Jueves ordinario: el desprendimiento

Es asombrosa la capacidad que tiene el ser humano de generar hábitos y acostumbrarse a ellos, aunque más asombrosa es la habilidad que tiene para adaptarse a nuevas situaciones. Cuando el cambio es por convencimiento, resulta más fácil emprender la nueva empresa y deshacerse de viejas costumbres. Aún así, el proceso de transformación implica una sacudida en nuestras emociones y no está exenta de algún tipo de resistencia.

“Estoy convencido de la estrategia, pero eso no quiere decir que no me duela un poco desprenderme de las funciones y sobretodo de las personas”, le comenté a Ramón. Él será el responsable de algunos temas que estuve gestionando durante los últimos tres años.

Hace más de un siglo un pensador alemán -que presumía filosofar con el martillo- afirmaba que la única manera de avanzar era a través de un proceso de transformación ruidoso y rompredor. Nietzsche, en su famosa obra “Así habló Zaratustra”, propuso cómo es que el ser humano podía convertirse en superhombre: debía pasar de un camello a un león; y finalmente a un niño.

El origen de la corrupción y la informalidad en nuestro país está tan arraigado que pareciera que las nuevas generaciones nacen como esos camellos a los que se refería Nietzsche. Y aunque han habido muchísimos leones en nuestra historia, no ha sido suficiente para derrotar a los malos hábitos que hemos engendrado a lo largo de tantos siglos. ¿Qué nos motivará a desprendernos de esos hábitos? ¿Hasta dónde debe llegar el resquebrajamiento social para darnos cuenta que debemos cambiar?

¿Quién no se ha sentido un poco (o un mucho) frustrado cuando está intentando instalar una idea innovadora? Me parece que casi todas las personas que se atreven a cambiar su entorno (aunque sea un poco) se han enfrentado con la resistencia natural al cambio. Quien ha logrado su cometido, seguramente también ha fracasado muchas veces y en el camino ha aprendido que no basta con generar una buena idea para hacer que las cosas sucedan. Indudablemente la lucidez mental, requiere de mucha pasión para desviar un centímetro lo que el tiempo se ha encargado de dirigir de manera continuada.

Hace unos minutos leí un tweet que sugería que en dos mil años es posible que vean a nuestra generación como el eslabón perdido de la era digital. Y es que este tiempo será el único en el que convivan varios grupos tan diversos en el uso de la tecnología. Ya lo he comentado en este espacio en el post La generación X: hoy día hay cuando menos cuatro generaciones: los veteranos, los baby boomers, la generación X y la generación Y. Los que nacimos entre 1964 y 1980 somos los X: esa generación intermedia que no nació con celular, pero que no puede soltarlo ni siquiera (o sobretodo) para ir al baño. Los que tienen treinta años y menos nacieron prácticamente con la era digital, son los Ys. En este sentido, somos los X los que hemos tenido que adaptarnos y además -contrario a las teorías de resistencia al cambio- promovemos la innovación tecnológica y la incorporamos tan rápido como podemos. Aún asi, es usual escuchar conversaciones o leer mails de nostalgia por tiempos pasados y tecnologías arcaicas, como el atari o la música de cinta en cassettes.

Hace un año conocí a un grupo de yoguis. Me gusta que su práctica la dediquen siempre a alguna intención. Casi siempre sus intenciones van en sentido contrario a poseer o a acumular. Hablan de desprenderse y me parece que lo dicen en todas las dimensiones, no sólo de bienes materiales, sino de hábitos que aprendieron en el seno de la sociedad. Unos cambian de religión, otros buscan vivir con lo indispensable y otros más se elevan a tal nivel que saben que son sólo un suspiro: un instante efímero que bien vale la pena vivirse con toda la consciencia y toda la intensidad. Si no estuviera tan apegado al mercado financiero, seguramente practicaría más yoga.

Para avanzar hay que olvidar, o lo que es lo mismo desaprender. En aspectos utilitarios, como el trabajo o los negocios, los hábitos son relativamente fáciles de sustituir: pertenecen al ámbito de la conveniencia y son paradigmas que pocas veces son determinantes en nuestra certeza cósmica. Es decir, transformar en el mundo corporativo es relativamente sencillo. Por tanto, cambiar el rumbo en grupos pequeños o en una cultura razonablemente homogénea es una empresa que deberíamos desempeñar con cierta rapidez. Esa es la razón de que la iniciativa privada y las pequeñas agrupaciones sociales son más flexibles y logran mantenerse en la punta de la innovación.

