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Jueves ordinario | En el camino

Después de noventa minutos en el taxi, bajé del coche con un retraso de ciento veinte. Ahí estaban mis tres compañeros de la primaria y secundaria. En la terracita de un restaurante japonés; con tequila y sake; con sonrisas espontáneas y miradas de cómplices; y sobretodo con gran disposición para escuchar, mirar, explorar. La mesa se integró por dos mujeres y dos hombres. Desde el momento en que me senté hasta que salí -unas horas después- tuve la extraña sensación de que aunque los conocía desde siempre en realidad no sabía bien quiénes eran.

En estas semanas he tenido algunas incidencias con el coche: que la verificación desatendida, que un leve choque al salir por el estacionamiento de la oficina, que un policía corrupto lleno de consejos de moral, que un ajustador de seguros efectivo. Bueno, esto de los coches será algo que siga formando parte de nuestras vidas por algunos años más: principalmente por los trayectos largos que debemos recorrer y por la falta de un transporte masivo efectivo. Gracias a estas incidencias vehiculares tuve un par de experiencias agradables con dos taxistas.

Veía a Adriana mientras platicaba: la brillantina adornaba su rostro y el maquillaje cuidadosamente delineado acompañaba su peinado perfecto. Su cadencia al hablar además reflejaba una tranquilidad profunda y un placer de presente. “¿Cuándo crecimos?”, pensaba mientras ella nos compartía con orgullo su placer por la lectura y por la reflexión grupal alrededor de ella. Tiene dos hijos adolescentes y un negocio que la ocupan gran parte de su tiempo.  Sigue en el camino de la felicidad. Desde niños siempre me pareció la más consciente de su alegría.

El primer taxista venía buscando un confidente y decidió que yo era el bueno. Más de veinte años de casado y una hija de dieciseis, con trabajos intermitentes de chofer y de empleado constructor; persona derecha y bienvibrada. Con su gran secreto de estar cometiendo adulterio. Según su testimonio, su amante le reembolsa la cuenta del sábado y asume los gastos de la escapada sabatina. Llevan varios meses con esa aventura. Al final no supe si se confesaba o me presumía. De cualquier forma, lo escuché atentamente y no juzgué sus decisiones. Noventa minutos después salí del coche con la sensación de que lo conocía de tiempo atrás.

“Mejor hablemos de personas”, sugirió Jorge al ver que la plática se dirigía irremediablemente a temas de trabajo. Minutos después bromeó: “mejor regresemos a hablar de bancos”, pues tal vez las revelaciones personales estaban yendo demasiado lejos. A él lo conozco desde el kínder y pude distinguir al otrora niño de gran corazón de hace unas décadas. Confieso que sigue siendo difícil de leer, aunque fácil para convivir. Un camino del que poco sé, pero que se siente firme y con gran intensidad.

El segundo taxista lleva treinta años en el negocio, “porque me encanta manejar”, afirmó convencido. Tiene dos hijos: un ingeniero y un contador. “Los dos ya trabajan y el grande es el que se parece más a mí: por eso no tiene novia”, señala con su acento cálido del norte de Puebla. Antes de recogerme una grúa había levantado su coche y el gruyero lo extorsionó. Estuvo a punto de regresarse a su casa para ayudarle a su esposa con el negocio; pero mejor se quitó el mal sabor de boca “con una buena manejada”. Tiene una papelería, pero “son los dulces los que más se venden”. Sus márgenes en lápices alcanzan 150% y en los dulces: “sólo 70%”. Al final le entregué una tarjeta con la esperanza de poder apoyarlo en la operación y crecimiento de su negocio, pero tuve la sensación de que su camino iba hacia otra dirección.

“Es mi anillo de compromiso”, contestó Mara al preguntarle por un distintivo que lleva en el brazo. A su mirada profunda la acompaña una sonrisa que se mueve entre el sarcasmo y la sinceridad infantil. Es la misma que conocí en la secundaria. Su esencia perdura y se refleja en una actitud tranquila y relajada. Sin buscar etiquetar, aunque sí tratando de ilustrar, diría que hoy es hipster, así como ayer fue rockera y gran representante de la música industrial. Cool! En la profundidad de sus ojos uno adivina la gran mamá en la que se ha convertido. Está emprendiendo y a la vez convirtiendo uno de sus grandes placeres en un negocio formal.

Bajé del segundo taxi. La oscuridad engañaba a mis sentidos: apenas eran las seis y media de la tarde, pero se sentían como las ocho o las nueve de la noche. Estaba llegando a una reunión con unos amigos recientes. Cada una de las cuatro personas que estuvimos conviviendo esa noche tiene historias tan diversas que a simple vista la coincidencia no parece tan natural. Pero ése es otro camino que ya tendré oportunidad de compartir.

Jueves ordinario | El misterio del perro volador

No era la primera vez que Nikko desaparecía. Tampoco sería la última. Ya Carlos se había acostumbrado a esas escapadas que podían durar varios días. Pero esa noche era especial. Nikko había estado esperando toda la tarde a que Carlos llegara para poder colarse por debajo de sus piernas y atrapar a Bigotes. Estaba convencido: le daría su merecido a ese gato presumido.

