Jueves ordinario: de ratones y cosas peores

“Ahorita cae el cuarto”, señaló un directivo de alto nivel, después de que Inglaterra metió el tercer gol. Fue el lunes de esta semana. Fue también con un tono que parecía sarcasmo, pero más bien iba cargado de resentimiento centenario. El cuarto no cayó y más cerca estuvo la selección de meter el segundo. Lo que más me sorprendió fue que un colega que me ha recriminado mi falta de optimismo (cuando en este espacio he hablado de nuestra sociedad) se sumó a la mala vibra, a la burla; se dejó llevar por esa “modita” de que tirarle a la selección es lo de hoy.

Hace unos minutos veía en el Facebook ese mismo resentimiento. Los comentarios son tan imaginativos como dolorosos para nuestra sociedad: “pinches ratones mejor les pagamos un viaje al safari en lugar de hacer ridículos”, “no cabe duda: somos unos mediocres”, “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, “en la selección sólo creen los niños y los pendejos” … podría seguir hasta agotar la tinta virtual. En los periódicos digitales pueden leerse comentarios similares y además insultos nutridos que se animan con nombres ficticios que resaltan personalidades desesperanzadas, derrotadas.  Somos folclóricos en pleno siglo veintiuno y aprovechamos los partidos de la selección para sacar a relucir la escoria que hemos acumulado y alimentado tanto tiempo.

Además del resentimiento, ¿qué otro común denominador existe? Efectivamente: todos y cada uno de los mensajeros estaba viendo el partido; cada uno de esos comentarios –que se manifiesta a través del humor negro- tiene como origen el inconciente colectivo que reina en gran parte de los mexicanos: “no se puede”, “no podemos”, “¿a qué le tiras cuando sueñas mexicano”, “no te ilusiones”, “resígnate”, etc. Triste, muy triste, pues esta conducta vamos heredándola a nuestros hijos y replicándola a lo largo de la comunidad. Y lo más triste es que no es sólo un partido de fútbol: esa desesperanza se refleja en gran parte de los mexicas modernos en las actividades cotidianas de nuestra sociedad.

He de confesar que he pecado. Que peco diariamente de optimista. A pesar de los tres párrafos anteriores tengo fe en nuestra sociedad: estoy convencido que ya estamos en la “colita”. Viene una generación de mexicanos que no tienen miedo, que están conectados digitalmente a una comunidad global, pero que sus acciones y sus aportaciones serán locales, con un beneficio. Nada dura para siempre: ni siquiera la mediocridad ni la desesperanza. Por cierto que algunos mexicanos de esa generación “cósmica” (como apuntaría José Vasconcelos) están en la selección que jugará el mundial. Bueno, incluso ganaron ya un mundial hace unos años con la selección categoría de diecisiete años: ¡fueron campeones del mundo! Muchos otros ya están en el mundo laboral: emprendiendo por su cuenta, o innovando en soluciones digitales en Internet; o empezando una carrera en una corporación. Los he visto: muchos trabajan en mi equipo; otros más son proveedores. ¿Cuál es su común denominador? No tienen miedo: se arriesgan y saben que su probabilidad de ganar es cuando menos la misma que la de perder. Tampoco tienen miedo de perder, pues con esa actitud es muy probable que ganen más veces de las que no.

También debo confesar que soy de los que apuesta a favor de la selección; y que normalmente pierdo, pues siempre le apuesto al siguiente partido: a ése que todavía no hemos llegado. Desde niño me entusiasmo con sus partidos. Y nunca, nunca, nunca me he sentido decepcionado. He festejado sus triunfos, desde los amistosos, fases clasificatorias contra equipos débiles del caribe o los duritos de centroamérica y los sorprendentes estadounidenses, hasta los mundiales: ¿quién no recuerda ese golazo de Manuel Negrete en 1986: o el despliegue increíble de los seleccionados en la Copa América de 1993 –que casi ganamos, o la primera clasificación fuera de México en 1994; golazos de 1998 y el ya merito de 2006 contra Argentina. He disfrutado cada partido, aún las derrotas. Me he permitido soñar, al igual que muchísimos más (incluso algunos que por fuera lo niegan) y siempre he recibido satisfacciones. No recuerdo un solo partido en donde los jugadores no se hayan partido el alma. Ni uno. Esos jugadores, mexicanos igual que nosotros, que saltan al campo a romperse la madre y tratar de darle una satisfacción a su país. A veces lo logran, a veces no. Pero lo han logrado. Para mí, lo logran siempre.

