Jueves ordinario: las ganancias ilegales

La reflexión de esta semana no pretende analizar el problema del narcotráfico a fondo y menos estructurar una propuesta de solución efectiva. No, esas pretensiones hay que dejárselas a los académicos y a los expertos. De este lado, revisemos sólo unos factores básicos y exploremos una solución también básica, casi de libro de texto.

El pasado y el presente

En la época de la llamada “Ley seca” en Estados Unidos, en las primeras décadas del siglo veinte, se prohibió la venta de bebidas alcohólicas. Esto no acabó con la demanda, pero sí generó una distorsión en la oferta: era ilegal pero existía; sobretodo generaba más ganancias, pues el precio de los licores se incrementó sustancialmente. También generó violencia y al mismo tiempo mostró la incapacidad de la autoridad para impedir que las personas se embriagaran. Tal vez el impacto más pernicioso fue el desarrollo del crimen organizado.

El ejemplo más conocido actualmente es el de Ámsterdam, donde la legalización del consumo de drogas no significó un incrementó de la demanda y tampoco un deterioro moral más acelerado que el de otras ciudades equivalentes del continente europeo.

Como sabemos, el ser humano ha experimentado con drogas prácticamente desde su aparición, tanto en asuntos medicinales, como en experimentales y de ritos religiosos. No fue sino hasta el siglo veinte que los estados nación recién integrados decidieron prohibir algunas drogas.

Las legales y las ilegales

Las permitidas en casi todos los países son el alcohol, el tabaco y los psicofármacos (tranquilizantes) utilizados principalmente por la psiquiatría. También la cafeína entra en esta clasificación.

Las prohibidas todas las demás, entre las que destacan la cocaína, cannabis (marihuana por ejemplo), opiáceos (heroína, morfina), anfetaminas, LSD, entre las más conocidas. En Wikipedia/Droga puede encontrarse el detalle.

La teoría económica

En los primeros semestres de la licenciatura en economía, te enseñan que el mercado negro (ilegal o paralelo) genera ganancias extraordinarias, significativamente mayores que las ganancias del mercado legal y competitivo; ganancias muy similares a las de los mercados monopólicos legales, pero con varios oferentes.

Es decir, si en una industria existen más ganancias que en otra, los incentivos a participar se incrementan. Dicho de otra forma, haber prohibido la venta de drogas genera más ganancia a la industria y más organizaciones queriendo participar. Para no dejar, otra forma: la autoridad promueve el desarrollo del mercado de drogas en su intento por eliminarlo.

Tres efectos en México y un cuarto reciente

Más violencia. Más organizaciones dedicadas a esta industria. Más corrupción.

El cuarto que se lo debemos a nuestro Presidente actual y que ha promovido los tres anteriores, es librar una batalla infructuosa que sólo ha evidenciado la debilidad del estado mexicano. Es una guerra perdida. Habría que preguntarnos (si es tan evidente que la perderemos) cuál es la razón genuina por la que se hace.

Cortinas de humo o porqué nos gusta complicarnos

Hay un factor moral que está impidiendo que la legalización de las drogas sea una propuesta viable en nuestro país. Digo que es moral, porque siempre es dual (o doble): permitimos el alcohol e incluso se incentiva su uso (y abuso) en nuestra sociedad, pero consideramos “malo” que alguien se fume un churro de marihuana.

El otro tiene que ver con nuestra historia. No nos gusta eso de que la gente pueda decidir y ejercer su libertad. Seguimos con ese paradigma de que los mexicanos somos unos niños a los que hay que guiar. Se piensa que si se legalizan las drogas, el consumo va a aumentar, pero lo que no se dice es que no hay evidencia estadística de esa premisa.

Es decir, los consumidores existirán en nuestro país, como existen en todo el mundo, a pesar de que hayan cruzadas morales y se apliquen medidas conservaduristas para disminuir la libertad.

Para terminar

Prácticamente no existe razón alguna para que continuemos prohibiendo las drogas en nuestro país. Bueno, sí: las ganancias extraordinarias no sólo benefician a los narcotraficantes, sino a los políticos y las autoridades que reciben a manos llenas billetes verdes que cambian su nivel de vida.

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Notas al margen:

El futuro es poco alentador para nuestro país, pues es muy poco probable que se legalicen las drogas en el corto plazo. Esto provocará más violencia y más corrupción. ¿Hasta dónde vamos a llegar con este asunto? Ojala (deseando de esa manera que el niño añora la llegada de Santa Claus) que dentro del gobierno exista un área de inteligencia que haya definido un escenario límite y que una vez alcanzado, cambiemos la estrategia actual.

