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Martes Imaginario | Yaxchilán | Preludio de una batalla

Foto por Elizabeth Frias | twitter @pulgaviajera
 
Llegaron antes al árbol; muy temprano ocuparon las ramas principales. Era un grupo de monos araña; ágilmente comían todos los frutos que podían.
 
Muy cerca se escuchaban los gritos de los monos aulladores; parecían agruparse en torno a esa zona. Algunas personas creen que los aullidos son peticiones de lluvia; pero otros los consideran mensajes de comunicación que pueden recorrer varios kilómetros.  
 
El día esconde con su luz lo que sucede por las noches en torno a esos árboles ubicados en la zona arqueológica; visitantes salvajes que buscan refugio y batallas de los monos por el control territorial.
 
Esa noche será épica; ya lo anticipan los aullidos de los zaraguatos y los repliegues astutos de los monos araña.
 

Jueves ordinario | El dentista

Fue unos días antes de navidad. Llevaba varios años de no ir al dentista. Tal vez por eso se me cayó una curación de una muela. Días después me enteré que se trataba del segundo molar superior. Agendé la cita y fui a un consultorio que se encontraba cerca de mi oficina. Nunca imaginé lo que me sucedería por tomar esa decisión.

Salí de una reunión y me dirigí a la Avenida Principal. Para ser diciembre, el calor era muy fuerte; caminé por entre los puestos de comida y una par de veces tuve que bajar a la calle, esquivando a los coches estacionados y a los que lentamente trataban de pasar; fue un triunfo superar el crucero de la Avenida Principal y la Calle Diagonal. Cuando llegaba a la banqueta escuché un ruido detrás de mí. Un par de coches habían tenido un incidente. Ir al dentista requiere valor y más con el tráfico y el estrés de diciembre.

Entré al edificio y noté un cambio brusco en el clima. Parecía invierno de verdad. La gente utilizaba abrigos y varios llevaban tapabocas -como esos que usamos en los días del brote de la Influenza hace un par de años. El consultorio lucía frío y vacío. Toqué varias veces la ventana de la recepcionista y saludé con un “buenas tardes”. Pero no salía nadie. Me senté y abrí una revista; minutos después cuando estaba a punto de marcharme, escuché pasos que se arrastraban y el chillido de la manija de la puerta. Detrás apareció un anciano, encorvado y con los lentes a la mitad de la nariz. “Buenas tardes, joven, ¿es usted el de la muela perdida?”, preguntó el anciano. “No, solamente se me cayó la curación”, repliqué nerviosamente. “Veamos, veamos”, señaló con fastidio indicándome que me sentara en el sillón.

Abrí la boca y cerré los ojos. “¡Ajá!”, exclamó. “Lo que imaginé; usted ha perdido no sólo una muela: ¡perdió el segundo molar superior!” Sentí un vacío incontenible en el vientre. “El segundo molar superior; ¿qué significa?”, pensaba nerviosamente. “Joven, tengo que mandarlo con un especialista en segundos molares superiores. Es usted muy afortunado de que conozca al mejor de la ciudad. Su consultorio está muy cerca de aquí. Vaya con él mañana. Debe saber que no todos los días tenemos pacientes que pierden segundos molares superiores”. Me senté en el sillón sin poder creer lo que me estaba diciendo; no podía hablar de la impresión. seguí sus instrucciones al pie de la letra y no mencioné nada al respecto.

No pude dormir esa noche. ¿Qué era eso del segundo molar superior? ¿A qué se refiere el viejito? ¿Estará senil? Vuelta para acá, vuelta para allá. Nada. Abrazo. Beso. Queja de no dejar dormir. Casi al amanecer me levanté al baño y por un rato estuve viéndome fijamente a los ojos: “¿Qué significa?”. Por más que abrí la boca no pude verme el hueco que sentía con la lengua. Por la tarde me enteraría de qué significaba y por qué tanto misterio alrededor de ello.

Por la mañana tuve varias reuniones que ocuparon mi mente, aunque todo el tiempo me acompañó la preocupación. “¿Un especialista en segundos molares superiores? ¿Qué tan grave podía ser?”. Caminé media calle y ahí estaba el consultorio. También era frío. Me saludó amablemente el guardia y más amable la recepcionista: “Muy buenas tardes, el doctor lo espera, por favor pase”, me dijo sin siquiera pedir mi nombre. Había ganado ya una fama notable. Pues claro: “era el del segundo molar superior perdido”. La sorpresa fue mayor cuando vi que era el mismo anciano. “Pase, siéntese, está en buenas manos”. Abrí la boca y cerré los ojos. Me quedé dormido al instante.

Cuando desperté estaba sentado en la sala de espera del primer consultorio. Un señor de mediana edad me miraba dulcemente: “Te quedaste dormido. No quise despertarte, aunque estuve a punto de hacerlo cuando empezaste a gritar algo respecto al segundo molar. Pasa veamos qué es lo que te preocupa tanto. Me levanté titubeante y en ese instante me di cuenta de que todo había sido un sueño. No existía el anciano, ni tampoco un segundo molar superior perdido. “¡Qué alivio!” Sostenía en mis manos la revista que empecé a hojear antes de quedarme dormido: era de odontología especializada.

