Jueves ordinario: el camino ignorado o ¡Ya bájenle!

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Existe un instante que cambia nuestra vida por siempre: y sucede todos los días. Está en nuestra esfera de influencia, en nuestra voluntad y en nuestra conciencia: se presenta al pensar o actuar, al hablar o leer, al escribir o  escuchar. Sucede cuando convertimos esas acciones en manifestaciones proactivas y -que con los ojos abiertos y los demás sentidos alertas- somos capaces de concientizar que en ese momento estamos cambiando nuestro destino. Y también sucede cuando no nos damos cuenta. Al elegir, desechamos (concientes o no)  un camino que fue posible para nosotros: lo relevante no es que las decisiones impliquen renuncias; no, lo importante es que la mayoría de las veces estamos tan ocupados en nuestros asuntos cotidianos que ni siquiera nos damos cuenta que sucedió este evento trascendental. Nos perdemos la mayoría de nuestras decisiones y -con ello- ignoramos que estamos renunciando a posibilidades que tal vez hubiéramos deseado experimentar.

Pues bien. El silencio que como sociedad hemos elegido está provocando que alguien más decida por nosotros. Para que esto no suceda, este jueves propongo una acción concreta: apoyar una iniciativa de la sociedad civil mexicana: ¡Ya bájenle!. La iniciativa está orientada principalmente a reducir el gasto público otorgado a los partidos políticos, pero también que se realice una reforma electoral. Quien patrocina esta iniciativa es Alianza Cívica, organización de ciudadanos fundada en 1994 orientada principalmente a vigilar las elecciones; hoy en día ha ampliado sus objetivos a la vigilancia del ejercicio del gobierno.

El día de hoy se emitió el boletín de prensa en el que se destaca que México tiene el mayor costo electoral de América Latina y en particular la propuesta es reducir los recursos destinados a los partidos políticos. El apoyo que esperan de nosotros es que, al entrar en la página ¡Ya bájenle!, demos nuestros datos para que puedan enviar un correo electrónico a los diputados. No perdemos nada y me parece que sí ganamos -cuando menos- al empezar a crear nuevos espacios de integración ciudadana.

Una decisión importante que tenemos hoy como ciudadanos es cambiar nuestra conjetura inconciente de que nada va a cambiar y que por ello es mejor no hacer algo. Hoy, en este instante, podemos pensarlo dos veces y empezar a cambiar esa creencia y sumarnos a organizaciones ciudadanas apartidistas para desarrollar fuerza y tener una repesentación real de nuestros intereses. También podemos ignorar este camino.

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Jueves ordinario: el sentido contrario

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“¿Uno?”, se preguntó irónicamente el conductor que circulaba en el periférico y se respondió seguidamente: “¡Son miles!”, mientras escuchaba en el radio un reporte vial que alertaba sobre un loco que se había metido en sentido contrario en la otrora vía rápida.

Así nos comportamos como país. El chiste nació -entiendo, aventuro- al tratar de ilustrar una situación cómica del comportamiento aislado de un individuo que vivía dentro de una sociedad más o menos funcional, apegada en su mayoría a las reglas y sobretodo al sentido común. Pero la comedia trasciende de tal forma que la tragedia se convierte en un sustantivo generalizado.

Hemos transitado de la buena voluntad ingenua a la necedad dogmática: en este nuestro país guiamos nuestro pensar con creencias socialistas absurdas desprendidas del estado sobreprotector y actuamos en la práctica con un ingenio miope y egoísta que atenta contra nosotros como sociedad y como individuos. Hemos superado los excesos del comunismo y al mismo tiempo instalado la desigualdad que sólo en las peores pesadillas del capitalismo podrían presentarse.

La radiografía es desalentadora en múltiples aspectos y la cereza en este pastel rancio la aportamos de dos maneras desde dos figuras protagónicas y antagónicas:

  1. La clase política focalizada en mantener sus privilegios como fin principal: asegurando un flujo continuo de recursos hacia sus estructuras burocráticas. Hay que decir las cosas como son: el alza de impuestos está orientada a cubrir principalmente el incremento en el gasto corriente del gobierno: ése, que se concentra en sueldos de  funcionarios públicos y en el mantenimiento de los partidos políticos.
  2. La sociedad paralizada, desconcertada, sin saber cómo organizarse para exigir que el gobierno cumpla con sus asignaciones básicas: preservar el orden; garantizar condiciones mínimas para el ejercicio de la libertad económica y política; e implantar acciones efectivas de equidad.

