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Jueves ordinario: la repetición

  
“Nosotros también creíamos que íbamos a cambiar al mundo”, me dijo Mario Pérez una noche en casa de mis padres, cuando le leía una reflexión respecto a la revolución ideológica que escribí días antes. Unas semanas después de cumplir 16 años de edad. Me ofusque, pues ¿qué sabía él (ya casi en sus treintas) de la revelación que estaba experimentando en mi despertar violento? Lo increpé, preguntándole sobre sus hazañas para intentarlo y de los fracasos o sucesos que lo llevaron a darse por vencido. Notó mi malestar y buscó más bien una salida diplomática. Más enojo inundó mi pasión adolescente, pues “precisamente la discusión es el origen de la sabiduría y el choque violento de mentes el rompimiento de creencias anacrónicas”, resaltaba uno de los párrafos.
 
 Somos cíclicos. Transcurrimos alrededor de vivencias recurrentes. Aprendemos con métodos de prueba y error. Nuestros esquemas de convivencia contemplan y requieren de situaciones repetitivas. Sin embargo, el ser humano no está destinado a quedar atrapado en un retorno eterno. No, buscamos casi inconcientemente mejorar, tanto en cantidad como en calidad. De manera individual y también colectiva. La repetición nos sirve para afinar nuestras técnicas y repensar nuestras creencias. Cuestionarlas, transformarlas y abandonarlas.  
  
Por esos años, Gaby, una prima mayor que muchos años me dio clases de inglés y de filosofía elemental (como la concepción del infinito y la relatividad de las creencias religiosas), también con cierto aire de sabiduría superior, me adelantó que después regresamos a nuestras creencias. Justo después de explicarle porque es que no podía seguir profesando mi fe. Cíclico, me dijo: “Vas y regresas”. Aunque no en el sentido que yo lo entendía, pues ¿cómo regresar a lo mismo? La recurrencia es ascendente o cuando menos diferente.

 Recientemente leí un artículo que invitaba a no escribir más. A menos de que se leyera primero a los clásicos. Pues a juicio del autor sobran los escritores mediocres. Es verdad que haber leído las grandes obras incrementa el acervo cultural, amplía la visión y agudiza los sentidos. Pero (y es un argumento de base) ¿qué leyeron los primeros hombres? Nada, cuando menos nada clásico. Y crearon, y escribieron. El diferenciador no fue (ni será jamás) el número de páginas que traemos arrastrando sobre los hombros. No, lo que hace la diferencia de un artículo, un poema, o un post (para no irnos a las grandes obras) es la actitud de quien escribe. De buscar con tesón el origen de las cosas, describiéndolas, explicándolas, explorándolas, comprendiéndolas, admirándolas, llevándolas más allá, relacionándolas, haciéndolas suyas y -con ello- llenándolas de pasión. Y si a esta actitud la complementamos con talento no habrá faltado que el genio haya leído un solo verso de Shakespeare, ni los diálogos de Platón. Mejorará cuando los lea; sin duda. Sin embargo, quien los haya leído y releído, sin contar con una actitud de origen ni con una pizca de talento, solo logrará repetir los clásicos en el sentido que me decía mi prima.
 
Dado que en toda actividad humana la repetición es un método indispensable para desarrollar y mejorar nuestras capacidades, el cuestionamiento también debe incorporarse. Sin embargo, esto no necesariamente es bien aceptado. Recuerdo que en los años de universidad nos pidieron un trabajo sobre la famosa obra de Octavio Paz, El Laberinto de la soledad. Un par de alumnos osamos disentir de este Premio Nóbel de literatura, en cuanto a los obstáculos del mexicano para ser mejor. Afirmando que las nuevas generaciones seremos capaces de quitarnos las máscaras y encontrar nuestro origen. Y construir a partir de él nuestro destino. Libres sin estar predeterminados. Sin discusión, la nota fue baja con todo y comentario sarcástico. Aparentemente, hay clásicos intocables
 
 
Seguramente no cambiaré al mundo como creía a mis 16 años. Cuando menos no solo. Pero estoy convencido que somos muchos en diferentes frentes que todos los días estamos haciendo algo para lograr que sea mejor. Sin temor a pecar de optimista, me parece que lo estamos haciendo relativamente bien. Sobran los datos que avalan estos resultados en esperanza de vida, comunicación, lujos, educación, vida laboral y en casi todos los ámbitos existentes. Incluso en medio ambiente, empezando ya con una conciencia global. Es verdad que existen tiempos o espacios de pesimismo, sin embargo siempre se verán renovados y transformados con nuevas generaciones impacientes por empezar a demostrar que ha llegado su turno. Repitiendo esta actitud de lucha que es inmanente a nuestra especie. Y que seguirá contribuyendo a seguir impulsando la espiral ascendente que se intuyó y demostró en la cultura griega. 