Jueves ordinario | El misterio del perro volador

No era la primera vez que Nikko desaparecía. Tampoco sería la última. Ya Carlos se había acostumbrado a esas escapadas que podían durar varios días. Pero esa noche era especial. Nikko había estado esperando toda la tarde a que Carlos llegara para poder colarse por debajo de sus piernas y atrapar a Bigotes. Estaba convencido: le daría su merecido a ese gato presumido.

“Se me cayó el diente”, exclamó Toño e inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho. Había planeado no decir nada y descubrir si lo que le habían revelado los adolescentes de prepa en el camión era cierto: que el ratón no existía. “¿Tampoco el ratón?”, se cuestionó cuando los escuchó decirlo. La diversidad de creencias lo envolvía día a día: en su salón de clases más o menos la mitad eran niños católicos, seguidos de judíos y también había un par de ateos declarados. Incluso había división de opiniones en cuanto a Santa Claus: Toño calculaba que la mitad sí creía en él y había otros dos grupos: los que estaban convencidos que eran los papás y los que estaban dudando. ¡Qué año ése en el que le tocó cumplir nueve años! ¡Todo parecía cambiar!

El perro y el gato salieron disparados hacia la calle de arriba. Nikko iba detrás de Bigotes; pasaron por entre los coches, asustaron a unas niñas pequeñas que jugaban con sus triciclos y alteraron la tranquilidad del guardia de una caseta. Apenas eran las seis y media de la tarde, pero ya estaba oscuro y el frío de diciembre empezaba a hacer estragos. Bigotes se metió detrás de unos matorrales y Nikko se detuvo cautelosamente, esperando el momento ideal para atacar. El movimiento de una rama hizo reaccionar a Nikko, quien con gran agilidad se lanzó sobre su enemigo. En el salto violento superó una pequeña barda que daba a una casa en desnivel: el pastor alemán cayó más de cinco metros hacía el jardín de la casa.

 “¿Existe Santa Claus, papá?”, preguntó Toño. Alonso, conociendo la inteligencia de su hijo y con la consciencia de que su respuesta debía ser certera, llenó de aire sus pulmones y señaló: “Existe para quienes creen en él”. Asintió y sonrió, mostrando la satisfacción de la frase contundente. Pero Toño reviró: “¿Tú eres Santa Claus, verdad?” Alonso reaccionó rápidamente y le preguntó de regreso: “¿En verdad crees que yo soy Santa Claus? ¿Cómo le haría para llevar los regalos a todos los niños del mundo?” Toño se dejó seducir por esa imagen y con mayor certidumbre dijo: “Hay niños en mi escuela que no creen en Santa Claus”. Alonso complementó la frase: “Entonces es muy probable que no reciban regalos”.

Nikko estaba vivo. Seguramente las ramas de un árbol y el follaje de varios bambúes amortiguaron su caída. En cuanto llegó al suelo movió sus patas y sin perder el equilibrio siguió caminando. Estaba muy asustado: sus latidos rápidos y estruendosos aderezaban su desconcierto. De inmediato se dio cuenta que en ese patio jugaba otro perro, pero no lo veía. Recorrió el jardín y encontró juguetes parecidos a los que él tenía en su casa; poco a poco fue calmándose, pero el miedo no lo abandonaba. Un ruido de motor lo alteró nuevamente: detrás de la puerta de cristal se abría una cochera y al mismo tiempo entraba un carro con las luces encendidas. Debía ser Carlos que iba a rescatarlo.

 “¡Hay un perro en la casa!”, exclamó Alonso. “¿Cómo pudo llegar ese perro ahí?”, preguntó en voz alta mientras se echaba en reversa para escapar de una situación que parecía de peligro: lo primero que pensó fue que algún ladrón se había metido y había llevado a un perro guardián para alertarlo. Subió a la caseta y le preguntó al guardia si sabía cómo es que un perro había entrado en su casa. “¿Quién sabe?”, alcanzó a balbucear. Estrellita, la esposa de Alonso, sugirió regresar y revisar la casa. No había nada fuera de su lugar, salvo por Nikko que se movía nerviosamente en el jardín. Estrellita abrió la puerta del jardín pero Nikko pareció no entender que lo estaba invitando a salir. Tardaron varias horas en sacarlo y -cuando por fin salió- Alonso y Estrellita concluyeron que ese perro había saltado desde la barda de cinco metros. Lo que no se explicaban era cómo es que no se había lastimado. Estrellita señaló que las conjeturas eran correctas y estuvo de acuerdo en que algo muy extraño estaba sucediendo.

Pero Nikko no regresó a su casa. Cuando menos no durante esa noche. Recorrió decenas de calles del suburbio, tratando de comprender qué había sucedido. Ya ni siquiera recordaba a Bigotes ni la ira que le provocaba cada vez que lo sentía cerca. La luna cortada a la mitad acompañó su desvelada y sólo el movimiento mitigó el frío de la madrugada. Sin saber cómo, al amanecer estaba frente a su casa ladrándole a Carlos para que abriera la puerta y le diera de comer. Ignoró a Bigotes quien se pavoneaba nuevamente caminando en círculos a unos metros de él. Los días siguientes, Nikko siguió indiferente a corretear a su otrora enemigo. Carlos pensó que estaría aburrido y no le dio importancia, pero unos días antes de navidad Nikko volvió a desaparecer; esta vez para siempre.

