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Jueves Ordinario | El túnel

Voy subiendo por el estacionamiento del edificio de Reforma. En el caracol que lleva del 3 al 4; del 5 al 6; del 7 al 8. Es de madrugada. Tengo solo un objetivo. La inmediatez de concluir un documento antes de las 8 de la mañana. Nadie va conmigo.

He perdido el ritmo. Una lesión en la pierna me sacó de las pistas. Cojeo ya sin percibirlo. Sé que lo hago porque algunos ven mi rengueo. Aun así, intento mantener la postura. Quise regresar un par de veces, pero olvidé cómo correr. Tan posible como no saber ya cómo respirar. Es un jadeo continuo.

Camino por los pasillos externos del edificio de Universidad. Son las 4 de la mañana. Tengo que revisar 2 casos para presentarlos al comité. Nadie sabe más del tema que yo. Aún así, debe prepararse minuciosamente. Soy un animal de la mañana.

Miro la reunión. Va muy lenta. Me he vuelto paciente y a la vez escéptico. El camino no es el correcto. ¿Cómo puede un comentario desviar la atención? Finalmente intervengo. Intento parar el caos y lo que parece claro para mi, es poco relevante para los demás. No lo ven. Ahí está la solución, pero no ayuda que yo la diga. Es necesario que este grupo la encuentre por si mismo: no hay atajos.

Amanece. El cielo va tornándose azul. El documento está listo. Iré por un café. Estoy satisfecho con el esfuerzo. Más tarde en la presentación de los desesperados, la desmañanada habrá valido la pena.

Se nubla mi mente. Hace unos minutos estaba lúcido como un estudiante de poesía. Ahora me pierdo entre las entrañas de un explorador de filosofía existencialista. Parezco antiguo con mi plática. Algunos confunden mi viaje al espíritu con una embriaguez vulgar. Les perdono su falta de desubicación: su certidumbre les permite ver solo unos centímetros adelante de sus narices. Pero los quiero.

Entro al comité de crédito. Es un caso fácil de explicar y difícil de defender. El presidente y su asesor se comportan como los expertos que son. Tienen todos los argumentos para declinarlo, pero lo autorizan. Hay veces que la obviedad es tan molesta que actúa contra los instintos.

Recupero el ritmo poco a poco. Sanaron mis músculos aunque en el inter perdí condición. Acabo empapado sobre la caminadora. Escucho mis latidos. Desaparece el jadeo. Me siento en la silla y bebo un pequeño sorbo de agua. Y me levanto a ver a mi familia. Se me presentan como lo único real de las 2 últimas décadas.

Me meto a la cama; hay que dormir, pues mañana muy en la madrugada tengo que regresar. Es mi cita. No importa el lugar, es la misma sensación una y otra vez. Ingreso al túnel, a veces con ritmo, a veces con esfuerzo. Me sumerjo a ese flujo que me absorbe, que me da satisfacciones, que me extingue, que cancela otras posibilidades.

Jueves ordinario: 3 anécdotas y 1 reflexión

Las Preguntas

1. Los pequeños demonios

Cuatro niños de once años discuten sobre religión; un católico, un judío, un mormón y un ateo. Después de intercambiar sus puntos de vista sobre sus creencias uno de ellos es insultado. ¿Cuál de ellos?

2. La casa blanca

Un pintor, un maestro de obras y un arquitecto tienen la tarea de pintar la casa de su patrón. El pedido fue contundente: “que sea blanca, que dure mínimo dos años y que quede lisa y suave, como piel de bebé”.

Después de una semana, el trabajo no se ha iniciado. El patrón los cita para que le informen qué está sucediendo. Después de un par de horas de deliberación, el jefe decide que solo uno de ellos realizará el trabajo. ¿A cuál de ellos elige?

3. La confusión

Una empresa líder de mercado con excelentes resultados en ventas, satisfacción de clientes y en valor a sus accionistas decide cambiar a su director general.

Desencajado el recién destituido directivo, pregunta al presidente del consejo cuál fue la razón, toda vez que entregó todo lo que le pidieron, principalmente en los rubros financieros. ¿Cuál es la respuesta?