Otra confesión, ya que estamos en la hora de las netas: también le apuesto al país. Estoy seguro que mi hijo vivirá un reto muy diferente al mío; el suyo estará orientado a cómo aportar más, en lugar de tratar de convencer a los demás de que es conveniente aportar y cooperar; mi hijo, nuestros hijos, estarán construyendo el futuro sin barreras mentales y además disfrutarán de su presente con mucha más conciencia que nosotros. Pero nos necesitan. Necesitan que esta generación de transición que representamos crea un poco más en ella. No es un partido de fútbol (¿lo dije?); no: se trata de nosotros, de nuestra existencia y nuestras posibilidades de progresar.

Yo pensaba: “ahorita cae el segundo”. Me refiero al lunes, cuando Barrera desbordaba por la derecha y Guardado quebraba a la defensiva por la izquierda; cuando fallábamos varias oportunidades. Esa energía me llenaba el alma: pensar que venía el segundo. No llegó y qué importa, pues es sólo un partido de fútbol. La diferencia es que -al levantarme- salí energizado con una actitud de posibilidades reales: a mi ámbito de aportación laboral. Ahí, donde de mí depende que sí se pueda. Y se puede, siempre que nos la creamos.

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Nota al margen de pronóstico reservado.

  • La selección va a pasar a la segunda ronda, con bastante claridad. Serán difíciles los partidos, pero va a pasar. Muchos de los mexicas desesperanzados festejarán con alegría.
  • El cuarto partido será el primero que gane la selección en la historia de los mundiales fuera de casa. A ese partido ya le aposté mil pesos.
  • Mi estado de ánimo se alimentará si sucede la primera proyección y todavía más con la segunda.
  • Y si no sucede la primera o la segunda o las dos no pasa nada. No pasa nada. Sólo pasa cuando la actitud de ese camino está motivado por el recelo y la desesperanza. Ahí sí pasa, pues aún ganando, nuestro espíritu no está listo para ganar en lo particular ni en lo colectivo.

Jueves ordinario: Siete Días

7D

“Doné mi cuerpo en vida”, comenta mi amigo Alejandro Revuelta cuando narra la historia de su vida. Todavía es muy jóven para estar ensayando autobiografías, sin embargo ha experimentado eventos poco comunes con una actitud extraordinaria. Estamos en Polanco, en el restaurante Valkiria, escuchándolo atónitos. Sus ojos se mueven con esa mirada que poseen los inteligentes; y su intensidad nos atrapa. Su voz potente es agradable, pues su gravedad sonora combina muy bien con la pasión que nace de sus entrañas.

“Mi plan de vida no contemplaba esto”, señala, refiriéndose a la visión que construyó hace casi veinte años sobre los siguientes treinta años. Con una prosa limpia, describe cronológicamente sus logros, sus hábitos, sus cegueras. Los escuchas agradecemos su estructura mental; aunque agradecemos aún más la fuerza de sus sentimientos, la apertura de sus emociones, sus ganas y su necesidad de compartir.

“Creía que era un deportista; no lo era, lo fui”, afirma al recordar cómo empezó a trotar poco a poco; unos cuantos kilómetros en la banda; después -de manera espontánea- una carrera de diez kilómetros, contagiado por el entusiasmo de su hermano y una coincidencia laboral del evento. La oxigenación de su cuerpo ha sido fundamental en la lucha por su vida. Rápidamente pasó de diez a veintiun kilómetros; y de ahí a la gran carrera del maratón. En dos mil nueve corrió cinco maratones. Logro nada fácil para un atleta, menos para una persona común; pero Alex nada tiene de común. La admiración apenas describe el sentimiento que experimentábamos al escucharlo. “Aún durmiendo dos horas, me levanto a correr”.

“Llego la cuarta etapa”, señala serenamente y con las manos indicando el arribo de un suceso fatal. Fue a finales de dos mil nueve. Muy pocas personas sabían su estado; un equipo de científicos experimentales le aplicaron el tratamiento más avanzado conocido para contrarrestar el cáncer: reactivos químicos experimentales que ningún ser humano en la historia había tenido en su cuerpo. Con una probabilidad cercana al cero por ciento sobrevivió la operación. Con un dolor intolerable, pero un espíritu tan grande, tan vivo, logró en esas horas lo que nadie sospechó. Por eso dice que donó su cuerpo en vida.

