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Bienvenido, aquí es la entrada

Pásale. No te quedes ahí. Titubeas como un chamaco. No voltees. Decídete. Nadie va a ayudarte. Entra ya. Es tu momento. Aunque lo niegues.

Ha sido un camino largo, ¿verdad? Pero en realidad es más corto de lo que piensas. Apenas fueron unas cuantas décadas. Ni de loco pensarías que ya eres sabio, ¿o sí? No te quejes del tiempo que perdiste, no te arrepientas de esas decisiones; da las gracias que vienes en una pieza, abraza esos recuerdos placenteros. ¿Cuál presente? Tú no tienes presente.

Siéntate. Es poco a poco. No quieras saberlo todo de inmediato. La desesperación nunca ha sido tu mejor consejera. Respira. No te quejes. Ya te lo dije. Pareces un chiquillo en un berrinche. Si vas a ponerte así, mejor te dejo solo. Ahí me avisas cuando termines de lamentar el poco sentido de tu vida. Ni me mires a mí. Tú eres el responsable.

Anda. Explora ahí. ¿Verdad que las cosas no son como las pintan? ¡Qué vueltota te diste para llegar al mismo sitio! Tal vez lo único que valga la pena es que lo ves no sólo distinto, sino con más cosas. Es que aprendiste a observar. Incluso a escuchar. ¿Otra vez a quejarte? Respira y deja de hurgar en tus bolsillos que nada vas a encontrar.

Está bien. Una pausa va a ayudar a que digieras esta nueva realidad. Que aceptes que no hay retorno. Por lo pronto, en lo que vas resolviéndote, relájate. Vas a estar acá varios años. Bienvenido. Es la crisis de la mitad de vida.

La llamada

Hablé a casa de mi abuelita. Esperaba que el teléfono sonara y sonara; muy en el fondo deseaba que me contestara con su voz dulce y su entonación amable. Pero no. Apenas había marcado, cuando una voz intrusa se interpuso bruscamente. Colgué apresuradamente. Se materializó otra vez su ausencia. Abuelita linda. Te quiero y extraño. Ese niño que te abrazó tantas veces sigue aquí.

Jueves ordinario | La asincronía

Por fin me pongo el zapato.  Había pasado varios años con ese pendiente. Salía de la casa a veces descalzo y a veces mejor no salía. Todo por dejarlo al final. No es que sea una costumbre mía. Más bien era un miedo. De esos que de tanto evitarlos, acabas por encontrarlos en todas partes.

“Un, dos, tres” bajo por la escalera “cuatro, cinco, seis y siete”, esta parte es non. La que viene es par. Quisiera entrar en ritmo cuanto antes. Suena el teléfono. No es para mí. No es para nadie. Me interrumpe el conteo. Prendo el coche. Salgo. No salgo. El camión escolar bloquea en reversa y anuncia su paso con un chillido insoportable. No hay guardia. No hay salida rápida. Será uno de esos días. Uno de esos años.

Por supuesto ese zapato está menos gastado que el otro. Es un novato en todos los sentidos. Brilla y contrasta con su par mate. Quiere aprender, pero es muy ansioso. El paso ni siquiera es el que se debe. Muchos años el zapato de mil batallas cargó todo el cuerpo y avanzó sobre un pie por todos los retos. El otro zapato se quedaba inherte. Pobre, tantos años sin salir, tantas cosas sin vivir. Bueno. Pero ya salió. Por fin.

La información que se presenta es incorrecta y además imprecisa. ¿Qué posibilidades hay de cometer ambos errores? A veces pienso que es intencional. No hay peor escenario que el de un dato que no dice nada, ni siquiera una mentira. Como el comentario perdido e inoportuno. Solo interrumpe. Así, se interpone en la cadencia y deja una sensación de molestia. Las preguntas son inútiles. Las respuestas son de la misma naturaleza que la del dato errante. El vientre se hace pequeño y una sensación de vértigo me sube hasta la nuca.

Meto los zapatos a la maleta. Me pongo los tenis y me subo a la caminadora. Sonrío sin querer. Troto casi sin pensar. Vuelvo a sonreír y ahí rozo ese instante eterno que se había estado escapando por tantos meses. La cadencia mejora y la técnica aparece de pronto. Todo está listo; ya solo falta que aguante el ritmo. Hoy no quiero pensar; ojalá pudiera fluir desde el espíritu y existir sin esfuerzos conscientes. Olvido los zapatos, en particular a uno de ellos. Fue mucho tiempo que tuve que cargar con ese problema irresuelto.  Hoy me siento liviano.