“Se me cayó el diente”, exclamó Toño e inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho. Había planeado no decir nada y descubrir si lo que le habían revelado los adolescentes de prepa en el camión era cierto: que el ratón no existía. “¿Tampoco el ratón?”, se cuestionó cuando los escuchó decirlo. La diversidad de creencias lo envolvía día a día: en su salón de clases más o menos la mitad eran niños católicos, seguidos de judíos y también había un par de ateos declarados. Incluso había división de opiniones en cuanto a Santa Claus: Toño calculaba que la mitad sí creía en él y había otros dos grupos: los que estaban convencidos que eran los papás y los que estaban dudando. ¡Qué año ése en el que le tocó cumplir nueve años! ¡Todo parecía cambiar!

El perro y el gato salieron disparados hacia la calle de arriba. Nikko iba detrás de Bigotes; pasaron por entre los coches, asustaron a unas niñas pequeñas que jugaban con sus triciclos y alteraron la tranquilidad del guardia de una caseta. Apenas eran las seis y media de la tarde, pero ya estaba oscuro y el frío de diciembre empezaba a hacer estragos. Bigotes se metió detrás de unos matorrales y Nikko se detuvo cautelosamente, esperando el momento ideal para atacar. El movimiento de una rama hizo reaccionar a Nikko, quien con gran agilidad se lanzó sobre su enemigo. En el salto violento superó una pequeña barda que daba a una casa en desnivel: el pastor alemán cayó más de cinco metros hacía el jardín de la casa.

 “¿Existe Santa Claus, papá?”, preguntó Toño. Alonso, conociendo la inteligencia de su hijo y con la consciencia de que su respuesta debía ser certera, llenó de aire sus pulmones y señaló: “Existe para quienes creen en él”. Asintió y sonrió, mostrando la satisfacción de la frase contundente. Pero Toño reviró: “¿Tú eres Santa Claus, verdad?” Alonso reaccionó rápidamente y le preguntó de regreso: “¿En verdad crees que yo soy Santa Claus? ¿Cómo le haría para llevar los regalos a todos los niños del mundo?” Toño se dejó seducir por esa imagen y con mayor certidumbre dijo: “Hay niños en mi escuela que no creen en Santa Claus”. Alonso complementó la frase: “Entonces es muy probable que no reciban regalos”.

Nikko estaba vivo. Seguramente las ramas de un árbol y el follaje de varios bambúes amortiguaron su caída. En cuanto llegó al suelo movió sus patas y sin perder el equilibrio siguió caminando. Estaba muy asustado: sus latidos rápidos y estruendosos aderezaban su desconcierto. De inmediato se dio cuenta que en ese patio jugaba otro perro, pero no lo veía. Recorrió el jardín y encontró juguetes parecidos a los que él tenía en su casa; poco a poco fue calmándose, pero el miedo no lo abandonaba. Un ruido de motor lo alteró nuevamente: detrás de la puerta de cristal se abría una cochera y al mismo tiempo entraba un carro con las luces encendidas. Debía ser Carlos que iba a rescatarlo.

 “¡Hay un perro en la casa!”, exclamó Alonso. “¿Cómo pudo llegar ese perro ahí?”, preguntó en voz alta mientras se echaba en reversa para escapar de una situación que parecía de peligro: lo primero que pensó fue que algún ladrón se había metido y había llevado a un perro guardián para alertarlo. Subió a la caseta y le preguntó al guardia si sabía cómo es que un perro había entrado en su casa. “¿Quién sabe?”, alcanzó a balbucear. Estrellita, la esposa de Alonso, sugirió regresar y revisar la casa. No había nada fuera de su lugar, salvo por Nikko que se movía nerviosamente en el jardín. Estrellita abrió la puerta del jardín pero Nikko pareció no entender que lo estaba invitando a salir. Tardaron varias horas en sacarlo y -cuando por fin salió- Alonso y Estrellita concluyeron que ese perro había saltado desde la barda de cinco metros. Lo que no se explicaban era cómo es que no se había lastimado. Estrellita señaló que las conjeturas eran correctas y estuvo de acuerdo en que algo muy extraño estaba sucediendo.

Pero Nikko no regresó a su casa. Cuando menos no durante esa noche. Recorrió decenas de calles del suburbio, tratando de comprender qué había sucedido. Ya ni siquiera recordaba a Bigotes ni la ira que le provocaba cada vez que lo sentía cerca. La luna cortada a la mitad acompañó su desvelada y sólo el movimiento mitigó el frío de la madrugada. Sin saber cómo, al amanecer estaba frente a su casa ladrándole a Carlos para que abriera la puerta y le diera de comer. Ignoró a Bigotes quien se pavoneaba nuevamente caminando en círculos a unos metros de él. Los días siguientes, Nikko siguió indiferente a corretear a su otrora enemigo. Carlos pensó que estaría aburrido y no le dio importancia, pero unos días antes de navidad Nikko volvió a desaparecer; esta vez para siempre.

Unos días antes del 25 de diciembre, Toño decidió escribir su carta a Santa. Se le hizo un poco incómodo referirse a él sabiendo que dudaba de su existencia. Aunque la experiencia le había enseñado que los regalos aparecen año a tras año. “Ojalá que esta navidad así suceda”, pensó: así como con el billete de cincuenta pesos que encontró en lugar del diente un par de semanas antes. Ese día en el camión, les dijo a los adolescentes de prepa: “No sé si existe el ratón, pero sí sé que existe este billete”.

