Martes imaginario | Milicia navideña

Foto por Andrea Estrella | twitter @AnLoveStar | http://ojodual.tumblr.com/

Lléname de luz. Cubre la noche. Tápala toda.

Miles de focos iluminan la calle de Ingenieros Militares.

Es la llegada y la salida.

Los niños levantan sus manos y con los ojos bien abiertos esbozan sonrisas llenas de inocencia.

De casualidad pasamos algunos que no somos invitados.

Los coches se arremolinan sin desespero.

Decenas de inflables sobresalen entre los jardines: santa closes rojos y vibrantes.

Pasamos lentamente y  sin querer atestiguamos su fiesta.

Los soldados saludan y guían el tráfico post navideño de la familia militar.

Sacamos los brazos y capturamos la escena. Así, sin miramientos.

Luces que deslumbran y evidencian la transformación de nuestras tradiciones.

Llenando la noche de luz, cubriéndola y tapándola toda.

Jueves ordinario | El dentista

Fue unos días antes de navidad. Llevaba varios años de no ir al dentista. Tal vez por eso se me cayó una curación de una muela. Días después me enteré que se trataba del segundo molar superior. Agendé la cita y fui a un consultorio que se encontraba cerca de mi oficina. Nunca imaginé lo que me sucedería por tomar esa decisión.

Salí de una reunión y me dirigí a la Avenida Principal. Para ser diciembre, el calor era muy fuerte; caminé por entre los puestos de comida y una par de veces tuve que bajar a la calle, esquivando a los coches estacionados y a los que lentamente trataban de pasar; fue un triunfo superar el crucero de la Avenida Principal y la Calle Diagonal. Cuando llegaba a la banqueta escuché un ruido detrás de mí. Un par de coches habían tenido un incidente. Ir al dentista requiere valor y más con el tráfico y el estrés de diciembre.

Entré al edificio y noté un cambio brusco en el clima. Parecía invierno de verdad. La gente utilizaba abrigos y varios llevaban tapabocas -como esos que usamos en los días del brote de la Influenza hace un par de años. El consultorio lucía frío y vacío. Toqué varias veces la ventana de la recepcionista y saludé con un “buenas tardes”. Pero no salía nadie. Me senté y abrí una revista; minutos después cuando estaba a punto de marcharme, escuché pasos que se arrastraban y el chillido de la manija de la puerta. Detrás apareció un anciano, encorvado y con los lentes a la mitad de la nariz. “Buenas tardes, joven, ¿es usted el de la muela perdida?”, preguntó el anciano. “No, solamente se me cayó la curación”, repliqué nerviosamente. “Veamos, veamos”, señaló con fastidio indicándome que me sentara en el sillón.

Abrí la boca y cerré los ojos. “¡Ajá!”, exclamó. “Lo que imaginé; usted ha perdido no sólo una muela: ¡perdió el segundo molar superior!” Sentí un vacío incontenible en el vientre. “El segundo molar superior; ¿qué significa?”, pensaba nerviosamente. “Joven, tengo que mandarlo con un especialista en segundos molares superiores. Es usted muy afortunado de que conozca al mejor de la ciudad. Su consultorio está muy cerca de aquí. Vaya con él mañana. Debe saber que no todos los días tenemos pacientes que pierden segundos molares superiores”. Me senté en el sillón sin poder creer lo que me estaba diciendo; no podía hablar de la impresión. seguí sus instrucciones al pie de la letra y no mencioné nada al respecto.

No pude dormir esa noche. ¿Qué era eso del segundo molar superior? ¿A qué se refiere el viejito? ¿Estará senil? Vuelta para acá, vuelta para allá. Nada. Abrazo. Beso. Queja de no dejar dormir. Casi al amanecer me levanté al baño y por un rato estuve viéndome fijamente a los ojos: “¿Qué significa?”. Por más que abrí la boca no pude verme el hueco que sentía con la lengua. Por la tarde me enteraría de qué significaba y por qué tanto misterio alrededor de ello.