Me resignó a haber salido a un compás diferente al flujo natural del día. Debo ser paciente. En la gasolinera espero más de lo normal por un problema de pago del coche de enfrente. Recuerdo esos días placenteros de echarle 50 pesos al coche y durar toda una semana de arriba a abajo. Hoy son más de 1,000. Aún así, bromeo con el despachador. No se puede pagar sin impuestos. Todo esto parece una cadena interminable de desaciertos. No fui yo, pienso. Aún así, heme aquí buscando que las cosas hagan sentido, en un movimiento errático que parece no llevarnos a sitio alguno. Heme aquí con el zapato en una mano preguntándome por qué rayos me lo puse. Tal vez debí esperar un poco más y soportar ese pequeño caos provocado por mi pendiente. Creo que al resolverlo, desajusté lo que me mantenía en equibrio. Puede ser. Regreso a mi casa y lanzo el zapato por encima de la barda. Se escucha el chillido de un gato. De ése que ni siquiera tenemos.

 

El niño y el discurso

Siento un poco de nervios. Todavía estoy tranquilo. Tengo casi toda la tarde por delante. Debo preparar mi defensa. Es injusto ese recado que yace sobre mi cuaderno de tareas. La tinta roja agrava todo. No importa que la acusación de la Frau sea injusta. Es cierto que no me gusta dibujar. Cierto también que no seguí las instrucciones de cómo realizar los trazos. Cierto. Pero su reacción es exagerada. ¿A poco manda felicitaciones por las lecturas perfectas que realizó del libro “Senda”? Nunca escribió que soy el que más rápido contesta las sumas; tampoco que escribo de corrido y sin faltas de ortografía. No. Sin esas líneas aprobatorias ¿cómo puedo explicar esta injusticia? Acepto mi culpa. La acepté con ella al decirle que no me gusta dibujar. Pero no fue suficiente. Al contrario. Tuvo que escribir que no me gusta seguir instrucciones y que sí me gusta retar a la maestra. ¿Cómo explicarlo? Ya se me ocurrirá algo. Faltan varias horas para que anochezca.

Tomo el día de vacaciones. Voy a correr. A relajarme en la tina de masajes. A rasurarme al vapor. A reflexionar. Estoy a punto de tomar una gran decisión en mi vida profesional. Encuentro un momento revelador. El tragaluz ilumina mi mente. Pierdo mi mirada en el cielo azul. Aparece una historia. Es de los ciclos que se entrelazan. Ya he tomado la decisión, pero hay que saber explicarla. Me la cuento. Es consistente con mis sentimientos. Congruente con mis valores. Todo empieza en el Kinder. Acaba en ese instante en el que salgo disparado de la tina para darle ritmo al relato.

Controlo mis nervios. Han crecido sin césar. Ya anocheció. Ahora que quiero que el tiempo se acelere, se aletarga. Media hora más: sólo pido eso. Darán las nueve y me dormiré. Me escabulliré justificadamente al descanso necesario de un niño de siete años. No pueden pedirme que me desvele. Menos ante un recado absurdo que a nadie interesa. Mañana le diré a la Frau que no pude entregarlo. Tal vez se le olvidé. Así será. Bien pensado. Ese ruido. Es el coche de mi papá. Sí es. Qué cerca. No hay escape. Él entenderá. Él sabe que no soy bueno dibujando. Lo importante son las matemáticas. Iluminar es para niños del Kinder. Sí. “Hola, buenas noches. Tengo sueño”. Entro a mi recámara. Prendo y apago la luz. Me meto debajo de las sábanas. Si sólo pudiera estar dormido.

Hace unos días le entregaron calificaciones a mi hijo. Ya tiene diez. Está lleno de energía. Va en quinto. Las relaciones personales son una de sus fortalezas. Es bueno en matemáticas y en inglés. La lectura en español le cuesta trabajo. Las tareas son su coco. Le toca el fin de semana conmigo. Su madre me ha anticipado que está un poco nervioso. Porque vamos a tener una plática y no voy a soltarlo el fin de semana. Cuando lo recojo en la escuela, reconozco sus ojos inquisidores. Me identifico. A pesar de lo que él esté sintiendo ahora, preferiría estar en sus zapatos. ¡Qué ironía! No hay regaño. Sólo acuerdos. Mejor incentivar que castigar. Además sus resultados están por arriba del promedio. Cuando se siente fuera de peligro intenta negociar el premio. Era el riesgo. 

