Jueves ordinario: la informalidad

“Si me paga con tarjeta usted tiene que absorber el 3.5%, que es lo que nos cobra el banco”, me señaló la asistente de la asistente de la cirujana que operó a mi esposa. “En efectivo, pues luego nos dan cheques de plástico”, respondió al preguntarle que cuál era el tipo de pago que preferían. El efectivo tiene un par de inconvenientes, como estarlo cargando con el riesgo de inseguridad que conlleva o que hay que pagar un impuesto al depositarlo en el banco si es superior a $20 mil pesos; sí, un par de inconvenientes que no son nada al compararlos contra el deporte favorito de los mexicanos: vivir en la informalidad: esconder los ingresos y con ello burlar al fisco y creer que este comportamiento es astuto e inteligente. Sucede con comerciantes ambulantes y también con profesionistas con doctorado; con negocios pequeños y con empresas corporativas. Forma parte de la manera de ser del mexicano: ser informal. “¿Con qué grado de profesionalismo habrá operado esta señora a mi esposa si el manejo de sus finanzas es de quinta?”, me pregunté retóricamente.

En el país existen más de 5 millones de unidades economicas, de las que el 70% viven en el mundo subterráneo, es decir 3.5 millones de microempresarios no están dados de alta ante Hacienda y además de no pagar impuestos no existen para efectos legales; sin embargo, contribuyen con más del 10% el PIB y generan más del 20% de los empleos.

Otro dato que complementa el anterior: en México más de la mitad de los  empleos son informales. Es decir, sumados a los de los negocios en la informalidad, millones de empresas contratan por fuera a gran parte de sus empleados. Dos objetivos se persiguen con estas acciones: ahorrarse los pagos de impuestos (IMSS, principalmente) y evitarse problemas sindicales o los derivados de las leyes laborales que están por definición del lado de los trabajadores.

Dentro del gobierno también existe la informalidad: ¡Faltaba más!. Sus caras son tres principalmente:

  1. Empleo innecesario. Miles de trabajadores denominados “aviadores” integran la planta laboral y aunque no trabajan sí reciben su nómina periódica. A éstos, hay que sumarles los múltiples asesores que se contratan, tanto en el Ejecutivo, como en el Legislativo y en el Judicial.
  2. No Transparencia en el manejo de los recursos. Nuestros impuestos son gastados libremente por el gobierno y aunque hay algunas dependencias que están sujetas a auditorías, éstas son inoportunas e inefectivas (es decir, sirven de poco por decirlo suavemente); otros pueden gastar los recursos libremente sin rendir cuentas, como los Estados y los Municipios (por ley no pueden auditarse sus gastos)
  3. Profesionalismo deficiente. No hablemos de los servicios de pésima calidad en los organismos públicos de agua, basura, electricidad y licencias; no, mejor señalemos la falta de seriedad con la que el Ejecutivo ha instalado los programas anticíclicos anunciados a principio de año: no definió los impactos de manera cuantitativa ni conocemos los compromisos específicos de su ejecución; ya casi se han olvidado y para el regocijo del gobierno ya nadie se acordará de ellos para 2010. 

La informalidad es muy atractiva en todos los ámbitos de nuestra sociedad, pues además de proporcionar una sensación de libertad, genera cuando menos dos privilegios:

  1. Flexibilidad en el manejo de los recursos. En el sector privado vivir en la informalidad permite no tener que rendirle cuentas a nadie: menos al fisco. En el sector público lo que permite es no tener que rendirle cuentas al ciudadano. Es decir, ambas partes están tratando de esconderse unos de otros: los ciudadanos del gobierno y el gobierno de los ciudadanos. Hace mucho que no escribía un renglón tan surrealista, lo que no es un logro, sino más bien una descripción que está a flor de piel.
  2. Compromisos movibles y ambiguos. Esto sucede siempre con los prestadores de servicios de los hogares, como carpinteros, plomeros y jardineros por señalar a algunos; siempre tienen una buena razón para no hacer el trabajo en los términos acordados, pues rara vez se firma algún contrato o se definen claramente las condiciones del servicio. ¿Quién no ha hecho corajes con su carpintero por dejarlo sin puerta durante meses? Yo también. Lamentablemente, esta informalidad se transfiera no solo al gobierno, sino también al sector privado, donde es posible encontrar a miles profesionistas que tratan de eludir sus compromisos o de hacer lo menos posible. Lo increible de este punto es que quien pareciera estar mal no es quien tiene la obligación de otorgar el servicio, sino el que tiene el derecho de recibirlo: peor si lo estaba esperando bien hecho y en tiempo.