La explicación de la desaparición de Nikko parece vinculada a la explicación de por qué Toño recibirá sus regalos aún con sus dudas; y por qué cada año millones de niños siguen recibiéndolos. Es un rumor que va convirtiéndose en leyenda y que viaja de boca en boca no sólo en el suburbio del norte de la ciudad de México, sino en varias partes del mundo. Se cuenta que la noche en que Nikko iba cayendo en el vacío, cinco metros hacia abajo del jardín de la casa de Alonso y Estrellita, un duende seleccionó al pastor alemán para ayudar a la entrega de regalos de ese año. Resulta que con la gran cantidad de niños que viven hoy en día se ha hecho insuficiente que Santa Claus entregue todos los regalos; sobre todo los renos no se han reproducido tanto como los perros. Es por ello, que desde hace varios años, Santa definió una logística espectacular: recluta a los perros más ágiles de cada vecindario para que guíen los miles de trineos que vuelan por todo el mundo. Los duendes son quienes aparecen en cada casa a dejar los regalos y aunque Santa ya no los entrega personalmente, sí se asegura que se mantenga la tradición de que cada niño reciba aunque sea un pequeño presente.

Dicen que este año el mismísimo Santa Claus visitará los hogares mexicanos para entregar personalmente los regalos y que Nikko guiará orgullosamente su trineo.

Foto por @AnLoveStar

Jueves ordinario | Preguntas invisibles

Invirtió mucho tiempo en estructurar la pregunta: ese cuestionamiento que le ayudaría a resolver el misterio de su existencia.

Por años se dedicó a acumular conocimientos; a esbozar ideas y precisar conceptos. Investigó e intentó aplicar métodos de aprendizaje, deductivos e inductivos, convergentes y divergentes, racionales e irracionales, idealistas y realistas …

Buscó renovar y evolucionar sus creencias: rompiendo sus paradigmas una y otra vez. Experimentó de una manera diferente: cometiendo más errores, escuchando a más personas, callando sus impulsos, provocando su paciencia.

Para variar, se propuso amar a más personas, renunciar a algunos placeres, profesar distintas religiones, reinventarse continuamente, perder el rumbo, caer en la miseria.

Pero también se dio el lujo de recuperar su fortuna, educar a un hijo, adoptar a un perro, escribir un libro, leer más poesía, ignorar las noticias, mirar al vacío, renunciar a su trabajo, emprender negocios, trabajar sin remuneración.

Hizo casi de todo; una vez estuvo a punto de cambiar de sexo y en otra a punto de convertirse en político. Estaba exhausto, con un recorrido pocas veces observado, tanto en amplitud como en intensidad.

Cambió y evolucionó, pero nunca olvidó cuál era el sentido de su camino. Siempre tuvo presente que todo eso que había estado experimentando tenía la única finalidad de estar en condiciones de plantear correctamente el cuestionamiento que le llevaría a la verdad, a la felicidad.

En los momentos extremos, siempre supo que se acercaba más a su misión: en el dolor insoportable, en el placer inconsciente, en la tristeza quieta, en la cotidianidad mediocre.

Estaba listo. Podía sentirlo. La ligereza de su cuerpo, la agilidad de su mente y sobretodo la plenitud de su espíritu eran la evidencia inequívoca de que había llegado. Por fin, en ese instante preciso, en ese espacio precioso.

Se sentó frente al escritorio que había mandado a hacer décadas atrás. Había imaginado cientos de veces cómo con su pluma iba descubriendo con cada trazo el enigma que había estado aquejando a la humanidad por tanto tiempo.

Levantó la pluma con destreza y detuvo la hoja blanca suavemente. Miraba para sus adentros, cuando contemplaba esa escena tan esperada. Pero todo parecía tan nuevo; nada parecido a lo que tantas veces recreó en su mente.

Justo antes de tocar el papel con el punto fino de la pluma, cerró los ojos y un cúmulo de experiencias inundó su espíritu: recorrió instantes plenos, vacíos, superfluos, amorosos, desgarradores.

Ahí, sentado frente a la hoja en blanco, con las ideas claras, el corazón plapitante y el espíritu inquebrantable, comprendió el misterio que la pregunta encerraba y que la respuesta aclaraba.

Acercó su rostro al escritorio y dejó caer varias lágrimas sobre la hoja en blanco. Preguntas y respuestas efímeras y reveladoras que se manifestaron como nunca imaginó.

A unos días de los 40

Llego con grandes aprendizajes. De esos que sólo pueden obtenerse a través de los errores. Incluyendo errores repetidos y obvios.

Llevo varias cicatrices en la cara y un par en el pecho. Marcas de una cirugía en el torso y múltiples rasgadas en las extremidades.

Mis músculos se recuperan continuamente; trato de cuidarlos (al igual que a mis huesos) para que el frío de mañana no sea muy doloroso.

Respiro profundo y encuentro esa fuerza de hace un par de décadas. Un suspiro exhala tiempos pasados llenos de energía e inconsciencia.

Por inexperiencia y por falta de claridad es que me he atrevido cientos de veces a lanzarme a conseguir momentos felices, plenos.

Cada vez he sacado provecho. Menos de los placeres fáciles e inmediatos y más de las quemaduras intensas y de las caídas inesperadas.