Jueves ordinario: la ilusión

En la mitología griega, Crono fue el líder de la primera generación de Titanes. Derrocó a su padre, Urano, y gobernó durante la época dorada, donde existió abundancia en la agricultura. A pesar de ello, su reinado transcurrió entre el caos y el desorden. 

Crono supo que estaba destinado a ser derrocado por un hijo suyo. Por ello, devoró a sus primeros cuatro hijos: Hestia, Remeter, Hera y Poseidón. Cuando iban a nacer su quinto y sexto hijos fue engañado por su esposa, Rea, quien le dio a tragar un potro y una piedra envuelta en un pañal. 

La profecía se cumplió cuando su sexto hijo liberó a sus hermanos, haciéndolo vomitar uno a uno; matándolo después con un rayo. Este nuevo dios llamado Zeus fue quien -junto con los dioses olímpicos- llevó paz y orden al arrebatar el poder a los malvados y primitivos Titanes

 

En la mitología romana, los dioses equivalentes fueron Saturno (Crono) y Júpiter (Zeus). Con idénticos desenlaces, si bien los romanos fueron más benevolentes con Saturno, quien fue considerado como el dios del tiempo humano: calendarios, estaciones y cosechas. Además se le dedicó el séptimo día de la semana (sábado, saturday), así como el séptimo y más externo objeto celeste visible sin ayuda: el planeta Saturno

Estas leyendas antiguas vienen al caso, pues se ha hecho ya una costumbre que en la empresa donde laboro nombremos los proyectos más importantes con base en la mitología antigua. Así, tenemos a Mercurio, a Júpiter y a Saturno. Unos efectivamente por características de los dioses romanos y otros por características de los planteas. Sin saber (inicialmente) que Saturno fue padre de Júpiter y éste de Mercurio

Hemos identificado que hablar de Mercurio tiene una connotación mayor que si habláramos del modelo de servicios. Y es que los equipos que se forman alrededor de proyectos que inspiran algo que va más allá del día a día, trabajan con más compromiso y dedicación. Con la ilusión de estar contribuyendo a algo que probablemente está haciendo una diferencia. 

Así, el proyecto Saturno ha sido la semilla que ha impulsado una estrategia de mercado más agresiva con un segmento de la economía. Los compañeros que hemos trabajado en este proyecto hemos logrado tal unión que los éxitos de los demás se convierten automáticamente en propios. Increíble, si consideramos que esta generosidad no se ve todos los días en la mayoría de las empresas mexicanas. 

Hace unos meses fui emocionado a comprar un libro de mitología griega para escoger el nombre de Júpiter. Padre de Mercurio y quien lo tuteló y guío para ser el dios del comercio en la mitología romana. En este punto, casi es una obviedad qué tipo de nombre debe recibir un proyecto que busca impulsar la productividad comercial.

Por supuesto, que este sentido metafísico que sugiere un nombre de este estilo, no serviría de nada si el planteamiento conceptual no es bueno o si la ejecución es deficiente. Pero esto último, es una obligación profesional en cualquier empresa que se precie de ser competitiva. El aderezo que puede hacer (y hace) la diferencia radica en la ilusión con que enfrentamos nuestros retos cotidianos.

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Este post está dedicado a los grandes equipos de trabajo con los que he tenido la fortuna de compartir estos proyectos: inventándolos, sufriéndolos y casi siempre obteniendo de ellos la gran satisfacción al ver que se convierten en realidad. Las piedras angulares de estos equipos son Irma, Isaac y Mario.