Ante esta situación los ciudadanos de a pie tenemos dos opciones, derivadas ambas de la confianza que tengamos en nosotros, tanto en lo individual como en lo colectivo:

  1. La resignación. Esta actitud se presenta en diferentes envolturas: indiferencia, crítica destructiva, aislacionismo, agresividad, enojo, pasividad, desesperanza y huída, entre otras. El resultado -independientemente de la forma de manifestarlo- será siempre el mismo: contribuir a que las cosas no cambien.
  2. La colaboración.  Esta actitud requiere un poco de reflexión y de visión generosa. Consiste -por increíble que parezca- en colaborar con el gobierno en las bases fundamentales de nuestro estado democrático (como pagar impuestos y votar por citar los principales) y al mismo tiempo ejercer el derecho que esa primera acción nos regala: exigir cuentas al gobierno y a los políticos.

Así, la única opción que tenemos -de acuerdo a esta reflexión ligera de jueves- es salir de la pasividad como sociedad para entrar en una dinámica de colaboración. Parece chiste y podría serlo si no supiéramos que hay millones de mexicanos (como tú y como yo) que buscamos dejar un futuro mejor a nuestros hijos aquí en nuestro país; y sabemos que para lograrlo de fondo y de manera perdurable es necesario colabrar con el gobierno, sí, pues aporta bien que mal orden y libertad; pero sobretodo que colaboremos entre nosotros para formar un frente común que nos permita diseñar e instalar un esquema efectivo de gobernancia.

Lo primero que tenemos que desarrollar es una conciencia común de que sí es posible cambiar las cosas. Para ello, sin embargo, no es suficiente la voluntad: es necesario puntualizar qué aspectos son los fundamentales sobre los que exigiremos cuentas y la manera en que lo realizaremos. Los puntos a seguir nos son tantos y se pueden agrupar en 3 aspectos:

  1. Orden. Principalmente orientado a que los policías y jueces locales hagan su trabajo. Para ello, es necesario crear un espacio de comunicación contínua con el gobernante delegacional o municipal.
  2. Transparencia en las finanzas públicas. Principalmente en la erogación de recursos, buscando que éstos se asignen  en las partidas para los que se han etiquetado. Es necesario asegurar que el dinero público no sea robado y verificar que las inversiones se ejecuten con celeridad y eficiencia. Para ello, debemos exigir un informe contable y eliminar los informes políticos.
  3. Corrupción. Es necesario reducirla en sus 3 principales ámbitos: corrupción política, corrupción en contratos públicos y corrupción privada. Cabe señalar que Transparencia Internacional  considera 2 ámbitos adicionales: corrupción internacional y pobreza y desarrollo.

Existen herramientas efectivas para instalar esto que parece un sueño y muchos países han logrado avances significativos en esta materia; países, que como el nuestro, padecían de estos problemas hace algunos años. Para ello es necesario que las personas ordinarias seamos capaces de tomar en nuestras manos el protagonismo del cambio. Comparto la siguiente cita del director de Transparencia Internacional, respecto a los Premios de Integridad  que se otorgan anualmente a ciudadanos comunes:

“Fighting corruption requires more than tools and programmes; it requires role models who inspire. Transparency International’s Integrity Awards highlight the role models who have demonstrated a commitment to their values and beliefs by their courageous actions. Integrity awards winners provide a sense of hope and empowerment – they demonstrate that it is possible for ordinary people to do extraordinary things. Integrity awards winners are the heroes of the fight against corruption. “

TI Chair, Huguette Labelle

Este movimiento inició con personas que se sentían como ese conductor: avanzando en el camino equivocado. Pero, poco a poco, desarrollando la conciencia y alimentando la voluntad ha sido posible mejorar la situación en muchos países del mundo. Hoy, en México, estamos en una disyuntiva tal que sólo los ciudadanos comunes podremos cambiar nuestro destino. Es posible -a pesar de todo- que nuestra generación no pase inadvertida y que (contra todos los pronósticos) sí seamos capaces de iniciar el cambio que tanto hemos esperado; ese cambio que creíamos responsabilidad de alguien más, cuando todo el tiempo ha estado en nuestras manos: listo para que lo impulsemos nosotros mismos.