 

Las Respuestas

1. Los pequeños demonios

Al niño ateo. – “Estúpido” lo califican y lo increpan: “¿cómo no puedes creer en tu creador”.

Días después el niño ateo le pregunta a su amigo el por qué del insulto. – “No puedo entender cómo alguien no crea en dios”, responde el amigo religioso.

2. La casa blanca

Al pintor. El patrón se dio cuenta que para ciertas tareas hay que elegir al que hace la chamba. En ocasiones involucrar a más personas, incluso mejor calificadas y con mayor visión, podría impedir que la tarea se lleve a cabo.

3. La confusión

“Precisamente por eso: porque entregaste solamente lo que te pedimos”.

 

Algunas Reflexiones

Hay tantas maneras de pensar y de hacer las cosas como vidas humanas. Aún así, muchos seres humanos insisten en creer que existe una opción superior a todas las demás: la suya.

Para necesidades de corto plazo, soluciones de corto plazo. Verdad evidente que muchas veces perdemos de vista por no asignar un espacio para planear y atender el futuro mediato.

“Cuando ya tenía todas las respuestas, cambiaron las preguntas”.

Iniciemos el diálogo

Corbis images – Wave of water

 

Disminuyen los latidos de mi corazón. Sigo caminando, con energía y con el fin en mente, pero una relajación mental me permite un respiro de tranquilidad. Han sido días terribles de conducir al aeropuerto, bajar corriendo del coche hacia las ventanillas aéreas, perder dos aviones y redocumentar los vuelos. Hoy, sin embargo, ha sido diferente, más común: no perdí el rumbo, no hubo tráfico extraordinario, no salí en la raya.

La mañana ha sido una de esas cualquiera en que antes de las seis no ha amanecido y las calles están relativamente vacías, transitables. Los conductores tempraneros son más diestros -¿lo has notado?- lo que facilita una circulación continua. El estacionamiento está listo para recibirte, brindándote opciones excesivas de lugares. Tan corriente –la mañana- que la única fila complicada fue la de documentación del equipaje; los que se suben a ella aceptan pacientemente su suerte. Las demás filas son ágiles, particularmente la de impresión del pase de abordaje y la de los filtros de seguridad. Qué fortuna vivir en un país de atentados nulos -pienso- mientras miro a los guardias aplicar las normas con sentido común; no como en los aeropuerto del país del norte: que aplican el sentido de amedrentamiento en bruto –tanto a propios como a extraños. Hasta la fila para el café es rápida; me doy el lujo de pedirlo triple, con canela y un endulzante artificial. Leo la clave de internet en el recibo y repito sin pensar: “latte28”.

Así, con el vaso de café en la mano, caminando a la sala 12 del aeropuerto de la ciudad de México, es que me invade una calma exquisita, inesperada. La tensión de mis músculos desaparece poco a poco, la preocupación de perder el vuelo -por tercera ocasión consecutiva- se esfuma y en paralelo emerge un estado ideal para que las ideas nazcan y fluyan. Ideas que pueden rastrearse cuidadosamente desde su origen: contemplo su aparición repentina y casi espontánea, una por una; disfruto el jugueteo cuando se rozan, se funden, se alejan; así, caminando cadenciosamente, con un ritmo ágil y a la vez apacible; relajado, energizado y estimulado al iniciar este diálogo.

Empecemos.

 

Jueves ordinario | El ciclo termina -y empieza- con un agradecimiento

Voy caminando por el cuarto piso: del pasillo externo hacia el interno, en el cuadrante verde; en Centro Bancomer: ahí en Avenida Universidad 1200. Una energía intensa recorre mi vientre. Me emociona regresar a ese módulo. Han pasado más de diez de años. Entrevistaré a Martha, la Directora de Riesgos. Quiero ofrecerle que se quede en las PyMEs. Estoy emocionado. Es marzo de 2008.