Jueves ordinario: la adolescencia

“Ya es cuarta”, insistía el Mad. “No Orejas, es apenas tercera”, recriminaba Alex Villafuerte y continuaba: “La del poste y la que no me tocaste ahorita, ¿cuál mas?”. “Pues la que soltó el Chido”. “No manches, esa fue en la serie pasada”. “Bueno, bueno, para que no digan que no les damos chance que sea tercera”, finalizaba Vicente Bayardo, quien siempre buscaba conciliar. Tal vez se sentía obligado, pues casi todos los días de ese verano de 1988 nos reuníamos afuera de su casa para jugar Tochito. En Rada, en las Águilas.

Teníamos 16 años unos y 17 otros. Por cierto que Héctor Marín consiguió una versión de Juan Gabriel al respecto en cassette. Ese verano no hicimos más que reunirnos y disfrutar de la no responsabilidad. A la mitad de la prepa, sin preocupaciones por el futuro. En plena adolescencia. Con copetes exagerados, cinturas de 28 (a excepción del cuñado de Edson) y el rock ochentero en su apogeo. Fiestas de paga y vasos de plástico.Siempre he creído que sabíamos perfectamente que nuestra principal obligación era disfrutar al máximo nuestra juventud. Antes de que fuera demasiado tarde. Intensamente, con alguno que otro exceso, pero nada para asustarse. Ya vendrían tiempos de ocuparse. De definir nuestros caminos y tomarnos un poco más en serio, de hacernos cargo de nuestra individualidad en toda la dimensión de la palabra. Fuimos privilegiados.Pues bien. El lunes pasado se inauguró la Semana Nacional Pyme en el Centro de Convenciones ubicado a un costado del Hipódromo. Fue el presidente Calderón y por 7° año consecutivo la organización estuvo a cargo de la Secretaría de Economía (SE).El miércoles se rompió récord de asistencia y los principales emprendedores y empresarios asistieron al pabellón de Financiamiento. Dentro de esta semana, la SE trata de difundir y hacer realidad la gama de programas que tiene para impulsar el crecimiento y desarrollo de estas empresas.Las Pymes (que incluyen también a las Micros) ascienden a casi 4 millones de entidades y aportan el 63% del PIB y el 79% del empleo del país. Por ello, es casi obvio que la única manera de que México salga del subdesarrollo es a partir del crecimiento sostenido de las Pymes. Sin embargo, la situación no es muy alentadora, pues 8 de cada 10 empresas fenecen durante los dos primeros años de vida. Por ello, los flujos de inversión no fluyen con el volumen que se requiere.La principal causa de su fracaso, contrario a lo que se piensa, no tiene que ver con factores macroeconómicos, sino por falta de capacidades de los empresarios, desde el planteamiento de su modelo de negocio, manejo de finanzas, estrategias de comercialización, calidad de producción hasta la gestión administrativa de sus empresas familiares.No existe la conciencia de que debemos prepararnos para emprender un negocio y tener éxito con él. Yo mismo cerré hace un par de años una Consultoría Empresarial que constituí en 2003. Formo parte de las estadísticas. En mi caso, el factor de no éxito fue la falta de foco en la oferta de servicios. Aprendí muchísimo de la experiencia y algún día la capitalizaré.En fin, las Pymes en su mayoría atraviesan un estado de inmadurez parecido a los años de mi adolescencia. En contraste, sin embargo, la responsabilidad de su futuro está hoy en sus manos. No hay que esperar más nada. Ni apoyos del Gobiero ni que la competitividad se incremente todavía más. Es momento de tomar cartas en el asunto y buscar desarrollar nuestras capacidades.Para ello, debemos cambiar un poco nuestra mentalidad, pues ya estamos en “cuarta oportunidad” como diría el Mad (esta vez con razón) y ya no queda tiempo para poder desarrollarnos. Un factor crítico que debemos considerar es que los que trabajamos para las empresas como empleados también debemos pensarnos como emprendedores. Tomar la responsabilidad de nuestra carrera, planeando nuestro futuro y desarrollando nuestras capacidades.He de mencionar que mis cuates de la prepa están hoy día con su carrera profesional en sus manos. Nos reunimos un par de veces al año y normalmente la plática se dirige a esos meses de improductividad. Los recordamos con gusto, pero estoy seguro que no los añoramos y mucho menos quisiéramos seguir viviéndolos eternamente.

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Nota al margen:

El pasado martes fui a dar una Conferencia en la Semana Nacional Pyme. La exposición giró en torno a nuestra oferta específica para estas empresas y le invertimos gran cantidad de tiempo a preguntas y respuestas. Derivado de este diálogo con los empresarios, estudiantes y periodistas, explicamos la causa por la que la banca comercial usualmente no financia empresas con antigüedad menor a dos años.