La informalidad -es casi obvio, pero no tanto- tiene muchísimos más perjuicios que cualquier privilegio individual. Enlistemos los principales:

  1. Falta de transparencia. El gobierno no gasta bien nuestros impuestos y nosotros no pagamos lo que deberíamos; esto nos lleva los siguientes dos puntos.
  2. Corrupción. La informalidad siempre será un caldo de cultivo para los pagos ilegales, tanto entre particulares, como entre gobierno y ciudadanos. Un pequeño comercio paga más de mordidas a inspectores que lo que pagaría de impuestos y gastos de formalización. Una obra pública es mucho más cara por los sobornos que se registran en los procesos de licitación, por la falta de transparencia y efectividad en los procesos.
  3. Baja recaudación de impuestos y pocos contribuyentes. México es uno de los países que recauda menos en impuestos; muchas décadas esta situación fue secundaria, pues el petróleo subsidiaba a los informales; pero hoy como la producción de petróleo está en declive y por tanto los recursos fiscales derivados, esta debilidad empieza a ser un factor crítico para el país: en 2010 esto se reflejará con más impuestos a los mismos contribuyentes.
  4. Inversión insuficiente. Tanto en el sector público como en la iniciativa privada, la informalidad limita la inversión, pues no existen incentivos suficientes para destinar recursos que tardarán en generar un retorno. Esta carencia se ve reflejada en los siguientes tres puntos.
  5. Tecnología obsoleta. Pemex es un ejemplo inigualable para ilustrar cómo una empresa con un flujo de efectivo otrora envidiable no invirtió un sólo peso en su futuro: no lo hizo en extracción, tampoco en refinación, menos en energías alternativas. Petrobras es la otra cara de la moneda y hoy es una empresa rentable; por cierto que hoy por la mañana escuchaba a un funcionario de Hacienda señalar que México tiene problemas porque la producción en petróleo decayó, a diferencia de Brasil: claro que nunca señaló las causas. Regresando, la informalidad de los negocios pequeños impide una visión de mediano plazo y por tanto no hace sentido invertir en algo que podría ser temporal.
  6. Utilidades decrecientes. Para mejorar la rentabilidad de manera sostenida, sólamente existe un camino:  productividad creciente. Y esto se logra con tecnología más avanzada (que no tenemos como señalamo en el punto anterior) o capital humano de calidad. Para atraer, desarrollar y retener talento hay que invertir en recursos humanos, lo que es muy difícil de imaginar en la mayoría de las empresas del país. La visión de corto plazo nos lleva al siguiente punto.
  7. Salarios bajos. Dado que el capital humano es poco calificada o tiene una especialización muy baja, difícilmente es posible subir los salarios de manera sostenida; dicho de otra forma: los salarios deben estar en línea con la productividad de los empleados, pero si no hubo inversión en recursos humanos (y esto viene desde la primaria, pasando por la secundaria, prepa y la universidad, hasta los cursos técnicos en las empresas) pues muy difícilmente la productividad será alta.
  8. Atractividad baja del país. Este punto es el efecto de los anteriores: los capitales dejan de fluir y las calificadoras bajan la calidad de la deuda pública del país.

