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Jueves ordinario: la justicia (deportiva)

“¡A máxima!”, nos gritaba Víctor Villa, el Head Coach de Lobos en 1982, mientras hacíamos “rebases” alrededor del deportivo Plateros, ubicado a un costado del Aurrera y a otro de la Prepa 8. Íbamos subiendo equipados y con “tacos” sobre el pavimento. Y lo complementaba animadamente Mario Pérez: “¡Para que se hagan hombrecitos!”

Este esfuerzo -nos decían- era requisito indispensable para ganar el juego del domingo. Y repetían –sin cesar- que los “juegos se ganan en el entrenamiento”, mientras algunos ya empezábamos a sollozar. Ni qué decir del “matador” de los martes o del “círculo romano” de los miércoles, que con gran pasión dirigían Víctor Flores y Miguel Amieva respectivamente.

Cabe señalar que al final de la temporada sí logramos ganar el campeonato de la liga infantil “Afaimac” y todavía un juego adicional que llamaban “campeón de campeones”. Me parece, sin embargo que fue más por la unión del grupo, con un compañerismo que a más de 25 años todavía nos vincula, que por el “segundo esfuerzo” o algunos excesos innecesarios que ya he referido.

Pues bien, que el lunes pasado en un juego de grandes emociones (esos que vinculan a los aficionados con la NFL) los Dallas Cowboys derrotaron en final dramático a los Buffalo Bills. Tony Romo lanzó 5 intercepciones y soltó un balón más. Cuando iban perdiendo por 8 puntos se asomaban varias mantas victoriosas de los aficionados de los Bills. Una de ellas –escrita durante el partido- decía que habían esperado 13 años para disfrutar de ese momento. Unos segundos después de que Nick Folk, el pateador de los Cowboys anotó el gol de campo de la victoria, se veía cómo los mismos aficionados se escurrían hacia los túneles, con rostros llenos de frustración. ¿Qué necesitaban para ganar ese partido?

Para los aficionados al “panbol”, refiero rápidamente cómo los Pumas perdieron “injustamente” contra los Santos el domingo por la tarde. Jugaron mejor, pero los de la Comarca Lagunera fueron más efectivos. Es claro que las rachas existen y también que las costumbres pesan. Hay quienes ganan por hábito. También los que pierden.

Algo más que está relacionado con deporte, aunque no necesariamente. El domingo en el maratón de Berlín. Seguramente ya vieron las fotos, vídeos y demás circo periodístico. El excandidato del PRI a la presidencia hizo trampa, aunque ya envío un comunicado de siete cuartillas que desmiente todo lo que vimos millones de personas. Justicia deportiva no reconocerle el triunfo, aunque, ¿qué pensaría este señor? No cabe duda: existen hábitos y vicios ineludibles.

Los objetivos del deporte deben estar muy bien definidos, pues no es lo mismo la convivencia infantil en un equipo de fútbol americano (FBA), que la ambición de un deporte profesional como la NFL; menos parecido el objetivo personal que se busca al trotar por las mañanas, o el de inscribirse a un maratón.

Para terminar cito textualmente las palabras de Héctor Nieto quien fue coach de equipos infantiles de FBA durante muchos años: “El éxito de un coach responsable de un equipo infantil o juvenil no se debe medir por juegos ganados o puntos anotados y mucho menos por campeonatos obtenidos, sino por el número de jugadores que regresan a jugar al año siguiente”.

Para ser justo (en términos deportivos) cabe señalar que regresé a jugar 5 años en el equipo que dirigían Victor Villa, Mario Pérez, Victor Flores, Miguel Amieva, Alejandro Rosaldo y Francisco Coria. Gracias por sus enseñazas y sobretodo por todo el tiempo que nos dedicaron dentro y fuera del campo de juego.

Jueves ordinario: la oportunidad

En los años 1980s, cuando jugaba fútbol americano infantil, teníamos un ejercicio dirigido a aprovechar la oportunidad. Se llamaba 3ª y 8. Consistía (o consiste) en simular una situación que se presenta con regularidad en los partidos: la ofensiva tiene que avanzar cuando menos 8 yardas para lograr el 1° y 10. De lo contrario, debe entregar el balón al equipo oponente.El ejercicio es doble, pues prepara tanto a los integrantes de la ofensiva como a los de la defensiva. Posiciona mentalmente este reto y -a la vez- permite practicar diversas jugadas para incrementar la efectividad de éxito. En general, las ofensivas con más conversiones de 3ª y largo (8 ó más yardas) son las que más puntos anotan. De manera similar, las defensivas que evitan estas conversiones, las que menos puntos reciben.