Es por ello que los cambios (como el que estamos viviendo algunos colegas) generan grandes oportunidades de desprendernos de hábitos y de entregar con toda generosidad lo que agún día nos tocó dirigir. Por supuesto, el reto es desarrollar nuevas capacidades para entregar los resultados que esperan de nosotros.

_________________________________________

Nota al margen:

Al equipo con el que he tenido la fortuna de trabajar y lograr resultados extraordinarios no puedo sino mas que brindarles todo mi agradecimiento. Lo he hecho en persona y lo hago en este espacio, pues bien sabe cada uno de ustedes lo que significa para mí escribir y compartir en este blog.

Jueves ordinario: la apariencia

Va manejando el niño su bicicleta: se encorva demasiado y parece incómodo con su chamarra que se eleva sobre sus hombros. Su sonrisa contagia el juego que lleva en la mente. Pedalea con fuerza, sin embargo avanza lento. Tendrá ocho años, quizás nueve, no más. Pero sus movimientos son de un niño más pequeño. ¿Será que su postura lo hace ver torpe y lento?

// Salgo del salón. Traigo un poema recién escrito en la carpeta. Nadie sospecha que escribo. Apenas son unos primeros versos, pero los sostengo como mi tesoro más preciado. Los leeré después del entrenamiento. Saco las llaves de mi coche y nos metemos como podemos a los asientos. Siempre vamos más de los que podemos. Al futuro político lo metemos a la cajuela; ya no cabe y nuevamente le toca la peor parte. //

No le pega bien al balón: lo hace diferente. Por ello, el niño más hábil decide atacarlo sin miramientos para arrebatárselo y dirigirse solo a la portería. Pero el que parecía torpe saca un recurso de maestro y dribla con facilidad al que parecía el mejor. Levanta la mirada y avanza. Da un pase. Trota. El balón regresa a sus piés una y otra vez hasta que queda frente al portero. También el portero se equivoca en su apreciación. Y lo busca directamente. El niño alto y con movimientos toscos también lo dribla. Ya solo, toca el balón, con una torpeza aparente, pero mete gol.

// Me sientan al final del salón. Siempre parecí muy bien portado; y siempre busqué cumplir con esa apariencia. Algunas veces lo logré, pero otras más mi conducta desmintió la primera impresión. Me sorprende la catequista al decir que somos iluminados por el espíritu santo. “Lo que nos iluminan son las luces”, bromea mi compañero de banca y nuestras carcajadas son castigadas con una semana en el salón de niños pequeños. //

Sandra era además de hermosa muy inteligente. La mejor del salón. Lo mismo Dinorah, y Alexandra. Siempre creí (y creo) que inteligencia y belleza van de la mano. Todavía me cuesta mucho trabajo pensar en alguien hermoso o hermosa sin capacidad intelectual. ¿Por qué entonces hay una creencia contraria tan divulgada?

// Vivía en dos mundos: por las mañanas en el colegio particular, por la tardes en el equipo de fútbol americano con niños rudos. Buenos modales en las mañana, albures por las tardes; fue un vaivén entre: elegancia y humildad, estilo y autenticidad, saludo calculado y abrazo espontáneo, lejanía en el tiempo y estrechez intertemporal. Dos mundos que se pierden y se reconcilian día a día. Cabe señalar que todas las situaciones se presentaban en ambos mundos, pero cada uno reclamaba su identidad. //

Altanero y sabelotodo. Ése era el novio de una gran amiga. Una respuesta para todo y un gran sentido del humor que atraía multitudes. Pero si alguien osaba acercarse un poco más, repelía el atrevmiento con lanzas llenas de sarcasmo y burla. Unos cuantos lo conocíamos cómo era en realidad: no sabía todo y sí tenía un corazón generoso. ¿Por qué esconderse? ¿Por qué ponerse máscaras? ¿Dónde lo aprendió? ¿De quién?