La decisión de entrar a Bancomer fue relativamente fácil. Coincidió la invitación que me hizo Emilia Remolina para entrar junto con ella al equipo de José Luis Limón con la percepción que tenía de que era el mejor banco. Era el año de 1997, un par de años después de la crisis. Previamente había trabajado en el Fobaproa y me tocó revisar las carteras de crédito empresarial de más de 5 bancos. Los mejores expedientes y la información más clara eran los de Bancomer. Detrás de ese trabajo estaba la mano experimentada de un funcionario bancario de los que ya hay muy pocos: Don Rogelio de la Garza.

Las primeras semanas no han sido nada buenas. La realidad es devastadora; la expectativa inicial era un sueño. “Un banco no es tan ordenado como parece”, pienso al salir por la explanada principal. Estoy aprendiendo algo que todavía no imagino. Creo que estoy desarrollando mis habilidades para ser un experto en evaluación de crédito empresarial, pero al cabo de varios años me daré cuenta que lo que en realidad aprendí tiene que ver con la cultura laboral del banco; y del país. La vivo y la sufro día a día. La burocracia. La jerarquía. La lealtad a las personas y a los equipos; a la institución. El liderazgo. La conveniencia. Las voluntades unidas; las voluntades dispersas. La capacidad de hacer con la disciplina; o la de destruir poco a poco con la mediocridad. ¿Cómo ordenar todos esos factores que se presentan de manera arrolladora con diferentes caras? No puedo. Es mucha información. No soy consciente de lo que voy aprendiendo. Es deslumbrante. Tanto, que apenas puedo ver. Es octubre de 1997.

Hace unas semanas cumplí 15 años de trabajar para Bancomer. Se ha cumplido un ciclo. Buenas cosas han pasado en mi vida. Profesionalmente he crecido gratamente; no ha sido fácil, pero ha valido la pena. Personalmente también he crecido y sobretodo he madurado; tampoco ha sido fácil: y ha valido más la pena. ¿Cómo medir 3 lustros? ¿Por el número de amigos, conocidos, contactos,  jefes, colaboradores, pares? ¿Cómo? ¿Por la profundidad en las relaciones? Difícil, ¿no? ¿Por los proyectos ejecutados? ¿Por los aumentos? No. Tal vez pueda medirse por el número de hijos; tengo dos: uno de diez años y una bebé de dos meses. Mejor. O tal vez no deba medirse; solo decirse: 15 años. Y calificarse: exitosos, felices, tristes, intensos, llenos de ilusión, con descalabros, con actitud. Eso. 15 años de actitud. Actitud positiva.

Llego a Monterrey. Me acaban de dar una promoción. Sé que los chilangos no somos muy queridos, pero al cabo de unos meses me daré cuenta que los regios siempre apreciarán a la gente trabajadora. Llego con gran ilusión. La industria bancaria apenas está abriendo la llave a los créditos empresariales. A eso voy: a prestarle a las medianas empresas. Hago amigos. Conozco y me sumerjo en la cultura empresarial de esa orbe moderna. Tan cerca de Estados Unidos y tan cerca de México. Me imagino que vivo en el futuro del país; ahí donde el trabajo, el emprendimiento y el hágalo usted mismo son una constante. “No hay crisis que aguante 24 horas de trabajo”, me confía Pepe Salgado, mi jefe y Director Divisional. Se refiere a la manera en que la sociedad enfrentó la crisis de la década anterior. Es mayo de 2004.

Sería prácticamente imposible nombrar a todas las personas que tanto me han enseñado en Bancomer. Tanto jefes, como pares y colaboradores. Me han dejado lleno de experiencias y de buenas vibras. No tengo mas que agradecer a cada uno de ustedes, amigos y colegas. Me llevo todo lo que me dieron; no dejo nada. Confíen en que utilizaré bien lo que me han enseñado. No podría ser diferente.

Regreso de la semana nacional PyME. Nos acaban de reconocer como la mejor institución bancaria, con el Galardón PyME. Entró a la sala verde, donde se celebra el Comité de Riesgos que preside Nacho Deschamps, el Director General del banco. “Felicidades”, comenta escuetamente y seguidamente me indica: “ahora a la realidad, a gestionar los riesgos y mantener una cartera sana”. Es noviembre de 2010.

