Jueves ordinario: el gran espejo

A Ustedes que me han ayudado a conocerme más
 
Veía mis ojos plácidamente:
un brillo intenso se reflejaba sobre mi mirada
y provocaba ligeros movimientos alternados:
enfoque y desenfoque,
intensidad y dilatación;
me maravillaba con el contraste
y encontraba tranquilidad con mi relajación.
 
De pronto, una voz suave alteró mis sentidos:
palabras coherentes descubrían mi alma
y revelaban rasgos escondidos en mi vientre:
sorpresa y desencanto,
reflexión y asimilación;
una voz suave de un amigo,
que genuinamente me tendía su mano.
 
Hablaba con una voz potente,
discriminando y ordenando,
preguntando y confirmando;
una energía intensa subió de mi vientre,
asaltando a mi mente y
revelando mi verdadera identidad.
 
Veía mi ojos,
escuchaba mi voz,
los cerraba y me callaba.
De pronto, surgió una emoción
que arrolló mis creencias
y develó mis realidades.
 
Ahí estaba ese gran extraño,
lejano e incómodo ser:
simulándome;
pero también estaban mis amigos,
cercanos y cálidos:
apoyándome.
 
Veía sus ojos plácidamente:
una generosidad se posaba en mi mirada,
su pupila relajada y enfocada.
Escuché mis palabras:
distintas y enriquecidas,
impulsando mi acción,
retando mis capacidades.
  
Disfrutaba la intensidad de mis sentidos:
alertas y preparados;
acompañados, enriquecidos.
 
Reflejo genuino en ese gran espejo.
 
Madrid, 24 de abril de 2010.

Jueves ordinario: ¿es posible la esperanza … para los Xs?

 

En la década de 1990s el sacerdote Félix Pecharromán publicó su libro “¿Es posible la esperanza?”. De no ser porque Félix era amigo de la familia y en particular un gran impulsor de mis ideas irreverentes, seguramente su obra no la hubiera leído. De hecho, solamente hubo una edición con un tiraje de 3,000 ejemplares. Lamentable situación, toda vez que es un libro con gran calidad literaria y con un rigor extraordinario en su planteamiento argumentativo. No es la intención de este post reseñar el libro, sino señalar que siempre existirá quien confié que es posible generarnos expectativas positivas para el futuro, considerando que las cosas pueden mejorar.

En Junio de 2009, revisaba en este Blog cómo es que la llamada generación Y o del Milenio, superaría fácilmente a la generación X, a esas personas que nacimos entre 1965 y 1980 inclusive. Nuestra generación se ha caracterizado -no sólo en México, sino en varias partes del mundo, incluyendo a Estados Unidos de América- por un desprecio de las generaciones  colindantes: los Baby Boomers (nacidos entre 1946 y 1964) y los Ys (a partir de 1981). A los X nos llaman los de la generación perdida y señalan que nuestra principal característica es la apatía. El post se llamó Jueves ordinario: la generación X.

Regreso a este tema por tres razones:

  1. Porque pertenezco a esta generación y me niego a creer que es nuestro destino pasar inadvertidos y que se nos tache de tibios, de mediocres.
  2. Porque sigue avanzando el tiempo y -salvo una minoría notable- la mayoría sigue pensando que alguien más es responsable de lo que sucede en nuestro país.
  3. Porque recientemente he encontrado un espíritu extraordinario de nuestra generación que será inspirador para muchos de nosotros y podría representar el inicio de una reacción en cadena.

Aunque nos duela, en México, además de la generación X, somos conocidos también como la generación de la crisis. Fue en 1973 cuando se registró el primer problema económico (después del denominado milagro económico comprendido entre 1954 y 1970); Luis Echeverría guiaba el país en ese entonces y se registro la primera gran devaluación. A partir de esos años, cada sexenio hemos tenido una crisis: en 1976 y las políticas populistas, en 1982 y la nacionalización de la Banca, en 1988 y el crack de la bolsa; en 1994 y el error de diciembre (y el chupacabras); nos salvamos en 2000 y en 2006, pero no deberíamos celebrar, pues México fue el país que menos creció en América Latina; la del año pasado pasará a la historia, pues fuimos el país latinoamericano que más cayó en su Producto Interno Bruto (PIB). Es decir, desde niños estamos en crisis (ocho años los más grandecitos, tres los de mi año, los demás desde que nacieron). No conocemos otra forma de vida: casi estamos acostumbrados a que las cosas vayan mal. Pero, ¿es éste un factor suficiente para que nos adaptemos a la corriente? ¿No deberíamos intentar cambiar nuestra suerte? ¿O es que el entorno es tan complicado y la estructura tan necia que es mejor no hacer nada por nosotros? Me refiero a nuestra sociedad, no al individuo, como individuos aislados pareciera que no hay tibieza (no tanta), pero como grupo dejamos mucho que desear.