Por la mañana tuve varias reuniones que ocuparon mi mente, aunque todo el tiempo me acompañó la preocupación. “¿Un especialista en segundos molares superiores? ¿Qué tan grave podía ser?”. Caminé media calle y ahí estaba el consultorio. También era frío. Me saludó amablemente el guardia y más amable la recepcionista: “Muy buenas tardes, el doctor lo espera, por favor pase”, me dijo sin siquiera pedir mi nombre. Había ganado ya una fama notable. Pues claro: “era el del segundo molar superior perdido”. La sorpresa fue mayor cuando vi que era el mismo anciano. “Pase, siéntese, está en buenas manos”. Abrí la boca y cerré los ojos. Me quedé dormido al instante.

Cuando desperté estaba sentado en la sala de espera del primer consultorio. Un señor de mediana edad me miraba dulcemente: “Te quedaste dormido. No quise despertarte, aunque estuve a punto de hacerlo cuando empezaste a gritar algo respecto al segundo molar. Pasa veamos qué es lo que te preocupa tanto. Me levanté titubeante y en ese instante me di cuenta de que todo había sido un sueño. No existía el anciano, ni tampoco un segundo molar superior perdido. “¡Qué alivio!” Sostenía en mis manos la revista que empecé a hojear antes de quedarme dormido: era de odontología especializada.

Martes imaginario | Gigante | Reseña: sigue hablando

Foto por Cecilia Hidalgo | twitter @bolinmx | http://bolatrips.tumblr.com/

 

Vamos caminando con las miradas clavadas en las sombras.

El día fue completo; destacaron el huevo con tortilla en la mañana y la guerrita de tomates por la tarde.

Pronto entraremos al colegio nuevamente; el verano se fue cuando apenas empezaba.

Vamos los tres primos caminando en cadencia; hemos mimetizado nuestros movimientos.

La torre de luz nos acompaña; siempre está ahí, incluso a esa hora de irse a bañar. Nos habla.

Repito sus nombres en mi mente: Esteban que a veces le dicen José; Chavo que a veces le dicen Juan.

La torre sigue hablando, ¿la escuchas? Nunca se calla.

Caminamos de ida y a veces de vuelta; ellos de ida, yo de vuelta. Ella sigue hablando.

La escucho y su tono monótono me recuerda la intensidad de esos años de inocencia.

Jueves ordinario | En el camino

Después de noventa minutos en el taxi, bajé del coche con un retraso de ciento veinte. Ahí estaban mis tres compañeros de la primaria y secundaria. En la terracita de un restaurante japonés; con tequila y sake; con sonrisas espontáneas y miradas de cómplices; y sobretodo con gran disposición para escuchar, mirar, explorar. La mesa se integró por dos mujeres y dos hombres. Desde el momento en que me senté hasta que salí -unas horas después- tuve la extraña sensación de que aunque los conocía desde siempre en realidad no sabía bien quiénes eran.

En estas semanas he tenido algunas incidencias con el coche: que la verificación desatendida, que un leve choque al salir por el estacionamiento de la oficina, que un policía corrupto lleno de consejos de moral, que un ajustador de seguros efectivo. Bueno, esto de los coches será algo que siga formando parte de nuestras vidas por algunos años más: principalmente por los trayectos largos que debemos recorrer y por la falta de un transporte masivo efectivo. Gracias a estas incidencias vehiculares tuve un par de experiencias agradables con dos taxistas.

Veía a Adriana mientras platicaba: la brillantina adornaba su rostro y el maquillaje cuidadosamente delineado acompañaba su peinado perfecto. Su cadencia al hablar además reflejaba una tranquilidad profunda y un placer de presente. “¿Cuándo crecimos?”, pensaba mientras ella nos compartía con orgullo su placer por la lectura y por la reflexión grupal alrededor de ella. Tiene dos hijos adolescentes y un negocio que la ocupan gran parte de su tiempo.  Sigue en el camino de la felicidad. Desde niños siempre me pareció la más consciente de su alegría.

El primer taxista venía buscando un confidente y decidió que yo era el bueno. Más de veinte años de casado y una hija de dieciseis, con trabajos intermitentes de chofer y de empleado constructor; persona derecha y bienvibrada. Con su gran secreto de estar cometiendo adulterio. Según su testimonio, su amante le reembolsa la cuenta del sábado y asume los gastos de la escapada sabatina. Llevan varios meses con esa aventura. Al final no supe si se confesaba o me presumía. De cualquier forma, lo escuché atentamente y no juzgué sus decisiones. Noventa minutos después salí del coche con la sensación de que lo conocía de tiempo atrás.