En resumen, el panorama es el siguiente: competitividad y productividad bajas, salarios bajos, ganancias decrecientes, tecnología obsoleta, capital humano no calificado, inversión insuficiente, recaudación baja, corrupción creciente y falta de transparencia. No se trata de describir por describir un escenario desolador, sino más bien puntualizar en dónde estamos parados.

Es importante que identifiquemos nuestras debilidades con precisión, para actuar en consecuencia. Es indeseable ocultarlas o minimizarlas, pues esta falta de seriedad o conciencia informal es la que nos ha traído a este punto. También es indispensable que, como ciudadanos, identifiquemos en dónde nos toca participar y -como revisamos en líneas anteriores- hay acciones muy precisas que están de nuestro lado. Es indeseable asignarle al gobierno la responsabilidad de nuestros problemas, pues los ciudadanos somos “culpables”, cuando menos, de la mitad de ellos.

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Notas al margen:

  1. A propósito de la informalidad, hace una semana y media publiqué un artículo en el Bog Living la Vida PyME titulado: Formaliza tu negocio: 3 razones para dejar el mundo subterráneo.
  2. La informalidad de la experiencia en la cirugía de mi esposa se coronó con el espectáculo que nos dieron la compañía aseguradora y la caja del hospital: sólamente tardaron cinco horas en ponerse de acuerdo y cerrar la cuenta: a las 10 de la mañana los doctores dieron de alta a mi esposa y no fue sino hasta las 3 de la tarde que estábamos abandonando el hospital.
  3. Por cierto que -por si alguien se preguntaba- la operación salió muy bien y mi esposa está ya en casa recuperándose.
  4. Otra cosa: no pagué ni con tarjeta ni con efectivo, menos con cheque; les realicé una transferencia electrónica, lo que cuando menos ya pasó por la cuenta de cheques de la asistente de la cirujana.

Jueves ordinario: ignorando la corrupción

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Esta semana se publicó -pasando prácticamente inadvertido para nuestra sociedad- el índice de corrupción de 180 países en el mundo. El resultado para nuestro país era el esperado: más corrupción. Empeoramos 17 lugares y pasamos del lugar 72 al 89; el asunto no es que haya otros 91 países más corruptos que el nuestro, sino que hay 88 menos corruptos, con un índice significativamente mejor y que además varios países “pares” están mejor que nosotros. La lista completa puede consultarse en la página de Transparency International – Corruption Perceptions Index 2009 y también un mapa interactivo que ilustra con claridad las posiciones mundiales.

Índice de Percepción de Corrupción 2009

Este índice de Transparencia Internacional (TI) es el más conocido, fue publicado por primera vez en 1995 y mide la percepción del nivel de corrupción existente en el sector público de 180 países.

Está basado en encuestas de expertos y sitúa a cada país en una escala del 0 al 10, donde 0 significa más corrupción y 10 menos. La metodología puede encontrarse en CPI 2009 methodology. Preocupa que la mayoría de los países (129 de los 180) sacó una calificación menor a 5. 

Los países con resultados más bajos son “estados frágiles, inestables y que han estado en conflictos violentos por mucho tiempo”, de acuerdo con conclusiones de TI. Los más bajos son: Somalia (1.1), Afganistán (1.3), Myanmar (1.4) y Sudán (1.5).

Los países con mejores resultados son Nueva Zelanda (9.4), Dinamarca (9.3), Singapur (9.2), Suecia (9.2) y Suiza (9.1). Estos resultados reflejan “estados con estabilidad política, regulaciones para resolución de conflictos de interés establecidas desde hace mucho tiempo e instituciones públicas sólidas y funcionales”. 

México ocupa el lugar 89 y preocupa lo siguiente:

  • Obtuvimos una calificación de 3.3.
  • Chile y Uruguay obtuvieron más del doble: 6.7 y ocupan el lugar 25.
  • España sacó un 6.1 y ocupa el lugar 32.
  • Costa Rica con 5.3 en el lugar 43
  • Brasil con 3.7 en el 75.