La otra noche que platicaba con mis primos la naturaleza de nuestros males, identificábamos dos factores: a) El entorno contagiado de corrupción con políticos y dirigentes mezquinos y b) La sociedad indiferente. ¿Qué es primero: el huevo o la gallina? En las conversaciones de sobremesa, me parece comprender que la generación X cree que primero fue la gallina; es decir que nosotros huevos nada podemos hacer; dicho de otra manera: que con autoridades tan corruptas y políticos tan inconcientes poco (o nada podemos hacer en este sentido). He tenido conversaciones de este estilo álgidas (animadas y amables, pero apasionadas) donde me han tachado de ingenuo por sugerir que la generación X puede hacer algo. Es decir, ni siquiera nosotros creemos en nosotros.

En esta semana comí con un gran amigo que es un ejemplo a seguir. Hace unos meses le rendía un tributo en este espacio (Jueves ordinario: la enseñanza). Además de que es un tipo brillante, en los pasados meses ha logrado anteponer su espíritu a su mente y a su cuerpo. Algo que está más allá de la superficie lo está impulsando a trascender. Es un emprendedor de negocios y un inspirador de sueños. Ha estado tocando muchas almas y varios estamos subiéndonos a ese gran proyecto de vida que nos está regalando. Se llama Alejandro Revuelta y pronto estará dando a conocer su historia y su filosofía en espacios virtuales, con pláticas y sobretodo con hechos que hoy día ya suceden. No voy a quemar una sola de sus ideas, pues nadie mejor que él para exponerlas, pero sí voy a compartirles que me ha enseñado que aún cuando tenemos casi cuarenta años, somos capaces de replantear nuestra misión de vida, hurgar en nuestro vientre y descubrir nuestro espíritu. Él ya era un ganador antes de su enfermedad: en el clímax laboral encontró que en términos espirituales no estaba donde quería: esa sacudida le hizo replantearse qué quería hacer de su nueva vida: invirtió el orden. Busco adentro, encontró su fuente de energía y una vez con una misión y un enorme espíritu que lo impulsa, está manifestándo sus sueños -con hechos- en el exterior: de adentro hacia afuera. Encontrando su pasión y viviendo por y para ella.

Me parece que -aún sabiendo que puedo estar simplificando al absurdo las causas de nuestros males- un factor determinante que nos ha impedido avanzar como generación es que pocas cosas nos apasionan. “Equis”, era la respuesta común en la prepa, cuando alguien preguntaba sobre la fiesta mediocre del fin de semana. “Estuvo equis”, porque en nuestro inconciente colectivo nos sentimos así: X. Pocos se han detenido a reflexionar qué es lo que nos apasiona; nos hemos casado, tenido hijos, divorciado, vuelto a casar; hemos entrado a un trabajo, salido, emprendido un negocio, pero pareciera que lo hacemos sin una convicción que queme nuestro vientre e impulse nuestro espíritu. ¿Tenemos que pasar por periodos de crisis individuales para despertarnos? ¿No deberíamos hacer un acto de conciencia y tratar de vivir la segunda parte de nuestra vida con la pasión que le ha faltado a la primera? ¿No deberíamos regalarnos la oportunidad de hacer algo trascendente como generación? ¿Es posible la esperanza en nuestra generación?

Las respuestas pueden ser muchas. Hay una muy ilustrativa: la generación Y o del Milenio, nacida a partir de 1981 y que ya está ganando espacios en el ámbito económico y social nos está demostrando que sí se puede: ellos sí pueden. ¿Nosotros no?