Presentes sumados que han venido construyendo algo más que una colección de historias.

Curvas discontinuas y contradictorias que unidas apenas por unos hilos de ilusión me conducen a ese mundo que no he podido imaginar.

Así llego. Con muchas experiencias, con más preguntas y con muy pocas respuestas.

Transitando por la certidumbre dogmática, rozando la nada y el egoísmo, animando la victoria cósmica, aceptando la incertidumbre.

Así llego. Con nuevas dudas y recordando a esa vieja compañera que me detenía al hombro más de dos décadas atrás.

Perdí el copete, pero mantengo la emoción en mi vientre. Y poco a poco mi mente se torna menos ansiosa.

Llego con la gratitud de estar sano y la voluntad de sentarme a reflexionar el pasado y a visualizar un futuro brillante que vendrá a mi encuentro.

Pero sobretodo vengo acompañado por personas maravillosas. Unas que ya han pasado por estos tiempos y otras más que vienen con esos ojos que me recuerdan momentos increíbles.

Jueves ordinario: la apariencia

Va manejando el niño su bicicleta: se encorva demasiado y parece incómodo con su chamarra que se eleva sobre sus hombros. Su sonrisa contagia el juego que lleva en la mente. Pedalea con fuerza, sin embargo avanza lento. Tendrá ocho años, quizás nueve, no más. Pero sus movimientos son de un niño más pequeño. ¿Será que su postura lo hace ver torpe y lento?

// Salgo del salón. Traigo un poema recién escrito en la carpeta. Nadie sospecha que escribo. Apenas son unos primeros versos, pero los sostengo como mi tesoro más preciado. Los leeré después del entrenamiento. Saco las llaves de mi coche y nos metemos como podemos a los asientos. Siempre vamos más de los que podemos. Al futuro político lo metemos a la cajuela; ya no cabe y nuevamente le toca la peor parte. //

No le pega bien al balón: lo hace diferente. Por ello, el niño más hábil decide atacarlo sin miramientos para arrebatárselo y dirigirse solo a la portería. Pero el que parecía torpe saca un recurso de maestro y dribla con facilidad al que parecía el mejor. Levanta la mirada y avanza. Da un pase. Trota. El balón regresa a sus piés una y otra vez hasta que queda frente al portero. También el portero se equivoca en su apreciación. Y lo busca directamente. El niño alto y con movimientos toscos también lo dribla. Ya solo, toca el balón, con una torpeza aparente, pero mete gol.

// Me sientan al final del salón. Siempre parecí muy bien portado; y siempre busqué cumplir con esa apariencia. Algunas veces lo logré, pero otras más mi conducta desmintió la primera impresión. Me sorprende la catequista al decir que somos iluminados por el espíritu santo. “Lo que nos iluminan son las luces”, bromea mi compañero de banca y nuestras carcajadas son castigadas con una semana en el salón de niños pequeños. //

Sandra era además de hermosa muy inteligente. La mejor del salón. Lo mismo Dinorah, y Alexandra. Siempre creí (y creo) que inteligencia y belleza van de la mano. Todavía me cuesta mucho trabajo pensar en alguien hermoso o hermosa sin capacidad intelectual. ¿Por qué entonces hay una creencia contraria tan divulgada?

// Vivía en dos mundos: por las mañanas en el colegio particular, por la tardes en el equipo de fútbol americano con niños rudos. Buenos modales en las mañana, albures por las tardes; fue un vaivén entre: elegancia y humildad, estilo y autenticidad, saludo calculado y abrazo espontáneo, lejanía en el tiempo y estrechez intertemporal. Dos mundos que se pierden y se reconcilian día a día. Cabe señalar que todas las situaciones se presentaban en ambos mundos, pero cada uno reclamaba su identidad. //

Altanero y sabelotodo. Ése era el novio de una gran amiga. Una respuesta para todo y un gran sentido del humor que atraía multitudes. Pero si alguien osaba acercarse un poco más, repelía el atrevmiento con lanzas llenas de sarcasmo y burla. Unos cuantos lo conocíamos cómo era en realidad: no sabía todo y sí tenía un corazón generoso. ¿Por qué esconderse? ¿Por qué ponerse máscaras? ¿Dónde lo aprendió? ¿De quién?

// En una reunión del equipo de fútbol americano saqué mi poema. Lo leí sin pena. Sin respuesta lo guardé. Nunca más lo saqué. Nunca más se habló del tema. Fue embarazoso para ambas partes: para el poeta y para el que jugaba de quarter-back. A veces aparece el recuerdo, sobretodo cuando estoy a punto de opinar o de escribir algo que podría no coincidir con lo que algunos opinan de mí: como entregar por escrito una felicitación a algún directivo. Sobra señalar que siempre lo hago. ¿Debo o debí quedarme callado? Creo que no. //

La consultora esboza una sonrisa ante una opinión atrevida del grupo y baja la mirada. Parece tímida. Viene a desarrollar habilidades de equipo en ese grupo talentoso lleno de individuos complicados. Se levanta con dificultad y sus ojos pequeños reflejan una inseguridad abandonada en su adolescencia. De pronto, con soltura y contundencia en su manejo del grupo, Liz logra una conjunción tal que los otrora espíritus individualistas colaboran y cooperan convencidos y sin miramientos. Pero de inicio, ni uno solo de ellos le había dado el beneficio de la duda. Todavía, unos días después y con los hábitos instalados en el grupo sin la presencia de Liz, uno que otro se atrevía tímidamente a mostrarse egoísta; pero el grupo aplastaba esa conducta y lo canalizaba hacia la generosidad.