De este lado, no nos queda más que no consumir y tratar de elevar la discusión a un nivel de propuestas específicas y lineamientos de instalación. ¿Lo estamos haciendo?

La casa de madera o un recuerdo de la adolescencia

Era una casa pequeña. De madera. Dos pisos con espacios reducidos. Estaba como metida con calzador entre otras dos casas más grandes. Era fría aún en días de calor y olía a humedad. Vivían dos hermanas adolescentes muy guapas: Claudia y Andrea.

“Rafael”, respondí con reservas cuando me preguntaron mi nombre. Había salido de mi casa porque escuchaba mucho ruido en la calle. Ahí estaban tres niñas de catorce años cantando Outfield; y bailando. Usaban copete que se levantaban con spray y también traían calentadores. Jeans muy pegados y suéteres de cuello de tortuga. No se pintaban y por ello sus rostros brillaban todavía más. Sonrisas nerviosas y ojos saltando sin parar.

Acababa de terminar la secundaria cuando se mudaron. Habíamos hecho un grupito de amigos y nos reuníamos a platicar en la calle. Teníamos entre catorce y diecisiete años de edad. Fumábamos y presumíamos. Sobretodo, buscábamos encontrar coincidencias, llevándolas al máximo de identidad.

“Andrea”, “Camila”, “Lucía”, se presentaron sin más. Yo tenía dieciséis. “¿Eres el que pasa manejando en el coche?”. Asentí. Se sonrieron entre ellas. “¿Y no te cansas de dar tantas vueltas?”, remató Andrea con una sonrisa irónica y espectacular, complementada con las carcajadas de las otras dos adolescentes indolentes.

Pasaron tres años para que entrara a su casa. Su mamá no permitía hombres dentro de ella, más que al hermano hippie que a veces nos regalaba cigarros y se quedaba con nosotros sin hablar con la mirada perdida en sus alucinaciones. Cuando entré fue porque nos habíamos hecho novios. Después de verla un día en el súper y pedirme que le hablara.

“¿Por qué no me abrazas?”, preguntó Lucía, “así como Mario toma de la cintura a Andrea”. Callé. La abracé. Al día siguiente terminamos. No es que no me gustara, sino que me sentía incómodo teniendo novia: no era yo. Nunca la besé. Tampoco recuerdo haberla querido y yo creo que ella ni siquiera me recuerda a mí.  

Estábamos sentados en el sofá. Abrazados y a la vez un poco distantes. No era lo que nos habíamos imaginado. “¿Por qué no dices nada?”, me preguntó. Tenía la cabeza llena de preocupaciones. Estaba metido en otra relación que era intermitente. En unos meses terminaría la preparatoria y ya estaba listo para la universidad. “No sé”, alcancé a murmurar, “estoy un poco confundido”, La luz era muy tenue y sentía frío. Busqué sus labios y encontré alivio,  complicidad, pero no pasión, tampoco amor.

El grupo de amigos se extendió y se mudó a otra calle. Afuera de la casa de otras tres hermanas, también muy guapas. Ahí se respiraba un ambiente menos inocente. La frecuentaban adolescentes un poco más grandes que además fumaban marihuana. Ellos alardeaban mucho más. Así, conviviendo con esas extrañas reglas adolescentes, nos quedábamos hasta la noche de ese verano de 1987.

Hace unas semanas que estuve en casa de mis papás fui a buscar la casita de madera: ahí estaba idéntica a mis recuerdos. Sentí un poco de vértigo al percibir la adrenalina de esos años. Aparecieron los rostros de mis amigos como ráfagas: uno a uno. Por supuesto que hubo uno que todavía me causa un impacto muy agradable: el de Andrea.

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Nota al margen:

Recientemente he encontrado un alma profunda que me ha hecho incorporar nuevos elementos a mis reflexiones. Su nombre me hizo recordar este pequeño episodio que he relatado. Sus comentarios me han hecho voltear a ver esos años en los que buscaba enardecidamente la libertad y al mismo tiempo jugeteaba con las reglas de la sociedad, aún de esa sociedad adolescente que tiene sus esquemas bien definidos y que también nos atrapa (o atrapó). A esa alma inteligente y sensible dedico este post.