Unos días antes del 25 de diciembre, Toño decidió escribir su carta a Santa. Se le hizo un poco incómodo referirse a él sabiendo que dudaba de su existencia. Aunque la experiencia le había enseñado que los regalos aparecen año a tras año. “Ojalá que esta navidad así suceda”, pensó: así como con el billete de cincuenta pesos que encontró en lugar del diente un par de semanas antes. Ese día en el camión, les dijo a los adolescentes de prepa: “No sé si existe el ratón, pero sí sé que existe este billete”.

La explicación de la desaparición de Nikko parece vinculada a la explicación de por qué Toño recibirá sus regalos aún con sus dudas; y por qué cada año millones de niños siguen recibiéndolos. Es un rumor que va convirtiéndose en leyenda y que viaja de boca en boca no sólo en el suburbio del norte de la ciudad de México, sino en varias partes del mundo. Se cuenta que la noche en que Nikko iba cayendo en el vacío, cinco metros hacia abajo del jardín de la casa de Alonso y Estrellita, un duende seleccionó al pastor alemán para ayudar a la entrega de regalos de ese año. Resulta que con la gran cantidad de niños que viven hoy en día se ha hecho insuficiente que Santa Claus entregue todos los regalos; sobre todo los renos no se han reproducido tanto como los perros. Es por ello, que desde hace varios años, Santa definió una logística espectacular: recluta a los perros más ágiles de cada vecindario para que guíen los miles de trineos que vuelan por todo el mundo. Los duendes son quienes aparecen en cada casa a dejar los regalos y aunque Santa ya no los entrega personalmente, sí se asegura que se mantenga la tradición de que cada niño reciba aunque sea un pequeño presente.

Dicen que este año el mismísimo Santa Claus visitará los hogares mexicanos para entregar personalmente los regalos y que Nikko guiará orgullosamente su trineo.

Foto por @AnLoveStar

Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 4

Capítulo 1. Aparece y desaparece. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 2. El nuevo de la escuela. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 3. El sueño. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 4. La consciencia

Toño va pedaleando y la brisa de la lluvia acaricia constantemente su rostro. Alonso, a un lado de él, viene corriendo. El clima adverso no los ha detenido. Más tarde jugarán en la playa, lanzando el balón de americano una y otra vez hacia las olas. Se han inventado un juego que los entretiene por horas. Calculan el momento adecuado del rompimiento del oleaje y es entonces cuando intentan un engaño para que el balón se escurra con una ola, impidiendo que cualquiera pueda atajarlo. Se lanzan por encima, del lado y hasta por detrás para ganar el punto y estar por arriba en el marcador. Se han hecho muy competitivos entre ellos, aunque el placer principal es compartir la carcajada espontánea que resulta después de un intento fallido por contener el balón y ser revolcados una vez más por esas olas broncas que anuncian lluvia proveniente del mar; tal vez el de un huracán.

Toño sigue pedaleando y empieza a pavonearse. El manejo que tiene de la bicicleta es extraordinario: suelta el manubrio y levanta las manos volteando a ver a Alonso con gran orgullo. Lo hace una y otra vez. Alonso sabe que están por llegar al local donde rentaron la bici y siente un poco de alivio, pues el piso cada vez está más resbaloso y presiente que su amigo no es consciente del riesgo que corre cada vez que suelta el manubrio. Han planeado ir a una aventura al día siguiente, en la que además de pasar por la selva en bici, podrán nadar en un estanque inmediato a la playa de una isla cercana. Cuando lo planeaban se imaginaron compartiendo momentos inolvidables. Se han hecho cómplices del presente.

Alonso siente un vacío en el estómago. Toño lo siente también, mientras va cayendo al perder el control de la bici. La rueda delantera se inclinó rápidamente a la derecha y el desequilibrio provocó que el cuerpo de Toño cayera al suelo. Hubiera sido una caída limpia, sin lesiones, soló con un par de golpes y un pequeño susto. Pero la pierna derecha de Toño se atoró en la estrella de la cadena. Se levantó rápidamente, mientras se culpaba por el accidente y se recuperaba del susto, cuando Alonso le vio la rasgada que tenía en la pantorrilla y que empezaba a llenarse de un hilos rojos de sangre. Toño reparó que se había hecho daño y al subirse nuevamente a la bicicleta lloró. Pedaleó cincuenta metros más y entregó la bicicleta al encargado, mientras Alonso pedía agua y un desinfectante.

Alonso cambió. Dejó de ser niño. En un instante envejeció más de treinta años, perdió el cabello, ganó algunas cicatrices más en su cuerpo y un par de arrugas denotaron que sus nueve años habían quedado ya muy atrás. “¡Papá!” – gritó Toño desesperadamente, mientras Alonso lo subía al taxi para llevarlo al hospital.