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Notas sobre América Latina y México

1. Para iniciarnos en estas acciones, es necesario estudiar qué conceptos existen y sobretodo qué indicadores de aplicación inmediata. El apartado de Corrupción en América Latina explica estos indicadores:

  • Índice de Percepción de la Corrupción
  • Índice de Fuentes de Soborno
  • Barómetro Global de la Corrupción
  • Estudios del Sistema Nacional de Integridad
  • Herramientas para Medir la Corrupción y la Gobernabilidad en Países Latinoamericanos
  • Capítulos Nacionales: Instrumentos de Medición
  • Taller internacional sobre medición de la corrupción (México, diciembre 2003)

2. Transparencia Mexicana ha entregado 4 informes sobre corrupción: 2001, 2003, 2005 y 2007 y en ellos pueden encontrarse los índices respectivos sobre gobiernos estatales, además de los costos económicos que los hogares mexicanos hemos tenido que absorber.

Imagen de Planeta Curioso

Jueves ordinario: Influencias (el original)

 Cuento escrito el 22 de octubre de 1994

Abrí la puerta de la cochera y paladeé el sabor dulce de la mañana. Las mañanas me recuerdan el potencial que debo explotar, provocan que me pierda en mis sueños y logran que anhele fervientemente alcanzar mis metas.

El vecino de la casa de enfrente me saludó tímidamente, como avergonzado por inmiscuirse en mi existencia. Le regresé el saludo tratando de parecer amable y pregunté: “¿Madrugando?”. Con un aire de fingida humildad asintió dándome a entender que sus labores así lo exigían.

Levanté la maleta que había colocado sobre la cajuela del coche y la colgué de mi hombro derecho. Parecía estar más ligera. Titubeé un segundo recordando si llevaba lo necesario, después cerré la puerta y caminé hacia la parada del camión. Al fondo de la calle pude distinguir cómo un muchacho vestido con traje encendía un cigarro. Imaginé pasearme el humo por la garganta y suspiré justificando el por qué de mi abandono al tabaco. Una bocanada de humo se dispersaba sobre la cabeza del muchacho, seguidamente surgía otra más intensa. La punta de su cigarro se iluminaba, luego se oscurecía. Con un leve movimiento de cabeza percibió que me acercaba y, sin más, me ofreció un cigarro. Yo lo acepté y me alejé sin haberlo prendido. (Más tarde lo encendería: cuando el encanto de la mañana se hubiese diluido).

Cuando superé la calle y volteé la esquina vi cómo se alejaba el camión que debía abordar. Fingí correr y los pasajeros se burlaron de mí arrojando sus carcajadas sobre mis hombros. Fue entonces que decidí caminar.

Por arriba del parque situado a la derecha del camino sobresalían los volcanes. Se encontraban ahí desde siempre y yo apenas digería su existencia. Una piedra aforme se cruzó en mi camino golpeándome el tobillo malo. La levanté y fingí lanzarla, después la guardé en mi maleta.

Unas calles más adelante reconocí al conductor del camión: hablaba con una pared, parecía darle consejos de moral. Me acerqué y él, asustado, se disculpó por interferir en mi camino. “Disculpe, no sabía que usted me observara”. Sin darle importancia a su estupidez pregunté dónde había dejado el camión. Primero contó una historia sobre política de concesiones. Cada vez se alejaba más del instante: hablaba de jefes y llantas. Percibió que no tenía interés en su plática, entonces giró su cuerpo y continuó su plática con la pared. Le perdoné su descortesía y seguí caminando.

Unos minutos después olvidé mi destino; las carcajadas de los pasajeros retumbaban en mis oídos y lastimaban mi columna. La voz perdida del conductor me proponía que volviera; que iniciara nuevamente. Traté de recordar el camino de regreso y sólo encontré situaciones distintas; incluso los volcanes ya no se encontraban sobre el parque: flotaban entre las nubes.