“Mejor hablemos de personas”, sugirió Jorge al ver que la plática se dirigía irremediablemente a temas de trabajo. Minutos después bromeó: “mejor regresemos a hablar de bancos”, pues tal vez las revelaciones personales estaban yendo demasiado lejos. A él lo conozco desde el kínder y pude distinguir al otrora niño de gran corazón de hace unas décadas. Confieso que sigue siendo difícil de leer, aunque fácil para convivir. Un camino del que poco sé, pero que se siente firme y con gran intensidad.

El segundo taxista lleva treinta años en el negocio, “porque me encanta manejar”, afirmó convencido. Tiene dos hijos: un ingeniero y un contador. “Los dos ya trabajan y el grande es el que se parece más a mí: por eso no tiene novia”, señala con su acento cálido del norte de Puebla. Antes de recogerme una grúa había levantado su coche y el gruyero lo extorsionó. Estuvo a punto de regresarse a su casa para ayudarle a su esposa con el negocio; pero mejor se quitó el mal sabor de boca “con una buena manejada”. Tiene una papelería, pero “son los dulces los que más se venden”. Sus márgenes en lápices alcanzan 150% y en los dulces: “sólo 70%”. Al final le entregué una tarjeta con la esperanza de poder apoyarlo en la operación y crecimiento de su negocio, pero tuve la sensación de que su camino iba hacia otra dirección.

“Es mi anillo de compromiso”, contestó Mara al preguntarle por un distintivo que lleva en el brazo. A su mirada profunda la acompaña una sonrisa que se mueve entre el sarcasmo y la sinceridad infantil. Es la misma que conocí en la secundaria. Su esencia perdura y se refleja en una actitud tranquila y relajada. Sin buscar etiquetar, aunque sí tratando de ilustrar, diría que hoy es hipster, así como ayer fue rockera y gran representante de la música industrial. Cool! En la profundidad de sus ojos uno adivina la gran mamá en la que se ha convertido. Está emprendiendo y a la vez convirtiendo uno de sus grandes placeres en un negocio formal.

Bajé del segundo taxi. La oscuridad engañaba a mis sentidos: apenas eran las seis y media de la tarde, pero se sentían como las ocho o las nueve de la noche. Estaba llegando a una reunión con unos amigos recientes. Cada una de las cuatro personas que estuvimos conviviendo esa noche tiene historias tan diversas que a simple vista la coincidencia no parece tan natural. Pero ése es otro camino que ya tendré oportunidad de compartir.

Martes imaginario | Serie Niquel | Reseña: Reflejo de identidad

Foto por Andrea Estrella | @AnLoveStar | http://ojodual.tumblr.com

 

Refléjame. Descúbreme. Ilumina lo que soy, lo que fui, lo que seré.

Hagamos una rueda a tu alrededor.

¡Qué entrada magistral de pueblos oaxaqueños!

Apenas unos minutos antes. Bailaron orgullosos, se mostraron.

Para ellos y y por ellos. Se vaciaron entre si.

Los demás los acompañamos. Les hicimos valla.

Después nos dispersamos. Afinamos el foco.

Alimentamos un bullicio respetuoso y nos mezclamos entre murmullos.

Refléjanos. Invítanos a ser parte de ti.

 

Paisaje con cable | Reseña: Horizontes

Foto por Cecilia Hidalgo | @bolinmx | http://bolatrips.tumblr.com/

Me quedo mirando por horas. Es del otro lado de la carretera. De ése donde uno puede soñar. Detrás no hay mucho, pues el ruido de los coches y los camiones aturde. Mejor así, de espaldas. Veo mi vida; y más. En capas. Cada una con sus cosas. Abajo, la cruda realidad: tierra sin vida; después la siembra, que nace. Unos árboles arriba reflejan lo próspero hasta que se hace montaña, la plenitud y la soberbia. Sigue el cielo con sus nubes que se esfuman con la vida; se diluyen con el viento. El cable es importante: no hay divinidad.

