Jueves ordinario: el regalo o por qué octubre es para sentir

Al despegar hacia Mazatlán, abro el sobre y me encuentro con un regalo maravilloso: me han regalado un mes. Octubre.

Nunca me habían regalado un mes. ¿A ti sí? Su envoltura es mágica, con imágenes y sensaciones en cadencia; y colores, muchos colores.

Apenas puedo soportar el placer. Consciente de su intensidad, intento capturar cada detalle. Siento tanto, que estoy olvidando cómo pensar.

Mi vientre se contrae intermitentemente. Y mis pulmones van vaciándose sin cesar. Por la ventana, la bóveda celeste crece en profundidad.

Tengo en mis manos algo que nunca imaginé: un mes completo. Me lo están regalando y sin chistar ya lo he hecho mío: ven a mí octubre.

Siento que sueño. La energía que emana mi vientre empieza a inundar todo el ambiente. Se nubla mi vista.

Las letras del regalo se mueven y por más que intento atraparlas se escurren entre mis dedos. Me lleno todo y -a la vez- se vacía mi mente.

Cierro mis ojos nuevamente. Aquí está octubre conmigo. Tan intenso y también tan frágil que, si me descuido, se pierde. ¿Cómo abrazarlo?

Aprieto el sobre. Reviso mi regalo nuevamente: es una carta escrita desde adentro. Nunca había recibido algo así. Tan lleno y tan volátil.

El avión baja. Mi vientre parece asentarse. Siento que estoy despertando de un sueño inolvidable. No pienso. Me dejo llevar hasta el suelo.

Regresa un ruido sordo. Ése que anuncia la conciencia: sigo en octubre. Pensando, pero sintiendo hasta desbordarme: concilio y disfruto.

Así es octubre. El regalo que me enseña a sentir y a olvidar a pensar. A sentir y a ser conciente de mí. A sentir y a despertarme en ti.

Octubre.