Jueves ordinario: la mejor milla o cómo ser el padre más afortunado

Esperé poco más de ocho años para que llegara este día. Desde ese once de mayo en el ABC hasta este veinte de junio en Acapulco. Nos despertamos temprano y con toda la calma fuimos preparándonos: sacamos nuestra ropa nueva: un par de shorts y una playera; calzado especial para correr; gorras, lentes y sobretodo mucha ilusión. Esos minutos antes de correr tienen una energía inigualable: la brillantez de nuestros ojos lo reflejaban así.

Cuando tenía dieciseis años, peleaba continuamente con mi padre: había despertado violentamente. Me preguntaba si era yo quien despertaba en el mundo o el mundo despertaba en mi. Una intensidad abrumadora acompañaba nuestros diálogos que se convertían en peleas cósmicas; él, católico, yo en mis inicios del ateísmo. Pensaba que cuando fuera padre, sería diferente: tolerante e impulsor del librepensamiento.

Estiramos los músculos de nuestras piernas: uno, dos, tres, cuatro, cinco … -contamos- así hasta diez, mientras llevábamos nuestra frente a la rodilla derecha, con las piernas abiertas; después a la izquierda; y después las piernas juntas; los tobillos en círculos, contando al parejo e intercambiando miradas de emoción. Jalamos el empeine con nuestra mano, hacia atrás: uno, dos, tres, cuatro … Y empezamos.

Cuando cumplí ocho, recibí una bicicleta de regalo; era de un diseño moderno, con el manubrio hacia los lados, como si fuera motocicleta; una placa al frente y un asiento que quedaba por debajo de ella; cadena gruesa y pedales resistentes; era de color blanca. Me la obsequió mi papá un sábado, antes de una práctica de fútbol americano. La felicidad que me embargó ese día fue increíble: él sabía cómo hacerme sentir así; siempre lo supo, siempre lo ha sabido.

Empezamos a trotar. Ayer hicimos una prueba en la playa, por lo que hoy veníamos muy confiados. Iniciamos sobre la banqueta, cuidando el ritmo y escuchando la cadencia de nuestra respiración. Con iPod a volumen bajo, el sol pegaba en nuestros rostros, pero los lentes hacían bien su trabajo. “¿Cómo te sientes”?”, le pregunté a Bruno al pasar el primer cuarto de kilómetro. “Muy bien”, respondió con una seguridad y una alegría que tuve que detener mi ímpetu por acelerar el paso.

Fue hasta los venticuatro que dejamos de pelear: empezaba nuevamente la carrera universitaria y nos concentramos en lo práctico: apoyo con reciprocidad de calificaciones y responsabilidades en la casa. Funcionó bastante bien y poco a poco reconstruimos la confianza. Aprendí que la humildad da más frutos que la soberbia y entendí que algún día estaría en una posición similar.

Íbamos con muy buen ritmo casi llegando a los ochocientos metros. “Siente tu respiración, disfruta, siente tus pies cómo pisan el suelo e impulsan tu cuerpo”, le decía. “Sí lo siento, son los tenis nuevos”, me respondió. El viento golpeaba suavemente nuestro cuerpo y el ritmo de nuestro trote se fusionaba uno con el otro, como nunca he sentido una conexión al correr.

Un año antes de cumplir treintaidos fue que nació Bruno. Su mamá tuvo un parto difícil y -aunque ella se merece todo el crédito de su nacimiento- yo me sentí el hombre más afortunado del mundo: el pediatra lo levantó y él con sus ojos bien abiertos y el llanto en el pecho anunció que había llegado. Me acerqué y lo abracé con toda la ternura que fui capaz: “¡Bienvenido compadre!” Al salir, vi a mi mamá con una sonrisa enorme y a mi papá con los ojos llenos de lágrimas, buscando esconder su emoción incontenible; sobretodo, me regaló una expresión de complicidad, sabiendo que ya tenía quién se cobrara -en buena lid- todos esos momentos difíciles que lo he hecho pasar.