El principal agradecimiento es para mi equipo. El de ahora y también a los de antes. Básicamente por aguantarme. Pero también por permitirme mejorar como líder. Con muchos hemos desarrollado una amistad que trasciende las fronteras de la relación profesional. Gracias en verdad.

Estoy en el comedor poblano. Una intensa energía recorre mi vientre. Voy a renunciar. He preparado un discurso. Lo pronuncio lo mejor que puedo. Mi jefe, Lalo Osuna, me escucha atentamente. Se sorprende al inicio, pero conforme avanza el relato comprende mis razones y mis sentimientos. Se ha acabado un ciclo. Y estoy por comenzar uno nuevo. Es octubre de 2012.

En reiteradas ocasiones he señalado que me gustaría escribir un libro con las experiencias profesionales de Bancomer. Hay anécdotas de dimensiones diversas; desde muy técnicas en términos de riesgos hasta muy humanas en términos de gestión de equipos; por supuesto que cada una de ellas está impregnada de la cultura del banco. En futuros ensayos utilizaré este espacio para compartir esas experiencias, siempre respetando la confidencialidad de la institución y la integridad de las personas. Creo que vale la pena hacerlo, pues en estos más de 5 mil 400 días que he pasado aquí hay mucho que contar y reflexionar.

Me despierto. Apenas amanece. Me maravilla el continuo del principio del día; así como ese continuo del atardecer. Ilusión y nostalgia; alegría y tristeza. Agradecimiento en ambos. A partir del 12 de noviembre trabajaré en Grupo Nacional Provincial. Me han invitado a desarrollar el segmento de PyMEs, dentro de la gran aseguradora mexicana. Es un honor. Estoy muy contento con mi decisión. No ha sido nada fácil. Empecemos otra vez. Es el 1° de noviembre de 2012.

 

El niño y el discurso

Siento un poco de nervios. Todavía estoy tranquilo. Tengo casi toda la tarde por delante. Debo preparar mi defensa. Es injusto ese recado que yace sobre mi cuaderno de tareas. La tinta roja agrava todo. No importa que la acusación de la Frau sea injusta. Es cierto que no me gusta dibujar. Cierto también que no seguí las instrucciones de cómo realizar los trazos. Cierto. Pero su reacción es exagerada. ¿A poco manda felicitaciones por las lecturas perfectas que realizó del libro “Senda”? Nunca escribió que soy el que más rápido contesta las sumas; tampoco que escribo de corrido y sin faltas de ortografía. No. Sin esas líneas aprobatorias ¿cómo puedo explicar esta injusticia? Acepto mi culpa. La acepté con ella al decirle que no me gusta dibujar. Pero no fue suficiente. Al contrario. Tuvo que escribir que no me gusta seguir instrucciones y que sí me gusta retar a la maestra. ¿Cómo explicarlo? Ya se me ocurrirá algo. Faltan varias horas para que anochezca.

Tomo el día de vacaciones. Voy a correr. A relajarme en la tina de masajes. A rasurarme al vapor. A reflexionar. Estoy a punto de tomar una gran decisión en mi vida profesional. Encuentro un momento revelador. El tragaluz ilumina mi mente. Pierdo mi mirada en el cielo azul. Aparece una historia. Es de los ciclos que se entrelazan. Ya he tomado la decisión, pero hay que saber explicarla. Me la cuento. Es consistente con mis sentimientos. Congruente con mis valores. Todo empieza en el Kinder. Acaba en ese instante en el que salgo disparado de la tina para darle ritmo al relato.

Controlo mis nervios. Han crecido sin césar. Ya anocheció. Ahora que quiero que el tiempo se acelere, se aletarga. Media hora más: sólo pido eso. Darán las nueve y me dormiré. Me escabulliré justificadamente al descanso necesario de un niño de siete años. No pueden pedirme que me desvele. Menos ante un recado absurdo que a nadie interesa. Mañana le diré a la Frau que no pude entregarlo. Tal vez se le olvidé. Así será. Bien pensado. Ese ruido. Es el coche de mi papá. Sí es. Qué cerca. No hay escape. Él entenderá. Él sabe que no soy bueno dibujando. Lo importante son las matemáticas. Iluminar es para niños del Kinder. Sí. “Hola, buenas noches. Tengo sueño”. Entro a mi recámara. Prendo y apago la luz. Me meto debajo de las sábanas. Si sólo pudiera estar dormido.

