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Jueves ordinario: el agachado

“Y me voy con la mula de treses”, anunció el buen Juanito antes de tirar su última ficha, ganar la mano y llevarse el torneo de dominó de los Coyotes de Tecamachalco celebrado en su casa de Valle de Bravo hace un par de años. Había logrado superar a los 16 participantes que nos inscribimos en una sesión que se extendió por más de 12 horas. Esa última ficha que tiró se la había “guardado”, despistando a los oponentes magistralmente.Además de una gran memoria, la capacidad de Juanito para engañar a los jugadores se ha convertido en un arte imposible de igualar. Esta táctica, sin embargo, no es muy apreciada por los jugadores clásicos del grupo, pues desprecia la aportación del compañero y al mismo tiempo distorsiona las conjeturas de los participantes.En la jerga del dominó a estos jugadores (amantes del engaño y de la jugada heterodoxa) se les llama agachados. Si bien válida, esta postura va contra las reglas no escritas del dominó, pues el agachado se guarda una ficha –usualmente al principio de la mano- que hubiera permitido aclarar su postura ante el juego. La intención es engañar, confundir y sorprender. No existen estadísticas al respecto, pero en mi experiencia el agachado pierde más de lo que gana. Tanto en puntos, como en simpatía dentro del grupo.Pues bien, que en los meses recientes he tenido la oportunidad de participar en un equipo de trabajo encargado de definir una estrategia comercial para aprovechar la oportunidad de mercado en un segmento muy atractivo. El equipo se ha integrado por personalidades diversas, con gran experiencia y mucho talento.Los acuerdos han costado muchas horas de trabajo y discusiones intensas en emociones. Hemos aprendido unos de otros y también nos hemos conocido. Como hay intereses en juego, los participantes hemos elegido nuestra forma de actuar. Y de manera natural han emergido las personalidades que podemos clasificar en jugadores clásicos y agachados.

El objetivo inicial del proyecto se basó principalmente en entender el juego. Tardamos dos semanas en acordar que el juego empezaba con la mula de seises. Y otras dos para definir que el siguiente tirador sería el de la derecha. Las primeras manos fueron un poco frustrantes, pues algunos habían entendido que la mula de seises no era la ficha inicial, sino otra que yacía dentro del bloque que les había tocado. Y otros, que el turno podía ser más flexible, incluso con tiradas consecutivas. Después de un mes, practicamos y logramos tirar las fichas más o menos con cierta fluidez.

Para el segundo mes ya dominábamos las reglas básicas e incluso empezaron los “cierres” y una que otra jugada elaborada donde –de manera intencional- se “ahorcaron” mulas y se ganaron partidas con trabajo en equipo. Las confusiones iniciales parecieron desaparecer y el grupo empezó a tomar un buen nivel de juego.

Pero justo antes de la gran partida, las personalidades emergieron violentamente. Se hizo la “sopa” y cada jugador acomodó sus fichas frente a él. Los agachados intentaron una “movida” más allá de las reglas, tratando de salir con una ficha diferente a la mula de seises y pensando que podían tirar consecutivamente sin parar. Para sorpresa del equipo, el caos privó y nuevamente hubo que regresar a las reglas iniciales.

Durante el tercer mes, reforzamos las reglas y nos dimos a la tarea de practicar sin cesar. Nos convertimos en unos jugadores expertos, con capacidad de contar rápidamente los puntos de las fichas y realizar inferencias sobre las (fichas) no tiradas.

El día de la partida, emergieron nuevamente las personalidades, pero esta vez sin violentar las reglas. Los clásicos buscaron el trabajo en equipo y la conciliación, esgrimiendo los mejores argumentos que encontraron. Los agachados, con una validez incuestionable, engañaron y sorprendieron. La mano ha durado varias horas y todavía no se tira la última ficha.Aparentemente hay algunas mulas “ahorcadas”, pero no sabemos todavía de quiénes son. Ha sido extenuante el esfuerzo y ya han tenido que haber un par de amonestaciones por intentar hacer “señas”. Afortunadamente, ha privado la cordialidad que en momentos parecía desaparecer. Los clásicos critican a los agachados, y viceversa.No hay estadísticas tampoco en estos casos y -a diferencia del dominó- me parece que la oportunidad de vencer es igualmente probable. Sobretodo, es claro que podemos acercarnos a la solución con enfoques diferentes y no hay manera de saber cuál es la más efectiva y mucho menos cuál la más noble.Me parece, además, que el aprendizaje de todos los integrantes del grupo ha sido invaluable y aún si Juanito “se va” con la mula de treses, cada instante que he pasado en este proyecto ha valido la pena. Soy jugador clásico en el dominó y también en los proyectos de trabajo. Pero puedo reconocer -sin chistar- cuándo es que un agachado ha jugado mejor que yo.