Comparto con ustedes algunos artículos relacionados con esta conferencia (dar clic en el link):

Fracaso de pymes inhibe a los bancos

En cartera vencida 15% de capital semilla para PyMES

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Jueves ordinario: la justicia (deportiva)

“¡A máxima!”, nos gritaba Víctor Villa, el Head Coach de Lobos en 1982, mientras hacíamos “rebases” alrededor del deportivo Plateros, ubicado a un costado del Aurrera y a otro de la Prepa 8. Íbamos subiendo equipados y con “tacos” sobre el pavimento. Y lo complementaba animadamente Mario Pérez: “¡Para que se hagan hombrecitos!”

Este esfuerzo -nos decían- era requisito indispensable para ganar el juego del domingo. Y repetían –sin cesar- que los “juegos se ganan en el entrenamiento”, mientras algunos ya empezábamos a sollozar. Ni qué decir del “matador” de los martes o del “círculo romano” de los miércoles, que con gran pasión dirigían Víctor Flores y Miguel Amieva respectivamente.

Cabe señalar que al final de la temporada sí logramos ganar el campeonato de la liga infantil “Afaimac” y todavía un juego adicional que llamaban “campeón de campeones”. Me parece, sin embargo que fue más por la unión del grupo, con un compañerismo que a más de 25 años todavía nos vincula, que por el “segundo esfuerzo” o algunos excesos innecesarios que ya he referido.

Pues bien, que el lunes pasado en un juego de grandes emociones (esos que vinculan a los aficionados con la NFL) los Dallas Cowboys derrotaron en final dramático a los Buffalo Bills. Tony Romo lanzó 5 intercepciones y soltó un balón más. Cuando iban perdiendo por 8 puntos se asomaban varias mantas victoriosas de los aficionados de los Bills. Una de ellas –escrita durante el partido- decía que habían esperado 13 años para disfrutar de ese momento. Unos segundos después de que Nick Folk, el pateador de los Cowboys anotó el gol de campo de la victoria, se veía cómo los mismos aficionados se escurrían hacia los túneles, con rostros llenos de frustración. ¿Qué necesitaban para ganar ese partido?

Para los aficionados al “panbol”, refiero rápidamente cómo los Pumas perdieron “injustamente” contra los Santos el domingo por la tarde. Jugaron mejor, pero los de la Comarca Lagunera fueron más efectivos. Es claro que las rachas existen y también que las costumbres pesan. Hay quienes ganan por hábito. También los que pierden.

Algo más que está relacionado con deporte, aunque no necesariamente. El domingo en el maratón de Berlín. Seguramente ya vieron las fotos, vídeos y demás circo periodístico. El excandidato del PRI a la presidencia hizo trampa, aunque ya envío un comunicado de siete cuartillas que desmiente todo lo que vimos millones de personas. Justicia deportiva no reconocerle el triunfo, aunque, ¿qué pensaría este señor? No cabe duda: existen hábitos y vicios ineludibles.

Los objetivos del deporte deben estar muy bien definidos, pues no es lo mismo la convivencia infantil en un equipo de fútbol americano (FBA), que la ambición de un deporte profesional como la NFL; menos parecido el objetivo personal que se busca al trotar por las mañanas, o el de inscribirse a un maratón.

Para terminar cito textualmente las palabras de Héctor Nieto quien fue coach de equipos infantiles de FBA durante muchos años: “El éxito de un coach responsable de un equipo infantil o juvenil no se debe medir por juegos ganados o puntos anotados y mucho menos por campeonatos obtenidos, sino por el número de jugadores que regresan a jugar al año siguiente”.

Para ser justo (en términos deportivos) cabe señalar que regresé a jugar 5 años en el equipo que dirigían Victor Villa, Mario Pérez, Victor Flores, Miguel Amieva, Alejandro Rosaldo y Francisco Coria. Gracias por sus enseñazas y sobretodo por todo el tiempo que nos dedicaron dentro y fuera del campo de juego.