// En una reunión del equipo de fútbol americano saqué mi poema. Lo leí sin pena. Sin respuesta lo guardé. Nunca más lo saqué. Nunca más se habló del tema. Fue embarazoso para ambas partes: para el poeta y para el que jugaba de quarter-back. A veces aparece el recuerdo, sobretodo cuando estoy a punto de opinar o de escribir algo que podría no coincidir con lo que algunos opinan de mí: como entregar por escrito una felicitación a algún directivo. Sobra señalar que siempre lo hago. ¿Debo o debí quedarme callado? Creo que no. //

La consultora esboza una sonrisa ante una opinión atrevida del grupo y baja la mirada. Parece tímida. Viene a desarrollar habilidades de equipo en ese grupo talentoso lleno de individuos complicados. Se levanta con dificultad y sus ojos pequeños reflejan una inseguridad abandonada en su adolescencia. De pronto, con soltura y contundencia en su manejo del grupo, Liz logra una conjunción tal que los otrora espíritus individualistas colaboran y cooperan convencidos y sin miramientos. Pero de inicio, ni uno solo de ellos le había dado el beneficio de la duda. Todavía, unos días después y con los hábitos instalados en el grupo sin la presencia de Liz, uno que otro se atrevía tímidamente a mostrarse egoísta; pero el grupo aplastaba esa conducta y lo canalizaba hacia la generosidad.

// Escribo para el periódico del Tec. Soy optimista respecto al futuro de la economía mexicana. Estamos a principios de 1997. Me critican la ceguera y la falta de crítica a las políticas neoclásicos del gobierno. Parece una escena surrealista, pues los profesores son neokenesianos del Colegio de México y han invadido a quienes buscábamos la libertad económica. Uno de ellos, que parece más sensato, años después será Director de Finanzas del Gobierno del DF. Su pequeña aventura le quitará credibilidad entre la estirpe académica; y entre sus ex alumnos. //

No es lo mismo ser inteligente que ser listo, dice reiteradamente mi padre. Rememora a ciertos personajes de Banxico que con su astucia política avanzaron escaños, pero nunca comprendieron la misión de la Institución y por tanto no aportaron lo que debieron. Dice que no hay que confundir magnesia con gimnasia; es decir que el listo no necesariamente es inteligente: que el primero es rápido al asociar ideas y dar respuestas, pero que no necesariamente son las mejores respuestas; el inteligente, en contraste, puede no ser tan ágil, pero su pensamiento reflexivo y su profundidad le permitirán accionar las mejores soluciones. En este sentido, sería mejor ser inteligente que listo. ¡Claro!, siempre será mejor ser ser las dos cosas, ¿no?

// Años después comprendo que no vivo en dos mundos, sino en más. Pero por alguna extraña razón la dicotomía se me ha dado con facilidad. En la oficina no saben ubicarme como de ventas o como de riesgos; como estratega o como ejecutor; como frío y calculador o como apasionado y terco. Todavía encuentro personas que se sorprenden por mi afición a la escritura y me ven con mayor naturalidad cuando comento sobre la NFL. Unos que me han conocido de toda la vida sé que prefieren algunas de mis aficiones y odian otras. Sigo buscando conciliar diariamente mis mundos. Y lo logro, aunque sea parcialmente; ¿alguien podría conciliarse por completo? //

Vamos cerrando.

¿Qué nos motiva a calificar a las personas y a nosotros mismos en términos duales? Bueno o malo; superficial o profundo; extrovertido o introvertido; bello o feo; hábil o torpe … ¿Cómo limita nuestra mente este hábito, este vicio? ¿Estaremos atrapados en una novela mediocre de televisión? ¿Cómo fue que nos pusimos esas cadenas?

¿Cuántas veces al día emites un juicio sobre una persona o una situación sin detenerte a considerarlo un poco? ¿Es verdad esa creencia de que las apariencias rigen en realidad nuestras vidas? ¿Tenemos que conformarnos con la idea de que las reglas que aplicaron en la secundaria y en la preparatoria son las mismas que determinan la convivencia diaria de la sociedad? ¿Somos en verdad tan superficiales como aparentamos? Porque nuestros hechos parecieran sugerir que sí, ¿no? ¿Qué opinas?

Jueves ordinario: el pase completo

“Vamos a echar unos pases”, nos animábamos mi primo y yo antes de bajar al estacionamiento a disfrutar de esa convivencia tan especial: al convertirnos en cómplices al imaginar partidos fantásticos e integrar equipos extraordinarios. Empezábamos lanzando ligeramente bombeado y con una espiral cómoda para atrapar el balón. Lo hicimos durante muchos años: desde los ocho y hasta los doce, quizás trece.

