Del estado de ánimo

Es sorprendente cómo el estado de ánimo influye en nuestros pensamientos, no digamos en nuestros sentimientos. Sin embargo, algunos seres humanos actuamos como si éste o no existiera o careciera de importancia.

El estado de ánimo concentra los factores de nuestra vida: los integra. Como un medidor de bienestar. Indica el estado emocional en el que nos encontramos en ese preciso instante. Combina sensaciones, sentimientos y pensamientos, asignando cierto peso a cada uno de ellos y arroja un resultado, como en una función de utilidad económica: 1902 útiles de felicidad ó 666 de infelicidad. Aunque la felicidad sea incuantificable, la existencia de una combinación que determina el resultado del estado de bienestar parece bastante cierta.

Esta combinación puede pensarse como una mezcla desordenada de experiencias y proyectos, que guarda la historia de nuestra vida y refleja -al mismo tiempo- lo que hemos sido y lo que somos en el instante; incluso lo que queremos ser o soñamos ser. Una perfecta y única combinación que logra conciliar el tiempo en una sola y efímera emoción, como la eternidad.

Sin embargo, algunos nos damos el lujo de ignorar nuestro estado emocional. De no mirar ese resultado y de no sospechar la influencia que éste tendrá sobre el siguiente instante. Como si la causalidad no existiera o como si pudiéramos o no quisiéramos influir sobre ella.

Es también bastante cierto que no podemos influir sobre todos los factores, incluso puede pensarse que no tengamos -en principio- el poder de hacerlo sobre los fundamentales y que creamos que las circunstancias nos sobrepasan. Pero también es cierto que quienes no lo intentan son cobardes o bastante estúpidos.

Es determinante intentar descubrir -con una introspección es suficiente- qué es lo que nos alienta y qué nos desmotiva, qué nos tranquliza y qué nos altera. Un ejercicio sencillo que nos permita identificar -cuando menos- cuál es el nuevo punto de partida. Para iniciar de nuevo y juguetear con la conciliación del tiempo, para sentirnos y dejarnos llevar -tal vez un tanto desbordados- hacia la plenitud, o cuando menos hacia una emoción efímera que me gusta llamar eternidad.

Febrero 6, 2002

Jueves ordinario: el diálogo

Los niños aprenden a lanzar antes que a caminar. Sin embargo, para atrapar (una pelota o un balón) pueden tardar años. Mi hijo de 5 años tiene gran habilidad para lanzar desde que tenía meses, pero apenas empieza a cachar mejor el balón: el fin de semana pasado pudo ya completar más pases que los que dejó caer.

Análogamente, los seres humanos aprendemos a hablar (y no me refiero a imitar el sonido, sino al acto de transmitir un mensaje) antes que a escuchar. Lo primero, así como lanzar, lo dominamos en los primeros años (incluso meses si consideramos que a través del llanto ya estamos enviando un mensaje). Pero para lo segundo pueden pasar años o incluso nunca dominar adecuadamente esta cualidad. La carencia generalizada de esta virtud es causa de uno de los principales reclamos de las relaciones humanas: “¡No me escuchas!” o “¡Déjame hablar!” que por cierto no es lo mismo.

Pues bien. Que el PRD no quiere dialogar con el Presidente de México. No al debate en el formato propuesto para el Informe Presidencial del 1° de septiembre de 2007. Ni siquiera están dispuestos a aprovechar la oportunidad que tanto reclamaron muchos años de querer y poder “decirle sus verdades”: hablarle. El mensaje que envían es muy claro: no quieren escuchar al Presidente. Lo que es además un acto previo (de negación por supuesto) de la habilidad que todavía no sabemos si tienen: si es que pueden escucharlo.

“Ni los veo ni los oigo”, fue una frase que acuñó el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari. Se refería precisamente a los perredistas. Él no quería escucharlos. Nunca supimos si hubiera podido hacerlo. Se fue el sexenio entre la estela del corporativismo, donde el PRI seguía siendo mayoría en las Cámaras. Es decir, no era necesario dialogar, negociar. En el año 2000 acabaron siete décadas de este estilo de hacer política: sin diálogo. Con el tlatoani sexenal revelando la luz.