Jueves ordinario: el agachado

“Y me voy con la mula de treses”, anunció el buen Juanito antes de tirar su última ficha, ganar la mano y llevarse el torneo de dominó de los Coyotes de Tecamachalco celebrado en su casa de Valle de Bravo hace un par de años. Había logrado superar a los 16 participantes que nos inscribimos en una sesión que se extendió por más de 12 horas. Esa última ficha que tiró se la había “guardado”, despistando a los oponentes magistralmente.Además de una gran memoria, la capacidad de Juanito para engañar a los jugadores se ha convertido en un arte imposible de igualar. Esta táctica, sin embargo, no es muy apreciada por los jugadores clásicos del grupo, pues desprecia la aportación del compañero y al mismo tiempo distorsiona las conjeturas de los participantes.En la jerga del dominó a estos jugadores (amantes del engaño y de la jugada heterodoxa) se les llama agachados. Si bien válida, esta postura va contra las reglas no escritas del dominó, pues el agachado se guarda una ficha –usualmente al principio de la mano- que hubiera permitido aclarar su postura ante el juego. La intención es engañar, confundir y sorprender. No existen estadísticas al respecto, pero en mi experiencia el agachado pierde más de lo que gana. Tanto en puntos, como en simpatía dentro del grupo.Pues bien, que en los meses recientes he tenido la oportunidad de participar en un equipo de trabajo encargado de definir una estrategia comercial para aprovechar la oportunidad de mercado en un segmento muy atractivo. El equipo se ha integrado por personalidades diversas, con gran experiencia y mucho talento.Los acuerdos han costado muchas horas de trabajo y discusiones intensas en emociones. Hemos aprendido unos de otros y también nos hemos conocido. Como hay intereses en juego, los participantes hemos elegido nuestra forma de actuar. Y de manera natural han emergido las personalidades que podemos clasificar en jugadores clásicos y agachados.

El objetivo inicial del proyecto se basó principalmente en entender el juego. Tardamos dos semanas en acordar que el juego empezaba con la mula de seises. Y otras dos para definir que el siguiente tirador sería el de la derecha. Las primeras manos fueron un poco frustrantes, pues algunos habían entendido que la mula de seises no era la ficha inicial, sino otra que yacía dentro del bloque que les había tocado. Y otros, que el turno podía ser más flexible, incluso con tiradas consecutivas. Después de un mes, practicamos y logramos tirar las fichas más o menos con cierta fluidez.

Para el segundo mes ya dominábamos las reglas básicas e incluso empezaron los “cierres” y una que otra jugada elaborada donde –de manera intencional- se “ahorcaron” mulas y se ganaron partidas con trabajo en equipo. Las confusiones iniciales parecieron desaparecer y el grupo empezó a tomar un buen nivel de juego.

Pero justo antes de la gran partida, las personalidades emergieron violentamente. Se hizo la “sopa” y cada jugador acomodó sus fichas frente a él. Los agachados intentaron una “movida” más allá de las reglas, tratando de salir con una ficha diferente a la mula de seises y pensando que podían tirar consecutivamente sin parar. Para sorpresa del equipo, el caos privó y nuevamente hubo que regresar a las reglas iniciales.

Durante el tercer mes, reforzamos las reglas y nos dimos a la tarea de practicar sin cesar. Nos convertimos en unos jugadores expertos, con capacidad de contar rápidamente los puntos de las fichas y realizar inferencias sobre las (fichas) no tiradas.

El día de la partida, emergieron nuevamente las personalidades, pero esta vez sin violentar las reglas. Los clásicos buscaron el trabajo en equipo y la conciliación, esgrimiendo los mejores argumentos que encontraron. Los agachados, con una validez incuestionable, engañaron y sorprendieron. La mano ha durado varias horas y todavía no se tira la última ficha.Aparentemente hay algunas mulas “ahorcadas”, pero no sabemos todavía de quiénes son. Ha sido extenuante el esfuerzo y ya han tenido que haber un par de amonestaciones por intentar hacer “señas”. Afortunadamente, ha privado la cordialidad que en momentos parecía desaparecer. Los clásicos critican a los agachados, y viceversa.No hay estadísticas tampoco en estos casos y -a diferencia del dominó- me parece que la oportunidad de vencer es igualmente probable. Sobretodo, es claro que podemos acercarnos a la solución con enfoques diferentes y no hay manera de saber cuál es la más efectiva y mucho menos cuál la más noble.Me parece, además, que el aprendizaje de todos los integrantes del grupo ha sido invaluable y aún si Juanito “se va” con la mula de treses, cada instante que he pasado en este proyecto ha valido la pena. Soy jugador clásico en el dominó y también en los proyectos de trabajo. Pero puedo reconocer -sin chistar- cuándo es que un agachado ha jugado mejor que yo.