Jueves ordinario | El misterio del perro volador

No era la primera vez que Nikko desaparecía. Tampoco sería la última. Ya Carlos se había acostumbrado a esas escapadas que podían durar varios días. Pero esa noche era especial. Nikko había estado esperando toda la tarde a que Carlos llegara para poder colarse por debajo de sus piernas y atrapar a Bigotes. Estaba convencido: le daría su merecido a ese gato presumido.

“Se me cayó el diente”, exclamó Toño e inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho. Había planeado no decir nada y descubrir si lo que le habían revelado los adolescentes de prepa en el camión era cierto: que el ratón no existía. “¿Tampoco el ratón?”, se cuestionó cuando los escuchó decirlo. La diversidad de creencias lo envolvía día a día: en su salón de clases más o menos la mitad eran niños católicos, seguidos de judíos y también había un par de ateos declarados. Incluso había división de opiniones en cuanto a Santa Claus: Toño calculaba que la mitad sí creía en él y había otros dos grupos: los que estaban convencidos que eran los papás y los que estaban dudando. ¡Qué año ése en el que le tocó cumplir nueve años! ¡Todo parecía cambiar!

El perro y el gato salieron disparados hacia la calle de arriba. Nikko iba detrás de Bigotes; pasaron por entre los coches, asustaron a unas niñas pequeñas que jugaban con sus triciclos y alteraron la tranquilidad del guardia de una caseta. Apenas eran las seis y media de la tarde, pero ya estaba oscuro y el frío de diciembre empezaba a hacer estragos. Bigotes se metió detrás de unos matorrales y Nikko se detuvo cautelosamente, esperando el momento ideal para atacar. El movimiento de una rama hizo reaccionar a Nikko, quien con gran agilidad se lanzó sobre su enemigo. En el salto violento superó una pequeña barda que daba a una casa en desnivel: el pastor alemán cayó más de cinco metros hacía el jardín de la casa.

 “¿Existe Santa Claus, papá?”, preguntó Toño. Alonso, conociendo la inteligencia de su hijo y con la consciencia de que su respuesta debía ser certera, llenó de aire sus pulmones y señaló: “Existe para quienes creen en él”. Asintió y sonrió, mostrando la satisfacción de la frase contundente. Pero Toño reviró: “¿Tú eres Santa Claus, verdad?” Alonso reaccionó rápidamente y le preguntó de regreso: “¿En verdad crees que yo soy Santa Claus? ¿Cómo le haría para llevar los regalos a todos los niños del mundo?” Toño se dejó seducir por esa imagen y con mayor certidumbre dijo: “Hay niños en mi escuela que no creen en Santa Claus”. Alonso complementó la frase: “Entonces es muy probable que no reciban regalos”.

Nikko estaba vivo. Seguramente las ramas de un árbol y el follaje de varios bambúes amortiguaron su caída. En cuanto llegó al suelo movió sus patas y sin perder el equilibrio siguió caminando. Estaba muy asustado: sus latidos rápidos y estruendosos aderezaban su desconcierto. De inmediato se dio cuenta que en ese patio jugaba otro perro, pero no lo veía. Recorrió el jardín y encontró juguetes parecidos a los que él tenía en su casa; poco a poco fue calmándose, pero el miedo no lo abandonaba. Un ruido de motor lo alteró nuevamente: detrás de la puerta de cristal se abría una cochera y al mismo tiempo entraba un carro con las luces encendidas. Debía ser Carlos que iba a rescatarlo.

 “¡Hay un perro en la casa!”, exclamó Alonso. “¿Cómo pudo llegar ese perro ahí?”, preguntó en voz alta mientras se echaba en reversa para escapar de una situación que parecía de peligro: lo primero que pensó fue que algún ladrón se había metido y había llevado a un perro guardián para alertarlo. Subió a la caseta y le preguntó al guardia si sabía cómo es que un perro había entrado en su casa. “¿Quién sabe?”, alcanzó a balbucear. Estrellita, la esposa de Alonso, sugirió regresar y revisar la casa. No había nada fuera de su lugar, salvo por Nikko que se movía nerviosamente en el jardín. Estrellita abrió la puerta del jardín pero Nikko pareció no entender que lo estaba invitando a salir. Tardaron varias horas en sacarlo y -cuando por fin salió- Alonso y Estrellita concluyeron que ese perro había saltado desde la barda de cinco metros. Lo que no se explicaban era cómo es que no se había lastimado. Estrellita señaló que las conjeturas eran correctas y estuvo de acuerdo en que algo muy extraño estaba sucediendo.