Jueves ordinario: el ocaso en el despertar

Notas al principio:

  • Subíamos como a las seis y media de la tarde. Por Las Águilas, antes de los horarios cambiados. El sol nos daba en la cara y no había manera de escondernos de sus rayos: muy molestos ya a esa altura del día. Veníamos de los entrenamientos de fútbol americano -del equipo Lobos. Después de bañarme, ya casi era de noche. Vapor y frescura: combinación perfecta para dormir.
  • En Acapulco, después de beber más de lo que el cuerpo podía: viendo esos últimos destellos perderse en ese mar maravilloso de la bahía. Lo increíble es que a partir de ese momento, empezaba el día.
  • “Voy de ida”, escribí en ese cuaderno de poemas de la universidad, al contrastar mi andar con el de una señora que arrastraba los pies y miraba al suelo; iba de ida, así de nítido lo percibía. Pero también distinguía quienes venían de vuelta, a punto de terminar sus días.
  • “Las relaciones caducan”, me compartió una amiga hace unos meses. Resonó tanto en mi mente y afectó ligeramente mi espíritu, al verbalizar lo que mi alma ya sospechaba.

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El ocaso en el despertar

Le guardo luto, le doy las gracias, le extiendo una reverencia.
He llorado, solo y acompañado, en días recientes y también desde hace muchos años;
veo mis manos, siguen suaves; mis pies, ágiles; mis piernas, fuertes.
Suspiro con un recuerdo: sueños logrados, anhelos encontrados, promesas casi siempre cumplidas.
Y emergen con naturalidad mis errores: mis fallas, mis omisiones.
Recuerdo mi niñez y mi madre explicándome la naturaleza del pecado y la grandeza de la culpa, de la humildad.
Soy indulgente conmigo: me juzgo como a un niño, me regalo una palmada en la espalda; me doy ánimo y esperanza.
 
No supe aprovechar mi tristeza en mis años adolescentes.
No tuve tiempo para reflexionar derecho y profundo: así como mi existencia me exigía.
Me advertí de las tentaciones superfluas solo para caer en ellas concientemente.
He vivido dualidades que sólo existen en mi mente, pues en mis hechos me he convertido en ese tipo engreído y satisfecho por sus logros.
Me perdí de mi tristeza y aunque en algunos momentos logro rozarla, se me escapa de entre las manos y apenas puedo convencerme que sí me visitó.
 
Escribo y comparto estos sentimientos que me desgarran y me hacen pleno,
así, al mismo tiempo y sabiéndose necesarios el uno del otro:
ese dolor que sana, ese placer que lastima.
Confieso en cursivas lo que millones teclean en Twitter o en Facebook:
con la misma intención de buscar cómplices anónimos,
y con la certeza de que muchos comprenden el sentido de cada palabra, de cada sentimiento …
 
Y es que mi nuevo despertar viene acompañado de pasar la página,
de cerrar un ciclo clave en mi vida.
Veo el sol que lastima mis ojos, huelo el vapor y la frescura de mi pijama de niño,
siento la adrenalina empujarme hacia algo nuevo,
            me veo en la ida y en la vuelta,
veo cómo muere finalmente ese amor que me marcará por siempre.
Muere, muere, muere.
 
El ocaso que parece destruirnos,
pero no hace mas que despertarnos,
alentarnos, impulsarnos, animarnos …
El ocaso que se confunde con tristeza,
que se malinterpeta con el mal agüero.
Ese ocaso incomprendido …
 
Sacudido, abro los ojos,
mis manos buscan instintivamente detener la intensidad de la luz,
tengo un sabor fresco en los labios;
poco a poco va desapareciendo ese aletargamiento que jodía mi sueño,
voy despertando,
siento mi espíritu: intacto no, entero sí.
Y me siento en el borde de la cama,
preguntándome dónde es que he dejado mi tristeza,
no la encuentro, se me pierde y se me pierde.
 
Por eso escribo y comparto,
para no olvidar que este ocaso existe y que duele,
que no solo representa la oportunidad de nacer nuevamente,
que viene con luto y con olvido.
Este ocaso: exquisito y profundo cambio de luz,
que me permites levantar mis pies,
correr unos kilómetros y amanecer nuevamente.
Así, como si amara por primera vez, 
dispuesto y con toda la ilusión de empezar,
de entregar nuevamente mi espíritu,
de hacerlo con toda la pasión
y sabiendo que cometeré más errores,
que me faltará nuevamente sabiduría,
Así, con mi alma empujándome a la plenitud,
a darlo todo, a no dejar nada.
Así, como no puedo dejar de ser un solo instante.