Hace un rato, tuve la fortuna de hacerlo una vez más, pero con mi hijo. He de decir -con mucho orgullo- que hemos mejorado significativamente. Ahora que Bruno tiene ocho años no sólo lanza muy bien, sino que atrapa mucho mejor. La sensación del pase completo es igual de satisfactoria ahora como fue entonces. En un sólo pase logramos una conexión inmediata y nos involucramos en nuestra cadencia: al lanzar y al atrapar; al atrapar y al lanzar. Es un diálogo suave con intercambio de miradas y con movimientos coordinados que nos permiten además de jugar, saber en qué está cada uno. Imagino poder hacerlo muchos años más, aún en esos años difíciles de comunicación que están por venir.

¿Cómo contrasta esta escena con la comunicación que tenemos cotidianamente con diferentes personas? ¿Cuántos pases lanzas, cuántos completas? ¿Completas?

Veamos algunos ejemplos. El político acostumbrado a hablar más que a escuchar, a prometer más que a comprender, lanza y lanza pases. ¿Quién se los completa además de sus achichincles y seguidores? ¿Se los completarán en realidad o será una mera simulación? ¿Qué pasaría si pusiéramos a Calderón a echar unos pases con Ebrard, o con Peña Nieto? Creo que cada uno lanzaría el pase e ignoraría el balón del otro. Al preguntarles, después del ejercicio, los tres dirían que sus pases fueron completados y los pases de los demás no. Sería así más o menos, ¿no?

En la oficina. ¿Cuántos correos electrónicos mandaste ayer? ¿Cuántos leíste? ¿Los leíste en realidad? Y si fue así, ¿te aseguraste de que quien te lo mandó supo que lo comprendiste, que lo completaste? Y de los que mandaste, ¿cuántos te completaron? Seguramente asististe a una reunión de esas en las que todos hablan y nadie escucha. ¿Cuál fue la dinámica? Imagina una pelota que marcara el diálogo y que quien hablara la lanzara y que quien escuchara la atrapara. Te apuesto que había muchas pelotas volando por la sala y pocas cayendo en las manos de los asistentes. Incluso, debió asistir esa persona que lleva no sólo muchas pelotas sino de diferentes tamaños y colores. ¡Qué escena fantástica llena de confusiones y caos!

Es un lujo completar pases. Comprender a las personas requiere tiempo, disposición y saber escuchar. “No me escuchas”, es un reclamo común en nuestro día a día: “no me atrapas”, parecemos querer decir, lo que también implica que “no quieres o no puedes comprenderme”. El pase incompleto causa desánimo, desaliento; cuando es reiterado provoca frustración, desesperanza. ¿Verdad que es cierto? ¡Falso! Quien se siente así seguramente es quien menos disposición tiene a escuchar.

Ayer nos comentaba un experto en exámenes psicológicos sobre ética que la manera de atrapar a quien es proclive a cometer actos deshonestos no es preguntarle si robaría, pues la respuesta automática sería que no. El truco es cuestionar sobre la moralidad que existe en su entorno: el criminal potencial o real siempre verá a los demás como los deshonestos y a él mismo como alguien común y corriente.

De esa manera, quien reitera continuamente que no es escuchado descubre inconscientemente que no tiene la capacidad ni la voluntad de escuchar al otro. ¿Puedes identificar a alguien así? ¿Te ha escuchado alguna vez con genuinuidad?

Hace unos años escribía en este mismo espacio que nos han entrenado para escribir, para hablar, incluso para leer; pero poco hicieron en la educación formal por desarrollar nuestras habilidades de escuchar. Avanza más quien tiene la capacidad innata y quien lleva al consciente la necesidad de escuchar antes de hablar.

Por supuesto tenemos que luchar contra algunas herencias que nos hicieron favor de dejar nuestros antepasados. Veamos a los aztecas, donde al Tlatoani lideraba la cúspide de la estructura social y política: el significado de Tlatoani es “el que habla”. Es decir, en nuestra historia el ser humano más valioso fue el que ordenaba, señalaba; no el que escuchaba o comprendía. Era el señor que mandaba los pases y alguien más (siempre de menor nivel) debía atraparlo. No resulta ilógico que el hábito deseado -que ha pasado de generación en generación- tiene que ver más con lanzar que con atrapar.

También hace varios años, acuñamos en mi equipo de trabajo la frase “saca la manopla”, queriendo decir con ello que antes de hablar debíamos escuchar, o dicho de otra manera: “no me batees”. Contrasta la cadencia de dos peloteros de béisbol lanzando y atrapando la pelota, que la escena en la que el pitcher envía una recta rápida y que es golpeada violentamente por el bateador. Al comunicarse, deberíamos elegir los guantes en ambas personas. Pero algunos prefieren el bate.

