No la tienen. Son ciegos a nuestros padecimientos y los juzgan como males menores colaterales justificados por un ideal de mayor nivel. Debemos sentirnos indignados también por nosotros en tanto que somos una sociedad civil apática e infantil. Los niños, al cubrirse los ojos, imaginan que -al destapar su vista- el panorama se habrá resuelto; aunque, con base en su experiencia, aprenden que no sucede lo que ingenuamente pretendían. Nuestra apatía, sin embargo, está atrapada en círculo vicioso: entre menos nos involucramos con los asuntos del país, menos responsables nos sentimos por sus resultados. Volteamos la cara, encojemos los hombros y calladamente culpamos al gobierno y a los políticos por nuestra desventura. Esa actitud nos llevará a una degradación alarmante de nuestra sociedad; lo peor, es que -sin quererlo y tal vez sin saberlo- somos cómplices de ello.

Para cambiar el rumbo, debemos romper nuestro silencio. Hay que iniciar con impulsar nuestro espíritu, cambiando el estado de ánimo que embarga a la mayoría. Nuestra estrategia debe ser con acciones sigilosas, nada pirotécnicas y con gran disciplina. Poco a poco, para que los cambios sean perdurables: en la sobremesa, con la opinión en Facebook y Twitter, con la reflexión compartida de nuestra pareja, con el alejamiento consciente de los dogmas partidistas. En acciones, el cambio inicia con pequeñas actitudes, como respetar el sentido de la calle y las luces de los semáforos, con una intención consciente de que poco a poco nuestros hábitos vayan evolucionando. De este lado de la mesa, nuestras armas efectivas consisten en cambiar hábitos, no en la violencia ni en organizar movilizaciones masivas. Somos nosotros.

Rompamos el silencio. Tenemos la gran oportunidad de que nuestra generación rompa con un arraigo de apatía y desesperanza; aunque también existe la opción de no hacer nada y pretender que alguien más cambie la situación. ¿Qué elegiremos?

Por lo pronto, con acciones sigilosas, contribuyamos a que el poeta (que todos llevamos dentro) no pierda su aliento y continúe persiguiendo la misión para la que ha venido.