¿Qué tan arraigada tenemos esta costumbre ideológica de ni siquiera querer escuchar? En la sociedad, por ejemplo, sin la política. ¿Cómo fluyen nuestros diálogos? Me parece que normalmente son turnos para hablar, más que una genuina comunicación. Escuchamos a veces (si es que nos conviene el tema) y de manera selectiva entre las personas. ¿A cuántas personas no descalificamos por prejuicio? Decimos que no (en la mente y hasta con la cabeza) sin siquiera dar la oportunidad de terminar la idea o la propuesta que está intentando esgrimir. Muchas veces sustituimos el turno de escuchar (cuando nuestro interlocutor habla) para ir construyendo nuestro próximo argumento.

Si tratamos de ir a los orígenes de esta deficiencia que tenemos tan bien desarrollada, podríamos revisar las materias de la escuela sobre el proceso de comunicación. Énfasis en escribir, también en leer (que es una forma de escuchar, pero que en el país el índice es de una población analfabeta funcional); también énfasis en el hablar (en público o en la natural relación uno a uno de preguntas y respuestas del profesor). ¡Pero escuchar! ¿Alguien recuerda una materia dedicada a escuchar? Salvo los diagramas del proceso de comunicación, no recuerdo haber tenido una asignatura donde nos dedicáramos a desarrollar cualidad tan necesaria: escuchar.

Menudo problema tenemos frente a nosotros como sociedad. Pues no leemos y tampoco escuchamos. Hemos truncado el proceso de comunicación. Principalmente porque no queremos. No queremos leer (la inmensa mayoría sabemos hacerlo) y tampoco queremos escuchar. Negamos por ¿ignorancia? el proceso de conocimiento hegeliano, donde la tesis debe enfrentarse a su antítesis para generar una síntesis. Imposible si no nos detenemos a conocer a profundidad en qué consiste la tesis (por un lado) y en qué la antítesis (por el otro).

Así, con esta gran deficiencia en la sociedad (que siempre será primero que la política) enfrentamos retos fundamentales, donde el requisito indispensable es que dialoguemos y nos pongamos de acuerdo. Pero será muy difícil lograr avanzar si ni siquiera estamos dispuestos a escucharnos ni a leernos. ¿Cuándo lograremos desarrollar esta virtud si no la practicamos?

En la oficina, manejamos –de broma y en serio también- una analogía en este sentido. Cuando alguien está muy necio con un punto de vista, incluso con justificaciones que no suman, le decimos simplemente: “Saca la manopla”. Pues la imagen de cachar la pelota que lanzo (o me lanzas), indica que me (te) has (he) escuchado. La armonía de dos personas lanzando uno y atrapando el otro contrasta con la del bateador que golpea violentamente el lanzamiento del emisor. Te escucho (te atrapo) o no te escucho: te bateo.

Las reformas económicas y de estado saldrán más por consensos políticos (donde se intercambian intereses tangibles de poder) que por un genuino convencimiento de que es lo mejor para el país. Mientras tanto, circo y más circo. De un lado y del otro. Y en la sociedad (o mas bien, desde la sociedad) dormidos. Hablando y vociferando. Sin escuchar y lamentablemente sin leer.

Días lluviosos (cuento)

Trataba de pisar lo menos posible el suelo. Los charcos se extendían por toda la calle y no alcanzaba a distinguir si su profundidad podría cubrir mis zapatos. El reflejo de las sombras de la noche podía mirarse en casi cada charco, y se distorsionaban las formas cuando las gotas caían.

Inconsciente, buscaba el cobijo de la pared de las casas. Sin lograr cubrirme, sentía cómo esa fina cortina de llovizna cortaba suavemente mi cara. Menos molesto de lo que hubiera creído. Al fondo de la calle estaba estacionado mi coche, donde las luces amarillas de los postes distorsionaban aún más el escenario.

Imaginé poder captar lo que en realidad sucedía: la calle (seca y brillante la mayor parte del tiempo) estaba siendo invadida cruelmente por la oscuridad y por el agua. Y las armas con que contaba para defenderse eran insuficientes: el alumbrado era aplastado por la intensidad de la noche y las alcantarillas de desagüe expulsaban sendos chorros de agua aparentemente interminables.

Al cruzar hacia el otro lado de la calle, me di cuenta que mi soledad había sido torpemente violada. Un borracho yacía sobre el cofre de mi coche; se balanceaba rítmicamente, bebiendo directamente de una botella de un cuarto de litro, seguramente de ese asqueroso brandy “Presidente”.

Casi advertí el hedor de ese hombre sucio y mojado. Su aliento debía ser una mezcla de cobre con el dulce y apestoso olor del líquido que ingería. Pero la lluvia escondía sus vicios, oprimía su hedor y el caballero no me pareció tan desagradable. Al percatarse que abría la puerta del coche, se levantó presuroso, escondiéndose en la noche y perdiéndose en un largo trago.