Recordaba e imaginaba estas líneas mientras atrapaba y lanzaba un balón de fútbol americano con mi hijo. ¿Cómo aplicaré este aprendizaje mañana en mi trabajo? ¿O ahora mismo que termine y platique con mi esposa?

Jueves ordinario: rompiendo el silencio del poeta

Después de unos meses, rompo con mi silencio. Es por indignación y también porque nunca he podido permanecer demasiado tiempo callado.

Cambia la perspectiva cuando uno deja de hablar, de escribir. Escuchar activamente ininterrumpidamente desarrolla una visión diferente y también extraña. Pasan momentos en los que no interactuar nos lleva a un estado de aceptación y de resignación. No hablar, no actuar o voltear la cara nos hace cómplices de nuestro entorno: positivo o negativo, apasionante o insoportable, colorido o grisáceo … Por ello, ninguna persona debe pasar demasiado tiempo sin manifestarse, ya sea con la palabra o el suspiro, ya sea con la acción desbordante o la jugada sigilosa. No vinimos aquí para pasar inadvertidos intencionalmente, ni para escondernos, ni para ignorarnos. Nuestra misión como seres humanos se consuma con la aportación pequeña o grande a nuestra sociedad. Debemos perseguirlo según elijamos, pero debemos hacerlo. Callar es probablemente la peor actitud que uno podría tomar, sobretodo cuando nuestro entorno se deteriora con tanta rapidez.

Me uno a la indignación del poeta Javier Sicilia; me sumo a su reclamo dirigido a los políticos y a los criminales por el ambiente que estamos viviendo en este tiempo, que es nuestro tiempo, dicho sea de paso. El poeta Sicilia ha sido la voz en esta semana de decenas de miles de padres que han perdido a sus hijos en esta guerra que se ha extendido a la sociedad civil. Guerra que nos invade poco a poco y -si seguimos callados- nos carcomerá hasta consumirnos.

Pero el reclamo no puede quedarse sólo con los políticos y los criminales, pues ello asumiría que tienen conciencia de las consecuencias de sus actos y que toman decisiones considerando el bienestar y malestar de la sociedad civil. No la tienen. Son ciegos a nuestros padecimientos y los juzgan como males menores colaterales justificados por un ideal de mayor nivel. Debemos sentirnos indignados también por nosotros en tanto que somos una sociedad civil apática e infantil. Los niños, al cubrirse los ojos, imaginan que -al destapar su vista- el panorama se habrá resuelto; aunque, con base en su experiencia, aprenden que no sucede lo que ingenuamente pretendían. Nuestra apatía, sin embargo, está atrapada en círculo vicioso: entre menos nos involucramos con los asuntos del país, menos responsables nos sentimos por sus resultados. Volteamos la cara, encojemos los hombros y calladamente culpamos al gobierno y a los políticos por nuestra desventura. Esa actitud nos llevará a una degradación alarmante de nuestra sociedad; lo peor, es que -sin quererlo y tal vez sin saberlo- somos cómplices de ello.

Para cambiar el rumbo, debemos romper nuestro silencio. Hay que iniciar con impulsar nuestro espíritu, cambiando el estado de ánimo que embarga a la mayoría. Nuestra estrategia debe ser con acciones sigilosas, nada pirotécnicas y con gran disciplina. Poco a poco, para que los cambios sean perdurables: en la sobremesa, con la opinión en Facebook y Twitter, con la reflexión compartida de nuestra pareja, con el alejamiento consciente de los dogmas partidistas. En acciones, el cambio inicia con pequeñas actitudes, como respetar el sentido de la calle y las luces de los semáforos, con una intención consciente de que poco a poco nuestros hábitos vayan evolucionando. De este lado de la mesa, nuestras armas efectivas consisten en cambiar hábitos, no en la violencia ni en organizar movilizaciones masivas. Somos nosotros.

Rompamos el silencio. Tenemos la gran oportunidad de que nuestra generación rompa con un arraigo de apatía y desesperanza; aunque también existe la opción de no hacer nada y pretender que alguien más cambie la situación. ¿Qué elegiremos?

Por lo pronto, con acciones sigilosas, contribuyamos a que el poeta (que todos llevamos dentro) no pierda su aliento y continúe persiguiendo la misión para la que ha venido.