Con estos resultados no hay mucho más que decir sobre lo que sufrimos cotidianamente los mexicanos. Lo que sí cabe señalar es que sólo la participación activa de la ciudadanía logrará que cambiemos esta situación. Así lo señala Huguette Labelle, Presidenta de TI, y sobretodo así se ha demostrado en los países que están mejor que nosotros.

Nos nos confudamos al pensar que esto es un tema que van a resolver los políticos, pues esta vieja creencia es la que nos tiene en ese lugar, lo que a su vez constituye el principal factor por el que nuestro bienestar como sociedad se ha estancado. Está en nuestras manos cambiar ese lugar, por más increíble que parezca; incluso el asunto podría tornarse más crítico, pues sólo está en nuestras manos resolverlo: los políticos no tienen interés alguno en modificar el esquema de privilegios que se han construído, ¿o sí?

 

Jueves ordinario: el mosaico mexicano

Nuestro querídisimo país es de los pocos sitios en el mundo con combinaciones tales que la incredulidad se suma a una fascinación casi insoportable. Sucede, además, que cuando creemos haberlo visto todo, aparece de pronto -como si de un regalo divino se tratara- una nueva sorpresa que no hace más que maravillar a nuestra mente y confundir a nuestro espíritu.

Pues bien, que el día de hoy se ha dado una muestra indiscutible de nuestra gran capacidad de seguir sumando al surrealismo y de evidenciar que la cuarta dimensión asociada al tiempo es posible materializarla en las calles de la ciudad de México.

El pasado, representado por el sindicalismo, buscando desquiciar el tránsito, bloqueando avenidas de flujo intenso, dando una pelea más para preservar sus privilegios. Este grupo corporativista y clientelar está decidido a extender -en la medida de lo posible- su coto de poder que el estado mexicano le adjudicó desde los tiempos de la Revolución. El Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), particularmente los afectados por la extinción de la empresa paraestatal, Luz y Fuerza del Centro, ha sufrido un golpe que le está cortando el flujo de la sangre que le da vida: las cuotas sindicales. Es un pasado que se negará a morir y buscará todos los medios para integrarse en otros espacios retrógradas que siguen existiendo; un trozo de pasado que convive hoy con otros tiempos; un trozo solamente, pues el sindicato más dañino y mucho menos vulnerable no será tocado todavía: ése que es el más grande de América Latina y concentra la mayoría de los gastos orientados a la educación.

El presente, representado por la fuerza pública: buscando evitar que se paralizara la ciudad. El clímax se vivió con el enfrentamiento en la carretera de Querétaro: seis policías atropellados (afortunadamente sin lesiones graves) y once manifestantes detenidos. Bien que mal, la policía logró desactivar de alguna manera el “paro cívico” convcado por los grupos de choque pertenecientes al pasado y que insisten en extenderse. Así, el pasado chocó con el presente de manera violenta, haciendo evidente que los intereses se han desajustado: el gobierno estorba al sindicalismo y el sindicalismo ya no le es útil al gobierno -cuando menos no el SME.

El futuro, representado por la ciudadanía. Millones de mexicanos salimos, como cualquier otro día, a nuestras actividades, a la escuela y al trabajo. Los ciudadanos de a pie, ésos que tenemos el poder al alcance de la mano, no nos comportamos como víctimas ni fuimos pasivos: salimos y llegamos a nuestro destino. Nos apoyamos en la tecnología y aunque muchos llegaron tarde, los más importante es que llegaron. Logramos enfrentar el día y -a la vez- hacer a un lado esos dos trozos que nos están estorbando: el pasado sindicalista y el presente disfuncional. Un punto a nuestro favor es que estamos poniendo a los medios de comunicación a nuestro servicio y que -bien que mal- la policía también se puso de nuestro lado.

Es un pequeño gran triunfo del futuro. Es verdad que este pasito no cambiará los problemas estructurales del país por sí solo, pero también es verdad que sólo así, paso por paso, es que podremos alimentar (y cambiar) la percepción de que es posible mirar hacia adelante y dejar esas trabas que nos han estado asfixiando por tantas décadas.