Pero Nikko no regresó a su casa. Cuando menos no durante esa noche. Recorrió decenas de calles del suburbio, tratando de comprender qué había sucedido. Ya ni siquiera recordaba a Bigotes ni la ira que le provocaba cada vez que lo sentía cerca. La luna cortada a la mitad acompañó su desvelada y sólo el movimiento mitigó el frío de la madrugada. Sin saber cómo, al amanecer estaba frente a su casa ladrándole a Carlos para que abriera la puerta y le diera de comer. Ignoró a Bigotes quien se pavoneaba nuevamente caminando en círculos a unos metros de él. Los días siguientes, Nikko siguió indiferente a corretear a su otrora enemigo. Carlos pensó que estaría aburrido y no le dio importancia, pero unos días antes de navidad Nikko volvió a desaparecer; esta vez para siempre.

Unos días antes del 25 de diciembre, Toño decidió escribir su carta a Santa. Se le hizo un poco incómodo referirse a él sabiendo que dudaba de su existencia. Aunque la experiencia le había enseñado que los regalos aparecen año a tras año. “Ojalá que esta navidad así suceda”, pensó: así como con el billete de cincuenta pesos que encontró en lugar del diente un par de semanas antes. Ese día en el camión, les dijo a los adolescentes de prepa: “No sé si existe el ratón, pero sí sé que existe este billete”.

La explicación de la desaparición de Nikko parece vinculada a la explicación de por qué Toño recibirá sus regalos aún con sus dudas; y por qué cada año millones de niños siguen recibiéndolos. Es un rumor que va convirtiéndose en leyenda y que viaja de boca en boca no sólo en el suburbio del norte de la ciudad de México, sino en varias partes del mundo. Se cuenta que la noche en que Nikko iba cayendo en el vacío, cinco metros hacia abajo del jardín de la casa de Alonso y Estrellita, un duende seleccionó al pastor alemán para ayudar a la entrega de regalos de ese año. Resulta que con la gran cantidad de niños que viven hoy en día se ha hecho insuficiente que Santa Claus entregue todos los regalos; sobre todo los renos no se han reproducido tanto como los perros. Es por ello, que desde hace varios años, Santa definió una logística espectacular: recluta a los perros más ágiles de cada vecindario para que guíen los miles de trineos que vuelan por todo el mundo. Los duendes son quienes aparecen en cada casa a dejar los regalos y aunque Santa ya no los entrega personalmente, sí se asegura que se mantenga la tradición de que cada niño reciba aunque sea un pequeño presente.

Dicen que este año el mismísimo Santa Claus visitará los hogares mexicanos para entregar personalmente los regalos y que Nikko guiará orgullosamente su trineo.

Foto por @AnLoveStar

Jueves ordinario: emprender dentro de la empresa, ¿es posible?

Hace un par de días que comí con un cliente le preguntaba si el chip emprendedor lo traía ya desde la universidad. “Se lo debo a mis jefes”, contestó enfáticamente y continuó: “Cada vez que les llevaba una nueva idea la rechazaban sin siquiera revisarla. Por eso emprendí. Cuando renuncié me preguntaron que cuál era la razón, si ya iban a hacerme gerente de soporte”.

Nuestro cliente dirige exitosamente a una empresa con ventas superiores a 50 millones de pesos al año y emplea a más de 80 personas. Es probable que si sus innovaciones hubieran encontrado cabida en la empresa en la que laboraba su aportaciones habrían hecho crecer las ganancias de sus jefes y también es muy probable que no habría experimentado esa gran aventura de la que se siente orgulloso y que hoy después de 27 años se refiere como un negocio fiel donde las cosas “se volvieron más fáciles”.

