Jueves ordinario | La asincronía

Por fin me pongo el zapato.  Había pasado varios años con ese pendiente. Salía de la casa a veces descalzo y a veces mejor no salía. Todo por dejarlo al final. No es que sea una costumbre mía. Más bien era un miedo. De esos que de tanto evitarlos, acabas por encontrarlos en todas partes.

“Un, dos, tres” bajo por la escalera “cuatro, cinco, seis y siete”, esta parte es non. La que viene es par. Quisiera entrar en ritmo cuanto antes. Suena el teléfono. No es para mí. No es para nadie. Me interrumpe el conteo. Prendo el coche. Salgo. No salgo. El camión escolar bloquea en reversa y anuncia su paso con un chillido insoportable. No hay guardia. No hay salida rápida. Será uno de esos días. Uno de esos años.

Por supuesto ese zapato está menos gastado que el otro. Es un novato en todos los sentidos. Brilla y contrasta con su par mate. Quiere aprender, pero es muy ansioso. El paso ni siquiera es el que se debe. Muchos años el zapato de mil batallas cargó todo el cuerpo y avanzó sobre un pie por todos los retos. El otro zapato se quedaba inherte. Pobre, tantos años sin salir, tantas cosas sin vivir. Bueno. Pero ya salió. Por fin.

La información que se presenta es incorrecta y además imprecisa. ¿Qué posibilidades hay de cometer ambos errores? A veces pienso que es intencional. No hay peor escenario que el de un dato que no dice nada, ni siquiera una mentira. Como el comentario perdido e inoportuno. Solo interrumpe. Así, se interpone en la cadencia y deja una sensación de molestia. Las preguntas son inútiles. Las respuestas son de la misma naturaleza que la del dato errante. El vientre se hace pequeño y una sensación de vértigo me sube hasta la nuca.

Meto los zapatos a la maleta. Me pongo los tenis y me subo a la caminadora. Sonrío sin querer. Troto casi sin pensar. Vuelvo a sonreír y ahí rozo ese instante eterno que se había estado escapando por tantos meses. La cadencia mejora y la técnica aparece de pronto. Todo está listo; ya solo falta que aguante el ritmo. Hoy no quiero pensar; ojalá pudiera fluir desde el espíritu y existir sin esfuerzos conscientes. Olvido los zapatos, en particular a uno de ellos. Fue mucho tiempo que tuve que cargar con ese problema irresuelto.  Hoy me siento liviano.

Me resignó a haber salido a un compás diferente al flujo natural del día. Debo ser paciente. En la gasolinera espero más de lo normal por un problema de pago del coche de enfrente. Recuerdo esos días placenteros de echarle 50 pesos al coche y durar toda una semana de arriba a abajo. Hoy son más de 1,000. Aún así, bromeo con el despachador. No se puede pagar sin impuestos. Todo esto parece una cadena interminable de desaciertos. No fui yo, pienso. Aún así, heme aquí buscando que las cosas hagan sentido, en un movimiento errático que parece no llevarnos a sitio alguno. Heme aquí con el zapato en una mano preguntándome por qué rayos me lo puse. Tal vez debí esperar un poco más y soportar ese pequeño caos provocado por mi pendiente. Creo que al resolverlo, desajusté lo que me mantenía en equibrio. Puede ser. Regreso a mi casa y lanzo el zapato por encima de la barda. Se escucha el chillido de un gato. De ése que ni siquiera tenemos.

 

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