Toño no cambió. En la sala de urgencias bromeó con las enfermeras mientras lo cosían y -entre sollozos y risas- recuperó el color rojizo de sus mejillas. Volteó a ver a su papá quien también sonreía -y sufría. En ese momento, Toño se hizo consciente que ahí el único niño era él. A pesar de ello, ignoró la desventura de los demás y corriendo salió al encuentro de sus abuelos que habían llegado en el momento oportuno para romper con el episodio y regresarlos a él y a Alonso a ese espacio en el que nada impide que ambos tengan nueve años.

Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 3

Capítulo 1. Aparece y desaparece. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 2. El nuevo de la escuela. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 3. El sueño.
Capítulo 4. La consciencia. Para leer hacer clic en enlace.

Toño va en el camión de la escuela. Viene pensando en tocar la flauta, pero está prohibido. Ya se ha ganado varias correas por las nuevas canciones que ha aprendido y quiere alcanzar a los niños que van por delante. Hay unas niñas que tocan la flauta de manera espectacular: se saben la melodía de Titanic y siempre son las primeras en sacar correctas las asignaciones de la clase. Toño inventa canciones y con ello también se pone como de lo más adelantados. También va recordando ese sueño extraño que ha tenido recurrentemente la última semana.

Se baja del camión y la mochila que jala de su hombro le recuerda que no ha cambiado los libros que le tocan cada día: está muy pesada y debería dejar en casa los que no usará en la escuela; pero ya le ha pasado que luego se le olvida y acaba pagando una tarea extra por no llevar el libro que le tocaba. Cambia de tema. Es el sueño nuevamente. ¡Qué divertido! Va a una escuela extraña y se encuentra con un niño súper rebelde: hacen travesuras y son castigados continuamente. En las tardes hacen más travesuras hasta el anochecer. Entra al departamento y ya lo está esperando su abuela con una sonrisa amplia y cariñosa.

Son cómplices. Han pasado muchos años juntos y se acompañan en esas tardes llenas de tareas para Toño: ir al club, hacer la tarea, salir a jugar con los amigos, cenar, bañarse, partida de juego de mesa, dormir. Mínimo dos veces a la semana hacen esta rutina. Y no se cansan. “Disfrutan del momento sin preocuparse por el futuro”, como le ha dicho su abuela a Toño cuando el niño de nueve años le cuestiona sobre el futuro. El calor de ese verano será insoportable y eso que apenas están en mayo. Es el año de 2011.

Toño cierra los ojos después de hablar con su padre. Duerme varios minutos más tarde, un vez que ha logrado hacer bolas las cobijas y situar su cabeza por debajo de la almohada. Respira profundo. Y va. Está nuevamente con Alonso. Lo curioso de ese sueño es que él no sabe que se llama Alonso: le recuerda a alguien, pero no sabe a quién. Ese día sí que se han portado mal. Recibieron un recado en sus cuadernos de tarea y al tratar de deshacerse de ellos  fueron atrapados por la mamá de su amigo. Él se escapa por las escaleras y llega corriendo hasta la casa de su tía Cristina. Juega un ratito con su primito Lalo y después es recogido por su papá para ir al cine.

Cuando van caminando a comprar los boletos, Toño le dice a Alonso de manera espontánea: “Papá, hubiera querido nacer en 1971 para que en 1980 los dos tuviéramos nueve años. ¡Seríamos amigos y podríamos jugar!”.

Capítulo 4. La consciencia. Para leer hacer clic en enlace.

Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 2

Capítulo 1. Aparece y desaparece. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 2. El nuevo de la escuela.
Capítulo 3. El sueño. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 4. La consciencia. Para leer hacer clic en enlace.

Fue una semana terrible. Los lobos perdieron la final y Alonso no pudo evitarlo. Tuvo que pagar su castigo quedándose encerrado en su casa. Asomaba la cabeza por la ventana, tratando de imaginar que alguien pasaba y que podía invitarlo a jugar. No tuvo más remedio que sacar sus viejos luchadores del cajón y darle vida a una batalla épica entre dos ídolos de las multitudes; de vez en vez se convertían en jugadores de la NFL y realizaban hazañas asombrosas. Se hincaba al costado de su cama y pasaba horas en ese mundo tan increíble. Al final de la semana, las cosas no mejoraron, pues se acabaron las vacaciones.

Había escuchado decir a los adultos que los nones eran los difíciles: primero, tercero y quinto. Le tocaba tercero de primaria y era el primer día de clases. Nuevos maestros y mismos compañeros. Pero quién sabe -aventuraba- a la mejor llegaba un niño nuevo. Ojala. Todos sus compañeros habían crecido mucho más que él. Sería el chaparrito otro año más. Pero a la hora del fut, les enseñaría quién era el que había mejorado más. Estaba contento de verlos nuevamente, excepto a las niñas: cada vez más odiosas, con sus peinados llenos de jalea y sus risitas burlonas en todo momento. ¿Quién las necesitaba? En fin, tal vez después se compondrían y podrían llevarse de alguna manera. Las primeras horas pasaron lentamente y no pudo evitar pensar que ese año sería un poco difícil. Salieron al recreo y al regresar se encontró con una gran sorpresa.