Caminé perdido durante horas, sólo la maleta que jalaba mi hombro parecía darle sentido a mi vagar. Imaginé que dentro de ella guardaba los momentos más preciados, los más intensos. Sin desearlo, me econtré parado frente a la cochera. Fingí abrirla y cerrarla. Busqué al vecino y sólo encontré vació. Entonces saqué mi cigarro. Lo encendí y fingí recordar mi nombre.

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Notas de Influencias

Este cuento lo escribí para un concurso de literatura del TEC, pero nunca lo entregué. Por alguna extraña razón entregué otro llamado “Usher” y del que no dispongo una copia: de hecho lo reescribí hace casi dos años bajo el título de Intrusa en Puebla 158.

Hay otros dos cuentos escritos a partir de éste (que hoy publico): Influencias 2 (cuento) e Influencias 3 (otro cuento). Incluso escribí un Jueves oridinario que se título La influencia donde confieso no encontrarlo y al tratar de recordarlo modifico -sin intención- la historia original.

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Notas del Jueves

Confieso que toda la semana he tenido la intención de no escribir. Desde el domingo he estado pensando en una reflexión que se llama “La duda” y que escribí hace quince años; sobra decir que no la encontré, pues de lo contrario estaría aquí publicada.

Revolví mis papeles y también mis papás lo hicieron en su casa. Bueno, mi esposa revolvió los suyos y por cierto se encontró con un par de botellitas de minibar que nos tomamos cuando nos comprometimos en Veracruz en 1998.

En fin, encontré varias reflexiones: unas de 1991 escritas con martillo -rabia y pasión incontenible; otras de 1993 un poco más mesuradas; unos cuentos de 1994 y ahí fue que encontré este cuento; incluso encontré un pequeño cuadernillo que lleva por título “Borradores” y que escribí en 1996.

Hay que hacer estas cosas en fin de semana, porque nunca se sabe qué puedes encontrar: por lo pronto, un pasado intenso que al tocarlo en estas hojas manchadas de ideas provocan un vértigo casi insorportable; un sueño continuado de búsqueda del sentido cósmico de mi ser; y, sobretodo, un reconocimiento pausado y revelador de motivos anteriores que no se han apagado.

Jueves ordinario: el nuevo ídolo de los niños

“Nunca me imaginé que un hijo mío fuera fan de Michael Jackson”, sentenció mi esposa el sábado pasado. Nos habíamos pasado una mañana hijo-papá muy intensa viendo los vídeos más famosos del otrora intérprete de “Bad” -por cierto que no recordaba que el coprotagonista del vídeo era Wesley Snipes. El martes llevé a Bruno al colegio y en el camino escuchamos  -entre otras- “Beat it”, “Billy Jean” y “Smooth criminal”; cuando se bajó, me sonrió con unos ojos de complicidad tal, que salí disparado con un ímpetu casi salvaje al desayuno semanal.

No es la primera vez que sucede esto de la muerte y con ella la llegada de una ola abrumadora de nueva popularidad. Lo curioso es que ésta nos está llegando a través de los niños. Muy probablemente a nosotros ya no nos entusiasmaba (si alguna vez lo hizo) escuchar nuevamente alguno de los éxitos del multimillonario cantante, pero una vez que vemos a nuestros hijos escuchar atentamente para después cantar y al final bailar con todo y pasitos -unos muy provocadores y fuera del marco moral- no podemos (cuando menos yo) mas que emocionarnos con ellos. Mi esposa tiene principios muy claros, por lo que nos tira de a locos y reprueba nuestras indiscreciones con movimientos de cabeza enérgicos y un andar firme y de pasos cortos, pero sé que en el fondo también le da un poco de gusto -bueno esta última aseveración es peligrosa, pero igual la dejo (es la tercera vez que la borro y la reescribo, pero hay momentos en la vida que uno debe mostrar determinación y sobretodo valentía).