Cruzamos el camellón para iniciar el regreso. La luz del sol y el viento en nuestra espalda hicieron la experiencia todavía más placentera, ¿Qué corredor no sabe que la segunda parte siempre es más estimulante? Aumentamos el ritmo: pudimos ver la intensidad de los colores: el azul del cielo y el verde de los árboles; el gris del pavimento y el marrón de la banqueta. Piernas ligeras y un intercambio continuo de impresiones. Así, hasta la última recta, corriendo al ritmo máximo de Bruno, terminamos nuestra primera carrera: esa milla que ha sido la mejor de mi vida.

Jueves ordinario: de héroes, ídolos y otras deidades

Notas al principio:

  • ¿Por qué el ser humano requiere de seres superiores?
  • ¿Qué tipo de superhombres hemos creado?
  • ¿Cuáles ídolos seguimos en el mundo?
  • ¿Cuáles en México?

 

 

El superhombre, que acuñó Nietzsche en su famosa obra “Así habló Zaratustra” (1885), fue situado en el centro del ser humano: en su vientre, en su voluntad de poder y en su capacidad de superarse a sí mismo. La pieza clave del argumento del filósofo consistió en eliminar (o buscar eliminar) la existencia de dios; de matar a la divinidad para sustituirlo con un estado superior del ser humano. Claro, no del hombre o mujer común y corriente, sino de ése que tiene las condiciones de fortaleza tales que es capaz de recurrir a sus sentimientos más directos para sobreponerse a su existencia (aparentemente nihilista y sinsentido) e impulsarse hacia la manifestación más pura de la vida: viviendo sin resentimientos y sobreponiéndose a esa tentación débil por creer en la existencia después de la vida. Así, el superhombre de Nietzsche es una aspiración legítima por la que cualquier hombre fuerte puede luchar, viviendo con todo su ser, con toda la voluntad de poder y al mismo tiempo sabiendo que morirá.

En su “Crítica de la Razón Pura” (1781), Immanuel Kant acepta su incapacidad por demostrar la existencia de dios; aunque -como un argumento definitorio en su dialéctica trascendental- afirma que sí es capaz de demostrar “mi necesidad por la existencia de dios”. Dios es -además del ser supremo- el ideal de los hombres, el objetivo máximo que sirve de inspiración para superarse a si mismo. Es decir, Kant acepta que el ser humano requiere de este gran ídolo para sanar y completar su existencia.

Umberto Eco, en su libro “El superhombre de las masas” (1976), demuestra que las novelas más exitosas (y populares) contienen un factor donde un hombre o mujer “especial” puede resolver situaciones entrampadas que los comunes no son capaces de enfrentar con éxito. Revisa la famosa obra de Dumas, “El conde de Montecristo” (1844), para ilustrar cómo esta condición humana es incluso previa a la filosófía del alemán de Zaratustra. También demuestra la fascinación de las masas por lo sobrenatural, los superhérores y los mecanismos retóricos que soportan la narrativa de las novelas. Esta obra, la de Eco, constituye un homenaje a los héroes imposibles que han existido en la imaginación de las personas por varias generaciones.

Una de las manifestaciones más populares del tributo a los héroes y superhéroes lo constiuyen los cómics o historietas. Los más famosos aparecieron en Estados Unidos a mediados del siglo pasado, siendo el más conocido precisamente Superman, el superhombre, el superhéroe que salva a la sociedad de su propia corrupción y trampas que ella misma se creó; es fascinante este personaje, pues es de los pocos que se disfraza para aparentar ser “normal” y cuando utiliza sus superpoderes se muestra tal cual es; no es menor la característica que sea de otro mundo. Otros supehéroes, como Spiderman o Batman son personas relativamente normales que se disfrazan para ejecutar sus maniobras heróicas. Acá el orden es mucho más interesante, pues el héroe es parte de la sociedad; es decir, la comunidad acepta que dentro de ella existan seres humanos capaces de resolver situaciones increíbles; igual a los demás, salvo los superpoderes.

Otra de estas manifestaciones tiene que ver con los personajes públicos, ya sea del medio del espactáculo; ya sea del político y social; y por supuesto del deportivo. No invirtamos mucho tiempo en los del medio del espectáculo, sólamente me gustaría resaltar a Michael Jackson y la increíble admiración que desencadenó -principalmente en los niños- a raíz de su muerte: es un ídolo.