Hoy brilló un bloque del mosaico mexicano que poco a poco va despertando; el cuestionamiento -observará alguien escéptico y tal vez muy realista- es si seremos capaces de transmitir esta unión al día a día o si seguiremos mas bien apáticos y culpando al pasado y a la ineficiencia del presente por la desesperanza que nos hemos empeñado en asignarle a nuestro futuro.

Imagen de Ojo digital

Jueves ordinario: la conjetura de Poincaré

Entre matemáticos (grupo al que no tengo el gusto de pertenecer, pero sí de admirar), la conjetura de Poincaré es bien conocida como uno de los problemas matemáticos más fascinantes de todos los tiempos: apareció en 1904 y fue resuelta hasta 2003. Trata sobre la forma del universo: esférico tridimensional, sin fronteras y finito.  Es el título del libro que estoy leyendo en estos días, publicado por la serie Metatemas (que trata asuntos científicos de una manera divertidísima) y escrito por el matemático canadiense Donal O’Shea, que es decano en una universidad en Massachusetts.

Pues bien. Todo esto viene al cuento, pues ayer que hablábamos de béisbol en una comida, resaltábamos cómo los números son parte fundamental en este juego, lo que contrasta con la falta de ellos en el fútbol soccer. En Estados Unidos no sólo se dan el lujo de publicar libros que van a ser leídos; no, además son capaces de escribir unos sobre matemáticas y teoremas de geometría analítica, sabiendo que van a ser exitosos. La conjetura que me aventuro a lanzar es que los juegos que nos inventamos como cultura, determinan el rigor intelectual que desarrollaremos como seres humanos en lo particular y como grupo en lo general.

No sólo funciona esto en temas literarios y académicos, sino también en asuntos de negocios y laborales. La productividad de bateo -por citar un ejemplo- que se utiliza con tanta naturalidad entre los niños que practican el béisbol, que resulta de calcular un porcentaje y una idea clara del éxito considerando las posibilidades, es algo que ningún niño -que patea la pelota todo el día- imagina. Cuando el otrora niño beisbolero emprende un negocio o ingresa al mundo laboral, sabe que su desempeño estará no sólo medido, sino que habrá acciones específicas que determinarán que tenga éxito o no; cuando el otrora niño que creció pateando la pelota y asistiendo a escuelas de bajo nivel (como las de nuestro país) encuentra algún trabajo, no tendrá en mente la productividad, no.

No llama la atención que entre adultos de clase acomodada en nuestro país se escuche decir que el “beis” es lento y aburrido. Pues claro: no tiene la dinámica atropellada del “panbol”; no, de manera intencional cuenta con pausas que intercalan el análisis y la reflexión con la ejecución de las jugadas. Así, estos niños “peloteros” saben que en todo momento existen tácticas y acciones que determinan el resultado; en contraste, los de las patadas, van por un continuo interminable donde el aprendizaje intuitivo y la habilidad personal son las que definen el resultado.

¿A cuántos años de desarrollo estaremos de nuestro vecino del norte en términos de rigor intelecual y capacidad de aprendizaje? ¿A cuántos?, si allá no solamente tienen el hábito de leer: se dan el lujo además de disfrutar leyendo a renglón corrido las demostraciones geométricas de Euclides, así como hacer de una demostración matemática, toda una odisea intelectual de la vida de seres humanos: desde los fenicios y los griegos, hasta los hombres brillantes y extravagantes que han continuado esos emprendimientos que tanto han aportado a la ciencia, a la tecnología y por tanto a todas las comodidades con las que vivimos hoy en día.

En este sentido, sería recomendable desarrollar un par de hábitos en nuestros niños (incluso entre nosotros, pues nunca es tarde):

  1. La lectura, y
  2. El gusto por las matemáticas:
    • En el ámbito escolar (o laboral), y
    • En los juegos cotidianos.

Imagen de taringa