El niño y el discurso

Siento un poco de nervios. Todavía estoy tranquilo. Tengo casi toda la tarde por delante. Debo preparar mi defensa. Es injusto ese recado que yace sobre mi cuaderno de tareas. La tinta roja agrava todo. No importa que la acusación de la Frau sea injusta. Es cierto que no me gusta dibujar. Cierto también que no seguí las instrucciones de cómo realizar los trazos. Cierto. Pero su reacción es exagerada. ¿A poco manda felicitaciones por las lecturas perfectas que realizó del libro “Senda”? Nunca escribió que soy el que más rápido contesta las sumas; tampoco que escribo de corrido y sin faltas de ortografía. No. Sin esas líneas aprobatorias ¿cómo puedo explicar esta injusticia? Acepto mi culpa. La acepté con ella al decirle que no me gusta dibujar. Pero no fue suficiente. Al contrario. Tuvo que escribir que no me gusta seguir instrucciones y que sí me gusta retar a la maestra. ¿Cómo explicarlo? Ya se me ocurrirá algo. Faltan varias horas para que anochezca.

Tomo el día de vacaciones. Voy a correr. A relajarme en la tina de masajes. A rasurarme al vapor. A reflexionar. Estoy a punto de tomar una gran decisión en mi vida profesional. Encuentro un momento revelador. El tragaluz ilumina mi mente. Pierdo mi mirada en el cielo azul. Aparece una historia. Es de los ciclos que se entrelazan. Ya he tomado la decisión, pero hay que saber explicarla. Me la cuento. Es consistente con mis sentimientos. Congruente con mis valores. Todo empieza en el Kinder. Acaba en ese instante en el que salgo disparado de la tina para darle ritmo al relato.

Controlo mis nervios. Han crecido sin césar. Ya anocheció. Ahora que quiero que el tiempo se acelere, se aletarga. Media hora más: sólo pido eso. Darán las nueve y me dormiré. Me escabulliré justificadamente al descanso necesario de un niño de siete años. No pueden pedirme que me desvele. Menos ante un recado absurdo que a nadie interesa. Mañana le diré a la Frau que no pude entregarlo. Tal vez se le olvidé. Así será. Bien pensado. Ese ruido. Es el coche de mi papá. Sí es. Qué cerca. No hay escape. Él entenderá. Él sabe que no soy bueno dibujando. Lo importante son las matemáticas. Iluminar es para niños del Kinder. Sí. “Hola, buenas noches. Tengo sueño”. Entro a mi recámara. Prendo y apago la luz. Me meto debajo de las sábanas. Si sólo pudiera estar dormido.

Hace unos días le entregaron calificaciones a mi hijo. Ya tiene diez. Está lleno de energía. Va en quinto. Las relaciones personales son una de sus fortalezas. Es bueno en matemáticas y en inglés. La lectura en español le cuesta trabajo. Las tareas son su coco. Le toca el fin de semana conmigo. Su madre me ha anticipado que está un poco nervioso. Porque vamos a tener una plática y no voy a soltarlo el fin de semana. Cuando lo recojo en la escuela, reconozco sus ojos inquisidores. Me identifico. A pesar de lo que él esté sintiendo ahora, preferiría estar en sus zapatos. ¡Qué ironía! No hay regaño. Sólo acuerdos. Mejor incentivar que castigar. Además sus resultados están por arriba del promedio. Cuando se siente fuera de peligro intenta negociar el premio. Era el riesgo. 

“No me gusta dibujar”, me reiteró tímidamente, mientras escribo la plana que me encargó mi papá. Hay que explicar qué pasó con la maestra. Es muy claro. No hay duda. Sólo que no sé qué poner. Estoy pasmado. No sé que quiere en realidad. ¿Qué intención tiene este ejercicio? ¿Aclarar o castigar? ¿Las dos? Después de algunos minutos, me veo escribiendo un compromiso. De ya dibujar; de no responderle a la Frau. No me justifico. Me echo para adelante. Olvido la explicación. Es el camino más rápido a la cama. A la aceptación. Igual no pueden entenderme. Están muy ocupados siendo adultos. Son muy raros. Predecibles. Llenos de creencias.

Yo no vengo a pronunciar un discurso. Gran ensayo de Gabriel García Marquez. Dice que no, pero igual lo hace. Lo hace al recibir un reconocimiento por su trayectoria. Lo escribió y lo leyó. Años después lo publicó junto con una veintena más de discursos. Declara lo contrario para revelar sus intenciones genuinas. Yo tampoco vengo a pronunciar un discurso. Pero voy a hacerlo. Quiero hacerlo. Lo escribo mentalmente ese día de la tina. Le doy ritmo al caminar y al manejar. Está listo. Al ponerlo en práctica me libero. Va más allá de una decisión de un instante. Es un relato de sucesos que se entrelazan entre mi yo en continuo y las circunstancias. Anuncia el cierre de un ciclo; y la apertura de otro. Uno más. Todavía hay mucha energía para empezar de nuevo.

Entregó la nota firmada. “¿Qué te dijeron?”, refunfuña la Frau. Ni siquiera sabe qué efectos tienen esos recados. ¿Un regaño, una plana? No importa. Después de la cuartilla me relajé. Pude dormir. Me cobijé aceptando un castigo que no merecía. Es el mundo de los adultos. Reglas estrictas para buscar orden y disciplina. Regreso a mi lugar. Quisiera volar. Salgo al recreo y me desquito con un par de goles. Correr. Gritar. Así. No pienso nada. Acabo sudando. Listo para la siguiente clase.