“No me gusta dibujar”, me reiteró tímidamente, mientras escribo la plana que me encargó mi papá. Hay que explicar qué pasó con la maestra. Es muy claro. No hay duda. Sólo que no sé qué poner. Estoy pasmado. No sé que quiere en realidad. ¿Qué intención tiene este ejercicio? ¿Aclarar o castigar? ¿Las dos? Después de algunos minutos, me veo escribiendo un compromiso. De ya dibujar; de no responderle a la Frau. No me justifico. Me echo para adelante. Olvido la explicación. Es el camino más rápido a la cama. A la aceptación. Igual no pueden entenderme. Están muy ocupados siendo adultos. Son muy raros. Predecibles. Llenos de creencias.

Yo no vengo a pronunciar un discurso. Gran ensayo de Gabriel García Marquez. Dice que no, pero igual lo hace. Lo hace al recibir un reconocimiento por su trayectoria. Lo escribió y lo leyó. Años después lo publicó junto con una veintena más de discursos. Declara lo contrario para revelar sus intenciones genuinas. Yo tampoco vengo a pronunciar un discurso. Pero voy a hacerlo. Quiero hacerlo. Lo escribo mentalmente ese día de la tina. Le doy ritmo al caminar y al manejar. Está listo. Al ponerlo en práctica me libero. Va más allá de una decisión de un instante. Es un relato de sucesos que se entrelazan entre mi yo en continuo y las circunstancias. Anuncia el cierre de un ciclo; y la apertura de otro. Uno más. Todavía hay mucha energía para empezar de nuevo.

Entregó la nota firmada. “¿Qué te dijeron?”, refunfuña la Frau. Ni siquiera sabe qué efectos tienen esos recados. ¿Un regaño, una plana? No importa. Después de la cuartilla me relajé. Pude dormir. Me cobijé aceptando un castigo que no merecía. Es el mundo de los adultos. Reglas estrictas para buscar orden y disciplina. Regreso a mi lugar. Quisiera volar. Salgo al recreo y me desquito con un par de goles. Correr. Gritar. Así. No pienso nada. Acabo sudando. Listo para la siguiente clase.

 

Jueves ordinario | Entre influencias

Salió de su casa con una maleta que jalaba de su hombro. Sin rumbo y dispuesto a encontrar quién era. Abandonó sus creencias y su estado de confort. Se perdió durante años y cayó hasta el fondo de sus miedos. Rozaba la esencia de su existencia y con ello abrazaba la tragedia de la humanidad.

Tiró la maleta y se quito la ropa. Vagó desnudo y por primera vez pudo reconocer quién era: así, sin máscaras. Varias veces intentó regresar, pero cada una de ellas perdió el rumbo, perdió la ropa e incluso perdió lo que alguna vez llamó felicidad. Lo que nunca perdió fue su deseo de vivir. Su instinto lo mantuvo alerta y por momentos alcanzó la plenitud. Ahí, en ese instante lugar donde podía unirse a la eternidad.

Nunca regresó. De hecho, muchos más se unieron en su camino. Fraternizó para sanarse y se aisló para continuar con su vagar. Entre influencias suyas y de los demás.

Jueves ordinario | Batalla en Yaxchilán

 
Foto por Andrea Estrella | twitter @AnLoveStar

 

Muy temprano los monos araña ganaron la posición del árbol central de la plaza pública de Yaxchilán. Durante varias semanas habían compartido el árbol con los monos aulladores: un día un grupo, al siguiente el otro. Pero esa mañana los monos araña rompieron el acuerdo tácito, llegando al amanecer con más de veinte integrantes y con una doble finalidad: bloquear las posibles irrupciones de sus enemigos -también conocidos como zaraguatos- y comer los mayores frutos posibles del árbol más grande y frondoso de la zona.

Los reclamos de los zaraguatos no se hicieron esperar; desde la mañana un grupo de ocho integrantes anunció su molestia gritando con toda la fuerza que sus cuerdas vocales les permitían. El líder de los zaraguatos replegó a su grupo y un par de veces tuvo que impedir que uno de los jóvenes cruzara hacia el árbol central con todo y su ímpetu iracundo. Los demás monos aulladores calmaban su enojo columpiándose entres las ramas y cruzando entre los árboles circundantes. El ruido de sus aullidos cimbraba la plaza central y se extendía por más de cuatro kilómetros.