Pues bien. Que hace una semana inició la temporada del fútbol americano de la NFL. Poderosos se vieron los Potros de Indianápolis: muy efectivo Peyton Manning y también muy potente la defensiva. En contraste, los Santos de Nueva Orleáns se vieron muy erráticos: Drew Brees (líder en yardas en 2006) tuvo 2 intercepciones y la defensiva permitió 288 yardas por pase y 3 TD por la misma vía.

La verdad es que no vi el partido, pero vi el resumen y ahorita estoy revisando las estadísticas en la nfl.com. Ese día en la noche nos reunimos (mi esposa y yo) a cenar con unos grandes amigos en el Hunan de San Angel. Nos sentamos alrededor de una mesa redonda muy cómoda y pudimos ponernos al tanto de nuestros asuntos. Muy buena la idea de Jorge de organizar la cena y aunque a él también le apasiona la NFL, la oportunidad de juntarnos no la íbamos a dejar pasar. Menos en el primer juego de la temporada.

El domingo tuve la gran oportunidad de estar con mi esposa y festejar su cumpleaños. Bruno y yo fuimos los sonsacadores. Convivimos con mis papás, hermanas y cuñado en la mañana. En la tarde con mi suegro, su esposa y la bisabuelita de Bruno. Muy padre, muy contentos. Por cierto que no nos dieron mesa en el restaurante Ostería del Becco pues no teníamos reservación, pero sí un niño. En contraste, en el restaurante Denominación de Origen el servicio fue de primera y aunque estaba lleno, nos consiguieron una mesa y la insertaron en un espacio que quedaba libre. Buen vino pidió mi suegro y excelente el jamón serrano de bellota. Mejor la platica y la compañía.

En México, la temporada empezó el 1° de septiembre, Ese día, las Águilas Blancas del IPN recibieron a los Borregos Salvajes del ITESM campus Monterrey. El juego lo vi en una repetición de ESPN y durante la transmisión hablé con mi tío Marcos un par de veces, pues parecía que los del Politécnico ganarían el juego. Ni modo tío, las diferencias todavía persisten, pero pudimos soñar con que podrían ganar. La verdad es que la oportunidad la tuvieron, pero muchas veces las tendencias pesan más. La inercia ganadora de los Borregos fue la determinante y no su mal desempeño en el campo de juego. Cabe señalar que no le voy a los del Poli, pero a muchos nos parece necesario que regresen a un buen nivel los equipos de las dos máximas casas de estudios: UNAM e IPN.

Regresando al domingo pasado, no vi los juegos de las 12 ni los de las 3, pero qué tal el de las 7 de la noche en cadena nacional. Regresando de festejar a mi esposa –como por obra de magia- llegamos 15 minutos antes del kick-off. Excelente, bajé mi lap top y frente a la tele me aventé una presentación que tenía que entregar al día siguiente. Aproveché que las defensivas no salieron al emparrillado y pude concentrarme en afinar unas láminas de Power Point. Por cierto, muy acertadas, como los pases de Tony Romo y en especial el del último cuarto cuando quedaban menos de 3 minutos que definió el juego. 45 puntos para los Vaqueros de Dallas contra 35 de los Gigantes de Nueva York.

También, durante el juego, pude revisar y analizar los resultados de la liga de Fantasy Football (FF) en la que participamos mi hermana y su esposo (desde Toronto), mi papá, mi otro cuñado, un par de amigos de mi cuñado, mi esposa y yo. La liga se llama Raspita Fantasy League (RFL: siglas por cierto muy afortunadas) y hay equipos como los Ginormous Crocs, Hello Kity y Metallica Skulls. Me reí bastante con algunas malas decisiones que tomaron algunos participantes. Es sorprendente cómo -a través de este medio virtual- puede lograrse tanta comunicación. Muy buena idea la de Marc, mi cuñado, de organizarnos para esta liga.

Hace dos semanas anuncié -por primera vez en más de diez años- que no llevaría la quiniela tradicional que muchos conocemos como Halcones 124. Marco, el esposo de mi prima, se ofreció a llevarla con mi primo Alex y me parece que salvaron una tradición que se remonta a más de 20 años. Esta quiniela ha tenido más de 50 participantes en algunas semanas de muy diversos grupos. Recuerdo que en el restaurante de mi tío Marcos participaban unos comensales de Aeroméxico y se llevaba a papel con manuscrita. Ahora, los “jugadores” se distribuyen entre varias compañias, principalmente los amigos de Pemex que siempre han tenido dignos representantes. El reto -ahora- es automatizar su concentración y distribución, así como los pagos de los premios. Seguro se logrará, pues la convivencia de tantos años alrededor de ella valen la pena. El único requisito para entrar es que te guste el americano y que pagues oportunamente.