// Escribo para el periódico del Tec. Soy optimista respecto al futuro de la economía mexicana. Estamos a principios de 1997. Me critican la ceguera y la falta de crítica a las políticas neoclásicos del gobierno. Parece una escena surrealista, pues los profesores son neokenesianos del Colegio de México y han invadido a quienes buscábamos la libertad económica. Uno de ellos, que parece más sensato, años después será Director de Finanzas del Gobierno del DF. Su pequeña aventura le quitará credibilidad entre la estirpe académica; y entre sus ex alumnos. //

No es lo mismo ser inteligente que ser listo, dice reiteradamente mi padre. Rememora a ciertos personajes de Banxico que con su astucia política avanzaron escaños, pero nunca comprendieron la misión de la Institución y por tanto no aportaron lo que debieron. Dice que no hay que confundir magnesia con gimnasia; es decir que el listo no necesariamente es inteligente: que el primero es rápido al asociar ideas y dar respuestas, pero que no necesariamente son las mejores respuestas; el inteligente, en contraste, puede no ser tan ágil, pero su pensamiento reflexivo y su profundidad le permitirán accionar las mejores soluciones. En este sentido, sería mejor ser inteligente que listo. ¡Claro!, siempre será mejor ser ser las dos cosas, ¿no?

// Años después comprendo que no vivo en dos mundos, sino en más. Pero por alguna extraña razón la dicotomía se me ha dado con facilidad. En la oficina no saben ubicarme como de ventas o como de riesgos; como estratega o como ejecutor; como frío y calculador o como apasionado y terco. Todavía encuentro personas que se sorprenden por mi afición a la escritura y me ven con mayor naturalidad cuando comento sobre la NFL. Unos que me han conocido de toda la vida sé que prefieren algunas de mis aficiones y odian otras. Sigo buscando conciliar diariamente mis mundos. Y lo logro, aunque sea parcialmente; ¿alguien podría conciliarse por completo? //

Vamos cerrando.

¿Qué nos motiva a calificar a las personas y a nosotros mismos en términos duales? Bueno o malo; superficial o profundo; extrovertido o introvertido; bello o feo; hábil o torpe … ¿Cómo limita nuestra mente este hábito, este vicio? ¿Estaremos atrapados en una novela mediocre de televisión? ¿Cómo fue que nos pusimos esas cadenas?

¿Cuántas veces al día emites un juicio sobre una persona o una situación sin detenerte a considerarlo un poco? ¿Es verdad esa creencia de que las apariencias rigen en realidad nuestras vidas? ¿Tenemos que conformarnos con la idea de que las reglas que aplicaron en la secundaria y en la preparatoria son las mismas que determinan la convivencia diaria de la sociedad? ¿Somos en verdad tan superficiales como aparentamos? Porque nuestros hechos parecieran sugerir que sí, ¿no? ¿Qué opinas?

Jueves ordinario: rompiendo el silencio del poeta

Después de unos meses, rompo con mi silencio. Es por indignación y también porque nunca he podido permanecer demasiado tiempo callado.

Cambia la perspectiva cuando uno deja de hablar, de escribir. Escuchar activamente ininterrumpidamente desarrolla una visión diferente y también extraña. Pasan momentos en los que no interactuar nos lleva a un estado de aceptación y de resignación. No hablar, no actuar o voltear la cara nos hace cómplices de nuestro entorno: positivo o negativo, apasionante o insoportable, colorido o grisáceo … Por ello, ninguna persona debe pasar demasiado tiempo sin manifestarse, ya sea con la palabra o el suspiro, ya sea con la acción desbordante o la jugada sigilosa. No vinimos aquí para pasar inadvertidos intencionalmente, ni para escondernos, ni para ignorarnos. Nuestra misión como seres humanos se consuma con la aportación pequeña o grande a nuestra sociedad. Debemos perseguirlo según elijamos, pero debemos hacerlo. Callar es probablemente la peor actitud que uno podría tomar, sobretodo cuando nuestro entorno se deteriora con tanta rapidez.

Me uno a la indignación del poeta Javier Sicilia; me sumo a su reclamo dirigido a los políticos y a los criminales por el ambiente que estamos viviendo en este tiempo, que es nuestro tiempo, dicho sea de paso. El poeta Sicilia ha sido la voz en esta semana de decenas de miles de padres que han perdido a sus hijos en esta guerra que se ha extendido a la sociedad civil. Guerra que nos invade poco a poco y -si seguimos callados- nos carcomerá hasta consumirnos.