Titubeé un momento antes de sacarme el saco, y al voltear la mirada por la calle toda, pude distinguir cada gota que iba cayendo. Claramente percibí cómo la lluvia me brindaba un instante de intromisión en el vació de mi alma.

Septiembre de 1998

Gamos del CUM vs. Holy Cross (San Antonio, 1989)

“¿Te acuerdas que fuimos roommates?”, me preguntó Paolo Peláez cuando estaba empezando la comida del 4 de agosto de 2007. Se refería al viaje que hicimos en la pretemporada de 1989 a San Antonio, para jugar con el peligrosísimo equipo de Holy Cross, que además era de una categoría inferior. Valió la pena la experiencia de football, pero mucho más la personal y sobretodo la de ese grupo, integrado por personas tan diversas e incluso de generaciones diferentes. Algunos nunca habíamos jugado juntos, aunque nos conocíamos ya de varios años atrás.

Unas semanas antes del viaje, fui con Gabriel Mata a la embajada de Estados Unidos a sacar la visa. Llegamos como a las 4 de la madrugada. Lo más relevante fue que un pendejín nos dijo que se estaba tirando a Maribel Guardia (y mi buen amigo Gabriel sí se la creyó).

El día del juego, por la noche, en una fiesta que nos organizaron los amigos de Holy Cross, Carlos Gómez se metió en la tienda de conveniencia de una gasolinera que estaba a un par de calles y pagó sin pena 2 cartones de twenty-four de Coors. No importó que la edad permitida para vender alcohol fuera de 21 años. Me imagino que al vendedor le valió madres, pues el buen Beauty no pasaba ni a golpes por más de 18.

Por la mañana (ese día del juego), rompía una brisa fría la armonía de mi desvelada. Una noche antes, habíamos ido con nuestro anfitrión a casa de su hermano. Éste como de unos 25 años, tenía un Cadillac del año en la puerta y una mesa de billar con paño rojo en la cochera. No sé que se imaginó acerca de nosotros, porque tenía 2 hieleras llenas de cerveza: Bud Light. Tuvimos que beberlas, más por gusto que por otra cosa. Salimos un poco mareados, porque escuchamos música country a todo lo que daba su estéreo por más de cuatro horas.

En el mall, el mismo día del juego por la tarde, no sé porque razón fuimos casi todos con los jerseys (tal vez nos empujó el impulso de que eran nuevos y además habíamos apaleado a un equipo de la localidad). Fue un error, pues las 3 letras que orgullosamente portábamos en el pecho, hicieron reír a más de una persona. A mi me tocó que unas niñas incluso se me aventaran (no como hubiera querido), empujándome y ladrando no sé que reclamaciones. Por 3 letras que para ellos tienen un significado muy diferente: CUM.

Regresemos a la mañana del juego. Por alguna razón que nunca comprendí, mi buen y estimado colega Edgar Zapata jugaba mal (o regular, porque tal vez nunca lo hizo mal) el día que le tocaba jugar bien. Es decir, el día en que los dos sabíamos que él iba a ser el titular, que el juego parecía flojo y -por tanto- yo podía salir a buscar mi identidad una noche antes – en las calles y con pláticas largas y estimulantes. Pues bien, ese día tuve que entrar antes de lo esperado. Me costó trabajo superar mi impresión inicial de que el campo estaba inclinado hacia el sur. Sobretodo, porque la ofensiva iba hacia el norte.

De ida -en el avión- saltó un comentario por sobre los asientos que a esa edad parecía una motivación muy válida: “Nos los vamos a madrear y nos vamos a c… a sus hermanas”. Risas y más risas. ¿Quién fue el ocurrente? ¡Oh decepción, cuando estábamos en el gimnasio aquel de pueblito tejano! La primera aspiración la confirmamos al ver a nuestros oponentes, pero lo segundo, ¡caray!, ¿cuántas Bud-Ligthts íbamos a necesitar?

Nuestro anfitrión fue muy cálido, probablemente al igual que todos los demás. Güerito él, jugaba en la categoría de arriba (tal vez contra los que debimos jugar) y tenía una novia chicana. Ella, con un Camaro (no recuerdo el color), apenas tocaba el acelerador y salíamos disparados contra los asientos. Los primeros dos días fumé como chacuaco hasta quemar en 3 ocasiones las vestiduras. El último día, me prohibieron mi atrevimiento. Lo invité a México cuando estábamos cargando gasolina y le dije que se divertiría muchísimo con algunas amigas que teníamos en el equipo. ¿Qué rayos estaba pensando?, pues su novia además de triturarlo con la mirada, reclamó el sí inicial que me había dado.