Gamos del CUM vs. Holy Cross (San Antonio, 1989)

“¿Te acuerdas que fuimos roommates?”, me preguntó Paolo Peláez cuando estaba empezando la comida del 4 de agosto de 2007. Se refería al viaje que hicimos en la pretemporada de 1989 a San Antonio, para jugar con el peligrosísimo equipo de Holy Cross, que además era de una categoría inferior. Valió la pena la experiencia de football, pero mucho más la personal y sobretodo la de ese grupo, integrado por personas tan diversas e incluso de generaciones diferentes. Algunos nunca habíamos jugado juntos, aunque nos conocíamos ya de varios años atrás.

Unas semanas antes del viaje, fui con Gabriel Mata a la embajada de Estados Unidos a sacar la visa. Llegamos como a las 4 de la madrugada. Lo más relevante fue que un pendejín nos dijo que se estaba tirando a Maribel Guardia (y mi buen amigo Gabriel sí se la creyó).

El día del juego, por la noche, en una fiesta que nos organizaron los amigos de Holy Cross, Carlos Gómez se metió en la tienda de conveniencia de una gasolinera que estaba a un par de calles y pagó sin pena 2 cartones de twenty-four de Coors. No importó que la edad permitida para vender alcohol fuera de 21 años. Me imagino que al vendedor le valió madres, pues el buen Beauty no pasaba ni a golpes por más de 18.

Por la mañana (ese día del juego), rompía una brisa fría la armonía de mi desvelada. Una noche antes, habíamos ido con nuestro anfitrión a casa de su hermano. Éste como de unos 25 años, tenía un Cadillac del año en la puerta y una mesa de billar con paño rojo en la cochera. No sé que se imaginó acerca de nosotros, porque tenía 2 hieleras llenas de cerveza: Bud Light. Tuvimos que beberlas, más por gusto que por otra cosa. Salimos un poco mareados, porque escuchamos música country a todo lo que daba su estéreo por más de cuatro horas.

En el mall, el mismo día del juego por la tarde, no sé porque razón fuimos casi todos con los jerseys (tal vez nos empujó el impulso de que eran nuevos y además habíamos apaleado a un equipo de la localidad). Fue un error, pues las 3 letras que orgullosamente portábamos en el pecho, hicieron reír a más de una persona. A mi me tocó que unas niñas incluso se me aventaran (no como hubiera querido), empujándome y ladrando no sé que reclamaciones. Por 3 letras que para ellos tienen un significado muy diferente: CUM.

Regresemos a la mañana del juego. Por alguna razón que nunca comprendí, mi buen y estimado colega Edgar Zapata jugaba mal (o regular, porque tal vez nunca lo hizo mal) el día que le tocaba jugar bien. Es decir, el día en que los dos sabíamos que él iba a ser el titular, que el juego parecía flojo y -por tanto- yo podía salir a buscar mi identidad una noche antes – en las calles y con pláticas largas y estimulantes. Pues bien, ese día tuve que entrar antes de lo esperado. Me costó trabajo superar mi impresión inicial de que el campo estaba inclinado hacia el sur. Sobretodo, porque la ofensiva iba hacia el norte.

De ida -en el avión- saltó un comentario por sobre los asientos que a esa edad parecía una motivación muy válida: “Nos los vamos a madrear y nos vamos a c… a sus hermanas”. Risas y más risas. ¿Quién fue el ocurrente? ¡Oh decepción, cuando estábamos en el gimnasio aquel de pueblito tejano! La primera aspiración la confirmamos al ver a nuestros oponentes, pero lo segundo, ¡caray!, ¿cuántas Bud-Ligthts íbamos a necesitar?