Mientras esto sucedía a más de diez metros de altura, un grupo de turistas se ocupaba de maravillarse tanto de las construcciones antiguas, como de la belleza de la naturaleza. Con pantalones cortos, blusas ligeras, repelentes de insectos, sombreros y cámaras fotográficas caminaban entre las ruinas y admiraban el espectáculo de ambos grupos de primates. El día esconde con su luz lo que en ese bosque tropical sucede por la noche.

Mientras un olor intenso a fruta ácida inundaba el lugar, la tarde avanzaba, los turistas se retiraban y los aullidos de los zaraguatos se intensificaban. Llegaron varios grupos más de ambos bandos. De un lado de la plaza más de cuarenta monos arañas seguían tomando posición y del otro lado más de sesenta zaraguatos se columpiaban y reclamaban con gritos la traicíón. Enseñaban los dientes unos y otros, buscando intimidarse y mostrando su furia de bestias salvajes.

Ahí, en la misma ciudad en la que Pájaro Jaguar IV fue coronado y en uno de los centros religiosos más importantes de la civilización maya de la época clásica. Ahí, donde el poderío militar y el control religioso permitió que las clases altas avanzaran de manera sorpendente en el estudio del cosmos y en la construcción de una mitología fantástica basada en y reflejada por la naturaleza. En esa ciudad que se abandonó antes del año 900 DC por causas todavía no precisadas en su totalidad. Ahí, donde es posible que la tala de los árboles fue de tal magnitud que los alimentos escasearon de tal forma que ya nadie quería vivir ahí. Ahí mismo, más de mil doscientos años después, los árboles inundaban el paisaje y dos grupos de monos estaban listos para iniciar una batalla.

La oscuridad se hacía presente con mayor fuerza y -con ella- los aullidos de los zaraguatos y los gritos agudos de los monos araña se incrementaban. También podía escucharse cómo las ramas se sacudían y cómo las hojas golpeaban el suelo. Ya no había humanos que testificaran ni que pudieran contar lo que estaba sucediendo.

La batalla fue salvaje en todos los aspectos. La primera avanzada fue a cargo de los monos araña, quienes sintiéndose acorralados buscaron anticipar el ataque de los zaraguatos: un grupo de cuatro intengrantes entre los que sobresalían los más fuertes se lanzó sobre el árbol contiguo al central y con gran habilidad logró golpear a más de ocho zaraguatos: dos de ellos cayeron hacia el suelo y el recorrido de uno fue interrumpido por una de las construcciones: golpeó su cráneo contra la piedra caliza y con ello perdió la consciencia. Rápidamente un grupo de diez zaraguatos contrarestó el ataque y en una lucha encarnizada capturaron y le quitaron la vida a tres de los cuatro iniciales de los monos araña. En esos momentos la ira colectiva se apoderó de Yaxchilán y la batalla desordenada se volcó todavía más intensa. Por varios minutos los chillidos de los monos araña y los aullidos de los zaraguatos fue tan intenso que los jaguares que normalmente bajan a dormir dentro de las construcciones prefirieron no acercarse.

La traición violentó como nunca a los dos grupos y propició una batalla en la que ninguno resultó ganador. No hubo repliegues, ni tampoco órdenes claras de los líderes de cada uno de los grupos. Al final de la carnicería y de la muerte de más de una decena de primates, los monos abandonaron el lugar. El fruto de los árboles era escaso y en las siguientes seis semanas no habría mucho más que comer en lo que antiguamente fue Yaxchilán.

De esta forma, los monos araña y los monos aulladores abandonaron la ciudad, emulando lo que los mayas hicieron alrededor del año 900 DC. Zona deshabitada todavía en la actualidad y descubierta a principios del siglo XIX por un gobernante guatemalteco.

Foto por Andrea Estrella | twitter @AnLoveStar

 

Martes Imaginario | Yaxchilán | Preludio de una batalla

Foto por Elizabeth Frias | twitter @pulgaviajera
 
Llegaron antes al árbol; muy temprano ocuparon las ramas principales. Era un grupo de monos araña; ágilmente comían todos los frutos que podían.
 
Muy cerca se escuchaban los gritos de los monos aulladores; parecían agruparse en torno a esa zona. Algunas personas creen que los aullidos son peticiones de lluvia; pero otros los consideran mensajes de comunicación que pueden recorrer varios kilómetros.  
 
El día esconde con su luz lo que sucede por las noches en torno a esos árboles ubicados en la zona arqueológica; visitantes salvajes que buscan refugio y batallas de los monos por el control territorial.
 