“El doctor Savage , me dijo que los siguientes siete días eran críticos; que era muy probable que me muriera: por el dolor o por el contraataque de la enfermedad”. Alex está hablando, contando el infierno que vivió en esos momentos; describe el dolor y nunca se olvida de reconocer a las personas que estuvieron con él, apoyándolo. Siete días. En uno de ellos murió. También revivió. Regresó para luchar por su vida, sí, pero sobretodo para regalarnos una visión muy diferente a la que construyó en sus años estudiantiles. Hoy es un hombre en toda la extensión de la palabra y nos comparte sus valores; sus cuatro ejes de la vida: humildad, agradecimiento, generosidad y sensibilidad.

“Nunca llegaban tarde a la conferencia. Yo los estaba esperando -feliz de mis resultados. ¡Se habían ido de pedos! Para festejar el milagro”. Él también festejó un par de días antes: con huevos con jamón: con esos que le encantan a su hija. Alex hizo lo imposible. Subió una foto a Facebook para anunciar que ahí estaba, que aquí está. Recuerdo haber visto la foto y enterarme de su enfermedad. Lo vi una semana después: se veía demacrado: había perdido más de diez kilos; había perdido el cabello; lo que no había perdido era su fortaleza: por el contrario había expandido su espíritu y sus ganas por vivir.

El lunes de esta semana, Alex concibió y lanzó el reto a todos sus amigos de lograr vivir siete días sin enojo: 7D. Eligió este reto, pues lo identifica como una de las manifestaciones del miedo, como uno de los venenos de la mente, como un foco de enfermedad de la humanidad. Siete días sin enojo. Siete días en los que muchos fracasarán; algunos lo lograrán, pero sobretodo un reto donde de manera espontánea un grupo de seres humanos nos unimos por una causa común: el bienestar de la humanidad.

Hay especialistas en redes sociales que ya están trabajando para que este reto pueda expandirse a más personas y -al mismo tiempo- nos permita en lo individual monitorear nuestros avances; también compartir cómo estamos enfrentando el esfuerzo de no enojarse. Al día de hoy hay más de mil seguidores de esta iniciativa; a menos de una semana de haberse lanzado. 7D no acaba, es un reto continuo hasta completar las cincuenta y dos semanas del año. Inténtalo. Inscríbete.

“Nos hablamos”, nos dijimos al despedirnos. En su mirada vi que estaba experimentando dolor, pero también me regaló una sonrisa, transmitiéndome todo el poder de su espíritu. Sé que ha tenido un par de días difíciles, pero nada que Alex no haya experimentado y superado ya. En este espacio seguiré impulsando los avances de 7D y sobretodo las enseñanzas de vida de Alejandro Revuelta.

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Notas:

  • Para más información accede al evento lanzado en Facebook, en: 7D
  • Sigue a Alex en Twitter: http://twitter.com/arevuelta
  • Max, como también se le conoce en el mundo del fútbol americano, está por lanzar su Blog: tiene mucho que decir y también mucho talento para hacerlo.

Jueves ordinario: la diferencia o cómo privatizar la calidad de vida

Oftringen
Oftringen

“Es insultante”, pensé cuando veía cómo el sistema de riego automatizado rociaba de agua el campo para garantizar ese color verde que separa a los chalets suizos de la vía ferroviara. No es para producción agrícola; no, simplemente para mantener el campo de ese color que llena de vida a uno de los países con mejor nivel de vida del planeta.

La finalidad de este jueves -escrito en lunes y concebido a lo largo de una semana, hace unas semanas- no es analizar la situación económica y política de Suiza; mucho menos hacer un diagnóstico de las diferencias con nuestra cultura; no, simplemente es compartir algunas impresiones que fueron fluyendo a lo largo de esos días y acompañarlas de algunas fotografías.