Cuando llegamos al aeropuerto, había un grupo de papás echando porras y vi un cartelón con el marcador del juego: 61-6. “Qué raro”, pensé, “no cabe duda que el significado de las cosas es muy diferente para cada quien”.

Jueves ordinario: la suerte

¿Despierto yo en el mundo o el mundo despierta en mí? La diferencia, si bien sutil, es definitiva y definitoria para cada ser humano. Determina la participación que creo merecer y por tanto la responsabilidad que asumiré como ser de voluntad.

Así, si consideramos que despertamos en el mundo como uno más, nuestra vida se reducirá (o expandirá según se quiera decir) a aprovechar al máximo las condiciones existentes: maximización de utilidades en la teoría económica. Tal vez distinguiremos un par de tendencias y nos “subiremos a la ola”, pero difícilmente seremos revolucionarios en nuestras ideas, hacia adentro.

Si es el mundo el que despierta en nosotros, nuestra voluntad toma un papel esencial en nuestro recorrido. Podemos y debemos decidir acerca de qué tomar consciencia y en el inminente caso de que se nos acerque algo relevante (por fortuna o desdicha) seremos capaces de elevar el evento a nivel de consciencia. Pensándolo, viviéndolo y actuando en consecuencia. Para sufrirlo y gozarlo. Y para sentirnos responsables de las circunstancias, en la parte que nos corresponda.

Pues bien. Que el presidente venezolano Hugo Chávez envió el día de ayer a la Asamblea Nacional un anteproyecto de reformas a la Constitución de su país. Destaca la modificación al artículo 230 para que el “Presidente o Presidenta” pueda reelegirse inmediatamente después de terminar su periodo de 7 años. Y con descaro, el exgolpista señala: “es una posibilidad que depende de la decisión del pueblo soberano”.

También se crearían comunas y ciudades comunales como una transformación “novedosa” del mapa político. Además pide que se especifique en la Carta Magna que la economía es socialista. Y solicita poderes especiales para manejar a discreción las fuerzas militares con la intención incluso de organizar una guerra de resistencia.

El dictador venezolano (sumándome al sano hábito de llamar a las cosas por su nombre) enfatizó que diseñó esta reforma “pensando en el interés del pueblo”. El señor es un sinvergüenza que se burla de la inteligencia humana. Sin piedad. Su posición de poder –donde ha emulado y superado la estructura corporativista y clientelar que padecíamos en México hace unos años- le bloquea la poca luz que le llegaba aún antes de llegar a ese sitio. Además ya se ha corrompido (como ser humano) y está enfermo de ambición.

Para rematar esta ocurrencia que mucho mal le hace y le hará a su país y también al mundo, propone eliminar la autonomía del Banco Central. Es decir, entre otras cosas podrá llevar el nivel de oferta monetaria al nivel que se le antoje, esto es emitir billetes para crear una falsa sensación de bienestar económico. En el corto plazo, Venezuela y sus habitantes podrán disfrutar de estos beneficios, pero en el medio y largo plazos pagarán con intereses muy altos (esos que el mercado le cobra con saña al populismo) estas políticas inconscientes.

Le falta consciencia al mandatario venezolano, pues aparentemente (insisto aparentemente) no lo hace por maldad. Puede ser que incluso esté convencido que eso de la república bolivariana no sea una barbaridad y que efectivamente le represente un camino viable para mejorar la calidad de vida de su país. Y que la continuidad es fundamental para llevar a cabo este programa, por eso es esencial en su estrategia que pueda reelegirse hasta que muera. Carece de conocimientos económicos básicos y también de historia política racional. Esto o los ignora deliberadamente, pues está convencido de que su visión es revelada: lo ha iluminado alguna divinidad.

Es decir, su propuesta puesta en marcha ya desde hace unos años es un idealismo superior (en moral) lo que le permitirá evadir a la tediosa realidad por el simple hecho de desearlo. Se le ha revelado esta visión. De un ser superior quizá o de un libro idealista tal vez. No importa de dónde. El hecho es que ha decidido eliminar su capacidad de consciencia y autocrítica para darle paso a una voluntad absurda guiada por un sueño que ha probado mil veces en condiciones diferentes que no es posible. Ignora los factores que rondan el mundo del razonamiento y sobretodo el de la realidad.