Había un niño nuevo en el salón. El director llegó personalmente a presentarlo: era el mismísimo Toño. Venía de intercambio de un lugar muy lejano. Se estaba quedando con unos tíos y el director le pidió a los niños del salón que le dieran la bienvenida. Alonso estaba muy emocionado y rápidamente cobijó a Toño, invitándolo a jugar con sus amigos. Jugaron cascarita en el recreo y platicaron en clase; se llevaron varios regaños por no poner atención y hasta los separaron de los lugares. En la clase final organizaron una guerra de cerbatanas y el profesor hippie que había llegado recientemente de Alemania ni cuenta se dio. Fue un día sensacional; no cabe duda: ¡sería un año maravilloso!

Al tercer día de clases se dieron cuenta de que además eran vecinos. Se veían en la escuela por las mañanas y por la tardes salían a la calle hasta que anochecía; fútbol y molestar a las niñas en la escuela; guerras de tomates y pases de americano en la colonia. En unas semanas no sólo eran los mejores amigos, sino también los peores comportados del salón. Eso les daba cierta popularidad, pues se atrevían a hacer cosas que otros niños sólo soñaban. El problema es que ya habían fallado varias tareas y si no componían esa actitud se llevarían muy pronto un recado a casa.

Pocos días después, la maestra escribía un recado en la libreta de tareas. “Alonso no ha traído varias tareas y además no entregó el trabajo mensual. Si continúa así, no pasará de año”. Le extendió el cuaderno y se lo entregó reprobando su conducta con un movimiento de cabeza de un lado al otro. Toño se llevó a su casa una nota idéntica. “¿Y ahora qué?” se preguntaron cuando iban de regreso a su casa. “¿Qué tal si compramos un cuaderno nuevo? Tal vez la maestra no se acuerde del recado y cuando lo pida mañana, verá que no hay nada”. “¡Excelente” gritaron los niños y se emocionaron con su plan. Por la tarde, se dispusieron a eliminar la evidencia. Salieron a la terraza de la recámara de Alonso y doblaron en cuatro los cuadernos. “Primero tú”, dijo Toño. Alonso titubeó un segundo y después con gran decisión lanzó el cuaderno hacia el terreno que estaba detrás del alambrado. Pero el cuaderno no superó la barrera y después de chocar con las púas cayó en el patio del piso de abajo. “No es posible”. El resto fue lo peor que le había pasado a Alonso en su vida.

“¡Alonso!” – gritó su mamá con esa voz inconfundible. Toño se escabulló por la escalera y Alonso enfrentó la furia de una madre que ha intentado sere engañada. Por la noche, las cosas no sólo no mejoraron, empeoraron de manera inimaginable. El intellivision que le acababan de comprar estaba castigado para toda la vida: no más vídeo juegos. Tampoco bicicleta y menos salir a jugar con Toño. “¿Pues qué te ha pasado, hijo?”, le cuestionaba tiernamente su mamá, mientras Alonso lloraba inconsolablemente en su cama; ni siquiera el baño y la pijama perfumada lo hacían sentir mejor. Nunca lo creyó posible, pero sólo quería que amaneciera para ir a la escuela y refugiarse con sus amigos y su gran cómplice.

Pero Toño no llegó a la escuela. Le dijeron que lo habían mandado de regreso con sus padres, pues sus tíos no podían aceptar su mala conducta. Los niños no se despidieron y Alonso no pudo mas que sentirse el niño más desgraciado de todo el mundo. Pasó un par de semanas difíciles, pero poco a poco las superó. Nada que un niño de nueve años no pudiera manejar a los ojos de los demás. Mejoró en la escuela y al paso de los días su mente recurrió menos al recuerdo de esa intensidad con la que jugaba y reía con su gran amigo.

Capítulo 3. El sueño. Para leerlo dar clic en el enlace.

Aventuras del amanecer o qué se siente tener nueve años – Capítulo 1

Capítulo 1. Aparece y desaparece.
Capítulo 2. El nuevo de la escuela. Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 3. El sueño.Para leerlo dar clic en el enlace.
Capítulo 4. La consciencia.Para leer hacer clic en enlace.

Se para de puntitas. Apenas alcanza a verse en el espejo. Da un toque final a su peinado con un movimiento circular y el copete queda impecable. Se voltea y el rechinido de sus zapatos le recuerda que su destino es el fútbol americano. Anima a su primo y lo reta: “El último en bajar es vieja”. Los dos niños se escurren por las escaleras, mientras dejan una estela llena de energía y de disfraces de fútbol americano. Es el verano de 1980.

“Corran”, retumba la voz del entrenador, “parecen viejas”, señala a los dos primos que van al final. Se apuran y logran alcanzar al grupo. Son amigos desde que recuerdan. Con la mirada se dicen casi todo y con la cadencia de su movimiento se hacen cómplices. También se han logrado involucrar con el equipo. Es un honor ser parte de los Lobos, pues “ya muchos quisieran estar en su lugar”, les han recordado con insistencia durante los meses que llevan entrenando. Ese fin de semana jugarán contra los Comanches. Por el campeonato.