Aprovechando su posición estratégica, la República Helvética (Suiza conocida comercialmente) ha garantizado obtener los mayores beneficios; rentaba su ejército mercenario y seguidamente le erigía un reconocimiento, como es el caso del monumento al león de Lucerna, en memoria de 700 mercenarios de la guardia suiza; asimismo a través del comercio desarrolló capacidades negociadoras, entre las que se incluyen contar con una población políglota (la mayoría habla cuando menos tres idiomas); y por supuesto mantener una postura neutral no sólo ante las guerras del continente (y mundiales), sino también ante la administración de las inversiones de cualquier persona en el mundo: garantizando el secreto bancario. 

Monumento al león de Lucerna
Monumento al león de Lucerna

Las grandes ciudades de este hermoso país florecieron alrededor de ríos o lagos. Acá lo sorprendente es que han sabido preservarlos y hacer compatible la existencia humana con la naturaleza; algo impensable en otras culturas -unos incluso hemos preferido entubar los ríos y convertirlos en canales de desagüe.

Lucerna
Lucerna
Basilea
Basilea
Ginebra
Ginebra

El nivel de vida en Suiza es muy alto, así como lo son los impuestos y en general el precio de los bienes y servicios. Hay barreras naturales de entrada: uno puede entrar sin visa, pero ¿cuánto puedes permanecer con poco dinero? Hay siete y medio millones de habitantes, de los cuales seis y medio son suizos; los demás, extranjeros. De hecho, hijos nacidos en Suiza de extranjeros son extranjeros. Claramente, este país cuenta con un modelo económico y una estructura social orientados a garantizar sus condiciones de bienestar. Las desigualdades entre ciudadanos son también casi insultantes (es decir, casi no hay); incluso los políticos más poderosos viajan en tranvía al igual que los demás habitantes de Berna. 

Berna
Berna

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Nota al margen:

Como visitante no sobra realizar un recorrido a trote alrededor del río o sentarse en uno de sus cafés y escribir algún verso a la luz de la luna.

Río Rhin, Basilea
Río Rhin, Basilea

Jueves ordinario: se renta familia

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De acuerdo con información oficial, el cincuenta por ciento de los matrimonios se divorcia antes de su quinto aniversario; se refiere a primeras nupcias. En el caso de segundas nupcias, el porcentaje de divorcios se eleva al setenta por ciento. ¿Dónde queda entonces la promesa que se realiza con “hasta que la muerte nos separe”?

La familia nuclear está desapareciendo como la conocíamos hasta el siglo pasado; “se está transformando”, me dijo hace unas semanas un amigo que -al igual que yo- se encuentra en un proceso de divorcio. Los números señalan que el modelo -con el que crecimos la mayoría- está agotado.

Estructuralmente, el principal factor es la liberación femenina. En sólo cincuenta años, las mujeres nos han mostrado que la asignación de roles era arbitraria y en muchos casos (en todos dirían algunos) ventajosa para el varón. Con su inmersión en el mercado laboral, compitiendo en el mismo nivel que cualquier hombre, está exigiendo una redistribución de las tareas; de las que son posibles, pues el embarazo y los primeros meses de maternidad parecieran intransferibles; aunque la teconología actual permite ya concepciones distintas al tradicional; si se extendiera la reproducción a través de métodos alternativos, ahora sí, no habría ya necesidad alguna de especialización por género. En cincuenta años se han fracturado las bases que la humanidad construyó a lo largo de cincuenta mil años.

De acuerdo con  investigadores especializados en homínidos, la familia nuclear tuvo su origen cuando nuestros ancestros bajaron de los árboles; además de que convertimos en pies nuestras dos extremidades inferiores, se estableció el pacto de exclusividad sexual, por medio del cual el macho tenía garantizada su reproducción con la condición de protegerer a su hembra y a su cría. Este pacto nace por la vulnerabilidad de esos primeros nómadas ante los ataques de depredadores; y así ha funcionado durante miles de años. Otro factor a considerar es  la concentración en grandes ciudades y en particular en edificios llenos de comodidades, lo que pareciera representar de manera figurativa que una parte de la humanidad ha regresado a los árboles. Es decir, el intercambio de exclusividad sexual por protección parece haber pasado a la histoia: el pacto es anacrónico.