Hace unos días le entregaron calificaciones a mi hijo. Ya tiene diez. Está lleno de energía. Va en quinto. Las relaciones personales son una de sus fortalezas. Es bueno en matemáticas y en inglés. La lectura en español le cuesta trabajo. Las tareas son su coco. Le toca el fin de semana conmigo. Su madre me ha anticipado que está un poco nervioso. Porque vamos a tener una plática y no voy a soltarlo el fin de semana. Cuando lo recojo en la escuela, reconozco sus ojos inquisidores. Me identifico. A pesar de lo que él esté sintiendo ahora, preferiría estar en sus zapatos. ¡Qué ironía! No hay regaño. Sólo acuerdos. Mejor incentivar que castigar. Además sus resultados están por arriba del promedio. Cuando se siente fuera de peligro intenta negociar el premio. Era el riesgo. 

“No me gusta dibujar”, me reiteró tímidamente, mientras escribo la plana que me encargó mi papá. Hay que explicar qué pasó con la maestra. Es muy claro. No hay duda. Sólo que no sé qué poner. Estoy pasmado. No sé que quiere en realidad. ¿Qué intención tiene este ejercicio? ¿Aclarar o castigar? ¿Las dos? Después de algunos minutos, me veo escribiendo un compromiso. De ya dibujar; de no responderle a la Frau. No me justifico. Me echo para adelante. Olvido la explicación. Es el camino más rápido a la cama. A la aceptación. Igual no pueden entenderme. Están muy ocupados siendo adultos. Son muy raros. Predecibles. Llenos de creencias.

Yo no vengo a pronunciar un discurso. Gran ensayo de Gabriel García Marquez. Dice que no, pero igual lo hace. Lo hace al recibir un reconocimiento por su trayectoria. Lo escribió y lo leyó. Años después lo publicó junto con una veintena más de discursos. Declara lo contrario para revelar sus intenciones genuinas. Yo tampoco vengo a pronunciar un discurso. Pero voy a hacerlo. Quiero hacerlo. Lo escribo mentalmente ese día de la tina. Le doy ritmo al caminar y al manejar. Está listo. Al ponerlo en práctica me libero. Va más allá de una decisión de un instante. Es un relato de sucesos que se entrelazan entre mi yo en continuo y las circunstancias. Anuncia el cierre de un ciclo; y la apertura de otro. Uno más. Todavía hay mucha energía para empezar de nuevo.

Entregó la nota firmada. “¿Qué te dijeron?”, refunfuña la Frau. Ni siquiera sabe qué efectos tienen esos recados. ¿Un regaño, una plana? No importa. Después de la cuartilla me relajé. Pude dormir. Me cobijé aceptando un castigo que no merecía. Es el mundo de los adultos. Reglas estrictas para buscar orden y disciplina. Regreso a mi lugar. Quisiera volar. Salgo al recreo y me desquito con un par de goles. Correr. Gritar. Así. No pienso nada. Acabo sudando. Listo para la siguiente clase.

 

La primera temporada o cómo ganar con los Rabbits Blue – Borreguitos ITESM CSF

 

Casi cada semana hemos recibido un mensaje del head coach; casi siempre en alusión al resultado del partido; no sólo del marcador sino -y sobretodo- del desempeño del equipo; de los niños principalmente, pero también de los apoyos y compromisos de los papás. Empezamos esta aventura desde enero, cuando los niños sólo iban a correr a los entrenamientos. Como había tantos niños queriendo participar en la categoría de rabbits, en mayo se decidió armar dos equipos; el A y el B. Este post está dedicado a la categoría Rabbits B de los Borreguitos del ITESM CSF. Ha sido un orgullo pertenecer a este equipo.