En fin, ahora que ha empezado la temporada, tendremos la oportunidad de seguir frecuentándonos: reunirnos, hablar por teléfono, discutir o simplemente escribir un par de líneas al respecto. Sabemos que es difícil coordinar y sobretodo justificar ver tantos juegos y equilibrar bien otras actividades. Es como en los entrenamientos de la liga infantil: 3ª y 8. Sabemos que habrá fines de semana que tendremos que patear; en otros, conformarnos con un gol de campo, pero muchos más si lograremos el 1° y 10. A diferencia de lo que pareciera, para mí el 1° y 10 no es ver todos los juegos todos los fines de semana, sino pasarme un domingo como el de la semana pasada: con mi familia. Aunque debo reconocer que un fondo donde se escucha la narración de un partido de americano es la “cereza en un pastel”.

Gamos del CUM vs. Holy Cross (San Antonio, 1989)

“¿Te acuerdas que fuimos roommates?”, me preguntó Paolo Peláez cuando estaba empezando la comida del 4 de agosto de 2007. Se refería al viaje que hicimos en la pretemporada de 1989 a San Antonio, para jugar con el peligrosísimo equipo de Holy Cross, que además era de una categoría inferior. Valió la pena la experiencia de football, pero mucho más la personal y sobretodo la de ese grupo, integrado por personas tan diversas e incluso de generaciones diferentes. Algunos nunca habíamos jugado juntos, aunque nos conocíamos ya de varios años atrás.

Unas semanas antes del viaje, fui con Gabriel Mata a la embajada de Estados Unidos a sacar la visa. Llegamos como a las 4 de la madrugada. Lo más relevante fue que un pendejín nos dijo que se estaba tirando a Maribel Guardia (y mi buen amigo Gabriel sí se la creyó).

El día del juego, por la noche, en una fiesta que nos organizaron los amigos de Holy Cross, Carlos Gómez se metió en la tienda de conveniencia de una gasolinera que estaba a un par de calles y pagó sin pena 2 cartones de twenty-four de Coors. No importó que la edad permitida para vender alcohol fuera de 21 años. Me imagino que al vendedor le valió madres, pues el buen Beauty no pasaba ni a golpes por más de 18.

Por la mañana (ese día del juego), rompía una brisa fría la armonía de mi desvelada. Una noche antes, habíamos ido con nuestro anfitrión a casa de su hermano. Éste como de unos 25 años, tenía un Cadillac del año en la puerta y una mesa de billar con paño rojo en la cochera. No sé que se imaginó acerca de nosotros, porque tenía 2 hieleras llenas de cerveza: Bud Light. Tuvimos que beberlas, más por gusto que por otra cosa. Salimos un poco mareados, porque escuchamos música country a todo lo que daba su estéreo por más de cuatro horas.

En el mall, el mismo día del juego por la tarde, no sé porque razón fuimos casi todos con los jerseys (tal vez nos empujó el impulso de que eran nuevos y además habíamos apaleado a un equipo de la localidad). Fue un error, pues las 3 letras que orgullosamente portábamos en el pecho, hicieron reír a más de una persona. A mi me tocó que unas niñas incluso se me aventaran (no como hubiera querido), empujándome y ladrando no sé que reclamaciones. Por 3 letras que para ellos tienen un significado muy diferente: CUM.

Regresemos a la mañana del juego. Por alguna razón que nunca comprendí, mi buen y estimado colega Edgar Zapata jugaba mal (o regular, porque tal vez nunca lo hizo mal) el día que le tocaba jugar bien. Es decir, el día en que los dos sabíamos que él iba a ser el titular, que el juego parecía flojo y -por tanto- yo podía salir a buscar mi identidad una noche antes – en las calles y con pláticas largas y estimulantes. Pues bien, ese día tuve que entrar antes de lo esperado. Me costó trabajo superar mi impresión inicial de que el campo estaba inclinado hacia el sur. Sobretodo, porque la ofensiva iba hacia el norte.

De ida -en el avión- saltó un comentario por sobre los asientos que a esa edad parecía una motivación muy válida: “Nos los vamos a madrear y nos vamos a c… a sus hermanas”. Risas y más risas. ¿Quién fue el ocurrente? ¡Oh decepción, cuando estábamos en el gimnasio aquel de pueblito tejano! La primera aspiración la confirmamos al ver a nuestros oponentes, pero lo segundo, ¡caray!, ¿cuántas Bud-Ligthts íbamos a necesitar?