Nuestro anfitrión fue muy cálido, probablemente al igual que todos los demás. Güerito él, jugaba en la categoría de arriba (tal vez contra los que debimos jugar) y tenía una novia chicana. Ella, con un Camaro (no recuerdo el color), apenas tocaba el acelerador y salíamos disparados contra los asientos. Los primeros dos días fumé como chacuaco hasta quemar en 3 ocasiones las vestiduras. El último día, me prohibieron mi atrevimiento. Lo invité a México cuando estábamos cargando gasolina y le dije que se divertiría muchísimo con algunas amigas que teníamos en el equipo. ¿Qué rayos estaba pensando?, pues su novia además de triturarlo con la mirada, reclamó el sí inicial que me había dado.

Cuando llegamos al aeropuerto, había un grupo de papás echando porras y vi un cartelón con el marcador del juego: 61-6. “Qué raro”, pensé, “no cabe duda que el significado de las cosas es muy diferente para cada quien”.

Lobos de Plateros 1980

El objetivo de esa temporada fue quedar campeones. Así nos los dijo el head-coach desde el primer día de entrenamiento en “cortos” y así lo repitió casi todos los días del verano de 1980.

En ese año se acuñó en mí una de las marcas más profundas que llevo en el alma: el valor de la amistad. Con el fin común muy claro, los entrenamientos estaban focalizados a ser mejores día a día. Hombro con hombro, nos esforzábamos en cada ejercicio de resistencia y también en los de golpeo directo, donde no hay otra manera de avanzar mas que partirte la madre con tu amigo. El beneficio, que casi siempre tuvimos, se presentaba en los partidos: al ganar.

Aunque son muy cuestionables los métodos utilizados por nuestros coaches, sobretodo en castigos y golpeo directo, su impulso a visualizarnos y esforzarnos por ser mejores es una herencia que tengo de ellos, tanto en mi vida personal como en todos los equipos de trabajo en los que he participado.

La temporada fue de menos a más. Empezamos con un par de scrimages para olvidar, sobretodo porque la mayoría de los integrantes éramos novatos. Sin embargo, entrenamiento tras entrenamiento mejorábamos: tanto en actitud y unión, como en técnica y en ejecución de las no más de 10 jugadas que manejábamos a la ofensiva y no más de 2 formaciones a la defensiva. Claro, además de los equipos especiales. La mayoría, participábamos en todo y por tanto jugábamos todo el juego.

Este equipo tuvo ángel desde el principio, pues nos iban a ver, además de nuestros familiares, los papás de otras categorías. No recuerdo un entrenamiento sin visitas, ni juegos con las tribunas vacías. La conjunción del equipo fue en varios niveles: el principal, entre los jugadores de 8 años de edad, entre los coaches de 17 y 18 años que eran amigos y compañeros de equipo, entre los papás que se sumaron a la aventura veraniega; y la directiva, simpatizante de los 3 niveles, que siempre apoyó cuando fue necesario.

La simpatía se vio acompañada con victorias desde el principio. Con jugadas bien ejecutadas, técnica depurada al taclear (la esperada en un niño de esa edad) y sobretodo coraje: no me queda la menor duda que si algo transmitimos en esta y en varias temporadas subsiguientes fue hambre de ganar, pasión y mucho, mucho amor por nuestros colores azul y plata.

Ganamos todos los juegos, excepto 1: la final. Por una situación desafortunada, donde el quarter-back se lastimó una horas antes del partido. El head-coach construyó y delegó su liderazgo en este niño de 8 años que gustosamente aceptó el reto, pero un día antes sufrió una lesión en la pierna cuando brincaba un charco, al terminar el entrenamiento. No pudo jugar bien al día siguiente y aunque el equipo de Lobos claramente era mejor que el contrario (Comanches de Atizapán), los jugadores no pudieron rendir, pues no se nos había preparado para una situación así. Aprendimos de eso y 2 años después (en 1982) cobramos “venganza”.

En la foto aparecen 3 niños que fueron en ese año y que son todavía 3 de las personas más importantes de mi vida: Marcos Vázquez Frias (57), primo hermano que falleció lamentablemente hace 13 años, Edson Sánchez (55, cuarto de izquierda a derecha en la primera fila), line-backer y líder de la defensiva durante todos los años que lo vi jugar) y Julían Vergara Méndez (95, segundo de derecha a izquietda en la primera fila), receptor y líder anotador en casi todos los años que jugué con él. Los 3, mis mejores amigos, cuando menos hasta que cumplimos 18 años.

Por la tarde veré a Edson y a Julían en una comida, en memoria de otro equipo en el que jugamos. Pero, esa es otra historia.