Regresa a casa. Van en el coche y su mamá le pregunta cómo es que le ha ido. “Bien”, se escucha decir sin mucho entusiasmo. El sol le pega en la cara y hace que su sudor mezclado con polvo empiece a encostrarse en sus mejillas.”Pareces polvorón”, le dice su mamá. Sonríe levemente y recuerda los pases que estuvo lanzando en el entrenamiento. Villa, el entrenador, le ha dicho que esas jugadas van a hacerlos campeones. Es muy importante ser campeones, pues “es para lo que venimos y nos rompemos la madre”.

Despierta con el golpear de un martillo. Están construyendo varias casas en su colonia. Son buenas noticias para conocer más amigos. Como el que conoció el día anterior, antes del entrenamiento. Fue en la calle, mientras jugaba con su primo. Se acercó un niño que quería jugar con ellos. “Toño”, respondió cuando los dos primos le cuestionaron su nombre. Estuvieron explorando en los terrenos de alrededor; se entendieron de maravilla cuando empezaron a lanzar piedras a la calle de abajo. Toño y él sí las llegaban. Después escogieron un árbol; y los dos acertaron. Buscaron más dificultad y encontraron la barda de una casa; y le dieron nuevamente. Sin más y sin mencionarlo, dirigieron sus proyectiles hacia la ventana de la misma casa. Y acertaron. Los primos corrieron asustados a la casa y Toño desapareció también. Nadie los buscó, nadie reclamó el vidrio roto. Mientras se levantaba de la cama deseó con todas sus fuerzas que nadie se hubiera dado cuenta. “Toño”, pensó al meterse a la regadera.

Preparó huevo con tortilla. A él y a sus hermanas. Sirvió tres platos y sacó cuatro rebanadas de pan bimbo. Ya ellas habían puesto la mesa y preparado los licuados. La luz brillante de la mañana reflejaba su fuerza en la madera recién barnizada del antecomedor. Tocaron el timbre. Corrió a tomar el auricular del interfon: “Soy Toño, ¿puede salir Alonso a jugar?”. Alonso metió rápidamente a Toño en la cochera. “¿Qué te pasa? ¿Qué no recuerdas lo que hicimos?” La respuesta fue un levantamiento de hombros acompañado de una mueca de indiferencia. “No es posible, te vale madres”, gritó desesperado Alonso. “Vamos a jugar replicó Toño”. Y fueron.

Corrieron por las calles, después de tocar los timbres de las casas vecinas. Lo que resultaba bastante tonto, pues esa travesura ya la había hecho Alonso múltiples veces  y múltiples veces fue reprendido por su mamá. Volvieron a lanzar piedras, aunque ese día con menos irreverencia. “¿Dónde vives, Toño?”. No hubo respuesta, sólo una breve pausa que vino acompañada de un ataque al cuello que tiró a Alonso y lo hizo rodar por el pasto verde lleno de lodo. Jugaron hasta el anochecer. Hasta que los papás de Alonso lo encontraron dos calles más abajo de su casa, junto al terreno del río. “¿Pues dónde andabas?”, le gritaron con una angustia lastimosa. Alonso no atinó a decir nada, pues sabía que había perdido el entrenamiento de fútbol americano y también se ganaría un castigo ejemplar. Corrió al coche y murmuró tímidamente volteando la mirada: “Estaba jugando con Toño”. Pero Toño había desaparecido nuevamente sin dejar rastro.

Capítulo 2. El nuevo de la escuela. Para leerlo dar clic en el enlace.

Encuentros recurrentes

Estábamos durmiendo en el cuarto de visitas. Sabía que alguien había irrumpido a la casa. Lo confirmaban mis sentidos alertas y mi corazón acelerado. Me levanté lentamente de la cama. Caminaba hacia un peligro inminente. Sin distinguir nada, sólo escuchaba que alguien subía. Me imaginaba en mi recámara luchando contra el agresor. Perdiendo la batalla -presa de su pericia- y sumergido en una angustia incontrolable.

Y me despertaba. Las dos de la mañana y yo con una pesadilla. Tengo que dormir, pues a las cinco y media suena el despertador. Cerraba los ojos, cuidando respirar profundo y sentir cómo el viento inflaba mis pulmones y mi corazón retomaba el ritmo. Nuevamente una angustia me inundaba. Salía del cuarto de visitas para proteger a Bruno. Pero no estaba. Tal vez se estaba escondiendo, buscando hacer la broma de la mañana. Pero no así. No cuando soy el más vulnerable de los hombres. No. Por favor que esté debajo de las cobijas.

Volvía a dejar el sueño. ¡Qué calor! Es la misma pesadilla de toda la vida. Cuando era niño, en mi recámara, veía cómo alguien estaba brincándose la barda. Y trataba de gritar para llamar a mi papá. Pero no podía. Se me atoraba la desesperación en una mueca. Con un sonido hueco. Volvía a salir del cuarto de visitas y Bruno -en el cuarto de la tele- me decía que había un señor abajo. Agarraba el salero para poder golpearlo con algo y trataba de gritar, pero no podía. Nuevamente -muchos años después- me despertaba con mi sonido hueco, de desesperación atorada en una mueca.