Grandes líderes polìticos y sociales también se han convertido en ídolos, incluso en divinidades. Tal vez el más notable sea Jesucristo, mucho antes que los escritores que hemos referido. Otros muy admirados como Gandhi y Teresa de Calcuta, quienes con obras sociales y pacíficas se convirtieron también en ídolos. Politicos también los hay; desde los emperadores romanos, pasando por reyes y finalmente con estadistas notables. Los más recientes Churchil y -exactamente- Hitler; éste último ídolo y después villano.

Pasemos mejor a los ídolos deportivos. Recuerdo que en mi niñez mi principal ídolo era mi papá. Pero también Hugo Sánchez y Cabinho. Bueno, Roger Staubach y Tony Dorsett. Mis grandes ídolos que no permitía que nadie hablara mal de ellos.

Hablando de fútbol soccer, ha habido y hay grandes idolos. En el pasado, Pelé, Maradona, Beckenbauer, Bobby Charlton, Eusebio -por señalar a unos cuantos. En la actualidad, Messi, Ronaldo, Xavi, Kaká, Iniesta -por señalar también sólo algunos. Ídolos que mueven multitudes a los estadios y que determinan el estado de ánimo de individuos, grupos pequeños y grandes masas.

Hoy que ha iniciado el mundial, tendremos oportunidad de ver jugar a estos grandes ídolos. Ídolos de todo el mundo que provocan que -por un partido de fútbol- se paralice toda la sociedad. Tal y como sucedió el día de hoy con nuestra selección. Sucedió seguramente igual en Francia y en Uruguay, como sucederá en Brasil y en Argentina; en Alemania e Italia; en España y en Nigeria. Me parece que en cuaqluier país del mundo, excepto en Estados Unidos. Ahí la reflexión es un poco diferente, pues sus ídolos son múltiples: muchos y muy variados en actividades y también a la mano de la localidad, como los súperheroes de sus cómics: el sorpendente Hombre Araña también es el amigo del vecindario.

En fin, pareciera ser que los únicos que carecemos de ídolos tan emblemáticos somos los mexicanos. Reflexionemos un poco. ¿Qué idolo de historieta tenemos? ¿Qué dios mestizo hemos creado? No podemos aludir al catolicismo apostólico y romano, ¿verdad? Tampoco a la virgen morena; no. ¿Qué gran personaje seguimos? ¿Al Santo que peleaba con momias? ¿A Rey Misterio? Tal vez. Tal vez, mas bien, habría que voltear a ver a los niños: ellos sí que tienen sus héroes; uno es precisamente el luchador de la WWE; otro que empieza a sonar es el “Chicharito”. ¿Qué importa que todavía no haga mucho? Ya pega en los niños y es su ídolo. Eso es: pareciera ser que es en la infancia cuando desarrollamos esa necesidad por los superhombres. Nuestra imaginación nos impulsa a creernos capaces de hacer cosas extraordinarias y estamos convencidos de que hay alguien que sí lo hace. Es ese gran ídolo que nos mueve y que nos impulsa a soñar con cosas extraordinarias.

Asi, vivamos este mundial con ese espíritu de niños: creyendo que los jugadores son extraordinarios y que lograran eso que parece imposible. Muchos países se lo creen. ¿Somos capaces -nosotros los mexicanos- de dejarnos soñar y pensar que el “Chicharito”, Rafa Márquez, Giovanni, Guardado o Carlitos Vela pueden ser nuestros ídolos? ¿Por qué no? El mundial está hecho para ese niño que traemos dentro: para divertirse y para soñar.

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Jueves ordinario: ¿estudias o trabajas?

Hace unos días platicaba con una experta en orientación vocacional -Marina Estrella- y me comentaba que uno de los problemas del país en materia laboral es que hay una concentración importante en carreras administrativas que no tienen la demanda laboral del ritmo de los egresados. Esto provoca que muchas personas trabajen en asignaciones para las que no estudiaron, provocando frustración en su vida (pues nos les gusta lo que hacen y no aportan lo que podrían); claro, y muchos más no encuentran trabajo.