En contraste con lo que sucedía con nuestros padres, la mayoría de los jóvenes de hoy rentan el espacio en donde viven; es verdad que una causa de esto es el poder adquisitivo, pero también que muchos consideran temporal su situación. Una manera de mostrar esa temporalidad es no adquiriendo bienes inmuebles que arraiguen demasiado. Sin embargo, al igual que nuestros padres, los jóvenes adultos de esta época estamos buscando construir una familia parecida a la familia en la que crecimos. Estamos programados para buscar la felicidad en nuestra experiencia pasada. Combinando ambos factores: los jóvenes de ahora “viajan ligero” y al mismo tiempo desean una familia estable. Incluso, mujeres jóvenes liberales siguen soñando con un vestido blanco y ese gran día que será su matrimonio.

El propósito de este jueves es iniciar (o continuar) con la discusión de un tema que nos está afectando a los que nacimos en esta generación de transición. Abrir un diálogo para compartir y sumar puntos de vista; al final, para plantear un par de soluciones y tal vez impulsar su ejecución. En este sentido, pareciera que estamos destinados (los de esta época) a buscar una familia temporal: se renta familia.

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Notas:

  1. El libro del científico Frans de Waal, “El mono que llevamos dentro”, destaca la evolución comentada en este post, así como las posibilidades del ser humano a la luz del análisis de dos especies de antropoides: chimpancés y bonobos.
  2. Pareciera que ya es necesario revisar las condiciones actuales de la familia nuclear, iniciando con el contrato legal: una primera idea sería incorporar la posibilidad de su vencimiento anticipa

Jueves ordinario: el niño y la ardilla

Va el niño tras la ardilla. Está a unas semanas de cumplir ocho años. Ha desarrollado una capacidad tal que puede disfrutar cada instante al máximo. Habla dos idiomas y suma rápido. Le gustar leer y adora dibujar; está aprendiendo a escribir con brillantez, echando mano de su imaginación; también le gusta escuchar historias. Sabe querer y le gusta ser querido. Sus ojos reflejan una gran inteligencia que seguramente desarrollará de manera profunda. Hay que decirlo: ha sido un buen estudiante durante este año escolar; al inicio con alguna dificultad para adaptarse a la nueva maestra (y ella a él): el reto fue elegir entre la atención y reconocimiento de sus amigos o en concentrarse en su aprendizaje; y lo superó. Se ganó un reloj por hacerlo así.

Camina alegremente por el parque, persiguiendo el recorrido de la ardilla. Trata de sorprenderla al correr de pronto, pero la ardilla acelera el paso. El niño siente que es posible alcanzarla; el sabe -ya sus padres se lo han dicho- que puede lograr lo que se proponga, sin embargo sucede algo inesperado: la ardilla se sube a un árbol, quedando fuera de su alcance. La sigue con la vista; su respirar es ligeramente agitado; sus mejillas rojas brillan por encima de esa gran boca que heredó de su madre; levanta la ceja y seguidamente voltea su cuerpo. Camina lentamente en dirección contraria, bajando la cabeza y mirando una rama seca que empieza a patear. Detiene su marcha y voltea tímidamente hacia atrás: ahí está la ardilla al pie del árbol: lo ve, lo seduce y lo invita a seguir jugando.

Ha estado casi una semana de viaje con su padre. Ha dicho que lo que más le ha gustado ha sido la juguetería de tres pisos. Ha disfrutado los desayunos en su restaurante preferido –que descubrieron desde el primer día. Aún no lo sabe, pero ese viaje será el primero de muchos más que realizará con su padre; seguirán uniendo sus almas y tejiendo -con una tela suave y firme- una solidaridad inquebrantable. Ese día es el último del viaje. No lo dice, pero quisiera que durara más.

El niño reacciona positivamente a la invitación del roedor; esta vez decide correr hacia la ardilla con gran velocidad. La ardilla también corre: lo hace en curvas, mostrando su conocimiento a detalle del terreno. El niño va sonriendo y moviéndose con energía: y cuando está acortando la distancia, la ardilla cambia el rumbo y sube por otro árbol. El niño detiene su paso, levanta nuevamente la ceja. “Ojala pudiera ser ardilla”, imagina y se pregunta si eso es posible. Se queda un largo rato frente al árbol, parado, mirando a la ardilla, disfrutando del instante: sin pensar y viviendo a todo lo que da. Escucha su respiración y una energía estimulante recorre su cuerpo. Se hace consciente del momento e instintivamente voltea la mirada: ve a su padre a lo lejos, quien con una sonrisa le está apuntando con la cámara, buscando captar la imagen y guardarla por siempre.

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