Pero el reclamo no puede quedarse sólo con los políticos y los criminales, pues ello asumiría que tienen conciencia de las consecuencias de sus actos y que toman decisiones considerando el bienestar y malestar de la sociedad civil. No la tienen. Son ciegos a nuestros padecimientos y los juzgan como males menores colaterales justificados por un ideal de mayor nivel. Debemos sentirnos indignados también por nosotros en tanto que somos una sociedad civil apática e infantil. Los niños, al cubrirse los ojos, imaginan que -al destapar su vista- el panorama se habrá resuelto; aunque, con base en su experiencia, aprenden que no sucede lo que ingenuamente pretendían. Nuestra apatía, sin embargo, está atrapada en círculo vicioso: entre menos nos involucramos con los asuntos del país, menos responsables nos sentimos por sus resultados. Volteamos la cara, encojemos los hombros y calladamente culpamos al gobierno y a los políticos por nuestra desventura. Esa actitud nos llevará a una degradación alarmante de nuestra sociedad; lo peor, es que -sin quererlo y tal vez sin saberlo- somos cómplices de ello.

Para cambiar el rumbo, debemos romper nuestro silencio. Hay que iniciar con impulsar nuestro espíritu, cambiando el estado de ánimo que embarga a la mayoría. Nuestra estrategia debe ser con acciones sigilosas, nada pirotécnicas y con gran disciplina. Poco a poco, para que los cambios sean perdurables: en la sobremesa, con la opinión en Facebook y Twitter, con la reflexión compartida de nuestra pareja, con el alejamiento consciente de los dogmas partidistas. En acciones, el cambio inicia con pequeñas actitudes, como respetar el sentido de la calle y las luces de los semáforos, con una intención consciente de que poco a poco nuestros hábitos vayan evolucionando. De este lado de la mesa, nuestras armas efectivas consisten en cambiar hábitos, no en la violencia ni en organizar movilizaciones masivas. Somos nosotros.

Rompamos el silencio. Tenemos la gran oportunidad de que nuestra generación rompa con un arraigo de apatía y desesperanza; aunque también existe la opción de no hacer nada y pretender que alguien más cambie la situación. ¿Qué elegiremos?

Por lo pronto, con acciones sigilosas, contribuyamos a que el poeta (que todos llevamos dentro) no pierda su aliento y continúe persiguiendo la misión para la que ha venido.

Jueves ordinario: la repetición

  
“Nosotros también creíamos que íbamos a cambiar al mundo”, me dijo Mario Pérez una noche en casa de mis padres, cuando le leía una reflexión respecto a la revolución ideológica que escribí días antes. Unas semanas después de cumplir 16 años de edad. Me ofusque, pues ¿qué sabía él (ya casi en sus treintas) de la revelación que estaba experimentando en mi despertar violento? Lo increpé, preguntándole sobre sus hazañas para intentarlo y de los fracasos o sucesos que lo llevaron a darse por vencido. Notó mi malestar y buscó más bien una salida diplomática. Más enojo inundó mi pasión adolescente, pues “precisamente la discusión es el origen de la sabiduría y el choque violento de mentes el rompimiento de creencias anacrónicas”, resaltaba uno de los párrafos.
 
 Somos cíclicos. Transcurrimos alrededor de vivencias recurrentes. Aprendemos con métodos de prueba y error. Nuestros esquemas de convivencia contemplan y requieren de situaciones repetitivas. Sin embargo, el ser humano no está destinado a quedar atrapado en un retorno eterno. No, buscamos casi inconcientemente mejorar, tanto en cantidad como en calidad. De manera individual y también colectiva. La repetición nos sirve para afinar nuestras técnicas y repensar nuestras creencias. Cuestionarlas, transformarlas y abandonarlas.  
  
Por esos años, Gaby, una prima mayor que muchos años me dio clases de inglés y de filosofía elemental (como la concepción del infinito y la relatividad de las creencias religiosas), también con cierto aire de sabiduría superior, me adelantó que después regresamos a nuestras creencias. Justo después de explicarle porque es que no podía seguir profesando mi fe. Cíclico, me dijo: “Vas y regresas”. Aunque no en el sentido que yo lo entendía, pues ¿cómo regresar a lo mismo? La recurrencia es ascendente o cuando menos diferente.

 Recientemente leí un artículo que invitaba a no escribir más. A menos de que se leyera primero a los clásicos. Pues a juicio del autor sobran los escritores mediocres. Es verdad que haber leído las grandes obras incrementa el acervo cultural, amplía la visión y agudiza los sentidos. Pero (y es un argumento de base) ¿qué leyeron los primeros hombres? Nada, cuando menos nada clásico. Y crearon, y escribieron. El diferenciador no fue (ni será jamás) el número de páginas que traemos arrastrando sobre los hombros. No, lo que hace la diferencia de un artículo, un poema, o un post (para no irnos a las grandes obras) es la actitud de quien escribe. De buscar con tesón el origen de las cosas, describiéndolas, explicándolas, explorándolas, comprendiéndolas, admirándolas, llevándolas más allá, relacionándolas, haciéndolas suyas y -con ello- llenándolas de pasión. Y si a esta actitud la complementamos con talento no habrá faltado que el genio haya leído un solo verso de Shakespeare, ni los diálogos de Platón. Mejorará cuando los lea; sin duda. Sin embargo, quien los haya leído y releído, sin contar con una actitud de origen ni con una pizca de talento, solo logrará repetir los clásicos en el sentido que me decía mi prima.
 