Pero no todos los emprendedores renuncian a sus trabajos para crear sus negocios. De hecho, dentro las empresas innovadoras, existen esquemas específicos para incentivar el emprendimiento y garantizar que la generación de ideas y la puesta en marcha de iniciativas sea parte del día a día de la vida laboral. En industrias asociadas a la tecnología (por poner un ejemplo) el emprendimiento interno no sólo es clave para crecer la rentabilidad, sino para subsistir en un entorno cada vez más competido.

En meses recientes he estado en contacto continuo con emprendedores (principalmente jóvenes) y la mayoría de ellos manifiesta un gran deseo de crear su propia empresa y de ser “dueño de su destino”. Es una gran noticia para nuestro país que se esté gestando este gran movimiento de futuros empresarios, pues ese cambio que varias generaciones han estado impulsando se concretará con personas que crearán riqueza y además generarán empleos. Pero también es una alerta para las corporaciones establecidas, pues muchos talentos ya no ingresarán a sus filas laborales. A nivel mundial este efecto ya se ha presentado y es por ello que en algunas industrias los grandes empresarios son muy jóvenes (alrededor de los 30 años de edad) con empresas también muy jóvenes, unas con menos de 10 años de antigüedad.

En este sentido, dentro las corporaciones mexicanas, es fundamental que esta transformación cultural que generarán los jóvenes emprendedores sea acompañada con una vocación de innovación interna que impulse el intraemprendimiento y por tanto que atraiga, desarrolle y retenga al talento.

Un colega del banco me compartía que cuando asiste a impartir su conferencia anual en el IPADE enfatiza a los graduados de la maestría en administración que no pierdan de vista que el país no sólo necesita nuevos empresarios, sino ejecutivos que dirigirán las grandes corporaciones en el futuro. Esta premisa debe pasar del discurso a acciones específicas que impulsen la innovación y en paralelo el deseo de que los talentos jóvenes vislumbren su futuro dentro de una empresa.

Dentro de las empresas tenemos el reto de “industrializar” el emprendimiento y no depender de espíritus o grupos aislados auto motivados y generosos. Muchos de ellos emprenden porque es su naturaleza y pocas veces son retribuidos en la misma relación que generan sus aportaciones. Algunas veces son reconocidos como talentos críticos y se genera un esquema de blindaje para que su talento sea aprovechado por la corporación, pero estas acciones son mas bien reactivas y se tratan caso a caso.

Para impulsar una cultura emprendedora dentro de las empresas que potencie y capitalice la innovación es necesario instalar un modelo específico que contemple cuando menos 3 dimensiones:
1. Talento. Detección, desarrollo y retención de las personas que aportan o aportarán iniciativas de valor.
2. Esquemas promotores del emprendimiento. Con procesos y políticas que capturen las ideas de los empleados y que de manera sistemática se conviertan en proyectos orientados a la ejecución y puesta en marcha en el mercado.
3. Incentivos. Retribuir a los emprendedores será un motivador tangible que permitirá que estos talentos sean generosos y también que los talentos ocultos salgan de su actividad cotidiana y nos sorprendan con su capacidad.

En un estudio reciente, Ernst and Young ha identificado 6 acciones adicionales:
1. Establecer una estructura formal que impulse el intraemprendimiento
2. Solicitar ideas a los colaboradores
3. Armar y dar rienda suelta a una fuerza laboral diversificada
4. Diseñar una trayectoria laboral para los intraemprendedores
5. Explorar iniciativas de innovación por parte del gobierno
6. Prepararse para las dificultades de un entorno emprendedor interno

El entorno empresarial mexicano sufrirá grandes y positivos cambios en el futuro próximo y cada uno de los que participamos en el mercado profesional deberemos prepararnos para enfrentarlo de la mejor manera. Para cualquier empresa, sea micro, pequeña, mediana o grande el reto principal será innovar y para ello será indispensable contar una cultura emprendedora.

En lo individual debemos evaluar cómo es que estamos aportando en este sentido. Nos irá mejor si participamos en equipos que generan ideas continuas y que ponen en marcha innovaciones que generan valor; contra equipos que se conforman con su estatus de confort. Por ello es recomendable actuar cuanto antes y desarrollar ese espíritu emprendedor que todos tenemos. Estamos a tiempo.

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Notas al margen:

1. Este post es el número 200 publicado en Águila griega.

2. Imagen de corbis images