Qué fortuna hemos tenido en México de que no llegara a la presidencia un hombre con características similares. Estuvo a punto, “era suya pero la dejó ir”, diría el comentarista de Fútbol. Por suerte. Por esas incomprensibles circunstancias que existen y que determinan la manera en que hoy el mundo ha despertado en mí, en nosotros.

Maquiavelo escribe en su famosa obra “El príncipe” que la fortuna contribuye con cuando menos la mitad de los factores, sin embargo invita a su mecenas a que se responsabilice del resto. Para no dejar todo en manos de la suerte.

Inocencia compartida

“¿Que no voy a manejar hoy papá?”, me pregunto Bruno cuando salíamos a las 7 de la mañana en dirección a casa de su tía Ana. Lamentablemente tuve que decirle que no, pues en miércoles y a esa hora las calles de la ciudad enloquecen, aún en los fraccionamientos más tranquilos. Y el peligro se incrementa si algún papá irresponsable deja que su hijo de 5 años tome el volante.

¶¶ “Somos cerdos y nos gusta estar en el chiquero, todo el día embarrados panza el aire así. No usamos ropa, pues estamos desnudos y si alguien pasa nos paramos así …”, cantábamos dos minutos después con Luis María Pescetti.

Antes de subirnos al coche, Bruno me preguntó que si traíamos el iPod, con el firme propósito de asegurarse que podríamos poner su música favorita.

¶¶ “No nos digan siempre no, queremos jugar a lo que nos gusta, no nos digan siempre no …”, continuamos con esa canción empalagosa, tomándonos las manos con mucho cariño. Con cierta diversión, pensé que la traería “pegada” hasta las 11 de la noche y la compartiría gustosamente con Paty, su mamá.

Veníamos solos, pues Paty había regresado a trabajar antes que él a la escuela y no podía quedarse solo en la casa. “¿Ya vamos a llegar?”, me preguntó cuando llevábamos apenas 5 canciones (sin contar las que adelantamos). Cuando me volvió a preguntar en la canción 9, tuve que darle una mejor respuesta que la anterior (“todavía no”), por lo que -aventurándome a su precoz noción del tiempo y de los números- le dije buscando su interés: “Cuando llegue este número al 19”, refiriéndome al marcador de canciones del radio. “Ooookay”.

¶¶ “Loooos sapitos de la noche no se esconden en la almohada y no asustan al bebé, ¡claro que no! …” Hay canciones que nos unen y basta una mirada leve acompañada de una sonrisa para saber que estamos ahí. “Te quiero papá”.

Después de 30 minutos ya nos acercábamos. Por cierto que equivoqué la ruta al meterme a Viaducto, en lugar de continuar por la lateral de periférico (mi inercia me llevaba a Centro Bancomer), pero pude corregir mi pifia, atravesando por Puente La Morena, subiendo a Viaducto y después al segundo piso. Al famoso que me llevó hasta Rómulo O´farril. Después Luz y Fuerza. Listo. Y apareció lo que estábamos esperando.

¶¶ “Yo soy el vampiro negro que nunca tuve padres, nací en una incubadora y solito me crié… “ Nos miramos solo un instante: ese mismo instante que alguna vez en mi adolescencia nombre eternidad, comparándolo con la felicidad plena.

¶¶ “… Scooby-do… yo soy el vampiro negro que nunca tuve novia, y cuando tuve una, la sangre le chupé. Yo soy el vampiro negro que nunca tuvo coche y cuando tuve uno, las llantas le pinché …” Llegamos ya. Terminando la canción 17. Bajó del coche y cuando subía por las escaleras volteó ligeramente sobre su hombro.

Dos días después llegué temprano a la casa (a las 8 y media de la noche que en horarios de la ciudad es muy temprano). Paty tenía compromiso de cenar con sus amigas. Bruno y yo (casi sin quererlo) pudimos tener nuevamente instantes mágicos.

Pedimos tacos del farolito y escogimos juntos la película. Comimos y nos reímos -como niños- viendo los capítulos clásicos de la Pantera Rosa. Hasta quedarnos dormidos. Cómplices de la inocencia.

El profeta de la vida

“¡Qué sería tu felicidad, radiante astro, si no tuvieras aquellos para los que brillas!” Así habló Zaratustra, previo a bajar de la montaña después de diez años de soledad, para anunciar su gran revelación: Dios ha muerto.