Dado que en toda actividad humana la repetición es un método indispensable para desarrollar y mejorar nuestras capacidades, el cuestionamiento también debe incorporarse. Sin embargo, esto no necesariamente es bien aceptado. Recuerdo que en los años de universidad nos pidieron un trabajo sobre la famosa obra de Octavio Paz, El Laberinto de la soledad. Un par de alumnos osamos disentir de este Premio Nóbel de literatura, en cuanto a los obstáculos del mexicano para ser mejor. Afirmando que las nuevas generaciones seremos capaces de quitarnos las máscaras y encontrar nuestro origen. Y construir a partir de él nuestro destino. Libres sin estar predeterminados. Sin discusión, la nota fue baja con todo y comentario sarcástico. Aparentemente, hay clásicos intocables
 
 
Seguramente no cambiaré al mundo como creía a mis 16 años. Cuando menos no solo. Pero estoy convencido que somos muchos en diferentes frentes que todos los días estamos haciendo algo para lograr que sea mejor. Sin temor a pecar de optimista, me parece que lo estamos haciendo relativamente bien. Sobran los datos que avalan estos resultados en esperanza de vida, comunicación, lujos, educación, vida laboral y en casi todos los ámbitos existentes. Incluso en medio ambiente, empezando ya con una conciencia global. Es verdad que existen tiempos o espacios de pesimismo, sin embargo siempre se verán renovados y transformados con nuevas generaciones impacientes por empezar a demostrar que ha llegado su turno. Repitiendo esta actitud de lucha que es inmanente a nuestra especie. Y que seguirá contribuyendo a seguir impulsando la espiral ascendente que se intuyó y demostró en la cultura griega. 

La época del "Señorito Satisfecho"

“Resumen: el nuevo hecho social que aquí se analiza es éste: la historia europea parece, por vez primera, entregada a la decisión del hombre vulgar como tal. O dicho en voz activa: el hombre vulgar, antes dirigido, ha resuelto gobernar el mundo. Esta resolución de adelantarse al plano social se ha producido en él, automáticamente, apenas llegó a madurar el nuevo tipo de hombre que él representa. Si atendiendo a los efectos de la vida pública se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, se encuentra lo siguiente: 1.°, una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; por tanto, cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que, 2.°, le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, dar por bueno y completo su haber moral e intelectual. Este contentamiento consigo le lleva a cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y a no contar con los demás. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio. Actuará, pues, como si sólo él y sus congéneres existieran en el mundo; por tanto, 3.°, intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin miramientos, contemplaciones, trámites ni reservas, es decir, según un régimen de acción directa.”

Este extracto pertenece al capítulo XI de la obra “La rebelión de las masas” publicada por José Ortega y Gasset en 1930.

El mote de “señorito satisfecho” se refiere a la actitud que el hombre medio había tomado ante los beneficios económicos, políticos y sociales de la Europa de la primera parte del siglo XX. Como todo heredero, pensando que merece lo que tiene, sin ni siquiera un cuestionamiento del esfuerzo que tomó a miles de hombres conseguirlo. La civilización, para este hombre-masa, es un estadío natural y como tal no es necesaria contribución alguna para su mantenimiento.

Por ello y por su enorme diferenciación con el bárbaro anterior (el primitivo rebelde y dócil ante instancias superiores como la religión, tabués, tradición social y costumbre) es que Ortega y Gasset emprendió un ataque directo. Denunciando que este hombre-masa busca convertirse en dueño y señor. Tirano en y por su mediocridad.Hoy día, encontramos a esta clase de hombre por todas partes. Al manejar o en el supermercado al cruzarnos en instantes olvidables. Es fácil distinguirlo, pues va ensimismado en sus preocupaciones sin reparar que la civilización le está demandando una contribución. Por pequeña que sea, como respetar el semáforo, o dejar salir a las personas que vienen en el elevador antes de entrar vertiginosamente.

De manera más frecuente, encontramos a este bárbaro moderno en la oficina. Es el compañero de trabajo que cree merecer un puesto más importante. Mejor sueldo y mejores prestaciones. Y también, consideraciones del jefe. Desde permisos menores hasta ocupar lugares de estacionamiento que no le corresponden. Y todo -efectivamente- sin una aportación de valor extraordinaria. Claro que este sujeto considera que su trabajo es impecable: y es que no tiene la virtud de la autocrítica. Una característica común es cuando se compara: enfrenta sus fortalezas contra las debilidades del otro. Es ventajoso aún en ejercicios hipotéticos.

Aparentemente este “señorito satisfecho” será un ser con el que tendremos que aprender a vivir, a menos que logremos llevarlo a un nivel de consciencia superior. Ahí, donde la autocrítica es un hábito común y el esfuerzo intelectual una manera de vivir. Habría que empezar con la lectura y continuar con una cruzada contra la estupidez. Esa que suele alojarse en los espíritus sobrados que consideran que no es necesario esfuerzo alguno para alcanzar la plenitud.

No sobra señalar que debemos empezar por nosotros mismos.

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Nota al margen:

Respecto a este fenómeno, específicamente en el mundo de las ideas, puede encontrarse un nuevo ataque para que este hombre-masa del siglo XXI no se adueñe del mundo de las letras. Aqueos, ha publicado recientemente dos ensayos que nos dan luz al respecto: Creación y serie y Lectura y erudición. En el segundo, puede encontrarse un bello y contundente pasaje:

“Todo verdadero escritor es, antes, un verdadero lector. Un verdadero lector es aquel que predispone su espíritu para la poesía, aquel que pone su alma toda en las líneas que va leyendo, aquel que hace un esfuerzo de poesía.”