“¡Bien tackleado! ¡Muy bien tackleado!”, gritaba animadamente después de que Bruno, mi hijo de diez años, había detenido al corredor del equipo contrario. “¡Va de tu lado, va de tu lado!”, le gritaba unas jugadas antes. Sabía que mi voz llegaba hasta el campo y que tenía el riesgo de confundir las instrucciones que daban los coaches a los niños. Lo sabía, pero me costaba trabajo quedarme callado. El manager del equipo se acerco cuando acabo el segundo cuarto y me pidió que por favor moderara los ánimos que le daba al equipo. Así lo hice. Esto sucedió hace una semana. Fue el séptimo partido. Aunque el marcador no nos ha favorecido, salvo en un partido, la victoria de vida ha sido contundente.

Mañana será el últmo partido. Es la primera temporada de Bruno, así como la de todos sus compañeros. También es la primera temporada de los coaches en esta categoría; por supuesto, la primera para mamás y papás. Ha sido una experiencia redonda en todos los sentidos. Cada integrante se  llevará mucho de este verano y es probable que no lo olvide en muchos años. Mañana terminará la temporada, pero para nuestros niños será el inicio de una gran aventura en la que han quedado sembrados valores como la disciplina, la confianza, el trabajo en equipo, la capacidad de traspasar sus límites y -la más importante- la amistad.

Los niños han aprendido a correr, a tacklear; han adquirido fuerza, velocidad y agilidad; por primera vez han tenido que coordinarse con otros compañeros para ejecutar una jugada o para hacer la calistecnia; para corear la porra al final de la práctica o para ir al cine con los coaches. Son físicamente mejores y socialmente más concientes. Emocionalmente han ido en una montaña rusa de sensaciones: se han enfrentado al miedo y cuando lo han vencido han disfrutado las mieles de la confianza. También han comprendido de qué se trata la paciencia: la propia y la de sus entrenadores; se llevarán en su inconsciente la sabiduría de que el trabajo siempre va antes del éxito. Esta temporada ha sido de mucho trabajo. El éxito está aquí ya con ellos, aunque el de los puntos vendrá un poco más adelante. Muy probablemente mañana sea un buen día para ello.

Los coaches también han aprendido. No es lo mismo jugar que enseñar; orientar a jugadores experiementados que iniciar con los fundamentos de este deporte a pequeños que apenas han aprendido a amarrarse las agujetas. Probabemente la paciencia sea una de las hablidades que más han practicado. Aunque es muy probable que hayan aprendido otros aspectos que habían dado como hechos; como el lenguaje oral y el corporal: la comunicación siempre es un reto, más cuando las generaciones y las nociones del deporte son tan distintas. Se llevan muchas satisfacciones, pues no sólo lograron que una veintena de niños mejorarán en sus habilidades físicas, sino que integraron un equipo que hoy se reconoce como tal y que ha desarrollado un sentido de solidaridad. Probablemente un factor que no tenían en mente era la interacción con los padres de esos niños. Acá lo que han desarrollado y se admira sobremanera es la diplomacia.

Las mamás y los papás hemos aprendido probablemente mucho más de lo que imaginábamos. En lo personal para mí ha sido una experiencia sorprendente y que me ha formado nuevamente. El fútbol americano es formativo y fue hasta que me tocó jugar de papá que he comprendido el alcance de ello. Estar fuera del campo: detrás de la reja en el entrenamiento o en la tribuna en los partidos es algo que nunca había sentido. El impulso natural a participar activamente ha sido difícil de controlar y sólo cuando he asumido mi rol de espectador es que he podido ser consciente de cuál es y será mi papel como mentor de Bruno. Las reflexiones conjuntas -de padre a hijo y de hijo a padre- han sido espectaculares, pues nos han acercado más como seres hmanos. Así como él se ha divertido enormemente, ha encontrado nuevos amigos y referencias de ejemplo en sus coaches, yo he encontrado nuevos motivos para seguir mi camino a la madurez y el agradecimiento de encontrar grandes seres humanos que muy seguramente serán amigos por muchos años.