¿Por qué hace tanto calor? No tengo agua. Escucho el silencio. Nada. Ya conozco los ruidos de esta casa. El clóset murmura después de un día de calor. Le responde el techo levemente. Solo yo lo oigo. ¿Qué hago? Ya es tarde. Otra vez me está venciendo el sueño y voy al terrible encuentro con mi mente vulnerada. Me dejo llevar. Estamos durmiendo en el cuarto de visitas. Alguien irrumpió en la casa. Siento miedo como cuando era niño. Quiero gritar y no puedo. Soy el mismo de siempre. Tengo miedo. Esta vez no puedo ir a la cama de mis padres. Me despierto y encuentro la tranquilidad. Está Paty, estamos juntos, dormidos. ¡Qué alivio!

Concilio el sueño. Estoy cansado. Ya no sueño, mis sentidos alertas pierden interés por lo que encontraré más allá. Empieza otra vez. Salgo del cuarto de visitas. Bruno me dice que hay un señor abajo. Aprieto el salero y siento que es pesado. Será suficiente para poder tranquilizarme. Y bajo gritando con un sonido hueco. Esta vez Paty me despierta. Estoy sudando. Respiro profundamente. Me levanto y hago pipi. Son las cinco de la mañana. Regreso y me duermo. Despertamos y me quedó dormido un par de horas más. Descanso finalmente, después de una lucha terrible con este juego controlado por mi subconsciente. Que me gana en ese terreno. Que él domina.

Abro las persianas. Una luz brillante deslumbra los vestigios de la noche. Me baño y me arreglo. Me veo al espejo y noto un color rosado en mis mejillas. El enjuague bucal me refresca y la frescura dulce de mi loción me patea fuera de mi recámara. Abro las persianas del cuarto de la tele. Y entro al cuarto de Bruno. Veo el sitio de donde tomé el salero, pero ya no hay nada. Y empiezo a bajar, pero una terrible mueca empieza a atrapar mi rostro. Trato de gritar pero no puedo. Me regreso a la recámara. Estoy aterrado y grito finalmente. ¡Grito! Me despierto nuevamente. Son las cuatro de la mañana. No va a acabar nunca. Y tengo que despertarme temprano. No tengo tiempo para estos juegos. Tengo juntas. Me duermo otra vez. Vamos de nuevo.

El último encuentro

Voy caminando hacia el callejón. Me han dicho que ahí encontraré eso que estoy buscando. Está oscuro, pero se alcanza a ver una luz que alumbra levemente el fondo de la calle. Voy solo. Busco unos cigarros, tocando por fuera las bolsas de mi chamarra. No hay nada. Hace mucho que no compro cajetillas. No pierdo de vista la luz que me está atrayendo. Siento que levanto una ceja. Creo que escuché algo cuando estaba pasando por el contenedor de basura. Sigo caminando. Tranquilo. Vuelvo a buscar en mis bolsas. Siento una brisa suave que recorre mi cráneo. Me pongo alerta. Reduzco el ritmo. Aspiro con profundidad: frescura en mis pulmones. Huele a calle. Nunca viví en la ciudad, siempre en los suburbios.He estado viviendo una vida que no es la mía. Me escapé de mi casa cuando tenía 16 años. Fui a trabajar en la autopista de la carretera México – Acapulco. Llegué con los ojos rojos llenos de marihuana y el sabor fresco de una caguama de la Corona. Me formé junto a la caseta que parecía ser la del contratista. Me vio y me dijo que me regresara a mi casa. Pero no regresé. Llevo errando desde entonces. He hecho casi de todo, pero siento que no he hecho nada.

Meto las manos a la chamarra antes de caminar nuevamente. Soy conciente de cada paso y con cada uno abro más los ojos. No hay nada a mi alrededor. Me guío por la luz del final. Voy hacia ella aunque parece alejarse conforme avanzo. Me detengo. Subo la mirada. No hay cielo. No hay paredes. No hay casas. Siento cómo mis pies empiezan a sumirse dentro del pavimento. Trato de tocar la calle con mis manos. Pero tampoco hay suelo. Se acelera mi ritmo cardiaco. Sé que no estoy soñando, por lo que busco mantener la calma. Volteo la mirada, buscando la entrada del callejón.He soñado con cambiar de tajo todos mis hábitos. Creo que son ellos los responsables de mi infelicidad. Me han hecho un animal de costumbres que no me dejan ser libre. Ayer me levanté y me negué a desayunar. Me puse unos tenis rotos que escondía en el closet y salí a correr. Di cuatro vueltas a la manzana, primero trotando y después caminando, jadeando. Como ya no trabajo, tampoco me bañé. Me quedé sentado en el sofá todo el día, viendo la repetición de los partidos de fútbol sudamericano. Creo que es el primer paso que doy para alcanzar la plenitud, pues tampoco fumé.