Jueves ordinario: el rey perdido o por qué los niños ya no son como antes

Miró la carta. Tenía muy estudiado cómo reaccionar ante cualquier situación. Un instante antes de levantarla se permitió soñar con el rey. Le iba a cambiar el ánimo. Subió rápidamente los ojos. Su cuñado jalaba su bigote sin quitar la vista de las cartas. Va a alardear. Miró a su hermano: estaba distraído con un hielo que bailaba ruidosamente en su boca. Siempre fue despreocupado, pero ahora mostraba desinterés: estaba pensando en su hijo recién nacido. De frente estaba su eterno rival, su amigo del alma que lo miraba fijamente. Se retaron una vez más. “Muérete”, pensó con toda la intensidad que fue capaz. Y seguidamente apareció esa reflexión que lo había estado visitando frecuentemente los últimos días: “¿Qué hubiera sido de mi vida sin este cabrón? Seguramente mucho más tranquila. Para empezar no me hubiera metido en ese proyecto que tanto dinero me ha hecho perder. ¡Pendejo!” No trae nada. Dobló la apuesta.

“¡A huevo!” gritó su cuñado cuando destapó sus cartas. Se escuchó cómo rechinaban las patas de las sillas contra el piso. “¡Cabrones! Ya les he dicho que cuidemos el piso chinga”, gritó golpeando la mesa con el puño. “¡A dormir!” y salió rabiosamente del salón de juegos. Cuando salía se dio cuenta que su hijo aún no llegaba de la fiesta. “Estos niños de ahora …” Regresó al salón: “Una disculpa, pero sí me enojé”. “Sin problemas”, respondieron casi al unísono para despedirse seguidamente sin rencor alguno. Acostado, tocando ligeramente la cintura de su esposa, se recriminaba haber jugado tan mal. Había perdido práctica. Aún con buenas manos perdió. Sonrió al recordar cómo regañó a su hermano, quien, al despedirse, le golpeó ligeramente la nuca. Tal y como lo hizo tantas veces cuando eran niños, como muestra de cariño. “Esos sí eran niños”, murmuró antes de quedarse dormido.

Como era ya una tradición, su cuñado llegó media hora antes. Para conversar y regalarse unos minutos de entendimiento mutuo. Estaban empezando a sufrir las consecuencias de la adolescencia temprana de sus hijos. “¿En qué fallamos?”, preguntó mientras pensaba cómo es que el niño de doce años ya estaba exigiendo más dinero a la semana y más frecuencia en los permisos especiales. “El problema está en que están muy acelerados”, señaló su cuñado. Se miraron largamente. “Así no éramos nosotros”. Silencio. “Salíamos a jugar y antes del anochecer sabíamos que teníamos que regresar”. Movía la cabeza de un lado al otro y nerviosamente frotaba su mano sobre su muslo. “Entre el iPod, el PSP, la lapt top, el celular, digo los celulares… ¡Ni modo de no dárselos! Todos los papás lo hacen, ¿o no?”. Se volvieron a mirar largamente, como tratando de encontrar la respuesta en el fondo de sus pupilas. “¿Recuerdas lo que opinaban nuestros papás de nuestra generación?”. Sonrieron. “¡Lo mismo!”. Pero no les satisfizo su hallazo y concluyeron: “Es que estos niños de ahora sí se pasan de la raya”.

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Notas al margen:

  • Este post está dedicado a mi gran amigo, Edson Sánchez, quien se está recuperando de una exitosa intervención quirúgica que se practicó hace unas semanas. Por cierto, apenas unos días después de echarnos un tochito con amigos que conocimos hace más de tres décadas. Cuando éramos niños y sí nos educaban bien (jajajajaja).
  • Platiqué con él a mediodía y después de un breve debate sobre las agendas de nuestros hijos, concluíamos que la responsabilidad no está en los niños. No, la responabilidad de su educación (parece obvio) está en nosotros.
  • Los que somos papás con niños pequeños tenemos un gran reto. Es verdad que todas las generaciones lo han tenido, pero lo que no había antes era tanto flujo libre de información hacia nuestros niños. Están expuestos a una cantidad tal de estímulos, que es fundamental  ayudarlos a desarrollar una capacidad de decisión efectiva. Basada en valores universales y orientada en ampliar continuamente su conciencia de las cosas.
  • Sólo como un ejemplo, mi hijo de siete años lleva casi tres años pidiéndonos un teléfono celular. Todavía no cedemos. Pero no falta mucho.

Imagen de Fine Arts Center, Colorado Springs