Después del partido de mañana, habrá una convivencia que sellará con broche de oro la primera temporada en nuestros nuevos roles. No ha podido ser mejor y por fortuna tampoco podía ser de otra manera. Cada jugada y cada partido lo hemos aprovechado para formar a nuestros niños y para seguirnos formando como adultos. A partir del lunes viene el gran reto de llevar a otras dimensiones de nuestras vidas lo que el fútbol americano nos regaló en este verano de 2012. Enhorabuena y felicidades a todos los integrantes de este gran equipo.

 

Jueves ordinario | La actitud hace la diferencia | Jorge Carriles

Reflexión 142: “La actitud hace la diferencia”, Jorge Carriles

Este Jueves está dedicado al Coach Jorge Carriles. Fue un honor conocerlo y haber sido su jugador. Él fue el responsable, junto con el Coach Toño Álvarez, de que jugara la juvenil AA de 1989. En ese año quería dedicarme a disfrutar mi sexto año de bachillerato, pero él tenía otra idea en mente: bastaron un par de minutos para que cambiara los top siders por unos “tacos” y mi copete por un casco. Aprendí mucho en esa temporada; muchos aprendimos: desde el jóven Head Coach Agustín García hasta varios de los jugadores que nos sentíamos muy “guapos”. Lo volví a corroborar hace unas horas en Gayosso: existe una conexión intacta llena de confianza entre quienes jugamos en esa temporada; incluso con otros jugadores de categorías contiguas.

Más de veinte años después, mientras desayunábamos un sábado por la mañana de 2010, me compartió lo que significó para él ese grupo: “Nadie creía en nosotros, pero el equipo tenía algo: eso que caracteriza a los campeones”, señaló asomando una leve sonrisa en su comisura y remató: “ni siquiera había estrellas”. Ese equipo de 1989 confirmó lo que por décadas pregonó: que el trabajo en equipo y la actitud son lo factores más importantes para lograr el objetivo que nos trazamos como seres humanos.

Entre 2007 y 2010 mantuve una correspondencia nutrida con Jorge (como me permitió llamarlo en esos años) y en uno de esos correos me compartió la siguiente reflexión:

“No hay duda, buscamos trascender por todos los medios, consciente o inconscientemente, jubilosos o desencajados, sólo nosotros los humanos podemos darle sentido a esa palabra”.

Solamente agregaría que hay personas que logran ese cometido de trascender y de hacerlo con creces. Personas como el Coach Jorge Carriles Rubio. Descanza en paz, pero su alma sigue aquí con quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y de ser tocados por su espíritu guerrero, por su voluntad inquebrantable, por su sabiduría llena de experiencia y de estudio contínuo.

 

Jueves ordinario | Entre influencias

Salió de su casa con una maleta que jalaba de su hombro. Sin rumbo y dispuesto a encontrar quién era. Abandonó sus creencias y su estado de confort. Se perdió durante años y cayó hasta el fondo de sus miedos. Rozaba la esencia de su existencia y con ello abrazaba la tragedia de la humanidad.

Tiró la maleta y se quito la ropa. Vagó desnudo y por primera vez pudo reconocer quién era: así, sin máscaras. Varias veces intentó regresar, pero cada una de ellas perdió el rumbo, perdió la ropa e incluso perdió lo que alguna vez llamó felicidad. Lo que nunca perdió fue su deseo de vivir. Su instinto lo mantuvo alerta y por momentos alcanzó la plenitud. Ahí, en ese instante lugar donde podía unirse a la eternidad.

Nunca regresó. De hecho, muchos más se unieron en su camino. Fraternizó para sanarse y se aisló para continuar con su vagar. Entre influencias suyas y de los demás.

Jueves ordinario | En el camino

Después de noventa minutos en el taxi, bajé del coche con un retraso de ciento veinte. Ahí estaban mis tres compañeros de la primaria y secundaria. En la terracita de un restaurante japonés; con tequila y sake; con sonrisas espontáneas y miradas de cómplices; y sobretodo con gran disposición para escuchar, mirar, explorar. La mesa se integró por dos mujeres y dos hombres. Desde el momento en que me senté hasta que salí -unas horas después- tuve la extraña sensación de que aunque los conocía desde siempre en realidad no sabía bien quiénes eran.