Ahí está la entrada. Siento mis pies nuevamente en el suelo. Había perdido el piso. Distingo nuevamente el cielo. Y las sombras me indican que sí hay paredes. Retomo el paso. Ya llevo más de la mitad de la calle. La luz sigue alumbrando la pared del fondo. Prefiero concentrarme en lo que está cerca de mi. Vuelve a correr el viento y esta vez me pega en el rostro. Por reflejo, bajo la cabeza y la inclino hacia un lado. Cierro los ojos. Y los abro.He dormido con muchas mujeres, pero nunca tuve un amor. Tampoco tengo amigos y no recuerdo a ninguno, salvo a Gonzalo, mi compañero de banca de la primaria. Le perdí el respeto a los valores humanos en el momento que me negué como ser de libertad. Rechazo la creencia de que podemos hacer algo que valga la pena. Estamos destinados a morir y ese fatal camino no es posible remediarlo. La religión no me dio alivio y envidio sinceramente a quienes sí logran sanarse al orar por su alma. Aunque siempre he creído que rezan, porque saben que algo está mal.

Voy llegando al final. La luz es más brillante. ¿De dónde viene? Parece que de ninguna parte. ¿Es este el final? Sí. No hay más. Siento cómo mis músculos se relajan. Mi mente parece escapar de una tensión que la ha atormentado durante años. Y mis tobillos, sí, el dolor crónico va desapareciendo. No hay más frío, ni viento. Me siento sobre el piso y busco el suelo con mis manos. Imagino el cielo. No hay tormento. No hay angustia. Ya no hay nada, ni nadie.

Influencias 2 (cuento)

Con las persianas cerradas, distingo claramente qué tan ciego puedo ser. Soy invidente en potencia y – si me esfuerzo un poco – lo seré plenamente por siempre.

(R.F. Mayo 27, 2001)

Detestaba levantarme por las mañanas y recordar (también en mis recuerdos elijo) ese paisaje gris, lleno de tercer mundo. Con la azotea llena de ropa secándose y un tipo (le asigné un calificativo de huevón por tender ropa, en lugar de trabajar [sic]) adornando la mediocridad. Creo que había un cuartito al fondo. No sé, creo que eso sólo lo imaginaba: es que el desorden y la suciedad parecían ser algo que debía encajar necesariamente.Al fondo – si decidía levantar los ojos – se apreciaba el Ajusco. Majestuoso. Ensombrecido por la neblina o el smog (da igual) recargado en si mismo, parecía que en cualquier momento se pondría en pie (no sé si lo imaginaba en esos momentos): sacudiría su cabeza y estiraría sus brazos, luego abriría los ojos. Quien sabe, creo que eso lo pienso ahora, no en esos momentos. De cualquier forma, me he desviado de mi angustia. Nada conveniente, o tal vez sí.Decidí ver hacia el estacionamiento. Carros sucios y viejos. Tal vez no muy viejos, pero sí sucios; seguramente apestosos. Odiaba verme a través de ellos. ¿Qué hacían violando mi intimidad? ¡Estúpida ventana pelona! Ya faltaba menos; en unos días compraría esas pinches persianas que me pondrían lejos del alcance de tan desagradable vista.Luego recordé que había bajado en la mañana, con el horario de verano. Era más tarde de lo que parecía, pero ese jueguito de convenciones me gustaba. Aspiré el dulce sabor que años antes suspiré afuera de mi casa y cerré brevemente los ojos mientras caminaba hacia mi carro.Di vuelta a la izquierda y luego a la derecha, con el parque rodeando mi andar lento. Disfrutando cada instante, haciendo eterno esos recuerdos llenos de ilusión, pero sin conexión con algo que pudiera materializarlos. Perdido en esa dulce y falsa ilusión que puede – por si sola – existir para siempre. Esa ilusión atrapada en un instante lugar que es plena y eterna y – lógicamente – irreal: encerrada en un mundo inalcanzable. ¡Qué manera de hacerse la vida más transitable! ¡Hola idiota!

Me perdí por la calle de Ferrocarril, buscando al del periódico. El alto a veces me ayuda; pero a veces me juega mal, como deber de ser. Para que no me olvide que la rutina es asquerosa. No importó, igual mi decidia rompe con todas las tradiciones que he iniciado. Hasta ese vicio insoportable por pensar.

Y luego me veo atrapado para siempre en una lucha inútil por sobresalir entre tantos tipos con traje y corbata (les asigno un calificativo de lastimeros, por trabajar en lugar de pensar [sic]) que adornan el pequeño sentido de sus existencias. Creo ver coches y camionetas en el estacionamiento y papeles y computadoras con un montón de información que les apasiona, encerrándolos (¡encerrándonos!) en pláticas y discusiones estúpidas.

No sé creo que todo esto sólo lo imagino aquí – sentado – tratando de convencerme que más allá de las persianas (de estas palabras), de la azotea, más allá del Ajusco voy a encontrarme conmigo. Con ese ser (¿él?) que he buscado, encontrado, perdido. Encontrado y perdido. Mas bien perdido casi siempre y, por instantes, encontrado.

Influencias externas que me atrapan, me dominan, me seducen cual vil colegial deseoso de ser tomado en cuenta, de ser escogido para ser el quarter-back del equipo. Vitoreado por otros…