Jueves ordinario: crónica de un oficinista

Bajo cualquier otra circunstancia, esta crónica resultaría absurda. Sin embargo, es verídica e incluso ordinaria bajo las condiciones de esta semana. Es muy probable -además- que en unos días parezca exagerada. Pero no hoy.

Inocencio llegó a las ocho y media en punto a su nuevo trabajo. Era muy afortunado por haber conseguido ese puesto, pues las condiciones económicas eran muy desfavorables. Fue contratado a prueba de tres meses como analista de riesgos.

Se sentía muy nervioso y no dejaba de preguntarse si cumpliría con las expectativas. Su experiencia previa se reducía a una pequeña empresa familiar. Supo que su día sería inusual cuando el guardia de la entrada le entregó un tapabocas. El sábado anterior el secretario de educación había anunciado la suspensión de clases por “tres días y pico”. Por tanto, no parecía tan raro que se tomaran algunas medidas preventivas en las empresas. Sin embargo, nunca imaginó que entraría prácticamente enmascarado a su primer día de labores.

Se registró en el libro de entradas y subió al piso que semanas antes había visitado para entrevistarse con quien sería su jefe. Dio vueltas por algunos módulos y por fin reconoció un póster de una campaña, donde aparecía un señor creciendo en una escalera. Estaba un poco mareado, pues la respiración se le dificultaba, pero entró con decisión. Su jefe ya lo esperaba y le dio la bienvenida, indicándole que no saludara de mano y que procurara guardar distancia entre sus compañeros. Recorrió una veintena de lugares para que lo presentaran, lo que resultaba bastante extraño, pues no veía los rostros de las personas y tampoco escuchaba bien qué decían. La escena de reverencias y saludos con la mano hacia arriba se repitió una y otra vez. Al final, no recordó un solo nombre.

Asentía firmemente mientras su jefe le explicaba que su aportación se concentraría en análisis de bases de datos de clientes morosos. Utilizaba una terminología apenas comprensible, lo que le provocaba un ligero sudor en las manos y una comezón insoportable en la parte posterior de las orejas al sentir cómo los hilos del tapabocas lo rozaban. Trataba de mantenerse sereno pensando que con el tiempo entendería de qué rayos estaba hablando ese personaje que lo había contratado. De pronto, el murmullo que había estado presente en todo momento desapareció.

“Está temblando” se escuchó decir apresuradamente. “Sí, está temblando”, repitió la asistente. “Tranquilos …” se oyó a lo lejos. Todos sus compañeros -siempre con el tapabocas puesto- se levantaron de sus lugares y casi creyó ver las risas nerviosas que se esbozaban debajo de esa tela azul.  A través de un sonido apenas perceptible se instruyó no evacuar el edificio: “Compañeros, mantengan la calma, no es necesario salir de las instalaciones …” La distracción duró menos de diez minutos, pero la impresión de esas primeras horas de trabajo no lo abandonó en todo el día. Salió a las seis de la tarde, casi corriendo. Descansó al sentarse en el metro y ver que el uso de los tapabocas en el transporte público era más democrático.

Cuando llegó al día siguiente, le pareció ya común ver cómo todos los empleados portaban su máscara protectora. Todavía no tenía un lugar asignado, por lo que pasó todo el día en una pequeña sala de juntas, contigua a la oficina de su jefe. Le entregaron unos expedientes y le pidieron que se familiarizara con los documentos que se pedían. Que tratara de ver cuál era la lógica de integrar los papeles. Sabía que sólo lo estaban entreteniendo, pues al no tener una computadora asignada no podía realizar sus labores. Se habían suspendido las entregas de los proveedores, por lo que su máquina no llegaría sino hasta la siguiente semana.

Se hizo un silencio. Nuevamente el sonido del edificio anunció algunas medidas. Siguieron risas y después caras de preocupación. Se acercó a uno de sus nuevos compañeros para investigar qué había sucedido. “Hay un enjambre de abejas en la entrada y no podremos salir a comer”, le respondió nerviosamente. “Es broma”, se decía mentalmente con sarcasmo, “todo esto es una broma … el virus,  el temblor, las abejas, la computadora … todo”. Regresó a la sala de juntas. Ahí estaba el expediente y ahí él, viéndose desde afuera en una escena que jamás imaginó.

A media tarde hubo una pequeña reunión en el módulo. El jefe informó que dos compañeros del área de operaciones estaban hospitalizados, que creían que era Influenza Porcina, lo que desató una lluvia de murmullos y expresiones que salieron por encima de los tapabocas. “¿Cómo es?”, escuchó que uno le preguntaba a otro. El jefe levantó la voz para instruir que se extremaran precauciones: usar el tapabocas en todo momento y lavarse las manos continuamente. Salió a las seis de la tarde y esta vez sí iba corriendo.

A nadie le sorprendió que el miércoles no se presentara a laborar.

2 pensamientos en “Jueves ordinario: crónica de un oficinista”

  1. Rafa, sí no fuera por mi antiguedad, yo creo que hubiera hecho lo mismo (salir corriendo y no regresar).

    Pero bueno, así son las cosas y lo mejor es poner una buena cara y una sonrisa, aunque nadie la vea (por lo del tapabocas).

    Un abrazo

  2. De acuerdo Jorge. Al mal tiempo buena cara. Aunque no se vea, me parece que sí se transmite la energía positiva.

    Sobretodo, no sabemos cuánto va a durar esta situación difícil, tanto económica como sanitaria. Más nos vale enfrentarla con ánimo.

    Un abrazo.

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