Nuestro anfitrión fue muy cálido, probablemente al igual que todos los demás. Güerito él, jugaba en la categoría de arriba (tal vez contra los que debimos jugar) y tenía una novia chicana. Ella, con un Camaro (no recuerdo el color), apenas tocaba el acelerador y salíamos disparados contra los asientos. Los primeros dos días fumé como chacuaco hasta quemar en 3 ocasiones las vestiduras. El último día, me prohibieron mi atrevimiento. Lo invité a México cuando estábamos cargando gasolina y le dije que se divertiría muchísimo con algunas amigas que teníamos en el equipo. ¿Qué rayos estaba pensando?, pues su novia además de triturarlo con la mirada, reclamó el sí inicial que me había dado.

Cuando llegamos al aeropuerto, había un grupo de papás echando porras y vi un cartelón con el marcador del juego: 61-6. “Qué raro”, pensé, “no cabe duda que el significado de las cosas es muy diferente para cada quien”.

Lobos de Plateros 1980

El objetivo de esa temporada fue quedar campeones. Así nos los dijo el head-coach desde el primer día de entrenamiento en “cortos” y así lo repitió casi todos los días del verano de 1980.

En ese año se acuñó en mí una de las marcas más profundas que llevo en el alma: el valor de la amistad. Con el fin común muy claro, los entrenamientos estaban focalizados a ser mejores día a día. Hombro con hombro, nos esforzábamos en cada ejercicio de resistencia y también en los de golpeo directo, donde no hay otra manera de avanzar mas que partirte la madre con tu amigo. El beneficio, que casi siempre tuvimos, se presentaba en los partidos: al ganar.

Aunque son muy cuestionables los métodos utilizados por nuestros coaches, sobretodo en castigos y golpeo directo, su impulso a visualizarnos y esforzarnos por ser mejores es una herencia que tengo de ellos, tanto en mi vida personal como en todos los equipos de trabajo en los que he participado.

La temporada fue de menos a más. Empezamos con un par de scrimages para olvidar, sobretodo porque la mayoría de los integrantes éramos novatos. Sin embargo, entrenamiento tras entrenamiento mejorábamos: tanto en actitud y unión, como en técnica y en ejecución de las no más de 10 jugadas que manejábamos a la ofensiva y no más de 2 formaciones a la defensiva. Claro, además de los equipos especiales. La mayoría, participábamos en todo y por tanto jugábamos todo el juego.

Este equipo tuvo ángel desde el principio, pues nos iban a ver, además de nuestros familiares, los papás de otras categorías. No recuerdo un entrenamiento sin visitas, ni juegos con las tribunas vacías. La conjunción del equipo fue en varios niveles: el principal, entre los jugadores de 8 años de edad, entre los coaches de 17 y 18 años que eran amigos y compañeros de equipo, entre los papás que se sumaron a la aventura veraniega; y la directiva, simpatizante de los 3 niveles, que siempre apoyó cuando fue necesario.

La simpatía se vio acompañada con victorias desde el principio. Con jugadas bien ejecutadas, técnica depurada al taclear (la esperada en un niño de esa edad) y sobretodo coraje: no me queda la menor duda que si algo transmitimos en esta y en varias temporadas subsiguientes fue hambre de ganar, pasión y mucho, mucho amor por nuestros colores azul y plata.

Ganamos todos los juegos, excepto 1: la final. Por una situación desafortunada, donde el quarter-back se lastimó una horas antes del partido. El head-coach construyó y delegó su liderazgo en este niño de 8 años que gustosamente aceptó el reto, pero un día antes sufrió una lesión en la pierna cuando brincaba un charco, al terminar el entrenamiento. No pudo jugar bien al día siguiente y aunque el equipo de Lobos claramente era mejor que el contrario (Comanches de Atizapán), los jugadores no pudieron rendir, pues no se nos había preparado para una situación así. Aprendimos de eso y 2 años después (en 1982) cobramos “venganza”.

En la foto aparecen 3 niños que fueron en ese año y que son todavía 3 de las personas más importantes de mi vida: Marcos Vázquez Frias (57), primo hermano que falleció lamentablemente hace 13 años, Edson Sánchez (55, cuarto de izquierda a derecha en la primera fila), line-backer y líder de la defensiva durante todos los años que lo vi jugar) y Julían Vergara Méndez (95, segundo de derecha a izquietda en la primera fila), receptor y líder anotador en casi todos los años que jugué con él. Los 3, mis mejores amigos, cuando menos hasta que cumplimos 18 años.

Por la tarde veré a Edson y a Julían en una comida, en memoria de otro equipo en el que jugamos. Pero, esa es otra historia.