Es un reto para el país orientar a nuestros niños y jóvenes para que la educación esté relacionada con la realización profesional futura, ya sea como un emprendedor, ya sea como un empleado; pero en ambos casos con una visión clara de qué se está persiguiendo. Lo que sucede hoy en día, es muy poco alentador para el futuro económico del país y podemos resumirlo en algunos puntos:

  • La matrícula universitaria es baja en comparación con la de otros países en desarrollo
  • Los estudiantes universitarios se concentran en carreras para las que hay menor demanda laboral
  • La concentración de los estudios está en asignaturas administrativas
  • Los estudiantes de ingeniearías y de ciencias exactas -las relacionadas con la tecnología y la generación de valor más alta- son pocos en términos relativos

La estadística de esta información puede encontrarse a detalle en la página de ANUIES, donde resalta lo siguiente para el periodo 2007-08

  • De los 2.6 millones de matriculados, el 85% de los estudiantes son a nivel licenciatura y el 7% a nivel de posgrado
  • Respecto al nivel de licenciatura, el 47% estudia ciencias sociales y administrativas y sólo el 33% ingeniería y tecnología; un 10% ciencias de la salud, 6% educación y humanidades y un paupérrimo 2% ciencias naturales y exactas.
  • Es más dramática la concentración en universidades privadas: el 63% estudia ciencias sociales y administrativas; y sólo el 23% ingeniería y tecnología.

Es decir, estas generaciones seguirán concentradas en administrar procesos y personas, en lugar de innovar soluciones. Podría inferirse (hipótesis razonable, me parece) que la fuerza laboral futura del país no tiene una orientación a la creación de valor, sino a la administración de la riqueza existente. Es un problema estructural grave, pues aún si el gobierno crea condiciones estables, tanto en indicadores económicos, como sociales, nuestras capacidades están muy limitadas y por tanto las tasas de crecimiento y desarrollo no serán las que requiere el país.

Marina me compartió algunos artículos publicados en 2007 por Gerardo Nieto (especialista en este tema) donde plantea algunas propuestas de solución, como:

  • Crear una liga entre los demandantes trabajo (empresas y corporaciones) y las universidades, de tal forma que las instituciones de educación superior promuevan carreras para las que hay más oportunidades de trabajo.
  • Crear el Instituto Nacional de Orientación Educativa que fortalezca  la tarea de planeación gubernamental y que incida en la oferta educativa de nivel superior.
  • Instalar políticas de coordinación nacional entre universidades y apoyar presupuestalmente carreras de ciencia y tecnología.
  • Destinar más recursos a la investigación científica en tecnología y crear vínculos entre los centros de enseñanza e investigación.

Estas propuestas están principalmente del lado del gobierno y deben complementarse con la responsabilidad de quienes somos padres o tutores de los futuros estudiantes de nivel superior. En este sentido, me parece que nuestros niños deben crecer, sin viejos paradigmas que muy segurmanete siguen rondando los pasillos, como:

  • Las matemáticas son muy difíciles y no tienen aplicación práctica
  • Emprender un negocio es muy difícil
  • Las grandes empresas te garantizan tu trabajo por mucho tiempo
  • Las ventas son para quienes no estudiaron
  • Lo más importante es coordinar, no crear
  • Trabaja en lo que sea en lo que encuentras algo mejor
  • Los ingenieros son unos “nerds”
  • Y muchos más …

Después de la plática con Marina y la lectura de los artículos de Gerardo Nieto una frase rondaba mi mente: “¿Estudias o trabajas?”, recordando esa curiosa tácitca que todavía se utiliza para iniciar una conversación con algún(a) extraño(a). La respuesta que se me apareció inmediatamente fue: “Ninguna; cuando menos ninguna que nos esté acercando como país a un nivel de desarrollo superior”.

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Nota premundialista:

  • El portero del departamento de la hermana de Marina minimizó hace unos días a la selección por su victoria sobre Gambia 5-1. “Cuando le ganen a alguien de nivel sí se los voy a reconocer”.
  • Hoy por la mañana que le pregunté que qué le había parecido la victoria de ayer sobre Italia me dijo con gran sinceridad: “La verdad es que soy malinchista: cuando ganen el mundial sí los voy a reconocer”.
  • Va a estar divertido el mundial y sigo creyendo que vamos a jugar el quinto partido. Es curioso ver cómo interactuamos varios tipos de personalidades respecto a este tema; hay tres muy representativas: los eufóricos (que ya salieron ayer), los pesimistas (que pase lo que pase viven en la desesperanza, como el portero del depa) y los camaleónicos (de estos hay muchos y no hay que tomarlos muy en serio). Así, me declaro eufórico, aunque moderado.