// Los miércoles de whiskey nacieron en esos días de universidad donde parece sobrar todo: tiempo, ideas, planes, energía, fiestas, años por vivir, etc…. menos dinero. Eran reuniones que normalmente sucedían en casa de los papás de Luis Boti, aunque en ocasiones también nos acogían mis padres con todo y casa. Asistíamos siempre Luis y yo, y a veces Omar Arciniega. Aunque bebíamos un par de tragos en las “rocas”, la consciencia era el centro de la conversación: lográbamos destaparla y sobretodo compartirla. //

Luego, uno puede perderse en el fascinante mundo de la voluntad de poder y casi convencerse que somos capaces de todo: hasta de renegar de nuestros principios y valores más profundos. Ignorar el orden que guía nuestras creencias y, tal vez, con un atrevimiento adicional ensalzado de irreverencia, despertar. Abrir los ojos. Así, como si fuera la primera vez. Y quedar cegado.

// Nos sumergíamos en páginas cuidadosamente seleccionadas por Luis de los más de 500 volúmenes que guardaba su papá en su biblioteca. De historia, de novelas gringas o inglesas y también de filosofía. Más apasionado yo en la última, le entrábamos a esta experiencia sin prejuicios -flojitos- para estar en condiciones de aprehender nuevas vivencias. //

La primera parte es la más dolorosa, pues esta nueva luz desnuda la verdad que habías aceptado como la única y absoluta. Puedes incluso llorar al comprender que el sentido de tu vida no es más que un deseo. Un deseo bien cobijado por doctrinas que aprovechan el miedo más profundo de los seres humanos. Y te das cuenta que requieres de una inmensa voluntad para continuar con este nuevo estado de consciencia: ahí donde la vida es en la vida, sin posibilidad de las promesas mezquinas de una futura vida en la muerte.

// “Shine on you crazy diamond… “, chillaba Roger Waters, mientras profundizábamos en la superficialidad de nuestra cotidianidad. Las curvas de indiferencia e isocuantas de productividad se mezclaban en nuestros cuadernos con símbolos ininteligibles y reflexiones absurdas. Y seguíamos, día tras día, perdiendo el camino “recto” en el que tanto invirtieron nuestros padres y líderes eclesiásticos. Así, acompañando nuestra vida ambivalente, hacia la perdición, hacia nuevos mundos “jamás explorados por hombre alguno” //

“¡Cómo soporto todavía la vida! ¡Y cómo soportaría ahora la muerte!”. Así habló Zaratustra, después de tener una visión y previsión sobre el enigma que resulta al enfrentar la vida y la muerte.

// Poco a poco, la frecuencia de las reuniones de los miércoles disminuyó. Nos veíamos más los domingos para ver el americano, o entre semana para jugar dominó. Las palabras (escandalosas y proverbiales en días pasados) se fueron re-orientando al camino que habíamos “perdido”. En cintura nuevamente. Aunque, secretamente, sé que continuamos buscando “nuestro” camino. //

“Camino por entre este pueblo con el espíritu alerta; no me perdonan que no les envidie sus virtudes. Me ven con malos ojos porque les digo que a la gente pequeña, le hacen falta virtudes pequeñas – y porque me cuesta creer que haga falta la virtud pequeña!” Así habló Zaratustra cuando llegó de nuevo a tierra firme para ver qué le había sucedido al hombre.

// Los tres terminamos nuestras licenciaturas y maestrías. Ninguno de los títulos es de humanidades. Se resumen en economía, administración y finanzas. Cada uno, aunque ha formado familias maravillosas, invierte gran parte de su tiempo en trabajar para que las acciones de la empresa donde labora incrementen su precio. //

Zaratustra sale de su cueva para hablar casi por última vez: “¡Radiante astro!, ¨ ¡Profundo ojo venturoso! ¿Qué sería tu dicha si no tuvieses aquellos para los que brillas? […] Pues bien, duermen todavía esos hombres superiores en tanto yo estoy levantado.”

// Recientemente, sin buscarlo, he encontrado a un nuevo amigo. También sintió el dolor de su despertar y también es profeta de la vida. Hemos hablado varias veces, pero casi siempre sobre los temas que envuelven la superficialidad de nuestro mundo. Y un par de veces sobre la profundidad que nos relaciona: ahí lo he conocido y en ese instante lugar he podido ver al gran ser humano. Al profeta de la vida. //

Zaratustra miró hacia arriba con aire interrogador, pues oyó en lo alto el grito agudo de su águila. “Mi águila se ha despertado y al igual que yo, honra el sol. Con garras aguileñas prende la nueva luz”. Así habló Zaratustra, justo antes de encontrar la señal que debía seguir.