Esa noche será épica; ya lo anticipan los aullidos de los zaraguatos y los repliegues astutos de los monos araña.
 

Jueves ordinario | El dentista

Fue unos días antes de navidad. Llevaba varios años de no ir al dentista. Tal vez por eso se me cayó una curación de una muela. Días después me enteré que se trataba del segundo molar superior. Agendé la cita y fui a un consultorio que se encontraba cerca de mi oficina. Nunca imaginé lo que me sucedería por tomar esa decisión.

Salí de una reunión y me dirigí a la Avenida Principal. Para ser diciembre, el calor era muy fuerte; caminé por entre los puestos de comida y una par de veces tuve que bajar a la calle, esquivando a los coches estacionados y a los que lentamente trataban de pasar; fue un triunfo superar el crucero de la Avenida Principal y la Calle Diagonal. Cuando llegaba a la banqueta escuché un ruido detrás de mí. Un par de coches habían tenido un incidente. Ir al dentista requiere valor y más con el tráfico y el estrés de diciembre.

Entré al edificio y noté un cambio brusco en el clima. Parecía invierno de verdad. La gente utilizaba abrigos y varios llevaban tapabocas -como esos que usamos en los días del brote de la Influenza hace un par de años. El consultorio lucía frío y vacío. Toqué varias veces la ventana de la recepcionista y saludé con un “buenas tardes”. Pero no salía nadie. Me senté y abrí una revista; minutos después cuando estaba a punto de marcharme, escuché pasos que se arrastraban y el chillido de la manija de la puerta. Detrás apareció un anciano, encorvado y con los lentes a la mitad de la nariz. “Buenas tardes, joven, ¿es usted el de la muela perdida?”, preguntó el anciano. “No, solamente se me cayó la curación”, repliqué nerviosamente. “Veamos, veamos”, señaló con fastidio indicándome que me sentara en el sillón.

Abrí la boca y cerré los ojos. “¡Ajá!”, exclamó. “Lo que imaginé; usted ha perdido no sólo una muela: ¡perdió el segundo molar superior!” Sentí un vacío incontenible en el vientre. “El segundo molar superior; ¿qué significa?”, pensaba nerviosamente. “Joven, tengo que mandarlo con un especialista en segundos molares superiores. Es usted muy afortunado de que conozca al mejor de la ciudad. Su consultorio está muy cerca de aquí. Vaya con él mañana. Debe saber que no todos los días tenemos pacientes que pierden segundos molares superiores”. Me senté en el sillón sin poder creer lo que me estaba diciendo; no podía hablar de la impresión. seguí sus instrucciones al pie de la letra y no mencioné nada al respecto.

No pude dormir esa noche. ¿Qué era eso del segundo molar superior? ¿A qué se refiere el viejito? ¿Estará senil? Vuelta para acá, vuelta para allá. Nada. Abrazo. Beso. Queja de no dejar dormir. Casi al amanecer me levanté al baño y por un rato estuve viéndome fijamente a los ojos: “¿Qué significa?”. Por más que abrí la boca no pude verme el hueco que sentía con la lengua. Por la tarde me enteraría de qué significaba y por qué tanto misterio alrededor de ello.

Por la mañana tuve varias reuniones que ocuparon mi mente, aunque todo el tiempo me acompañó la preocupación. “¿Un especialista en segundos molares superiores? ¿Qué tan grave podía ser?”. Caminé media calle y ahí estaba el consultorio. También era frío. Me saludó amablemente el guardia y más amable la recepcionista: “Muy buenas tardes, el doctor lo espera, por favor pase”, me dijo sin siquiera pedir mi nombre. Había ganado ya una fama notable. Pues claro: “era el del segundo molar superior perdido”. La sorpresa fue mayor cuando vi que era el mismo anciano. “Pase, siéntese, está en buenas manos”. Abrí la boca y cerré los ojos. Me quedé dormido al instante.

Cuando desperté estaba sentado en la sala de espera del primer consultorio. Un señor de mediana edad me miraba dulcemente: “Te quedaste dormido. No quise despertarte, aunque estuve a punto de hacerlo cuando empezaste a gritar algo respecto al segundo molar. Pasa veamos qué es lo que te preocupa tanto. Me levanté titubeante y en ese instante me di cuenta de que todo había sido un sueño. No existía el anciano, ni tampoco un segundo molar superior perdido. “¡Qué alivio!” Sostenía en mis manos la revista que empecé a hojear antes de quedarme dormido: era de odontología especializada.