Tres regalos y un compromiso | Jueves ordinario

Me encanta esta hora. Desde pequeño me acostumbré a despertar muy temprano. Son las cinco y media de la mañana. Desayunamos algo ligero antes de la competencia. Estoy expectante. Será mi primera vez. Apenas llevo unas cuantas semanas entrenando, pero me siento confiado: “voy a disfrutarlo”, me repito.

Primer regalo. Tenía la imagen de que saldríamos desde la playa corriendo al lago. Pero Teques no tiene playa. Estamos adentro esperando la salida. Y suena el disparo. Me extiendo y trato de alejarme de los demás: hacia adelante, no hacía un lado cómo me recomendaron. “Da seis brazadas, levanta la cabeza y ubica la boya”. Eso hago. Pronto me doy cuenta que debí respirar cada dos. Los primeros cien metros son extenuantes. “Si así va a estar toda la competencia…”, aparece de pronto la idea que aniquilo con una brazada. Busco ritmo. Encuentro a Perlita. Va por ti Amor. La natación te la dedico. Es tuya. Saldrás en unos minutos. Será tu turno cuando termine. Siente mi energía, voy disfrutando. El sol es mi referencia cuando salgo a respirar de mi lado derecho. Me olvido de todo por varios minutos. Recuerdo la boya cuando toco con mi mano el pataleo del que va adelante. Otros quinientos metros. Cada brazada fue por ti amor. Doblamos a la izquierda, rumbo a tierra. El recorrido se hace corto y de pronto me veo saliendo del lago. Reviso mi reloj para darme cuenta que no lo había puesto en marcha. Sonrío. Me quito la gorra. Gracias por acompañarme amor mío. Tu compañía es un regalo invaluable.

Segundo regalo. Es la primera vez que voy a rodar. Tengo confianza en las horas y horas que pasé de niño en mi Magistroni de tres velocidades. Son treinta kilómetros. Lo divido en tres: Emma, Paula y Bruno.

Me subo a la bicicleta después de la transición. Estoy emocionado. La subida me ayuda a sentir el esfuerzo. Avanzo suave y conforme nos acercamos a la autopista del sol voy tomando confianza. Como Emma cuando corre o nada. La veo haciendo su cara de pirata. La escucho pronunciando las nuevas palabras que va aprendiendo. Sonríe en el kilómetro cinco cuando alcanzo por primera vez más de treinta km/h en mi vida. “Papá”, la escucho gritarme cuando pedaleo con fuerza en la subida. Gracias Emma por estos diez kms.

Vamos bajando a más de cuarenta km/h y veo a Paula nadar en su competencia. Físicamente es muy hábil. Sabe atrapar balones de americano y lanzarlos con destreza. En el colegio va despertando a su vocación de relaciones interpersonales. Desborda pasión en todo lo que hace. “Te quiero y también a mi mamá”. Es consciente de su desarrollo. Sabe que la repetición la hace experta. “¿Aprieto el menú, papá?”, al manejar el control remoto. Las endorfinas hacen su trabajo y al imaginarla correr a abrazarme ruedan un par de lagrimas sobre mis mejillas. Gracias Paula por estos diez kms.

Vamos bajando nuevamente. Imagino que voy llegando al TEC a dejar a Bruno a su primer día en la prepa. Veo pasar a un grupito de chavos que va haciendo drafting. Poco antes me hice a la derecha. Escuche que gritaban izquierda. Uno de ellos le grita a un competidor que iba adelante y que tardó en moverse. Me pareció excesiva la reacción. Ninguno de ellos va por el podio. Hace poco Bruno tomó la decisión de cambiarse de escuela; poco a poco va marcando el rumbo de su vida y su gran personalidad humana le genera no pocos amigos. Es muy sereno en su actuar, mucho más de lo que yo lo fui cuando empecé la prepa. En la subida trato de alcanzarlos y por un tramo voy pegado a ellos. “Cómo le echan salsa a los tacos”, pienso al ver que su capacidad es menor que su presunción. Cada vez me siento más cómodo; no quiero bajarme, ni siquiera cuando subimos. Gracias Bruno por venir conmigo en los últimos diez kms de rodada . Transición.

Tercer regalo. Dejo la bici y me encamino a la ruta de carrera. Una leve molestia en mi pantorrilla me recuerda la periostitis de hace unas semanas. A partir de aquí ya nada es nuevo. Completé más de cien carreras de diez kms en poco más de quince años. En papel era la parte fácil, pero será (lo determiné antes) la más complicada. El primer kilómetro será para mí: hay cosas que resolver. Troto muy lento. El primer kilómetro se convierte en varios más; hasta que llegó al cinco. No salgo todavía de mi lesión y el calor del mediodía me pega en todo el cuerpo. Pienso en mis papás. No saben que estoy haciendo esta prueba y me dan ganas de abrazarlos. Así, todo el kilómetro seis les dedico mi esfuerzo. Para ellos. Nos hacemos compañía desde hace muchos años. Los amo. Gracias por todo. Me encamino al siete para terminar la competencia. Mejoro un poco la técnica y el ritmo.  Este último esfuerzo es para mí.

Gracias familia por sus regalos. Diariamente los recibo y hoy fueron claves para darle sentido al esfuerzo y superar los momentos de duda. Les correspondré regresando a entrenar como se debe y permaneciendo en todo momento en el nivel de consciencia que ustedes se merecen.