//¿Cuántos más estamos ahí? ¿Cuántos, fingiendo que somos algo que nos arrastra por conveniencia? ¿Cuántos que combinamos -tal vez por una convicción completamente válida- varios mundos que parecieran ser contradictorios. //

 

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Lobos de Plateros 1980

El objetivo de esa temporada fue quedar campeones. Así nos los dijo el head-coach desde el primer día de entrenamiento en “cortos” y así lo repitió casi todos los días del verano de 1980.

En ese año se acuñó en mí una de las marcas más profundas que llevo en el alma: el valor de la amistad. Con el fin común muy claro, los entrenamientos estaban focalizados a ser mejores día a día. Hombro con hombro, nos esforzábamos en cada ejercicio de resistencia y también en los de golpeo directo, donde no hay otra manera de avanzar mas que partirte la madre con tu amigo. El beneficio, que casi siempre tuvimos, se presentaba en los partidos: al ganar.

Aunque son muy cuestionables los métodos utilizados por nuestros coaches, sobretodo en castigos y golpeo directo, su impulso a visualizarnos y esforzarnos por ser mejores es una herencia que tengo de ellos, tanto en mi vida personal como en todos los equipos de trabajo en los que he participado.

La temporada fue de menos a más. Empezamos con un par de scrimages para olvidar, sobretodo porque la mayoría de los integrantes éramos novatos. Sin embargo, entrenamiento tras entrenamiento mejorábamos: tanto en actitud y unión, como en técnica y en ejecución de las no más de 10 jugadas que manejábamos a la ofensiva y no más de 2 formaciones a la defensiva. Claro, además de los equipos especiales. La mayoría, participábamos en todo y por tanto jugábamos todo el juego.

Este equipo tuvo ángel desde el principio, pues nos iban a ver, además de nuestros familiares, los papás de otras categorías. No recuerdo un entrenamiento sin visitas, ni juegos con las tribunas vacías. La conjunción del equipo fue en varios niveles: el principal, entre los jugadores de 8 años de edad, entre los coaches de 17 y 18 años que eran amigos y compañeros de equipo, entre los papás que se sumaron a la aventura veraniega; y la directiva, simpatizante de los 3 niveles, que siempre apoyó cuando fue necesario.

La simpatía se vio acompañada con victorias desde el principio. Con jugadas bien ejecutadas, técnica depurada al taclear (la esperada en un niño de esa edad) y sobretodo coraje: no me queda la menor duda que si algo transmitimos en esta y en varias temporadas subsiguientes fue hambre de ganar, pasión y mucho, mucho amor por nuestros colores azul y plata.

Ganamos todos los juegos, excepto 1: la final. Por una situación desafortunada, donde el quarter-back se lastimó una horas antes del partido. El head-coach construyó y delegó su liderazgo en este niño de 8 años que gustosamente aceptó el reto, pero un día antes sufrió una lesión en la pierna cuando brincaba un charco, al terminar el entrenamiento. No pudo jugar bien al día siguiente y aunque el equipo de Lobos claramente era mejor que el contrario (Comanches de Atizapán), los jugadores no pudieron rendir, pues no se nos había preparado para una situación así. Aprendimos de eso y 2 años después (en 1982) cobramos “venganza”.

En la foto aparecen 3 niños que fueron en ese año y que son todavía 3 de las personas más importantes de mi vida: Marcos Vázquez Frias (57), primo hermano que falleció lamentablemente hace 13 años, Edson Sánchez (55, cuarto de izquierda a derecha en la primera fila), line-backer y líder de la defensiva durante todos los años que lo vi jugar) y Julían Vergara Méndez (95, segundo de derecha a izquietda en la primera fila), receptor y líder anotador en casi todos los años que jugué con él. Los 3, mis mejores amigos, cuando menos hasta que cumplimos 18 años.

Por la tarde veré a Edson y a Julían en una comida, en memoria de otro equipo en el que jugamos. Pero, esa es otra historia.

Felicidad entre banqueros

Llegué al comedor solo, pero tuve la fortuna de encontrar a unos compañeros de la unidad de negocios a donde pertenezco. Casi siempre evitamos hablar de trabajo (no importa que el comedor esté inserto en el edificio, en el nivel 2 de Centro Bancomer, en Coyoacán). Y por ello, la conversación empezó a dirigirse a temas ajenos a la Oficina, pero nunca imaginé que podríamos llegar tan lejos.