Así, estas semanas han sido de una pasión incontrolable por el rey del pop, pero antes de él los “Jonas Brothers” eran lo de hoy; y poco antes “High School Musical” (resulta que hoy son para niñas y para niños de kínder); uno más o menos permanente ha sido Luis Pescetti; y sé que con su mamá tiene varias canciones de algunos grupos más o menos actuales (como “Jesse & Joy” y “3 Doors Down”); lo que sí no le gusta son las ochenteras y noventeras que marcaron mi andar confiado en cinturas 28 y copetes presumidos de juvetud: ésas no. Tal vez me sorpenderá en unos años: ya veremos qué me inventaré cuando intentemos bailarlas en una cintura 34 y calvicie completa (ja!).

En fin, nuevamente Michael Jackson se ha convertido en un fenómeno y me he sorprendido (más por despiste del momento inicial de antaño) lo bien hechos que están los videos y qué agradable es la música, además de las coreografías increíbles y los movimientos magistrales al bailar del nuevo ídolo de los niños. Lo he disfrutado, lo confieso y no tengo empacho alguno en aceptarlo. Claro que hay un torbellinio de siete años que me pone en sintonía con solo regalarme un par de palabras y una sonrisa pícara e irresistible.

Jueves ordinario: Marcelino y los días del TEC

Hace catorce años que iniciaba el noviazgo con mi esposa, estaba lleno de ilusiones. Estudiábamos los primeros semestres de la licenciatura y coincidíamos en muchas clases; en particular, recuerdo nítidamente la de Contabilidad de Costos, en la que el profesor Corominas llevaba varios semestres aplicando los mismos exámenes: idénticos. Era una práctica común de los alumnos pedir a otros alumnos los exámenes de semestres anteriores: para estudiar y hacerse una idea clara del esquema evaluatorio de cada profesor, pero Corominas se pasaba …

// “Si ustedes no vienen a buscar el mejor puesto, si ustedes no vienen a ser el Head Coach, no sé a qué vienen”, sentenció el famoso Manuel “Pibe” Vallarí. Fue en 1995. Estudiaba Economía en el TEC y también era coach de QBs de la juvenil AA de los Borregos del CCM. Y esa frase del que es considerado por muchos como el mejor jugador del siglo pasado se ha quedado grabada en mi mente desde entonces; estábamos en un taller de coacheo en las aulas del campus del TEC. //

Yo estaba llegando del ITAM, después de estudiar varios semestres ahí y decidir que esa universidad no me estaba llevando a donde quería. Así, me cambié al TEC e insistí con Economía. También con mi afición por la Filosofía. Es curioso que trataba de convencer a un par de profesores (los “duritos” como lo he señalado antes y que eran egresados de la UAM y el Colmex) que ambas disciplinas coincidían en el origen y en el fin; nunca tuve eco, a pesar de que sacaba a la luz que varios economistas clásicos y neoclásicos primero fueron pensadores brillantes tanto en Ética como en Filosofía, como ejemplos Adam Smith y John Stuart Mill. El primero se especializó en Filosofía Moral y su primera publicación fue Teoría de los sentimientos morales en 1759: diecisiete años antes de escribir su obra magna. El segundo, educado bajo las recomendaciones del Emilio de Rousseau escribió sobre la libre expresión en 1824, a sus dieciocho años de edad; veinticuatro años más tarde publicó su obra principal. El primero, el padre de la economía: clásico; el segundo, clásico tardío: neoclásico. Ambos orientados a buscar el bienestar social y a ejecutarlo desde la libertad individual con fundamentos en los valores humanos universales. Sí, mi noción de Economía y Filosofía tampoco iba a encajar en el TEC, pero cuando menos ahí encontré disidentes del monetarismo: keynesianos empedernidos que rayaban casi en la ingenuidad populista de los setenta.