Derivado de nuestras conversaciones es que ha surgido la idea de esta reflexión. Dedicada respetuosamente a Aqueos.

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Jueves ordinario: la trascendencia

Sonó la campana. Empezó el cortejo lentamente. Cada quien cerca de su familia nuclear. Por el camino central del cementerio Español. La carroza haciendo rechinar el carrito. Mama Nina ahí. Sus restos. Con sus descendientes acompañándola a este camino fatal. La luz brillante del nuevo día contrastaba con nuestro rito.

Somos ahora, en el presente. Parece obvio, pero lo olvidamos. O lo ignoramos. Tal vez porque queremos engañar a nuestro destino. Construimos nuestra historia, creando esquemas de almacenamiento cada vez más complejos. Discos duros y servidores con capacidades inimaginables hace un lustro. Guardamos nuestra vida. La relatamos. Buscamos permanencia. El pasado para el futuro.Para no cometer los mismos errores. Eso es lo que nos distingue como especie. Que cada nueva generación puede vivir con la experiencia y sabiduría de toda la humanidad. Todos los demás mamíferos aprenden cada día. Su instinto los guía, pero no almacenan recuerdos que propicien su aprendizaje conciente. Nosotros sí. Este es uno de los factores clave del sentido existencial: nos educamos del pasado y contribuimos al futuro. Para poder ser plenos en el presente.

Aún así, nos negamos –y con razón- a ser temporales en lo individual. Somos parte de algo más grande y generoso llamado humanidad, pero nuestro instinto animal nos seduce a querer permanecer de manera individual por siempre. Y es correcto. Lo resolvemos de diferentes maneras según la cultura y casi siempre coincidimos en la eternidad. Que existe sin duda. Aunque –al ser atemporal- sucede en dimensiones que traspasan la linealidad cronológica.

Uno de los puntos angulares de la trascendencia es precisamente este deseo por extender la vida más allá de nuestra mera existencia. Biológicamente lo conseguimos a través de nuestros hijos, equivalente a cualquier especie que se reproduce. La característica diferenciadora es nuestra inteligencia, que incluye la conciencia intertemporal de nuestra existencia. Individualmente y como especie. Y la aspiración de trascendencia se concreta no solo como derecho, sino como obligación.

La trascendencia en este sentido sí depende de nosotros directamente, pues nuestras ideas y acciones influyen necesariamente en el presente y dirigen el futuro. Trascendemos aún sin quererlo. Pareciera en este punto que la discusión cada vez más se centra en el tipo de trascendencia que estamos buscando como especie. El calentamiento global y nuestra responsabilidad es un buen ejemplo.

La trascendencia individual, sin embargo, es otro tema. Menos evidente. Abstracto y existencial. Da miedo cuando se piensa y nos perseguirá siempre (con terror incluso) si es que no lo estamos resolviendo como seres de libertad. Los caminos son infinitos, aunque pueden clasificarse en dos:
1. Por la divinidad, donde un ser superior es el responsable primero (y último). Se conoce como filosofía revelada. Pues se revela la Verdad.
2. Por la humanidad, donde nosotros debemos resolver el enigma. Sin ayuda divina. Se conoce como filosofía natural. Busca la verdad. Y descubre verdades concretas (como Descartes ha demostrado).

Pueden combinarse. Incluso algunos afirman que deben complementarse. Y es natural, pues -al final del día- estamos hablando de nuestra muerte. Que no acaba cuando dejamos de existir. Trascendemos necesariamente. Por ello, es indispensable definir cómo queremos hacerlo.

Jueves ordinario: Al cielo

Cuando estudiaba la licenciatura en el ITESM, CCM, pasaba algunas horas -entre clases- sentado en las bancas de los jardines. Leyendo y escribiendo. Por supuesto, nada relacionado con mis materias escolares.

Sentado en esas bancas, leí varios libros clásicos, como el Anticristo de Federico Nietzsche y Romeo y Julieta de Shakespeare. Y también devoré novelas estadounidenses y redescubrí mi pasión por el cuento mexicano.

Un día soleado de noviembre de 1994, escribí una reflexión que quiero compartir. Es un poema libre que refleja fielmente mi amor por la espiritualidad.
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Al cielo

Al cielo, al infinito;
al orden que garantiza seguridad.
Al cielo, a él que siempre está ahí
agradezco su comprensión al aceptar mi espíritu
y sanar mi alma.

Al cielo que permite encontrarme
agradezco y reclamo.
Por medio de él percibo mi existencia
y elevo mi espíritu.
A través de él me engaño,
pues creo percibir la armonía en si mismo.

Su inmensidad me confunde,
pues imagino a alguien controlar su espacio.
Su armonía me engaña,
pues me emociono al creer que es eterna.
Al cielo reclamo por adjudicarse características mías.
Al cielo reclamo por hacerme débil.
A mi debilidad celeste detesto.

A él que me invita a la reflexión, agradezco.
Al cielo que me previene de mi debilidad por
perderme en su ilusa divinidad.

Al cielo porque es azul,
a él lleno de estrellas,
a él cambiante de intensidad.

Al cielo que está afuera y lo siento tan mío.

Al cielo, a la armonía, a la esperanza.

8 de noviembre de 1994.

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