// Hace 30 años el edificio, recién inaugurado, fue la gran novedad, pues dentro de las instalaciones existían todas las facilidades para no tener a que salir: dormitorios para lo que venían del interior y múltiples comedores (tanto para clientes, como para los diferentes niveles de empleados dentro del Organigrama), entre otras muchas cosas. //

“El dinero no te hace feliz”, fue la declaración que inició toda la confusión y que fue lanzada de manera contundente – y de imprevisto – por un directivo de muy buen nivel. ¿Qué?, ¿escuché bien? Increíble: ahora resulta que los funcionarios bancarios, dedicados principalmente a prestar dinero con jornadas intensas en estrés y extensas en horarios somos ajenos al dinero como insumo crítico de felicidad. ¡Increíble!

// Recuerdo haber tenido estas discusiones en la universidad con bastante pasión, donde la superioridad moral y espiritual derrotaba sin misericordia a las posturas superficiales y materiales. Dinero, ¡bueno!, sólo para los incompletos seres humanos que no logran superar su visión miope y quedan en la base de la pirámide de Maslow. Aunque – cabe decir – que casi siempre había buenos argumentos (como no queriendo la cosa) donde se podía desear dinero y aún así salir “bien librados”. //

Le di una buena revisada a los comensales, calculando cuántos tienen préstamos hipotecarios y créditos para coches nuevos. Sí, según mis cálculos como el 99% de los empleados (o más), están aprovechando las prestaciones y buscando subir el nivel de vida sin el mayor miramiento. Otra vez: ¿Qué el dinero qué….? Sí, repitió: “no sirve para la felicidad”. Bueno, bueno, me revolví en la silla, volteando a ver a las otras dos personas con las que compartíamos la comida. Sus miradas mostraban la misma sorpresa que la mía, pero – a diferencia – su actitud era más tranquila: mostraban su superioridad moral, pues efectivamente el dinero es algo superficial, muy material…además resultaba que el directivo susodicho es su jefe. Probablemente son muy prudentes y saben elegir sus batallas.

// Es posible que este directivo leyó, al igual que muchos, que Carlos Slim es ahora el número 1 en riqueza; y seguramente, también igual que muchos, pensó que para que se quiere tanto dinero si éste en esas cantidades no es necesario. Tal vez por ello, así de sopetón lanzó el comentario que provocó que me sintiera ofendido. //

No me aburriré ni te aburriré describiendo los argumentos que animaron la conversación en torno a este tema (donde los acuerdos más o menos fueron similares a los de la universidad). Solamente termino esta reflexión con el siguiente dato: el alto directivo se fue el día de hoy con su familia (en total 5 personas) a viajar por Bélgica y Alemania durante 3 semanas.

Ideas sueltas

Cae la noche sobre mis hombros. Prendo un cigarro sin el deleite de quienes saben fumar: despacio y con los ojos en la esperanza. Escribo unas líneas y vuelvo a encenderlo… un sabor amargo recorre mi garganta. El humo ligeramente saliendo por mi espalda, como escapando de mis sentidos. Ya desde hace un tiempo solo el instante que dura el golpe es placentero, después viene un sabor pesado en mi lengua que trato de diluir con un café… ahorita con coca cola.

Pasé muchas noches viendo el techo. Buscaba alguna respuesta a interrogantes profundamente difusos. Escuchando los ladridos de los perros y recordando la escena famosa de un cuentista famoso… Y pensando que en ese momento lograba una conexión con mi interior. Siento los dedos fríos por el viento que enfría mi cuello. Se nubla mi vista y mi mente se va perdiendo hacia los dos martinis que me bebí antes de comer. Un sorbo me refresca.

Dije que a partir de hoy no fumaría. Pero vuelvo a caer. Me creo circunstancias propicias para justificar el cigarro en mis dedos, con chupadas que simulan un placer que se ha ido ya hace mucho tiempo. Ya viene llegando el rebote de mis pulmones. Seis y medio kilómetros en la mañana que destrozo con 10 chupadas de humo. Bien.

He tenido etapas intermitentes de ideas claras. Por eso escribo. Con la esperanza de encontrarlas. ¿Están aquí? Estuvieron en algún momento o cuando menos estuvo la sensación de contar con una claridad de las cosas. Consciencia de mi en el mundo. De los demás, de mi vida sin sentido y de mi dolor por saberlo.

Así empiezo este diálogo sordo. Con ideas sueltas que a nadie interesan.