// Ese equipo de la juvenil era impresionante: los jugadores más altos que todos los coaches, más fuertes, más rápidos. Tenían un talento que nunca había visto. Teníamos pinta de campeones; y lo hubiéramos conseguido, pero no fuimos capaces de ganar el campeonato: pequeño detalle que ese equipo no estaba destinado a salvar. Muchos años pensé (y muchos de mis colegas también) que fue cuestión de fortuna en la última jugada cuando con un pase de más de 40 yardas nos anotaron para empatar y mandar el juego a tiempo extra; pero he recapacitado y me doy cuenta que esa fue la circunstancia solamente: la realidad y la causa siempre estuvieron ahí. Lo vi desde el primer juego de scrimage contra los Guardias Presidenciales: no nos la creíamos: nos faltaba fe. //

Disfruté muchísimo de los jardines del campus, donde leí Filosofía y escribí Poesía. Fui un extraño, sobretodo cuando me ponía así: imaginen las críticas de mis compañeros economistas (utilitaristas) o las burlas de los jugadores que cursaban la prepa en el edificio Aulas I, que siempre me pareció un auténtico zoológico. Vi el cielo muchas veces ahí, vi mis sueños cuando las nubes se movían -ligeras- empujadas por ese viento sureño de la ciudad de México. Tengo por ahí muchas reflexiones en puño y letra; sobretodo, en esas bancas están esos pensamientos que se fueron construyendo con materia prima diversa: Economía, Filosfía, fútbol americano y -sí- noviazgo. Es ahí donde nace Marcelino.

// Empecé el año de 1996 como estudiante de quinto semestre y también como coach de la juvenil A. La temporada anterior fui coach por puro amor al arte, pero ese año ya necesitaba ingresos, pues la beca familiar estaba llegando a su fin. El coordinador de deportes determinó que no podía contratarme y al siguiente día me llegó una oferta de trabajo. Estábamos en plena crisis financiera y el trabajo fue en el Fobaproa: del fútbol americano a las finanzas; de la vida estudiantil a la laboral: crucé el puente del no retorno -algo que Nietzsche nunca hubiera podido imaginar, pues además de que no practicó deporte alguno (por su fragilidad física) tampoco trabajó en los términos que entendemos los que no somos filósofos de profesión. Mi abandono no fue inmediato, pues todavía en el segundo semestre de 1996 jugué mi última temporada, en la intermedia libre: a los veinticinco años todavía lancé algunos pases y aprendí nuevas jugadas. ¿Pueden imaginar la adrenalina que recorre el cuerpo cuando estás detrás del centro, gritando las voces -todo en silencio- frente a la defensiva lista para lo que sea, en Pachuca, en un partido “calientito”, pues los del TEC traíamos el estigma de “fresitas”? Sí, yo también la imagino ahora que además la recuerdo. No diré -por supuesto- que en ese juego mi participación acabó con una intercepción y un dolor de cabeza insoportable cuando al tratar de ir a taclear me “planchó” el linebacker. No, mejor quedémonos con la adrenalina y esa sensación de libertad de hacer un engaño y lanzar un pase que debió ser TD. Al día siguiente fui al centro a trabajar, al edificio de Palma, donde se ubicaba el centro de expedientes de Banamex. //

Era el amuleto. Marcelino. Lo llamábamos cada vez que planeábamos el futuro: terminar la carrera, viajar, casarnos, viajar, comprar nuestra casa, ¿hijos?, no mejor viajar y … sí: ahí aparecía Marcelino cada vez. Nos empezamos a poner serios, terminamos la carrera, trabajamos, viajamos (menos de lo planeado), nos casamos, viajamos otro poco y después llegó ese niño que nos ilumina diario. Poco a poco Marcelino se fue esfumando, dejamos de llamarlo y sólamente por los caprichos esos que tiene la mente lo recordé ayer en la mañana: cuando utilizaba la anécdota del “Pibe” Vallarí con un compañero de trabajo: ahí apareció Marcelino: con su pantalón negro y sus zapatos de charol, su camisa blanca de manga larga y su corbata de moño negro: ahí, mi Marcelino -entremezclándose con las palabras del “Pibe”- con sus ojos brillantes y su movimiento siempre dinámico, ahí: sirviéndome un trago: porque alguna vez en esos años de sueño y de ilusión, imaginamos una casa muy grande, con una barra fenomenal atendida por nuestro cantinero, Marcelino.  Fue un personaje que nos acompaño muchos años y que en broma (y no) significó mucho: ¡qué olvidado te tenía, amigo mío!

Imagen de la Galería de esponjorge