En estas semanas he tenido algunas incidencias con el coche: que la verificación desatendida, que un leve choque al salir por el estacionamiento de la oficina, que un policía corrupto lleno de consejos de moral, que un ajustador de seguros efectivo. Bueno, esto de los coches será algo que siga formando parte de nuestras vidas por algunos años más: principalmente por los trayectos largos que debemos recorrer y por la falta de un transporte masivo efectivo. Gracias a estas incidencias vehiculares tuve un par de experiencias agradables con dos taxistas.

Veía a Adriana mientras platicaba: la brillantina adornaba su rostro y el maquillaje cuidadosamente delineado acompañaba su peinado perfecto. Su cadencia al hablar además reflejaba una tranquilidad profunda y un placer de presente. “¿Cuándo crecimos?”, pensaba mientras ella nos compartía con orgullo su placer por la lectura y por la reflexión grupal alrededor de ella. Tiene dos hijos adolescentes y un negocio que la ocupan gran parte de su tiempo.  Sigue en el camino de la felicidad. Desde niños siempre me pareció la más consciente de su alegría.

El primer taxista venía buscando un confidente y decidió que yo era el bueno. Más de veinte años de casado y una hija de dieciseis, con trabajos intermitentes de chofer y de empleado constructor; persona derecha y bienvibrada. Con su gran secreto de estar cometiendo adulterio. Según su testimonio, su amante le reembolsa la cuenta del sábado y asume los gastos de la escapada sabatina. Llevan varios meses con esa aventura. Al final no supe si se confesaba o me presumía. De cualquier forma, lo escuché atentamente y no juzgué sus decisiones. Noventa minutos después salí del coche con la sensación de que lo conocía de tiempo atrás.

“Mejor hablemos de personas”, sugirió Jorge al ver que la plática se dirigía irremediablemente a temas de trabajo. Minutos después bromeó: “mejor regresemos a hablar de bancos”, pues tal vez las revelaciones personales estaban yendo demasiado lejos. A él lo conozco desde el kínder y pude distinguir al otrora niño de gran corazón de hace unas décadas. Confieso que sigue siendo difícil de leer, aunque fácil para convivir. Un camino del que poco sé, pero que se siente firme y con gran intensidad.

El segundo taxista lleva treinta años en el negocio, “porque me encanta manejar”, afirmó convencido. Tiene dos hijos: un ingeniero y un contador. “Los dos ya trabajan y el grande es el que se parece más a mí: por eso no tiene novia”, señala con su acento cálido del norte de Puebla. Antes de recogerme una grúa había levantado su coche y el gruyero lo extorsionó. Estuvo a punto de regresarse a su casa para ayudarle a su esposa con el negocio; pero mejor se quitó el mal sabor de boca “con una buena manejada”. Tiene una papelería, pero “son los dulces los que más se venden”. Sus márgenes en lápices alcanzan 150% y en los dulces: “sólo 70%”. Al final le entregué una tarjeta con la esperanza de poder apoyarlo en la operación y crecimiento de su negocio, pero tuve la sensación de que su camino iba hacia otra dirección.

“Es mi anillo de compromiso”, contestó Mara al preguntarle por un distintivo que lleva en el brazo. A su mirada profunda la acompaña una sonrisa que se mueve entre el sarcasmo y la sinceridad infantil. Es la misma que conocí en la secundaria. Su esencia perdura y se refleja en una actitud tranquila y relajada. Sin buscar etiquetar, aunque sí tratando de ilustrar, diría que hoy es hipster, así como ayer fue rockera y gran representante de la música industrial. Cool! En la profundidad de sus ojos uno adivina la gran mamá en la que se ha convertido. Está emprendiendo y a la vez convirtiendo uno de sus grandes placeres en un negocio formal.

Bajé del segundo taxi. La oscuridad engañaba a mis sentidos: apenas eran las seis y media de la tarde, pero se sentían como las ocho o las nueve de la noche. Estaba llegando a una reunión con unos amigos recientes. Cada una de las cuatro personas que estuvimos conviviendo esa noche tiene historias tan diversas que a simple vista la coincidencia no parece tan natural. Pero ése es otro camino que ya tendré oportunidad de compartir.