Tres cuentos de miércoles para un jueves ordinario

Dejándome en el avión

Los rayos del sol golpean mi rostro. Sin fuerza, apenas alcanzo a inclinar la cabeza hacia mi hombro. Pero la luz brillante no cesa y continúa traspasando mis párpados. Sé que estoy dormido, pero también que todavía no pierdo contacto con el exterior.

De pronto, sin querer, abro los ojos. Estamos sobre la pista, formados, listos para despegar. La mañana es fresca –cuando menos así se ve. El colorido del día me llena todo. Suspiro conscientemente un par de veces, llenando de energía mi cuerpo y exhalando mis preocupaciones una a una. Se van, las dejo ir sin remordimientos.

Alcanzamos los diez mil pies de altura: me despierta el anuncio del piloto, mientras -relajado- acompaño el trayecto del avión. 

Ventana avion

 

Pisando mis cenizas

Voy caminando por encima de las tumbas. Me maravillan las fechas de las lápidas; casi no reparo en los nombres, solo en la edad de esa cosecha de entierros del año dos mil, ubicado en ese lote del panteón.

Sentí empatía y admiración por los nacidos en la década de 1910; tristeza por los jóvenes acaecidos prematuramente; y miedo por los cuarentones y cincuentones.

Rápidamente hago un cálculo; más bien hurgo en mi memoria y saco del cajón ese año que he visto como letal: 2050. Tendré casi ochenta años.

“Voy a la mitad”, pienso sin voluntad. A lo lejos, una familia ruidosa adorna la tumba de su ser querido; parece una reunión de celebración: y lo es.

De regreso al coche veo un par de fechas más y -sin tragedias cósmicas- leo mi nombre en una lápida.

 

 

Regresando con Descartes

Iván me lleva a la sucursal bancaria. Le han ofrecido una posición en Asia, pero tiene muchas dudas. Sus amigos le han dicho que después de unos meses es intolerable vivir ahí.

También tiene dudas respecto del matrimonio; sus amigos le han aconsejado permanecer soltero. Ya no es un niño; este año cumplió treinta y un años.

Hace unos años creyó en el matrimonio y se hizo de un departamento en un suburbio de clase media alta, para familias, en un club de golf. Hoy vive solo ahí; su novia está en el extranjero estudiando el posgrado.

Tiene un gran futuro por delante en la empresa donde labora. En sus ojos se aprecia la inquietud de quien vive un instante sin creencias fijas. Duda y vive; duda porque vive.

Calacala pensando