Jueves ordinario: la pausa

Después de dos años y medio y más de 120 Jueves ordinarios, haré una pausa.

Este ejercicio lo inicié como un acto de disciplina para intentar darle claridad a mi mente y orden a mis ideas. Los resultados son los posts publicados y el objetivo se ha logrado razonablemente -o eso creo yo.

Los temas han sido diversos, desde compartir vivencias personales, opiniones sobre eventos, algunos cuentos, un par de poemas y hasta algunas reflexiones un poco más filosóficas. Sin duda lo he disfrutado, tanto al escribirlo, como al releerlo, más al recibir sus comentarios y con ello tender un espacio de diálogo; un puente de comunicación virtual que de otra forma habría sido difícil establecer.

Tengo mucho que reflexionar en este fin de año, respecto a mis objetivos próximos y mediatos, tanto en lo personal, en lo familiar y en lo laboral; para ello, la soledad es indispenable y suele ser una compañía muy productiva: grata e ingrata.

Aprecio muchísimo a quienes se han tomado un par de minutos esos jueves, pues su activa participación me impulsó cada semana a tratar de compartir algo de calidad.

Gracias y hasta luego.

Rafael Frias

Jueves ordinario: flotando en la trascendencia

Voy saliendo del comedor. Apenas percibo mis zapatos que se mueven mecánicamente. Son de los cómodos. La suela es suave y embona plácidamente con el parquet del pasillo. Otra junta.  Han sido muchas reuniones este año. Tomé una copa de vino; antes una cerveza: en el intermedio una sopa y un pollo con salsa agridulce: detesté el sabor y lo escondí con jugo de limón: me quité el saco y sentí cómo el aire acondicionado amenazaba mi respiración: salí de una gripa: fue infección pero no tomé nada. Voy, así, saliendo del comedor. Cubro mi espalda con el saco y aunque encojo los hombros sigo derecho: saco el cuello y mis sentidos se despiertan.

Perdí mi lap top en la mañana. Fue por culpa de las loncheras. Bajé quince minutos tarde y eso fue suficiente para cambiar el día. Cuando abrí la cajuela del coche -veintiseis kilómetros después- estaba vacía: mi brazo ya estaba asiendo el portafolio, pero mi mente notó una ausencia inesperada. Mi torso reaccionó hacia atrás y jugueteé un par de segundos con mi memoria: llené una botella de plástico con jugo de toronja, saqué el sandwich del refri, jalé un licuado, pero no había lonchera: las dos estaban abajo; metí las cosas y salí esperando poco tránsito. Recordé el portafolio en la silla de la cocina. Afirmé y titubeé un segundo. Entré a la oficina y encontré un sustituto: fue suficiente para el día: sólo tuve que cambiar la configuración del teclado y pude funcionar; de manera diferente, pues tal vez invertí demasiadas miradas a la pequeña pantalla de la BlackBerry.

Me siento en una de las mesas. Espero. Es ir a escuchar y en eso he mejorado notablemente -me di cuenta el lunes cuando platicaba con unos amigos de la prepa. Anoto en mi cuaderno: capto esas ideas contundentes que exponen esos cerebros brillantes con los que convivo. Fortuna. Me dejo llevar y disfruto de un par de horas fluídas. Son cuatro mesas. Observo a mis colegas atentos. Hay un connato de discusión, pero mas bien es un baile: como ese de los boxeadores en los primeros rounds. Se refuerzan los principales puntos y el baile se torna diferente: como un cortejo sútil de bonobos. Se establece la autoridad en la materia: se convence, se concreta el rumbo. Suave como la suela de mis zapatos: apenas se percibe el murmullo con el que la reunión termina. Me levantó y regreso al pasillo: intento caminar con armonía y busco la salida hacia mi oficina.

Revisé la presentación que me tocará exponer el viernes. Son cuadros de avances y bullets de acciones. Muchas personas han hecho posible los resultados del año. Fortuna. En cada plaza del país hay alguien que persiguió el objetivo: es una comunión imperceptible fuera de la esfera, pero tangible para miles que -dentro de ella- han jugado el partido. Cerré el archivo y bajé -con la lap top econtrada- a escribir unas líneas de reconocimiento.

Voy caminando por el pasillo. Muchos años han pasado desde que caminé por primera vez por ahí. Disfruto ese instante que dura unos cuantos segundos antes de iniciar el día. Han llegado ya varios compañeros y con un saludo de reconocimiento entro en nuestro módulo. Apenas hace unos días estuvimos celebrando el fin de año. Me animo al llevar a mi conciencia que durante este año he podido rozar sus almas; unos se han dado cuenta y eso ha provocado una comunión que nunca imaginé.

Imagen: portada del álbum Pulse, de Pink Floyd.